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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 28 de octubre de 2007

El sueño y la novela


Si la novela moderna comienza con el Quijote debería quedarnos muy claro que desde su fundación es inseparable del concepto de parodia. Parodia e impostura, la novela comienza como un ejercicio sobre lo apócrifo, lo que equivale a decir que la novela fue concebida para ensayar los límites entre un texto y otros textos, entre estos textos y el mundo en que fueron generados, el mundo donde fueron generados y el mundo que crean o destruyen. Y todas las novelas han de repetir hasta el cansancio que ninguno de estos límites está claro. El Quijote no podría existir sin las novelas de caballería o sin las novelas pastoriles, no sólo porque Cervantes hace uso extenso de ellas sino porque el propio Don Quijote lo hace, escribiéndose mientras cabalga, narrándose su propia historia con los ojos de un historiador del futuro, creando un texto apócrifo que finge ser producido por un futuro narrador incorporado al complejo sueño donde encontramos -¿simétricamente?- la pretensión de Cervantes sobre la autoría de su libro, atribuido al historiador árabe Cide Hamete, idéntico y a la vez diferente del invocado por Alonso Quijano el Bueno y por tanto doblemente ficcional en cuanto sueño de un sueño que a la vez produce otros sueños, en cuanto sueño que podría –o no, y no lo sabremos- ser el sueño soñado por otro, por otro que es también nuestro sueño. Porque al colocarse por debajo de esta entidad quimérica Cervantes desdibuja su propia realidad de autor y en consecuencia los nuestros en cuanto lectores, en cuanto el libro aun está en nuestras manos. Los límites entre su mundo y el de su personaje se difuminan tanto como los que demarcan su novela y las de los otros, del mismo modo que su personaje confunde las novelas que ha leido toda su vida con el mundo en que está empotrado, del mismo modo que las extiende sobre ese mundo, forzando sus límites a difuminarse aun más, a perderse en la sombra de un molino que muy bien puede ser la de un gigante.
La novela ha nacido de esa indefinición, es esa indefinición. Novela equivale a arriesgar un ensayo de interpretación sobre ese acto de indefinir, de extender los limites de la ficción sobre la realidad y los de la realidad sobre la ficción. Toda novela es en mayor o menor medida la historia de un Quijote que sale al mundo en busca de la Maravilla, deslizándose por sus páginas y tropezando con tantas letras deformes; toda novela es, también, la historia de un Cervantes que escribe un libro ya escrito por alguien que sueña y es soñado, por un personaje que escribe su propia historia -o la de otros que son él- a golpes de lanza de cartón y cascos de rocín flaco sobre la tierra resquebrajada del desierto de lo real.
Quizá el de la novela es el destino de Don Quijote, que es también el de Rimbaud, el de Arturo Belano, el de Stephen Dedalus que también es Hamlet y hacia el final de la novela ha de fundirse con Odiseo.
Nota final: cabría pensar otra forma de esa historia: la de los narradores sucesivos de la novela moderna, que nos podrá deparar la sorpresa de encontrarnos una y otra vez con Alonso Quijano y sus máscaras múltiples, Don Quijote, que engendró a Cervantes, que engendró a Cide Hamete Benengeli, que engendró a Borges, que engendró a Pierre Menard, que engendró a Roberto Bolaño. Toda novela es una parodia porque toda realidad lo es, y toda parodia es realidad porque toda realidad es ficción, y así toda ficción es realidad, un molino de viento es un gigante, y la realidad última de las cosas está en el acto de ir escribiéndolas, de ir desescribiéndolas.

1 comentario:

Txabi dijo...

Viva Macedonio Fernández, que habló de este tema en términos mucho menos comprensibles y etéreos, pero altamente disfrutables.

Añadiría que la novela también nace del ego insufrible del escritor, de su negativa a perderse en la máquina gris que lo enclaustra en la rutina, de las ganas de follar (no se rían, niños; creo que cualquier escritor sincero me dará la razón) y de muchas otra cosas. Pero lo que cuenta el amigo R tiene la validez de una primera razón, anterior, más plausible y aplastante que todas las demás.

Un abrazo.