Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 11 de octubre de 2008

naufragios

Mi casa se levanta entre las rocas, frente al mar. Todos los días bajo a la playa y recojo los restos de barcos que ha dejado la marea, pues no muy lejos de la costa se celebran cruentas batallas en las que perecen las naves, dejándose oír con viento favorable el estruendo de sus cañones. Mi tarea es simple: elijo lo que pueda tener algún valor y lo separo, para mi colección: el resto lo devuelvo al mar o lo quemo (en otras costas, tengo entendido, otros hacen lo mismo con los restos de los hombres), de modo que tarde tras tarde, con la caída del sol, es mi costumbre encender grandes hogueras que atraen a los habitantes de pueblos cercanos, algunos de la costa y otros (los menos) de tierra adentro, parajes que desconozco por completo; ellos vienen y contemplan las maravillas que he dispuesto entre las rocas y los médanos, tantas que, poco a poco, mi colección ha ido pareciéndose a un gran palacio, como los que había en los tiempos del Imperio, porque no hay un día en que las olas no cedan los restos de algún naufragio.
Ayer un anciano contemplaba un mascarón de proa. Entendí que quería hablarme.
-Yo serví en ese barco –dijo-, fui su grumete más joven. Se hundió en la gran batalla contra el Autarca, hace más de setenta años.
-Eso no puede ser –le dije-; esta pieza de madera apareció en la playa hace no más de una semana, sin señal alguna de deterioro, como si hubiese sido recién arrojada a las aguas.
El anciano insistió en que tenía razón y empezó a molestarme. Lo amenacé y agité mis puños ante sus ojos. Se estaba alejando cuando otro de los curiosos lo detuvo y empezó a hablarle. Me acerqué para poder oír.
-…porque usted ha muerto hace años –le decía-, y sólo ahora se encuentra con el barco sobre el que pereció. Los hombres suelen ignorar su muerte, y usted…
No quise saber más de tamaña necedad. Estaba haciéndose de noche, asi que regresé a mi casa entre las rocas y preparé mi cena, tan frugal como siempre, pescado, pan y agua. Pasada la medianoche me desperté. Había soñado que yo era el mascarón que contemplaba aquel anciano, y ya no pude volver a dormir. Pensé en las palabras del otro hombre: Si tenía razón y tanto pueden confundirse el tiempo y la muerte, quizá yo también podía estar muerto. Me estremecí. Por más que me esforzara era incapaz de recordar mi vida anterior a la playa, o cuando construí esta casa, o cuándo comencé a coleccionar los restos. Con las primeras luces del alba los contemplé: cubrían el arco de la playa casi como una ciudad. Entonces miré mis fuertes antebrazos y mis manos firmes; toqué mis cabellos negros como la noche. La tarea de levantar aquel palacio de despojos debía haberme llevado más años de los que podía recordar, de los que creía tener, de los que podía tener.
Me levanté, desayuné los restos de la cena y me encaminé hacia la playa. Hoy será un día arduo, lo presiento, de esos en que sólo pienso en dejarlo todo, dejar los restos, dejar mi casa y la costa y avanzar tierra adentro.

No hay comentarios: