miércoles, 31 de diciembre de 2008

El clásico post de fin de año

El 2008 fue un año interesante. En literatura, vimos la publicación de Dodecamerón, la novela más ambiciosa escrita últimamente por estas latitudes y un increíble ejercicio de virtuosismo. También aparecieron tres excelentes libros de autores de mi generación: Oso de trapo, de Horacio Cavallo, Porrovideo, de Jorge Alfonso, y Rapsodia nocturna, de Gabriel Schutz, líneas para el mapa de la nueva literatura uruguaya, que estoy convencido de que es ya una realidad. También fue el 2008 un año de renovación para el comic nacional: fue publicada la primera novela gráfica de nuestro medio, Los últimos días del Graf Spee, por Matias Bergara (imagen) y Rodolfo Santullo (palabras), quien vivió un año de reconocimientos y crecimiento, obteniendo el premio de los Fondos Concursables con la mencionada novela gráfica y con su libro (de aparición en Mayo 2009 por editorial Trilce) Cementerio norte, una excelente novela policial, como también lo es Las otras caras del verano, escrita junto a Martín Bentancor y más evidencia de su condición del practicante del género policial más relevante este momento en nuestro pais. En lo personal, publiqué relatos en dos antologías "generacionales", El descontento y la promesa y Esto no es una antología, mi novela 01.lineal, editada en Salamanca por editorial Anidia (con ilustraciones de Matías Bergara), varias reseñas en La diaria y artículos en la revista de Ciencia Ficción argentina Axxón. Y para cerrar el año, el escritor Roberto Bayeto, uno de los creadores más originales y personales de nuestra literatura, abandonó su condición de ermitaño subiendo a la red su blog, Ciudad Gris.

Un año interesante, sin lugar a dudas. Y el 2009, estoy seguro, lo será aun más.

Levanto mi copa para brindar con todos los fieles lectores de este blog. Feliz año nuevo!!!!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Feliz cumpleaños PKD!!!!

Con dos días de atraso quiero celebrar el cumpleaños del gran Philip K.Dick, que, nacido el 15 de Diciembre de 1928, estaría cumpliendo 80 años. ¿Qué hubiese escrito Philip de haber sobrevivido al cáncer pancreático que se llevó su vida? Probablemente hubiese profundizado la veta autobiográfica/espiritual de su última trilogía, VALIS, La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer; ¿o hubiese "regresado" a su faceta más cienciaficcionera, la que produjo obras maestras como Ubik, El hombre en el castillo y Los tres estigmas de Palmer Eldritch? ¿Y si hubiese insistido en su obra de narrativa general, al estilo de Voices from the street o Ir tirando? Podemos pensar una -o varias- ucronías; el mundo no podría ser el mismo con PKD dirigiendo el desconcierto.
Para unirme a la celebración del nacimiento del escritor al que considero uno de los más relevantes del siglo XX reproduzco la carta astral publicada en el excelente blog Total Dick-head. Según los entendidos en el tema, las predicciones son terriblemente acertadas. ¿Creía PKD en la astrología? Quizá lo hizo durante 5 mintos a principios de 1980, para descartarla en beneficio de su propio sistema, que le duraría apenas un día más. Cuando Merry le preguntó a Gandalf qué haría si tuviera la posibilidad de usar libremente alguno de los Palantiri, el viejo mago contestó "viajaría con mi mirada hacia atrás en el tiempo, para encontrar trabajando a la mente del gran Fëanor". Si cayera en mis manos un artefacto similar intentaría sentir al menos por un minuto cómo es estar en la mente de Philip K.Dick, asumiendo todos los peligros posibles. Este artificio, claro, ya fue empleado por PKD en más de una de sus ficciones, la novela Ojo en el cielo una de ellas.
Otra posibilidad: emplear la "maquina preservadora" de su famoso cuento, alimentándola con su obra completa. ¿Que criatura surgiría, por ejemplo, de Los tres estigmas o "La fe de nuestros padres? Tiemblo de solo pensarlo...

Philip Dick viene acompañándome desde hace quince años. Pocos escritores -Tolkien, Levrero, Borges- despiertan en mí la clase de amor, admiración y gratitud que siento al evocar su obra. No puedo pensar en mi escritura -o en la literatura en general- sin la obra de PKD, a la que juzgo inevitable y necesaria, como Pierre Menard afirmaba ser incapaz de imaginar el mundo sin el Barco Ebrio de Rimbaud o algunas palabras de Edgar Allan Poe.


sábado, 13 de diciembre de 2008

novelas... totales!

