Un año interesante, sin lugar a dudas. Y el 2009, estoy seguro, lo será aun más.
Levanto mi copa para brindar con todos los fieles lectores de este blog. Feliz año nuevo!!!!
smigración de Timothy Archer; ¿o hubiese "regresado" a su faceta más cienciaficcionera, la que produjo obras maestras como Ubik, El hombre en el castillo y Los tres estigmas de Palmer Eldritch? ¿Y si hubiese insistido en su obra de narrativa general, al estilo de Voices from the street o Ir tirando? Podemos pensar una -o varias- ucronías; el mundo no podría ser el mismo con PKD dirigiendo el desconcierto.Es posible pensar que, dentro de las enormes variedades de la experiencia novelística, por parodiar cierto título célebre, merece un lugar especial la categoría de “novelas totales”. Se trata de aquellos textos que marcan épocas, extienden los alcances del género y se convierten en un referente de desafío y posibilidades para escritores futuros; libros en los que contienden vastas estructuras de concepción de la vida, la existencia, creando formas de concebir y pensar la realidad y la relación de esta con las palabras y
Años 30: Voyage au bout de
Años 40: Finnegans wake. La única verdadera representación de la noche, el sueño y
Años 50: The lord of the rings. Tolkien extiende al máximo las propiedades creadoras (mágicas) del lenguaje, probando una vez más que toda la realidad pasa por la criba de las palabras o, mejor dicho, que más acá de las palabras solo está el enigma y por lo tanto lo sagrado, y que para nombrarlo o mostrarlo sólo cabe reconfigurar el lenguaje, ya que él, por sí mismo, no lo dirá. Y el mito es una de esas reconfiguraciones. Todo lo que hemos pensado y soñado está presente en la historia de Frodo y el anillo: Aquel que descarte esta novela solo revelará la pequeñez de su alma.
Años 60: Rayuela. Se ha escrito demasiado sobre esta novela de Cortazar, y no es fácil evitar caer en lugares comunes, como quien refiriéndose a la música de Mozart diga “es tan, taaan genial”. Rayuela es una fiesta del estilo y también una nueva demarcación y reglamento de tierras del lenguaje literario. Es imposible leerla de verdad y no contaminarse, impregnarse de su logos viviente y pulsante. Luego hay tiempo de dejarla de lado o incluso odiarla: son ciclos. Siempre se vuelve al enorme juego que propone, metáfora de la vida y
Años 70: Gravity’s rainbow. La enorme, monstruosa novela de Thomas Pynchon, seguramente el último genio indiscutido de la literatura americana y también de las otras, al menos el último vivo. Más que una constelación se trata de un cúmulo estelar: la posiblidad de trazar figuras al unir con líneas las estrellas estalla en la creación de un nuevo universo. No hay rastro alguno de lógica lineal en sus casi 1000 páginas, llenas de hallazgos verbales, (in)genio e impredictibilidad. Quizá ha marcado el último no-va-más de la literatura, como lo hizo en su momento Ulysses y poco después Finnegans Wake.
Años 80: Lanark. El gran banquete posmoderno y las sobras de la literatura y el pensamiento de los siglos. La representación más coherente de una novela que se lee a sí misma. El mayor mural pintado por su autor. ¿Qué más decir de este gran libro de Alasdair Gray? Si hubiera en sus páginas una representación del paraíso cabría colocarla al lado de la Comedia de Dante. Lanark: la máquina del autocanon, el atlas del infierno macro y microcósmico, la última realización literaria del principio que abre la Tabula smagardina de Hermes Trimegisto.
Años 90: Infinite jest. La muerte de David Foster Wallace, hace pocos meses, fue una verdadera tragedia para
2000 hasta la fecha: 2666. La obra inconclusa, como En busca del tiempo perdido, de Roberto Bolaño, el escritor con más cojones de Latinoamérica. Su lenguaje es tenso, seco, minucioso y despiadado; al pasar los cientos de páginas de esta(s) novela(s) poco a poco se va teniendo la sensación de encontrarse ante un gigantesco bestiario. Podría leérsela como una reestructuración del Viaje de Céline, quebrado en cuatro o cinco pedazos y sembrado cada uno en una maceta diferente, transportadas a rincones opuestos del mundo, vueltos a reunir y esperado el tiempo necesario para que se fundan en un único ser vivo. En la “parte” final, la del escritor Arcimboldi, Bolaño ficcionaliza la vacía esperanza del escritor, la utopía de la literatura: lo único que nos queda. Y más que suficiente.
