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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

final del fuego

Descubrimos que a las tres de la mañana tiene lo suyo encender una fogata en la playa. Éramos seis o siete, no lo recuerdo tan bien pero sé que éstábamos Jon, Rex y yo, más Perséfone, Andrea y algunas chicas que habíamos conocido esa misma noche, porque era, estoy casi seguro, la madrugada después de un toque o una fiesta, aunque eso no tiene importancia. Lo que sí importa es la playa, la noche sin luna y con estrellas que parecían haber alcanzado un máximo de brillo para luego, como todas las cosas que obedecen a alguna forma de ciclo, deshacerse en un polvillo de plata que cubría el cielo casi de un modo uniforme, sin constelaciones o con constelaciones más difíciles de ver, como si fueran manchas de humedad a las que podíamos pasarnos horas buscándoles las formas de dragones y castillos. Y fue Jon el que se apareció arrastrando un viejo tronco, un poco húmedo, ahuecado, como si fuese la madriguera o fortaleza de alguna forma de vida animal que habitara en las playas y que permaneciese desconocida por los humanos. Rex debió internarse por el monte no tan lejano, ya que se las arregló para conseguir un buen montón de pinocha y de piñas. Yo había encontrado bastantes ramitas de acacia (mi abuelo siempre me enseñó que es la mejor leña), y con eso bastaría. Encendimos el fuego mientras las chicas bailaban la música sonando en sus cabezas, como en la canción de los Beatles; Rex sacó su zippo de Gandalf y alguien vació lo que quedaba de vodka sobre la pinocha y las piñas. Las llamas crecieron de inmediato sobre las ramas de acacia y, más despacio, empezaron a dar cuenta del tronco. El aire se llenó de cierto perfume, como si se animara a transportarnos a un bosquecillo de eras olvidadas, secreto refugio de una orden de Druidas. The grass was greener, cantó Jon, the light was brighter. Las chicas seguían bailando la música inaudible. Yo tomé de la mano a una de ellas y entramos al mar. El agua estaba tibia; alrededor de nuestros pies danzaban peces que imaginé ciegos y fluorescentes, pero por alguna razón nos dio un poco de asco y salimos, sin que el agua llegara jamás a nuestras rodillas. También reímos. Ahí debimos detenernos. Tiene lo suyo encender una fogata a las tres y media, casi cuatro de la mañana. El mundo rotaba en silencio. Una brisa veraniega empezó a arrancar espuma de las olas. No era el alba, aun no había claridad alguna en el cielo, pero sí se avecinaba algo, o era que ese algo ya había pasado. Lo notamos en los rostros de las chicas, que dejaron de bailar aquella música que ahora quisiera haber podido escuchar. Rex parecía un gato perdido en una noche que no era la suya; Jon cerraba los ojos con fuerza. La línea de las aguas avanzó y se llevó la fogata, mientras nosotros corrimos hacia el mundo.

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