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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 7 de diciembre de 2008

momentos

He llegado a creer que mi vida (mi vida verdadera) se compone de un número muy pequeño de momentos, contados con los dedos de una mano. Y estos se suceden, emergiendo (gracias a azares de la conciencia y la sensibilidad) de lo que podría llamarse la espuma del tiempo o la vida vacía, insignificante, de todos los días. Por ejemplo: es de madrugada y estoy en un ómnibus, sentado en un asiento del lado de la ventanilla. Mi mente está ocupada en cualquier cosa, una novela que estoy escribiendo, el recuerdo de alguna película; un poco distraído miro hacia fuera y encuentro una entrada de edificio, iluminada por una luz amarillenta, tenue y tensa sobre las superficies. El ómnibus reanuda su marcha inmediatamente, arrastrando la visión hacia el pasado; entonces algo sucede en mí que reconoce al momento (como un dèja vú en el que se adivinan niveles aún más profundos), sin importar el ómnibus, la entrada del edificio o sus formas; algo, vinculado quizá a esa forma particular en que la luz baña el espacio, me hace entender que esa circunstancia está en mi pasado, y no una sino docenas, cientos de veces.

Estos momentos no incluyen más de cinco o seis (ese es el número que, no sin esfuerzo, podría evocar ahora), o si lo hacen, se trata de muy pocos más. Los mecanismos que atraen el reconocimiento incluyen también aromas, rostros, gestos y sonidos; y siempre entiendo, con total claridad, que sólo allí esta la vida, la realidad, que allí está en verdad mi tiempo y que el resto es espuma. ¿Qué son, en última instancia, estos momentos, y qué los diferencia del tiempo común y corriente, el que se empoza, el que desgasta, el que miden los relojes? El ómnibus ya ha recorrido gran parte del camino cuando llego a la conclusión –que pronto olvidaré, al bajarme, al caminar hacia mi casa, al entrar a mi trabajo- de que no debo pensar como cosas diferentes los acontecimientos y los seres, porque en rigor yo soy esos momentos, o ellos y yo somos algo, esa cosa que es y que, según Borges, persiguió a Jonathan Swift al borde de su muerte.

A veces creo que podré terminar algún una lista completa de mis momentos. Pero este ímpetu ordenador, clasificador, racional en una palabra, está, lo sé, destinado al fracaso. El presente y el momento al que remite están relacionados en el misterio; no hay notas esenciales que se repitan, pues el mismo momento puede ser evocado por la visión del edificio, por un árbol solitario en el campo o por el sonido de la voz (más allá de su melodía y sus palabras) de Eddie Vedder. Terminar en verdad la lista es imposible porque carece de orden, de alguna manera racional de decir por qué una lista pensada es mejor que otra; sin embargo allí está, con los bordes difusos de un fantasma translúcido, y de sentirla se trata uno de los momentos que la componen: de entender que estos existen, que su número es escaso y que se repiten en un orden secreto que marcará, quizá, los límites de mi yo.

Pero esto último seguramente es ficción, o más ficción todavía. Me he dejado llevar, tristemente, por los mismos hábitos de siempre.

Una vez, nadando en una playa embravecida, sentí el apretado movimiento de mis músculos; algunos días después intente reconstruir esa sensación tendido en mi cama, recordar no el agua salada o el cielo abrumador sino todo lo que pasara entre mi piel y mis huesos. Alcancé así otro de mis momentos, quizá pautado por alguna forma de tacto o de operación de la memoria, o ambas cosas. No he vuelto a sentirlo, quizá porque tiendo más a lo auditivo y a lo visual, y a esas percepciones prousteanas ligadas al olfato, pero sé que está ahí, que es parte de eso que soy, o de eso que sigue siendo. Sin embargo, no se parece en nada a los otros.

Y es curioso, porque otros sí se parecen: el momento de la luz del atardecer en las estatuas (al que también he llegado a través de una habitación iluminada en un edificio) y el momento en que entiendo que la noche de los días de mi infancia es más profunda y más densa.

Es posible que una operación análoga a esta que estoy intentando reseñar inspirara a Platón sus ideas o arquetipos. Estos míos son los de un mundo que está cubierto por mi yo, por una forma trascendente de mi yo que ha invadido al universo o se ha fundido con él. Esta suerte de narcisismo me otorga una secreta esperanza.

1 comentario:

Matías B. dijo...

Un autor francés, by the name of Remi Hess, tiene un acercamiento interesante al respecto. Justamente, elaboró una cosa que se llama "la teoría de los momentos", la cual decantó como fruto de su actividad principal, entrevistar personas y escribir sus "historias de vida". El tipo es especialista en análisis individual e institucional y descubrió que casi todas las personas estructuran su vida en capítulos, conducidos o caracterizados por algún "momento" determinado, bajo la forma de eventos puntuales o procesos enteros más estirados en el tiempo.