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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 5 de julio de 2008

paisaje con grupo y mujer

La vi cruzar la Avenida con paso indeciso, mientras el viento castigaba su largo sobretodo gris. Caminaba con cara de confundida, mirando en dirección al mar, mirando el cielo, mirando los rostros de la gente que pasaba ignorándola, perdida en el invierno. Algo en su rostro me resultó familiar, como si fuese una amiga remota de mis padres o mis abuelos a quien yo había conocido en mi infancia, resultándome imposible cualquier tipo de precisión. Me acerqué porque sentí que debía ayudarla, que yo podía y debía ayudar. Empezaba a preguntarle qué podía hacer por ella cuando me interrumpió, con voz decidida y a la vez cansada, corroída por el tiempo:

-Estoy buscando el Museo de Arte Contemporáneo de Ventomedio –dijo-, ¿podría indicarme cómo llegar?

La pregunta me sorprendió. Le dije que el museo no estaba muy lejos, que lo buscaba en el barrio adecuado. También le pregunté si se sentía bien; ella dudó al contestar.

-Me vendría bien una bebida, algo caliente –dijo, intentando sonreír-, quizá usted pueda invitarme, la verdad es que no tengo dinero.

La conduje al café más cercano, llevándola del brazo. Parecía extenuada, concentrando toda su energía en los ojos, que resplandecían al mirar la ciudad como determinados a no perderse un sólo detalle.

-¿No conoce Ventomedio? –le pregunté mientras tomábamos asiento ante una ventana.

-No, jamás había estado aquí, jamás. Pero necesito ver un cuadro que está en el Museo de Arte Contemporáneo… es… difícil de explicar.

La animé a que lo intentara.

-Pero dígame su nombre primero. Siento que si voy a contarle mi vida, sería bueno al menos… –e intentó reir, deshaciendo su risa en un breve acceso de tos.

-¿Gustaría algo para comer?

-No, por ahora no… quizá después, si usted tiene hambre…

Llamé a un mozo y pedí dos cortados con medialunas. Luego me presenté y le conté que era escritor.

-Casi diría que lo recuerdo… quizá he visto en mi país alguno de sus libros, aunque no puedo estar segura. De todas formas no soy una gran lectora… me he dedicado a otras artes, la pintura, la escultura… pero hace tiempo. A veces lo recuerdo como un sueño, un sueño en el que yo pintaba, dibujaba.

La animé a contarme más de su vida. Había hecho un largo viaje en tren desde su ciudad natal con el único propósito de visitar el museo y encontrar cierto cuadro. Cada vez que intentaba a través de mis preguntas hacerla precisar por qué ese en particular –uno de los últimos de la etapa postmuralista de Alasdair Gray, de hecho la tercera de las Vistas de Unthank- se limitaba a disertar sobre la obra, a evocar recuerdos difusos y remotos concluyendo que toda su vida había sentido algo especial por esa imagen y que de hecho no recordaba un solo momento en que no la conocierta: había sido parte de su vida del mismo modo que su rostro o el nombre de sus padres. Después mencionó un hijo y un divorcio, pero al pasar, como si fuesen detalles sin importancia. Tomó su café y me animó a contarle alguna historia de mi pasado, pero noté que lo hacía por compromiso, que transparentaba aburrimiento cuando la apartaba del cuadro de Gray. Parecía que había pasado toda su vida estudiando esa pintura; podía describirla al detalle, aunque también confesaba que su memoria tenía fallos, que a veces cerraba los ojos y dudaba si eran cuatro las figuras humanas en el paisaje o tres, como si dos cuadros coexistiesen en su memoria y ella misma fuese incapaz de decidirse sin buscarlo en los libros o, y ahora sería la primera vez, en el museo. Por mi parte me asaltó la misma duda: recordaba apenas una calle muy larga que se perdía en el mar, rodeada de altos edificios amarronados que parecían arietes contra la muralla de un cielo tormentoso, y luego tres figuras que miraban un punto vacío, o las mismas figuras mirando una cuarta, una cara de mujer.

-Vamos –le dije. Habíamos terminado hacía rato los cafés y las medialunas, y ella lucía reanimada-; el museo cierra en cuarenta minutos.

Pagué la cuenta y salimos. La temperatura había bajado y el viento traía un fuerte olor a salitre. Reparé, como siempre a la hora del atardecer, en las pequeñas y cálidas luces que se encendían tras las ventanas de los edificios. Ella hablaba del cuadro, de tantas veces en que lo había copiado a lapiz detalle por detalle, del creciente deseo de estar ante él en persona, pasando la mirada por las huellas del pincel, siguiendo los rastros de la voluntad del pintor. Lo contaba con un fervor casi erótico, pero del modo en que recordamos ciertos amantes, sin pasión, apenas resignados, tristes y sonrientes a la vez.

