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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 3 de octubre de 2008

filosofía de ómnibus 1

1.Dado que mi trabajo no está lo que se dice cerca de mi casa, paso al menos una hora y media del día arriba de algún ómnibus, repartidas en dos viajes de más o menos cuarenta y cinco minutos que suelo alivianar escuchando música. A veces, más allá de qué esté escuchando o con qué atención, opera una suerte de desconexión o desautomatización del pensamiento que puede disponerme a un estado sensible a las irrupciones o epifanías, como la que conté en un post ("Pensando en Stephen Dedalus") de la semana pasada. Pero también es cierto que muchas veces el disco que tenga programado absorbe mi atención y prácticamente no "pienso" en otra cosa.
Hoy no tenía ganas de escuchar música. Quizá se debió a que lo único que tengo cargado en el celular es el disco nuevo de Metallica, que hasta diría que me viene gustando (lo escuché una sola vez), siendo clara y deliberadamente encuadrable en un género musical que no suele decirme mucho. De modo que, quizá falto de motivaciones, no apelé hoy a los auriculares y expuse mis oidos al rumor del mundo.
Para colmo (ley de Murphy, etc) el 60 que me tomé estaba resuelto a no vencer a la gente que optaba por correr hacia sus destinos, resultando en uno de esos viajes exasperantes en los que se barajan hipótesis como a) el conductor esta sumamente sedado, b) el vehículo tiene una falla importante en la transmisión, c) la tripulación está con problemas de horario y por lo tanto se demoran a propósito, y muchas más, que en realidad iban ocupando a mi mente a medida que recorría esa distancia que me separa de Portones...
Entonces, la irrupción.
A mi lado se sentó una chica que sacó un libro de su cartera. La tapa me llamó la atención: era
una edición de Seix-barral, y por un momento creí que se trataba de En busca de Klingsor, de Volpi, uno de los libros que tengo en mi lista para estas semanas y al que tiendo kafkianamente, es decir, sin llegar nunca. De inmediato constaté que no se trataba de esa novela sino de una que me era desconocida, escrita por una autora cuyo nombre no me sonaba para nada pero que, prejuzgué, pertenecería al gremio de Serrano o Mastretta. Me desentendí de la cuestión mirando por la ventanilla el bello paisaje marino de Malvín, y, pasado un ratito, volví a reparar en el libro de la chica. Me pareció que no había pasado la página en ese lapso, que habría sido de unos cinco minutos. "¿Estará leyendo letra por letra o...?", empecé a pensar, y me detuve.
¿Por que interrumpí el pensamiento? Porque sentí que ya estaba pensado; que de una manera no verbal yo ya había formulado esa noción, y que ahora, que empezaba a traducirla a pensamiento lineal, no hacía más que repetirla, innecesaria, redundantemente.
Entonces me asaltó la epifanía. Había demostrado en mi interior (para mí y sólo para mí, por supuesto) que no pensamos necesariamente con palabras, que hay algo en el pensamiento anterior al lenguaje y luego acaparado por este, que le da formato a su manera.
Supongo que la tendencia a creer lo contrario está más difundida. Recuerdo, de hecho, haber escuchado al poeta Washington Benavides decir, con el entusiasmo que lo caracteriza, "pensamos con palabras", con la seguridad del que dice "Bach compuso El Arte de la Fuga". También recuerdo la gran inspiración de William Burrougsh: el lenguaje es un virus alienígena que nos ha poseído, arruinando otras posibilidades de nuestra mente. Y diré que a esta última idea la siento totalmente compatible con mi pequeña experiencia sobre el bus.
Por otro lado, entiendo que la experiencia sólo es comunicable a través de palabras (¿o no? ¿y la telepatía? ¿y el arte?), y que al pensar "no pensamos con palabras" se está, ajhá, pensando con palabras. Pero la experiencia, la sensación de vivencia, de "algo que sucedió" en mi "interior", es (fue) innegable, más allá de la narración que vengo intentando. Entonces, si Burroughs tiene razón, hay que pensar que el lenguaje es un adversario astuto. Nos ha cercado el camino con trampas.
Recuerdo que Pound apenas hablo en los últimos años de su vida.
Y Rimbaud optó por no escribir, quizá sintiendo -como es tan fácil últimamente- que además del lenguaje nos ha parasitado la literatura, una suerte de excrecencia de este que ha permanecido adherida, como un teratoma monstruoso (baudelerianamente hermoso), a su cuerpo.
Y Levrero sabía que las rocas y la luz del atardecer y las hormigas le habían hablado sin palabras; sabía, también, que no hay manera de narrar esas "experiencias luminosas".
Y Mallarmé rodeó, amenazó, sus palabras, sus escarabajitos negros, con vastos campos de silencio.

2.Siguiente tema del ómnibus: la tensión entre dos sentencias.
a) "Todo lo real es racional", célebre frase de Hegel. Los procesos del pensamientos equivalen a procesos de la realidad: la dialéctica se vuelve metafísica. La mente y el mundo hablan un lenguaje común. Por lo tanto, la ciencia es posible, la verdad si no alcanzable al menos aproximable en una linealidad en principio clarísima.
b) "Hay una veta de irracionalidad en el alma del mundo", Philip K.Dick en su "Tractate cryptica scriptura" (apéndice a VALIS). Se abre la puerta a las anomalias. Hay cosas que jamás podremos comprender porque son heterogéneas a nuestro pensamiento esencialmente. Una especie de "complejo de Solaris" metafísico.
Es fácil plantear un paso siguiente. Pensemos en dos:
c) La razón y el pensamiento no son equivalentes, del mismo modo que el mundo no es enteramente racional. Conclusión: hay cosas incognoscibles, pero esta incognoscibilidad se da en relación a la razón, al pensamiento racional. Si pudiésemos pensar "de otro modo" (ver apartado anterior), quizá ese fondo incognoscible no lo sería del todo.
c') El mundo es enteramente irracional y nuestra comprensión una ilusión. La razón es un hábito humano, que no se corresponde ni siquiera por entero al pensamiento, mucho menos al mundo. Conclusión: la única postura adecuada ante el problema del conocimiento es el escepticismo radical.

3.Hasta la fecha, si me preguntaban cual era, para mí o incluso en mí, el problema fundamental de la filosofía, mi respuesta habría sido (y en gran medida es), que se trata del problema del conocimiento. Pero, por otro lado, siento que no puedo negar el peso de creer que a lo largo de la vida transcurren etapas regidas por distintas respuestas a esa pregunta. Y tarde o temprano (como estación terminal o no) se llegará a la Ética. Se pensará que la gran pregunta filosófica es qué actitud debemos tener ante la vida.
Quizá, se me ocurre ahora, el gran problema es siempre el mismo, y lo que varía con el tiempo es nuestro enfoque, que lo disfraza de gnoseología, metafísica, ética, estética...

4.Un momento... ¿es esto que escribí una manera de "hacer filosofía"? Se plantea aqui un problema que considero interesante y vital (para mí, al menos). Mi respuesta: sí, pero no en el sentido académico, que ha ahogado a la disciplina con su tendencia al lenguaje técnico y a la especialización y al chusmerío. Brindemos entonces por el pensamiento ingenuo (ingenuo para la academia, claro), por el pensamiento salvaje.

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