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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 19 de septiembre de 2008

pensando en stephen dedalus

Quiero contar algo que me pasó camino al trabajo, esta mañana. Unas paradas más adelante de la mía subió al bus un hombre muy bajo, digamos de algo así como un metro cuarenta. Más allá de eso su aspecto era el que la gente tiende a llamar "normal"; tendría unos 38 o 40 años, vestía con informal corrección, cargaba un portafolios y, esto fue lo primero que me llamó de verdad la atención, la tremenda cara de preocupado que ponía ante cada curva que tomaba el ómnibus, justo en la sección menos rectilínea y uniforme del recorrido. Se habrá equivocado de línea, pensé, o será la primera vez que se sube a esta línea. Y tenía razón. El hombre se levantó de su asiento y le hizo una pregunta al guarda. Por el ruido del bus pude apenas escuchar una pequeña porción de la respuesta, algo asi como No, el que va derecho por Rivera es el 142, este es el 60, hacemos otro recorrido. Y, a continuación, la palabra que se convirtió en el núcleo de la experiencia que estoy tratando de narrar: el guarda, que prolongaba su respuesta mucho más de lo necesario, no dejaba de preguntarle "¿y a qué altura tiene que ir usted?", o "¿en que altura se baja?" o "¿sabe a que altura se tiene que bajar?". Es decir, no hacía otra cosa -parecía que quería dejar de hablar pero algo se lo impedía, el impulso de corregirse, quizá, o de dar un consejo más adecuado, de volver sobre sus palabras una y otra vez como un Flaubertiano enloquecido- que aludir a la altura del pasajero confundido, quien no parecía afectado en lo más mínimo por el asunto de la palabrita repetida. Pero el guarda sí lo estaba. O lo parecía. Y ahora viene mi pregunta. ¿Por qué me asombró tanto la escena, algo que en principio no es más que un simple acto fallido? Hubo algo de epifanía en la revelación de un proceso mental ajeno a los mios, como si repentinamente los huesos del cráneo y la materia gris del guarda se hubiesen vuelto transparentes al pensamiento y a los resortes íntimos del pensamiento, asumiendo que tal cosa existe. O quizá presenciar algo así fue una especie de prueba de que hay tales resortes, y de ahi el asombro, la epifanía, como una repentina e involuntaria demostración de la existencia de dios o del alma. (Borges escribió que la belleza es común y nos acecha; quizá también lo sagrado, lo ominoso, o al menos algo que pueda llegar a parecérsele.)
Otra posibilidad: en realidad el guarda nunca se percató de lo que había dicho y repetido y toda la vergüenza se dio en mí, poniendo en evidencia mis mecanismos psíquicos, mi personalidad, generándose la sensación de epifanía por ver encarnado en otro algo que es mío. Y diré más: por entender de alguna manera que tal reflejo es posible.

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