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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 20 de octubre de 2007

Ciudad


Salimos a conocer la ciudad. Tomamos una de las vias principales y la recorremos hasta los barrios bajos; a partir de alli nos perdimos en callejuelas y caminos de tierra, hasta que un alto alambrado nos descubrió el fin de la ciudad. Entonces regresamos hacia la via principal, luego a otra avenida importante y de alli en dirección al extremo opuesto de la ciudad, donde una vez más edificios y calles se perdían en cantegriles y descampados habitados por ombues y eucaliptos. No tuvimos que caminar mucho para encontrar el gran muro de alambre, otra vez. Uno de nostoros sugirió bordear la ciudad. Descubrimos que hacia el sur la limitaba el rio y hacia el norte una confusa tramas de vías de cintura. Creíamos tener un mapa, aunque ninguno de nosotros pudo recordar dónde estaba o dónde había sido perdido. En base a recuerdos demasiado tenues recorrimos las márgenes de la ciudad hasta dar con una calle que nos parecía alentadora, y por la que optamos por internarnos en la distancia. No muy lejos empezaron a verse chimeneas y tubos de refinerías, luego el delta empantanado de un arroyuelo, una villa miseria de casuchas de lata y un edificio imponente que, recordamos, había sido un frigorífico, ahora abandonado y poblado por fantasmas. Entonces aparecimos en otra de las vias principales, la primera que habíamos tomado, y regresamos a las callejuelas y los caminos de tierra, hasta que el alto alambrado nos miró desde una distancia bastante mayor de la que esperábamos. Supimos así que la ciudad había crecido, aunque teníamos también que la hipotesis de un ligero movimiento de traslación, por lo que resolvimos visitar el otro extremo y constatar su ubicación exacta: tras una hora y media de viaje descubrimos que más allá de los ombues y eucaliptos se extendian dos brazos de chabolas separados por un arroyuelo. Cruzando un puente precario dimos con un viejo camino empedrado que se perdía en el Este, hasta ser asesinado por el alambrado. Casi un quilómetro había sido añadido, por lo que concluimos el crecimiento indudable de la ciudad, y, como ante la proximidad de lo sagrado y horrible, entendimos que era necesario acercarse al rio. Pasamos por los barrios de los ricos, vigilados por autómatas; atravesamos las zonas comerciales y administrativas hasta llegar a la costanera. Descubrimos entonces, como quien comprueba el cumplimiento de una antigua profecía, que el rio estaba en bajante. Las aguas se habían retirado casi medio quilómetro, descubriendo un lecho poblado de fósiles y antiguas esculturas de marmol ennegrecido.

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