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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 1 de octubre de 2008

siestas de un fauno

Esta es la reseña que publiqué en La Diaria sobre Una como ninguna, la novela de Ercole Lissardi editada por Casa editorial HUM.

Una como ninguna es la última novela de Ercole Lissardi, que viene a sumarse a la serie publicada por Casa Editorial HUM, incluyendo la trilogía formada por Los secretos de Romina Lucas, Horas Puente y Ulisa. Estas novelas marcan un quiebre con la anterior producción de Lissardi (Interlunio interludio, Aurora lunar, entre otras), más narrativas y autoconcientes, cabría aventurar quizá más lúcidas. Y Una como ninguna no es una excepción; de hecho podría pensarse como una manera de profundizar este cambio o renovarse de la narrativa Lissardiana en el que lo narrativo, la representación de la trama por decirlo de alguna manera, cobra un relieve clarísimo y crítico a la vez.
El argumento de esta novela parece pasible de un fácil resumen: la narradora, una estudiante y jugadora de fútbol universitario, visita a un viejo escritor consagrado que lleva años sin escribir (“una leyenda”, “un grande”), con propósitos que nunca terminan de perfilarse pero que podrían apuntar a una suerte de entrevista o investigación. Lo encuentra hecho un despojo, resaqueado, prácticamente en la miseria, y regresa a los pocos días, a sonsacar respuestas a las preguntas planteadas. Asi van estableciendo una rutina, que pronto incluirá confesiones, almuerzos, siestas y sexo. El viejo escritor (sin nombre, como tampoco lo tiene la narradora, y de hecho es su novio, “Lolo”, ausente de casi toda la novela y evocado apenas como una voz del otro lado del teléfono, el único personaje que recibe el ¿dudoso? privilegio de un nombre) procederá a contarle su vida, abriéndose a lo que en un principio parecen confesiones pero que, a medida que avanzamos en la lectura, empiezan a movernos a la sospecha, a la desconfianza.
Estas dudas sobre la veracidad de los relatos del escritor son recogidas por la narradora, que empieza a notar cierta artificialidad en las historias, escenas que claramente remiten al cine y la literatura y que van construyendo un personaje demasiado caricaturesco, deliberadamente asimilable al clásico “villano”. La novela, entonces, se abre a una reflexión sobre la identidad y la ficción, sobre quiénes decimos ser, sobre como construimos nuestra personalidad a través de la historia de nuestras vidas, de lo que decimos que es la historia de nuestras vidas, en última instancia, sobre la ficción a secas.
Este clima de sospecha permanente desrealiza la trama; empezamos a creer que todo puede ser una fantasía, quizá de la narradora, quizá del viejo escritor que, en su soledad, imagina una chica linda y caliente tan devota de su obra. Es muy notorio, además (y Lissardi lleva estos efectos de lectura con rienda firme) como van proliferando hacia el final situaciones que terminan por desvanecerse o volverse intrascendentes, eludiendo las consecuencias posibles que imagina el lector y creando en consecuencia un clima evanescente e irreal. En última instancia, esa escritura ausente, la del escritor que dice no escribir, puede leerse como desdoblada en la de la novela que tenemos en nuestras manos. “El deseo de escribir el deseo. De tinta usaba mi semen, un tintero que creía inagotable. Y sin embargo se secó. Se acabó. Nada tiene sentido. El deseo era lo que le daba sentido a todo” (p.11); muerto ese deseo muere la escritura, pero si seguimos esta hipótesis de lectura, la novela escenificaría el deseo de su propia escritura, el deseo de la aparición de esa mujer especial que devuelva al escritor a la vida. Una invocación, una forma de magia. “¿Qué me hiciste, guachita divina? ¿Qué gualicho me hiciste?” (p.51) leemos ante la “resurrección” de la libido del viejo, de la que la narradora comenta, no sin ironía, “nomás faltaba un coral de Bach”.
Estos elementos de fantasía, podría pensarse, separan a esta nueva novela de Lissardi de la Trilogía precedente (que tenía en la infidelidad un eje temático); se mantiene como elemento en común el tono narrativo y el énfasis en una trama sólida, una narración llevada con pulso firme y ejemplar. Quizá el principal aporte de esta novela a la obra Lissardiana sea un lúcido, autoconciente juego de desarticulación de lo narrado en el contexto mismo de la trama. Podría encontrarse un antecedente de este juego relato/realidad en la lectura del diario en Los secretos de Romina Lucas, una novela con clara carga policial en el que gran parte del misterio está en una identidad, en un gran “quién” cuya respuesta es siempre narrativa. Una como ninguna nos acerca a ese y a otros misterios: los del yo, los del deseo, los de la ficción y la escritura.

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