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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 9 de septiembre de 2008

el avance

Al despertar me encontré en mi vieja habitación. Alguien la había ordenado durante mi ausencia, llevándose la enorme cantidad de papeles, fotografías y libros de los que había estado rodeándome durante los confusos insomnios que antecedieron a mi entrada al hospital. Fue sorprendente saberme allí, pero esa noche, misterios aparte, logre dormir bien.
Al otro día desperté sin dolor. Palpé mi abdomen ejerciendo presión con cuidado -y miedo-, pero no sentí incomodidad o malestar. Alguien me había dejado una bandeja con comida. Constaté también que la puerta estaba cerrada desde afuera. Desayuné esperando que la digestión se me volviera imposible, pero no fue así. Todos los procesos de mi cuerpo parecían haber vuelto a la normalidad, inclusive la defecación, que concreté en un retrete dispuesto en un rincón del cuarto.
Después debí quedarme dormido. Hacía años que no dormía en paz.
Al despertar descubrí una mancha en la pared, como si alguien la hubiese tocado con un dedo viscoso, dejando un rastro de mucosa. Acerqué mi nariz: no despedía olor alguno.
Un almuerzo consistente en carne, papas al horno y ensalada, más una jarra de agua fría y esperaba en el mismo lugar donde había aparecido el desayuno; apenas terminé de comer me venció el sueño. Dormí por lo que debieron ser seis o siete horas y, cuando abrí los ojos, allí estaba mi cena.
Estos curiosos acontecimientos se repitieron una y otra vez. Basándose en la frecuencia de las comidas, es posible calcular que fui rigurosamente alimentado a lo largo de varias semanas. Un día (las fuerzas habían regresado a mis músculos, la carne volvía a ser firme y ya no se me adivinaba la osamenta) abrí la puerta, o me dejaron abrirla. Salí a un amplio pasillo de pisos de tabla y lambriz hasta la mitad de las paredes. Los zócalos eran polvorientos y presentí la presencia de arañas minúsculas.
No había nadie, por ninguna parte.
Durante todos aquellos días la mancha no hizo más que crecer, adquiriendo volumen y detalles, como si fuera una semilla que daba origen a una extraña forma vegetal. Estaba empotrada en la pared, pero sus zarcillos crecían a gran velocidad. Pronto, supe, llenarían la habitación. Me sentí arrinconado, invadido. Pero no sentí miedo. A cierto nivel inconsciente yo esperaba esa proliferación. La entendía.
Al día siguiente de mi salida al pasillo dejaron de alimentarme. Las comidas ya no aparecieron en la habitación. Recorrí la casa -enorme y abandonada- en busca de una despensa --y la encontré. Había alimentos para varios meses.
Entonces di paso a otra rutina. Podía controlar mejor mis ciclos de sueño, asi que, si bien dormía en la misma habitación junto a aquella planta monstruosa, dejaba transcurrir las tardes en la biblioteca y las primeras horas de la noche en el observatorio. Al principio miraba las estrellas, pero pronto mi curiosidad se volcó a la ciudad en ruinas dispersa alrededor de la casa.
Pasado el primer mes (el retorno de la luna llena fue mi primer indicio de un tiempo firme y real) se volvió imposible regresar a la habitación. La planta ocupaba casi la totalidad del espacio; sus zarcillos se habían cubierto de pelo y surgían como tentáculos de un núcleo central, palpitante y animal. En vano busqué en los manuales de zoología de la biblioteca. La palabra "bezoar", resonando en el sótano de mi mente, sin embargo, parecía ocultar un significado importante.
Rápidamente la planta -sigo llamándola así porque es lo que más parece aludir a su crecimiento ciego, su manera barroca de invadir todos los espacios de una antigua civilización u orden- cubrió toda la planta baja y el primer piso. La biblioteca fue asimilada y solo logré salvar un manual de teratología y un hermoso libro con grabados de Piranesi. Me refugié en el observatorio a aguardar los zarcillos-tentáculos, pero alimentaba el plan de escalar la fechada y acceder a la calle.
No pasó mucho tiempo antes que tal hazaña se volvió impostergable. Pensé en explorar la ciudad, salir en busca del hospital donde había estado internado, encontrar a alguna persona, ángel o demonio, perro, gato, rata o ratón con quien hablar. Mis pies golpearon el jardín el día en que se cumplían nueve meses, según los cálculos que había logrado sacar en limpio, de mi recuperación de la enfermedad.
Dediqué semana tras semana a explorar las calles vacías y los edificios derrumbados. Al principio me asustó la posibilidad de no encontrar comida; pronto, sin embargo, dejé de tener hambre. Y no encontré otra cosa que ruinas, baldíos y devastación. Ninguna señal de vida, sólo la planta monstruosa emergiendo de la casa y avanzando entre los edificios en una pausada metástasis.
La perspectiva de abandonar aquella ciudad me hizo sonreír.

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