Llegamos al museo. Había una muestra de un contemporáneo, un pintor local de Ventomedio que homenajeaba al Bosco en una serie de óleos y collages, en su mayoría en torno a detalles de El jardín de las delicias y Las tentaciones de San Antonio. Pasamos entre la multitud guiados por mi recuerdo de la distribución de los cuadros, la sala de la segunda mitad del siglo XX, arte pop, hiperrealismo, neoclacisismo. Había una sala entera dedicada casi por completo a Alasdair Gray. Nos detuvimos –me detuve, pero ella se quedó a mi lado- ante los murales del ciclo de Lanark, y en ese momento supe que llevaba años enteros sin ver esos cuadros, casi como si me hubiese apartado deliberadamente de su contemplación, quién sabe por qué. Y sentía al mismo tiempo que la intensidad de mi mirada era equiparable a la de un descubrimiento, que aquellas pinturas se ordenaban ante mí como un mundo nuevo.

-Créame –le decía-; siento que estoy viendo estos cuadros como por primera vez. Si bien los conozco hace tiempo creo que jamás me detuve a contemplarlos de esta manera. Será quizá su entusiasmo que se me ha contagiado.

Ella asintió.

-Pero veamos el cuadro que busco –dijo-, y luego usted podrá regresar aquí.

Su voz sonaba grave y cavernosa. Dejé que me condujera hacia el otro extremo de la sala, donde asomaban cuadros de menor formato. El que buscaba, la vista de la ciudad de Unthank, resaltaba entre dos paisajes de Glasgow. Ella casi corrió, casi dio un salto, y yo la seguí, mis ojos fijos en la imagen de la ciudad, la calle que se perdía en el mar, ondulada como si siguiese las líneas de una colina. Había tres figuras humanas, de rostros que parecían tensos por el frío. Dos de ellos miraban a un tercero, cuya mirada se perdía en un punto vacío del cuadro; algo en la imagen me hizo recordar a Ventomedio, a la Ventomedio invernal que aguardaba afuera. Experimenté esa sensación que muchos llaman dèja vú, y que suele relacionarse con otras vidas u otras existencias, con los sueños y la eternidad. El cuadro había empezado a acaparar mi atención, repitiéndose la misma inquietud que había experimentado con los murales. Me asombré de la maestría en la elección de la paleta, de la composición tumultuosa, las fuertes pinceladas en los extremos del cuadro, barriendo los colores como si el acto de pintarlo hubiese estado animado por el mismo viento helado que sugería la escena. Había una inscripción minúscula en el borde inferior derecho: “now my maps are out of date”, que me recordó algo que había leído –o escrito- mucho tiempo atrás. Iba a comentárselo a la mujer cuando descubrí que ya no estaba allí. Me sobresalté. Miré a mis espaldas y no la encontré, miré hacia otros cuadros y tampoco. Sólo entonces me di cuenta que había cuatro figuras en el cuadro (que siempre las había habido, que así lo sugería la composición), y que el hombre que había recordado como mirando al vacío en realidad miraba a una mujer de unos treinta y cinco años, de cabello rubio pálido, vestida con un largo sobretodo gris. Ella sonreía; los elementos del cuadro –edificios, autos, las otras tres figuras, las nubes- se arremolinaban a su alrededor, como si fuese el centro de un vórtice o, mejor, como si el drama detrás de sus ojos fuese el ojo de un huracán.

Decidí irme, sintiéndo que todo lo que me rodeaba tenía la textura difusa de un sueño. Atravesé los vastos salones del museo, me introduje en la masa de admiradores de aquel pintor que exponía sus homenajes al Bosco como intentando disolverme entre ellos. Una camarera plantó una bandeja con copas de vino blanco ante mi pecho. Tomé una y bebí su contenido apoyado en una columna. Estaba empezando a marearme. Pensé que el aire frío podía reanimarme pero a la vez tenía miedo de salir a la ciudad, de ver una vez más aquellos edificios, las calles que se perdían en el mar, la gente perdida en el invierno. Y entendí que algo podía salvarme: aquellas luces tras las ventanas, aquel pequeño calor. La gente iba y venia hablando de Miguel Ángel, del Bosco, de Bacon; mientras salía, un último intento de aferrarme al sentido común me llevó a buscar a la extranjera entre sus rostros. No la encontré. Terminé de entender entonces por qué su cara me había resultado tan familiar: la había visto, muchos años atrás, en aquel cuadro de Gray.

2007

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