Es posible pensar que, dentro de las enormes variedades de la experiencia novelística, por parodiar cierto título célebre, merece un lugar especial la categoría de “novelas totales”. Se trata de aquellos textos que marcan épocas, extienden los alcances del género y se convierten en un referente de desafío y posibilidades para escritores futuros; libros en los que contienden vastas estructuras de concepción de la vida, la existencia, creando formas de concebir y pensar la realidad y la relación de esta con las palabras y la literatura. Obras que incendian la selva para luego sembrar (y ver crecer como por arte de magia) otra aun más tupida y fértil. Mi canon personal de novelas totales es el siguiente, reduciendo salvajemente la lista a una por década (con una excepción que no hay manera de evitar):

Años 20: Ulysses y A la recherche du temps perdu. Probablemente sólo una novela de las que mencionaré está a la altura expresiva y totalizadora de estos dos libros (o conjuntos de libros). Ambos tocan la savia profunda del tiempo o nos hacen creer que existe esa savia y que no era lo que creíamos antes. Buscar el centro secreto de cada una de estas novelas infinitas sería la gran aventura de un Don Quijote que no ha salido de su biblioteca.

Años 30: Voyage au bout de la nuit. La novela total arquetípica y pura, verdadero manual de instrucciones para novelistas con pretensiones de totalidad. La mitad de la literatura del siglo XX nace (o se reconfigura) con este libro. Pocas novelas logran construir en el lector esa sensación física de avance por un territorio desconocido que mana del Viaje al atravesar su primer tercio. A partir de este libro pierde sentido (si es que lo tuvo alguna vez) la dicotomía civilización/barbarie.

Años 40: Finnegans wake.
La única verdadera representación de la noche, el sueño y la pesadilla. La realización del sueño de Mallarmé, o al menos su mitad oscura. El libro de los muertos que Occidente ha venerado sin saberlo. La esperanza de resurrección de la literatura. La fundición de las lenguas, reducidas a materia maleable. La única victoria sobre el virus maligno del que hablaba William Burroughs. Nadie ha tenido el poder, el verdadero poder, de Joyce. Las palabras se derretían ante el calor de sus manos.

Años 50: The lord of the rings. Tolkien extiende al máximo las propiedades creadoras (mágicas) del lenguaje, probando una vez más que toda la realidad pasa por la criba de las palabras o, mejor dicho, que más acá de las palabras solo está el enigma y por lo tanto lo sagrado, y que para nombrarlo o mostrarlo sólo cabe reconfigurar el lenguaje, ya que él, por sí mismo, no lo dirá. Y el mito es una de esas reconfiguraciones. Todo lo que hemos pensado y soñado está presente en la historia de Frodo y el anillo: Aquel que descarte esta novela solo revelará la pequeñez de su alma.

Años 60: Rayuela. Se ha escrito demasiado sobre esta novela de Cortazar, y no es fácil evitar caer en lugares comunes, como quien refiriéndose a la música de Mozart diga “es tan, taaan genial”. Rayuela es una fiesta del estilo y también una nueva demarcación y reglamento de tierras del lenguaje literario. Es imposible leerla de verdad y no contaminarse, impregnarse de su logos viviente y pulsante. Luego hay tiempo de dejarla de lado o incluso odiarla: son ciclos. Siempre se vuelve al enorme juego que propone, metáfora de la vida y la literatura. Y toda novela total implica una forma nueva de conocimiento. En Rayuela esto esta clarísimo; lo estaría incluso sin el comentario, el metatexto inserto a la ficción, las notas del escritor Morelli, espejo deformante que sostuvo Cortázar ante sí. Incluye también algunas hermosas terrajadas dispersas entre sus páginas, pero es así como debe ser. Por el gesto de hacer visible el gesto.

Años 70: Gravity’s rainbow. La enorme, monstruosa novela de Thomas Pynchon, seguramente el último genio indiscutido de la literatura americana y también de las otras, al menos el último vivo. Más que una constelación se trata de un cúmulo estelar: la posiblidad de trazar figuras al unir con líneas las estrellas estalla en la creación de un nuevo universo. No hay rastro alguno de lógica lineal en sus casi 1000 páginas, llenas de hallazgos verbales, (in)genio e impredictibilidad. Quizá ha marcado el último no-va-más de la literatura, como lo hizo en su momento Ulysses y poco después Finnegans Wake.

