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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 13 de diciembre de 2008

novelas... totales!

Es posible pensar que, dentro de las enormes variedades de la experiencia novelística, por parodiar cierto título célebre, merece un lugar especial la categoría de “novelas totales”. Se trata de aquellos textos que marcan épocas, extienden los alcances del género y se convierten en un referente de desafío y posibilidades para escritores futuros; libros en los que contienden vastas estructuras de concepción de la vida, la existencia, creando formas de concebir y pensar la realidad y la relación de esta con las palabras y la literatura. Obras que incendian la selva para luego sembrar (y ver crecer como por arte de magia) otra aun más tupida y fértil. Mi canon personal de novelas totales es el siguiente, reduciendo salvajemente la lista a una por década (con una excepción que no hay manera de evitar):

Años 20: Ulysses y A la recherche du temps perdu. Probablemente sólo una novela de las que mencionaré está a la altura expresiva y totalizadora de estos dos libros (o conjuntos de libros). Ambos tocan la savia profunda del tiempo o nos hacen creer que existe esa savia y que no era lo que creíamos antes. Buscar el centro secreto de cada una de estas novelas infinitas sería la gran aventura de un Don Quijote que no ha salido de su biblioteca.

Años 30: Voyage au bout de la nuit. La novela total arquetípica y pura, verdadero manual de instrucciones para novelistas con pretensiones de totalidad. La mitad de la literatura del siglo XX nace (o se reconfigura) con este libro. Pocas novelas logran construir en el lector esa sensación física de avance por un territorio desconocido que mana del Viaje al atravesar su primer tercio. A partir de este libro pierde sentido (si es que lo tuvo alguna vez) la dicotomía civilización/barbarie.

Años 40: Finnegans wake.
La única verdadera representación de la noche, el sueño y la pesadilla. La realización del sueño de Mallarmé, o al menos su mitad oscura. El libro de los muertos que Occidente ha venerado sin saberlo. La esperanza de resurrección de la literatura. La fundición de las lenguas, reducidas a materia maleable. La única victoria sobre el virus maligno del que hablaba William Burroughs. Nadie ha tenido el poder, el verdadero poder, de Joyce. Las palabras se derretían ante el calor de sus manos.

Años 50: The lord of the rings. Tolkien extiende al máximo las propiedades creadoras (mágicas) del lenguaje, probando una vez más que toda la realidad pasa por la criba de las palabras o, mejor dicho, que más acá de las palabras solo está el enigma y por lo tanto lo sagrado, y que para nombrarlo o mostrarlo sólo cabe reconfigurar el lenguaje, ya que él, por sí mismo, no lo dirá. Y el mito es una de esas reconfiguraciones. Todo lo que hemos pensado y soñado está presente en la historia de Frodo y el anillo: Aquel que descarte esta novela solo revelará la pequeñez de su alma.

Años 60: Rayuela. Se ha escrito demasiado sobre esta novela de Cortazar, y no es fácil evitar caer en lugares comunes, como quien refiriéndose a la música de Mozart diga “es tan, taaan genial”. Rayuela es una fiesta del estilo y también una nueva demarcación y reglamento de tierras del lenguaje literario. Es imposible leerla de verdad y no contaminarse, impregnarse de su logos viviente y pulsante. Luego hay tiempo de dejarla de lado o incluso odiarla: son ciclos. Siempre se vuelve al enorme juego que propone, metáfora de la vida y la literatura. Y toda novela total implica una forma nueva de conocimiento. En Rayuela esto esta clarísimo; lo estaría incluso sin el comentario, el metatexto inserto a la ficción, las notas del escritor Morelli, espejo deformante que sostuvo Cortázar ante sí. Incluye también algunas hermosas terrajadas dispersas entre sus páginas, pero es así como debe ser. Por el gesto de hacer visible el gesto.

Años 70: Gravity’s rainbow. La enorme, monstruosa novela de Thomas Pynchon, seguramente el último genio indiscutido de la literatura americana y también de las otras, al menos el último vivo. Más que una constelación se trata de un cúmulo estelar: la posiblidad de trazar figuras al unir con líneas las estrellas estalla en la creación de un nuevo universo. No hay rastro alguno de lógica lineal en sus casi 1000 páginas, llenas de hallazgos verbales, (in)genio e impredictibilidad. Quizá ha marcado el último no-va-más de la literatura, como lo hizo en su momento Ulysses y poco después Finnegans Wake.

