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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 4 de enero de 2009

caminos

Ese verano llegaron temprano a la casa del balneario, antes de las fiestas y de los primeros días de calor insoportable. Habían ido sin sus padres, que tenían otros planes, desconocidos para ellos y también irrelevantes. Se turnaban para atender la casa, buscar leña en el monte cercano, ir en el auto a hacer las compras día por medio y barajar maneras de entretenerse de regreso de la playa y en las largas horas de la noche, cuando no valía la pena dormir. Pasaron los días y las amplias tardes pobladas de ecos: han ido perdiendo todo interés en las fechas y el mundo exterior a la pequeña casa, los médanos de la playa y los amplios caminos desolados. Una noche descubren una larga fila de gente pasando frente a su casa. Un poco asombrados los miran, inmóviles como en la cola de un supermercado o en un embotellamiento de tránsito, y si han deseado hablarles, preguntarles qué hacían allí o a dónde iban, ninguno de los hermanos lo ha hecho o comunicado ese deseo al otro. Así, noche tras noche, mientras acelera su paso el verano, miran pasar la procesión que crece, que se alarga, siempre las caras anónimas y silentes, el avance indiscernible. Una noche la hermana se pierde entre la gente; regresa al otro día, entrada la mañana. Todas las noches repite la misma rutina, llegando a veces más tarde, pasado el mediodía, a veces poco después de la salida del sol. Jamás cuenta ella dónde estuvo o qué vio o a dónde o quién tiende la fila misteriosa. Su hermano tampoco lo pregunta, aunque es fácil entender que se muere por saberlo. La gente que permanece de pie nunca es la misma, pero tampoco se los ve moverse, aunque en ocasiones al revisar pasada una o dos horas el hermano, que no logra apagar su curiosidad, constata que los rostros han cambiado. Un día la hermana no regresa. Ni ese día ni el día siguiente. El hermano la llama a gritos desde el porche, sin éxito. El verano empieza a desintegrarse, los pinos se mecen en el viento cargado de espuma helada. La gente persiste, días y noches, bajo la lluvia, bajo la nieve inexplicable. Y a toda hora llama el hermano a su hermana, sin respuesta alguna, hasta que una noche, cerca del corazón del invierno, sale de su casa pasadas las doce y toma su lugar entre la gente.

5 comentarios:

Gabriel dijo...

"La gente que permanece de pie nunca es la misma, pero tampoco no se los ve moverse..." Ahí, no sobra un "no"? Me gustó. Simple y directo. Está bien.

Ramiro Sanchiz dijo...

Muy cierto. Los errores de distracción son los más fastidiosos. Ya lo corregí, gracias!

Telemías dijo...

Buen cuento. Se me hace que tiene algo de las multitudes veraniegas de estos días, en las que por cierto ya quisiera estar yo, junto a la hermana.

petite fille dijo...

Me impactó, cuando terminé de leer y asocié el título. También vi un diagrama en la composición quizás sea porq veo un hilo conductor que se mantiene con el estado de tiempo, las estaciones.
Pero ésto es tan solo un detalle, porque encuentro que tiene algo muy enigmático detrás.. en resumen es el sabor que me dejó.

estas invitado a pasear por la campiña.. just in case ( ;

Violeta C.C.

Ramiro Sanchiz dijo...

Este pequeño cuento parece que va teniendo su propia vida, no sin algunas sorpresas. Ya que le ha gustado a algunos de los lectores de Aparatos voy a aclarar un poco las circunstancias de su origen. En rigor, este texto es parte de mi novela "Perséfone", que será editada por Estuario en la primera mitad de este año que comienza y que, en cierta medida, trata de las estrategias de un escritor bloqueado para volver a escribir. Hacia el final de la novela el bloqueo cede y este personaje escribe una serie de notas para un cuento. Esas notas, un poco arregladas, son la microficción que subí aquí bajo el título "caminos", que tiene mucho que ver con la novela de la que está extraído y que puede iluminar un poco ese "algo enigmático detrás" del que habla Petite Fille. En cierto modo, además, "Caminos" es una imagen a escala de "Perséfone", incorporada a esta. Pero mejor no adelantar nada. Otro posible origen de este cuento -y por extensión de la novela "Perséfone", para los que gusten de genealogías, está en el relato "Blanco", de Daniel Mella.
Y Telemías tiene razón; hay algo de nostalgia por los viejos días del verano, cuando el mundo y yo éramos jóvenes (los interesados en estos asuntos, ver la entrada "Final del fuego", de hace un par de meses, más o menos).