Años 80: Lanark. El gran banquete posmoderno y las sobras de la literatura y el pensamiento de los siglos. La representación más coherente de una novela que se lee a sí misma. El mayor mural pintado por su autor. ¿Qué más decir de este gran libro de Alasdair Gray? Si hubiera en sus páginas una representación del paraíso cabría colocarla al lado de la Comedia de Dante. Lanark: la máquina del autocanon, el atlas del infierno macro y microcósmico, la última realización literaria del principio que abre la Tabula smagardina de Hermes Trimegisto.

Años 90: Infinite jest. La muerte de David Foster Wallace, hace pocos meses, fue una verdadera tragedia para la literatura. Y pensar que tantos otros viejos tontos siguen vivos y escribiendo poemarios tan estúpidos mientras el gran David no pudo vivir más allá de los 46 años! Nadie, desde Stephen Dedalus, ha tenido tanto y tan preciso control sobre el pensamiento vuelto lenguaje. Infinite jest puede leerse como si proyectara hacia atrás una historia ucrónica de la literatura, el conjunto complementario exacto de Lanark. El virtuosismo de Foster Wallace, sencillamente, no tiene parangón. Ha entrenado sus músculos cargando sobre sus hombros el peso de la abrumadora tradición literaria.

2000 hasta la fecha: 2666. La obra inconclusa, como En busca del tiempo perdido, de Roberto Bolaño, el escritor con más cojones de Latinoamérica. Su lenguaje es tenso, seco, minucioso y despiadado; al pasar los cientos de páginas de esta(s) novela(s) poco a poco se va teniendo la sensación de encontrarse ante un gigantesco bestiario. Podría leérsela como una reestructuración del Viaje de Céline, quebrado en cuatro o cinco pedazos y sembrado cada uno en una maceta diferente, transportadas a rincones opuestos del mundo, vueltos a reunir y esperado el tiempo necesario para que se fundan en un único ser vivo. En la “parte” final, la del escritor Arcimboldi, Bolaño ficcionaliza la vacía esperanza del escritor, la utopía de la literatura: lo único que nos queda. Y más que suficiente.

domingo, 7 de diciembre de 2008

momentos

He llegado a creer que mi vida (mi vida verdadera) se compone de un número muy pequeño de momentos, contados con los dedos de una mano. Y estos se suceden, emergiendo (gracias a azares de la conciencia y la sensibilidad) de lo que podría llamarse la espuma del tiempo o la vida vacía, insignificante, de todos los días. Por ejemplo: es de madrugada y estoy en un ómnibus, sentado en un asiento del lado de la ventanilla. Mi mente está ocupada en cualquier cosa, una novela que estoy escribiendo, el recuerdo de alguna película; un poco distraído miro hacia fuera y encuentro una entrada de edificio, iluminada por una luz amarillenta, tenue y tensa sobre las superficies. El ómnibus reanuda su marcha inmediatamente, arrastrando la visión hacia el pasado; entonces algo sucede en mí que reconoce al momento (como un dèja vú en el que se adivinan niveles aún más profundos), sin importar el ómnibus, la entrada del edificio o sus formas; algo, vinculado quizá a esa forma particular en que la luz baña el espacio, me hace entender que esa circunstancia está en mi pasado, y no una sino docenas, cientos de veces.

Estos momentos no incluyen más de cinco o seis (ese es el número que, no sin esfuerzo, podría evocar ahora), o si lo hacen, se trata de muy pocos más. Los mecanismos que atraen el reconocimiento incluyen también aromas, rostros, gestos y sonidos; y siempre entiendo, con total claridad, que sólo allí esta la vida, la realidad, que allí está en verdad mi tiempo y que el resto es espuma. ¿Qué son, en última instancia, estos momentos, y qué los diferencia del tiempo común y corriente, el que se empoza, el que desgasta, el que miden los relojes? El ómnibus ya ha recorrido gran parte del camino cuando llego a la conclusión –que pronto olvidaré, al bajarme, al caminar hacia mi casa, al entrar a mi trabajo- de que no debo pensar como cosas diferentes los acontecimientos y los seres, porque en rigor yo soy esos momentos, o ellos y yo somos algo, esa cosa que es y que, según Borges, persiguió a Jonathan Swift al borde de su muerte.