Años 80: Lanark. El gran banquete posmoderno y las sobras de la literatura y el pensamiento de los siglos. La representación más coherente de una novela que se lee a sí misma. El mayor mural pintado por su autor. ¿Qué más decir de este gran libro de Alasdair Gray? Si hubiera en sus páginas una representación del paraíso cabría colocarla al lado de la Comedia de Dante. Lanark: la máquina del autocanon, el atlas del infierno macro y microcósmico, la última realización literaria del principio que abre la Tabula smagardina de Hermes Trimegisto.

Años 90: Infinite jest. La muerte de David Foster Wallace, hace pocos meses, fue una verdadera tragedia para la literatura. Y pensar que tantos otros viejos tontos siguen vivos y escribiendo poemarios tan estúpidos mientras el gran David no pudo vivir más allá de los 46 años! Nadie, desde Stephen Dedalus, ha tenido tanto y tan preciso control sobre el pensamiento vuelto lenguaje. Infinite jest puede leerse como si proyectara hacia atrás una historia ucrónica de la literatura, el conjunto complementario exacto de Lanark. El virtuosismo de Foster Wallace, sencillamente, no tiene parangón. Ha entrenado sus músculos cargando sobre sus hombros el peso de la abrumadora tradición literaria.

2000 hasta la fecha: 2666. La obra inconclusa, como En busca del tiempo perdido, de Roberto Bolaño, el escritor con más cojones de Latinoamérica. Su lenguaje es tenso, seco, minucioso y despiadado; al pasar los cientos de páginas de esta(s) novela(s) poco a poco se va teniendo la sensación de encontrarse ante un gigantesco bestiario. Podría leérsela como una reestructuración del Viaje de Céline, quebrado en cuatro o cinco pedazos y sembrado cada uno en una maceta diferente, transportadas a rincones opuestos del mundo, vueltos a reunir y esperado el tiempo necesario para que se fundan en un único ser vivo. En la “parte” final, la del escritor Arcimboldi, Bolaño ficcionaliza la vacía esperanza del escritor, la utopía de la literatura: lo único que nos queda. Y más que suficiente.

3 comentarios:

Maxi dijo...

Excelente lista.
Me atrevo a sugerir tres alternativas: The Sound and the Fury De W. Faulkner, Naked Lunch de Burroughs y The Recognitions de W. Gaddis. No sé si han marcado una época, pero si han extendido los límites del género y se han convertido en referentes de escritores posteriores(las dos últimas de un modo más subterráneo, quizás. Aunque ¿cuánto le debe V de Pynchon a Gaddis?). Por otra parte, hay autores que no han escrito una novela total, pero que con el conjunto (o con una parte) de su obra han producido los efectos que describís. Pienso en Beckett, por ejemplo.Incluso, forzando un poco las cosas, podría incluirse a la trilogía (Molloy, Malone muere y El innombrable)dentro de la categoría de novelas totales.

Ramiro Sanchiz dijo...

El libro de Gaddis es un gran candidato; de todas formas en su franja de tiempo me quedé con Tolkien, por razones que más o menos quedan claras en la lista. Burroughs, pese a que Naked Lunch es uno de mis libros favoritos, creo que entra en otra categoría, la que, parafraseando a Ballard, podríamos llamar "novela conceptual". La novela total necesita transmitir esa sensación de tratarse de un libro donde se encuentran el cielo y la tierra... y eso me parece un poco ajeno al libro de Burroughs. Lo de Beckett que decís es acertado;la trilogía, pensada como una novela única, podría funcionar en la la lista, pero por separado me parece que no. Igual intuitivamente te diría que la vocación de escribir una novela total es ajena al viejo Samuel.

Telemías dijo...

Bueno..., yo también agrego:
El árbol de la ciencia de Pío Baroja, de la primera década del XX.
Cien años de soledad, para competir con Rayuela.
Ensayo sobre la ceguera, para los noventa.
Pero si tengo que pensar en uno solo del siglo XX, ese es Tolkien.

Saludos