He llegado a creer que mi vida (mi vida verdadera) se compone de un número muy pequeño de momentos, contados con los dedos de una mano. Y estos se suceden, emergiendo (gracias a azares de la conciencia y la sensibilidad) de lo que podría llamarse la espuma del tiempo o la vida vacía, insignificante, de todos los días. Por ejemplo: es de madrugada y estoy en un ómnibus, sentado en un asiento del lado de
Estos momentos no incluyen más de cinco o seis (ese es el número que, no sin esfuerzo, podría evocar ahora), o si lo hacen, se trata de muy pocos más. Los mecanismos que atraen el reconocimiento incluyen también aromas, rostros, gestos y sonidos; y siempre entiendo, con total claridad, que sólo allí esta la vida, la realidad, que allí está en verdad mi tiempo y que el resto es espuma. ¿Qué son, en última instancia, estos momentos, y qué los diferencia del tiempo común y corriente, el que se empoza, el que desgasta, el que miden los relojes? El ómnibus ya ha recorrido gran parte del camino cuando llego a la conclusión –que pronto olvidaré, al bajarme, al caminar hacia mi casa, al entrar a mi trabajo- de que no debo pensar como cosas diferentes los acontecimientos y los seres, porque en rigor yo soy esos momentos, o ellos y yo somos algo, esa cosa que es y que, según Borges, persiguió a Jonathan Swift al borde de su muerte.
A veces creo que podré terminar algún una lista completa de mis momentos. Pero este ímpetu ordenador, clasificador, racional en una palabra, está, lo sé, destinado al fracaso. El presente y el momento al que remite están relacionados en el misterio; no hay notas esenciales que se repitan, pues el mismo momento puede ser evocado por la visión del edificio, por un árbol solitario en el campo o por el sonido de la voz (más allá de su melodía y sus palabras) de Eddie Vedder. Terminar en verdad la lista es imposible porque carece de orden, de alguna manera racional de decir por qué una lista pensada es mejor que otra; sin embargo allí está, con los bordes difusos de un fantasma translúcido, y de sentirla se trata uno de los momentos que la componen: de entender que estos existen, que su número es escaso y que se repiten en un orden secreto que marcará, quizá, los límites de mi yo.
Pero esto último seguramente es ficción, o más ficción todavía. Me he dejado llevar, tristemente, por los mismos hábitos de siempre.
Una vez, nadando en una playa embravecida, sentí el apretado movimiento de mis músculos; algunos días después intente reconstruir esa sensación tendido en mi cama, recordar no el agua salada o el cielo abrumador sino todo lo que pasara entre mi piel y mis huesos. Alcancé así otro de mis momentos, quizá pautado por alguna forma de tacto o de operación de la memoria, o ambas cosas. No he vuelto a sentirlo, quizá porque tiendo más a lo auditivo y a lo visual, y a esas percepciones prousteanas ligadas al olfato, pero sé que está ahí, que es parte de eso que soy, o de eso que sigue siendo. Sin embargo, no se parece en nada a los otros.
Y es curioso, porque otros sí se parecen: el momento de la luz del atardecer en las estatuas (al que también he llegado a través de una habitación iluminada en un edificio) y el momento en que entiendo que la noche de los días de mi infancia es más profunda y más densa.
Es posible que una operación análoga a esta que estoy intentando reseñar inspirara a Platón sus ideas o arquetipos. Estos míos son los de un mundo que está cubierto por mi yo, por una forma trascendente de mi yo que ha invadido al universo o se ha fundido con él. Esta suerte de narcisismo me otorga una secreta esperanza.