A veces creo que podré terminar algún una lista completa de mis momentos. Pero este ímpetu ordenador, clasificador, racional en una palabra, está, lo sé, destinado al fracaso. El presente y el momento al que remite están relacionados en el misterio; no hay notas esenciales que se repitan, pues el mismo momento puede ser evocado por la visión del edificio, por un árbol solitario en el campo o por el sonido de la voz (más allá de su melodía y sus palabras) de Eddie Vedder. Terminar en verdad la lista es imposible porque carece de orden, de alguna manera racional de decir por qué una lista pensada es mejor que otra; sin embargo allí está, con los bordes difusos de un fantasma translúcido, y de sentirla se trata uno de los momentos que la componen: de entender que estos existen, que su número es escaso y que se repiten en un orden secreto que marcará, quizá, los límites de mi yo.

Pero esto último seguramente es ficción, o más ficción todavía. Me he dejado llevar, tristemente, por los mismos hábitos de siempre.

Una vez, nadando en una playa embravecida, sentí el apretado movimiento de mis músculos; algunos días después intente reconstruir esa sensación tendido en mi cama, recordar no el agua salada o el cielo abrumador sino todo lo que pasara entre mi piel y mis huesos. Alcancé así otro de mis momentos, quizá pautado por alguna forma de tacto o de operación de la memoria, o ambas cosas. No he vuelto a sentirlo, quizá porque tiendo más a lo auditivo y a lo visual, y a esas percepciones prousteanas ligadas al olfato, pero sé que está ahí, que es parte de eso que soy, o de eso que sigue siendo. Sin embargo, no se parece en nada a los otros.

Y es curioso, porque otros sí se parecen: el momento de la luz del atardecer en las estatuas (al que también he llegado a través de una habitación iluminada en un edificio) y el momento en que entiendo que la noche de los días de mi infancia es más profunda y más densa.

Es posible que una operación análoga a esta que estoy intentando reseñar inspirara a Platón sus ideas o arquetipos. Estos míos son los de un mundo que está cubierto por mi yo, por una forma trascendente de mi yo que ha invadido al universo o se ha fundido con él. Esta suerte de narcisismo me otorga una secreta esperanza.

martes, 2 de diciembre de 2008

ciencia y error reloaded

Hay muchos tipos de lectores de blogs; los más no leen posts largos y se limitan a pasear sus ojos por la o las entradas más recientes. Ahora bien, como muchas veces sucede que algun lector deja un comentario en una entrada bastante vieja, ese tipo de lector tiende a perderse la posibilidad de meterse en alguna polémica o discusión interesante...
¿A qué viene todo esto? ¿Sigo con mis teorizaciones tontas sobre blogs y lectores de blogs? Bueno, más o menos. Revisando la historia reciente de Aparatos encontré un comentario de hace un par de días en mi ya bastante viejita entrada "Ciencia, error, Einstein, dios", que quería delinear -apenas delinear- alguna posible lectura gnóstica de cierta conocida sentencia -quizá una boutade, quizá no- de Albert Einstein. Para rescatarlo del olvido bloggero -y porque plantea un tópico interesantísimo que vale la pena continuar avivando-, reproduzco aquí el comentario en cuestión:

La idea de mal, así también extensible a maldad humana, es un defecto de base. Un elemento y/o fallo tolerado en la ecuación de la creación de todo. Si partimos de la casi demostrada dualidad de las cosas que nos rodean, es justamente necesario que exista el polo opuesto para la explicación de un hecho. Esto quiere decir que no podemos definir una cosa y un hecho si no es aproximándolo a cualquiera de los polos en los que se encuentre su definición. Definimos las cosas por exceso (más parecido a su polo positivo) y por defecto (más semejante a su polo negativo), así obtenemos matices intermedios en la definición y no un valor absoluto positivo ni un valor absoluto negativo. Volviendo a mal como fallo, creo que podría ser consecuencia de la materia. Si partimos de que la "perfección" de encuentra en el lenguaje de la física o de la matemática (que es mi opinión personal), el fallo se ha de hallar en la traducción del lenguaje abstracto (matemática) al lenguaje matérico (ejemplos concretos de la realidad).De aquí se deriva que la opinión de Einstein fuera que Dios podría tener unos principios equivocados al demostrarse que su teoría era equivocada. El error en sí mismo vendría por la propia realidad, pues simplemente es materia ordenada según unas leyes abstractas perfectas. Si entedemos la realidad como imitación estructural de esas leyes perfectas, obtendremos que la realidad en sí misma es imperfecta. Esto no es más que el nivel de la caverna platónica de imitación de las ideas, y por ello toda imitación será más imperfecta que el objeto copiado, existe una degradación en el proceso de copiado. Por eso mi conclusión es que la realidad puede no ajustarse estrictamente a dichas leyes físicas perfectas aunque exista esa tendencia de la materia en caos al orden racional de la matemática y de la física.

