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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 30 de julio de 2008

imagen posible de federico stahl

Está rondando los treinta años, si es que ya no los pasó. Digamos treinta y dos, para evitar el número fatídico. Está en Mallorca. Tiene dinero en los bolsillos; ha cobrado el adelanto de una novela y tiene tiempo y ganas de vagar por el mundo. ¿Qué busca? Esta sentado en un banco de plaza ante la estatua de San Jaime, mirando las palomas posarse en sus hombros. Tiene un mapa en las manos. Por momentos –se distrae fácilmente- estudia con atención el trazado de las calles pensando en la Catedral, en el castillo circular, en la plaza central. Su mirada se detiene en aquel viejo filósofo, cabalista, criptólogo, Ramón Llull. Esa era la dirección, esa era la calle. Se levanta. Estima el camino más directo y se pone en marcha.
¿En qué piensa mientras avanza por aquella ciudad, no tan diferente de su Montevideo natal? Piensa en la soledad de la literatura, piensa en los recuerdos de un mundo que ha pasado, piensa en Rex, en Jon, en Ligeia, Perséfone, Camila y Agustina, piensa en su apartamento y sus libros, ahora solitarios, cerrados quién sabe hasta cuándo. Y piensa en Emilio Scarone. Recuerda la voz de Iván, que dijo haberlo conocido un día hacía ya… ¿cuántos? tres, cuatro, cinco años. Scarone vivía en Mallorca, en la calle Ramon Llull. Apenas escribía. Vagaba por las calles y las plazas con aire de despistado, de abstraído, cómo si buscara algo. ¿Qué podía buscar Emilio Scarone, a quien todos habían buscado? Y sucede que antes de dar con la respuesta –no nos engañemos, por supuesto que tal cosa sería imposible-, da con la calle y el número escrito en el papel, un enorme 17 que lo llena de sueños tarotísticos, estrellas de siete puntas y el mundo poblándose de signos. Perfecto. Llama a la puerta. Espera. La puerta se abre. Es una mujer, de unos cuarenta años. Hay derrota y cansancio en su mirada, pero también un destello atrapado y cuidado con esmero, una forma de sabiduría. En esa mirada estaba escrita toda la historia, pasada y futura, pero podemos imaginar que cede de inmediato, atrapado en el presente, que se enamora, que ha encontrado a una nueva mujer para sumar a la lista de malos recuerdos. ¿Qué deseas?, imaginemos que le pregunta la mujer. Federico responde vengo a buscar a Emilio Scarone, ¿tu lo conoces? ¿Y quién eres tú para buscarlo, capullo? Imaginemos que la mujer se ríe y que Federico también. Soy uno de sus más fieles lectores, le dice con aire solemne pero con una sonrisa. Ya no vive aquí, le responde la mujer, pero pasa, dime, cuéntame, por qué lo buscas tú al Emilio…
Y Federico entra, conversa, abre su alma y sus recuerdos. Busco a Scarone porque Scarone es un enigma, imaginemos que le cuenta, porque en sus libros creo haber encontrado… ¿qué puede haber encontrado en tantos cuentos y novelas, en un viejo escritor fracasado, ahogado por apenas veinte o treinta lectores de verdad, penosamente dispersos por el mundo? Scarone, recorriendo los caminos del mundo escribiendo una y otra vez el mismo Reporte Final del estado del cosmos y sus ruinas, de la conspiración, las mentiras y la oscuridad. No es dificil imaginar qué diría Stahl de Scarone. Lo ha dicho tantas, tantas veces, directa o indirectamente, a veces nombrándolo, a veces no, a veces como si le hablara, a veces como si lo negara o clavara a traición una hoja en su espalda. Y la mujer escucha. Pero Emilio no vive más aquí, le explica, me ha abandonado, a mí y a mi hija. Se ha ido. No sé dónde está.
¿Y que hace Federico? Se queda. Claro que se queda. Alquila un piso, gasta su dinero. Escribe tonterías y las vende. Rehace su vida en Mallorca, vuelve a visitar a la ex de Scarone, la seduce, salen, se acuestan, se desean, se quieren, en fin… un buen día Federico se muda a la casa de la mujer. Pasan meses, pasa quizá un año. Un día encuentra una vieja carpeta llena de papeles. La letra de Scarone, seguro un diario, una bitácora que leerá y releerá exprimiéndole el sentido a cada una de sus palabras. Y lo comprende. O cree comprenderlo. Scarone está buscando. Busca a otro autor, a Gustave Mayhen, que ha escrito Las Meninas y El principio antrópico y se dice, como también se ha dicho de Scarone, que ha muerto, que se ha perdido por los caminos del mundo. Una bella fábula, y entonces Stahl entiende que así como él busca a Scarone guiado por… ¿Guiado por qué? ¿Cierta fe, cierto vacío, cierto deseo de llenar la forma hueca del mundo? Bueno, guiado por eso, por lo que sea, que así como él busca a Scarone guiado por eso, también Scarone busca a otro, a Mayhen (a quien Federico ha leído, por supuesto, ¿y quién no?), que a su vez, en sus libros, buscaba a… No importa, porque Scarone debió saberse un fantasma, un reflejo perdido en una galería de espejos, una variación más en una vastísima, interminable composición. Y Stahl también, por supuesto, ¿por qué no?. Al día siguiente, o al otro, o algunos después (porque ese detalle sólo importaría en una película), Federico Stahl deja Mallorca y regresa a Uruguay o a Argentina, o recorre Francia, Alemania, Dinamarca, donde sea, buscando una vez más a Scarone, siguiendo rumores, abriendo paréntesis de vida y de libros, olvidando la búsqueda por momentos, claro que sí, pero regresando, tarde o temprano, acaso en la bruma tenue de los últimos sueños de la noche.
Y como si proyectara otro cuerpo mucho más atrás de su espalda (atrás en el espacio pero también en el tiempo, también en otras historias y otros presentes), Federico Stahl sabe que alguien más, que es él pero que es otro, en este mismo momento, quizá en este mismo momento, estará buscándolo.

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