Si bien carecía de firma, estoy casi seguro ex ungue leonem que su autor es el escritor -con solidísima formación filosófica- Gabriel Schutz, de quien reseñé hace poco su hermoso libro Rapsodia nocturna y que seguramente aparecerá en algun post futuro sobre su anterior colección de relatos Y verás mis espaldas, que la editorial Trilce tuvo la amabilidad de obsequiarme.
Y ahora pasamos al tema del post original. Se cuenta que Einstein, ante la posibilidad de que un experimento no "confirmara" su teoría de la Relatividad, dijo que, de haberse visto cuestionada o negada esta por los hechos físicos, hubiese sentido mucha pena por Dios, "por haber creado el universo sobre principios equivocados". El autor del comentario rastrea esa afirmación a una dicotomía entre lo material, pasible de imperfección, y lo ideal, el mundo platónico de las ideas, asimilable a la matemática y a las leyes fundamentales de la física. La "traducción" de un plano a otro puede ser la fuente del error, asimilable al mal. Esta idea es antigua, y aparece en el hermoso concepto cabalístico (según la formulación de Isaac Luria) de la "rotura de los recipientes", que, y perdón por la barbaridad que voy a cometer, podría resumirse asi:
El impulso divino original mano de su foco (el Ein Sof Aur, la luz ilimitada del vacío) y fue recogido perfectamente por las tres primeras esferas o planos del ser: las zefiroth Kether, Binah y Hokmah. Pero esta energía (por llevarla a conceptos más contemporáneos), al llenar la primera de las zefiroth siguientes (Hesed), desbordó y "rompió" la esfera que intentaba contenerla. Este proceso continuó hasta la décima y última zefira (Malkuth, nuestro mundo físico), pero la luz se había perdido y difundido por el mundo, alterando asi el plan original que hubiese originado un mundo perfecto. Esa sería, según esta formulación de la Cábala, la explicación de por qué existe el mal.
No me parece muy lejana esta noción de la que proponía el autor del comentario: existiría un quiebre entre los principios fundamentales, el "plan original" o "ideal", y su "pasaje" a la materia, a la configuración del universo que percibimos.
Y esto nos lleva nuevamente al gnosticismo, ya que sólo un dios imperfecto podría haber "permitido" semejante equivocación; o quizá el dios creador -el demiurgo de los gnósticos- es en sí imperfecto, y existiría un Dios superior -asimilable a ese "plan original" del que hablábamos, las leyes de la física y matemática en su pureza platónica- que no es el creador de nuestro mundo.
O, reformulemos, si el "mal" es "culpa" de la materia, podría pensarse que esta es un error de dios. En la cosmogonía gnóstica Valentiniana (la favorita de Philip K.Dick), la materia es un "subproducto" del deseo del último Arconte -o emanacion de Dios-, Sophia, de cumplir el plan divino, lo que la lleva a un intento de "acelerar" los procesos de creación y precipitar antes de tiempo una materia imperfecta, la que compone nuestro universo.

Otra posibilidad, menos mística: Einstein sintió la perfección inherente a su sistema de ecuaciones, que son, en rigor, independientes de la realidad. Si esta no se adecuaba a lo que él había pensado (que era hermoso y perfecto), claramente el "problema" estaba en la materia. Conclusión: la física es un reino aparte, como el de las ideas de Platón. Todas las ecuaciones y "leyes", en lugar de pautar al universo, "crean" uno independiente e ideal, cuyas conexiones con el "verdadero" son problemáticas.
Expresado de un modo más moderado: la física plantea un modelo del universo, una forma a escala. Esta puede demostrar simetrías o perfecciones -bellezas- que no existen en el original. (¿Plantea esto que la única belleza posible está en las cosas artificiales y que lo natural, por definición, no es pasible de ser "bello", ya que no pertenece a un mundo ideal que pueda ser tributario de formas convencionales de belleza, sean derivadas de algún canon o vinculables a lo platónico, lo perfecto?)
Otra posible conclusión: toda operación de conocimiento es incapaz de describir con completitud ("eficiencia", me gustaría decir) a su "objeto", ya que lo único que logra es crear un objeto de segundo grado, modélico, ideal, del cual establece sus juicios. El mundo "real" (y esto se está volviendo muy Kantiano) sería incognoscible.
Es muy probable que Einstein jamás llegaría a suscribir esa última afirmación. Me parece, de todas formas, consecuencia inevitable de su pena posible por dios -por algún dios, al menos.