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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 17 de enero de 2009

levrero luminoso

El artículo que sigue lo escribí para el blog Literatura en Murcia, con el que colaboro hace ya un tiempo, y fue pensado en cierto modo como una manera de acercar el público español a la obra del gran Mario Levrero, quien, como sabrán los fieles lectores de Aparatos... es una de las deidades en mi panteón personal. La idea de esta nota que me interesa destacar es la periodiación que se propone, bastante esquemática pero, creo, un punto de partida válido a la hora de trabajar la obra Levreriana. Esta división en tres etapas ya la usé en mi artículo "Mario Levrero, el otro y yo", que apareció hace unos meses en la revista Axxón,y al que seguirán -espero que pronto- dos trabajos más, uno sobre El discurso vacío y otro sobre La novela luminosa.



Desplazamientos de Mario Levrero

Cuando se habla de la ingratitud del arte generalmente son recordados esos casos de artistas desconocidos o ninguneados en vida que, después de su paso por la barca de Caronte, son elevados a la categoría de genio, maestro, influencia innegable y un largo desfile de títulos. Es inevitable en estos casos entrar en esos juegos que rozan el sarcasmo, el rencor y el desencanto (como por ejemplo recordar los precios de los cuadros del pobre Vincent), pero tambien se vuelve más fácil entender un poco cómo leen las comunidades interpretativas y las instituciones, y, por qué no, qué alternativas existen a esa especie de maquinaria insensible.

En Uruguay tenemos el caso Mario Levrero.

No es que fuera un desconocido hasta su muerte el 31 de Agosto del 2004, pero sí que era un “raro” (todavía hoy se habla de los “raros” de la tradición uruguaya, tomando prestado el título del libro de Rubén Dario), un autor esquivo, mal y/o poco leído, considerado por la “oficialidad” de la cultura un tipo más o menos impresentable que había escrito un par de novelas atendibles y que era reclamado por gente famosa por su excentricidad, como los escritores y lectores de ciencia ficción, literatura fantástica, surrealismo y otras hierbas que, a la luz de la tradición central (por estos días sobre la mesa de autopsias, gracias a Crom, Tutatis, Belenos y Glycon) de nuestra literatura, parecían poco más que una curiosidad. Levrero era, entonces, el abrojo incómodo que esta gente trataba de ignorar; había trabajado en guiones de historieta (otro pecado), en humor y juegos de ingenio, y firmado un enorme volumen de literatura inclasificable, que es donde, precisamente, se encuentra el problema principal. Lo que no se sabe donde guardar, se deja de lado. Si tenemos ganas –o alguna razón política-de incluirlo, se le inventa un cajón con un nombre interesante y se halaga al autor por su “originalidad”; nada de esto sucedió con Levrero. Políticamente independiente, irritó tanto a la izquierda como a la derecha, de modo que nunca perteneció a ninguna agenda que le diese relieve; poco o nada interesado en el reconocimiento y la fama, tampoco cultivó las relaciones públicas, excepto con un grupo de allegados que incluía músicos, artistas plásticos y escritores, quienes posteriormente trabajarían los cimientos de una generación de “levreristas” que, por estas fechas, están cerca –o bastante cerca- del “poder” literario. Además, fallecido el autor, se acercan los buitres. Es el momento de las reediciones, las recopilaciones de novelas, del relanzamiento del autor, ahora –cuando se ha vuelto inofensivo, cuando ha crecido tanto su comunidad de lectores que no puede seguir siendo dejado de lado- elevado a la categoría de “maestro invisible” y exportado al resto de Hispanoamérica.

Por lo tanto, cantar loas a Levrero se ha vuelto fácil y oportuno. Lo cierto es que siempre las mereció. Fue Mario un escritor que unió como pocos su vida –y por vida entiendo pasiones, reflexiones, creencias y adicciones- y su obra, entendiendo siempre que su literatura (jamás hubiese dicho “la” literatura) era el instrumento para indagar el misterio esencial de su vida y su existencia, y aquí sí –creía Levrero- podía hablarse de “la vida” y “la existencia”. Lo espiritual –no a la manera fácil de la new-age y el esoterismo recalentado y descafeinado de moda- fue un eje de su vida y su literatura; basta con leer la novela de juventud Paris, y desde esta perspectiva abordar su obra póstuma La novela luminosa, para entender las hondas preocupaciones que se extendieron a lo largo de esos 64 años que le tocó vivir.

Es ahora que empiezan a surgir libros de la crítica especializada tramando lecturas y aproximaciones a la obra Levreriana, muchos de ellos con acierto y empatía (por ejemplo Conversaciones con Mario Levrero, Trilce, 2008, de Pablo Olazábal), y surgen también esquemas, pautas, patrones que dan solidez y coherencia a los libros escritos por Mario vistos como una totalidad. Posiblemente, recién ahora se esté volviendo legible la literatura de Levrero, en gran medida porque él nos ha cambiado a los lectores, nos ha formado y, por lo tanto, cambiado nuestro mundo. Como escribió el gran autor británico J.G. Ballard en 1973, “el mundo está lleno de ficciones; la tarea del escritor es crear la realidad”. De Mario Levrero podría decirse que está creando –desde sus libros y desde la tumba- la realidad literaria de Uruguay, a través de escritores jóvenes como Gabriel Schutz, Jorge Alfonso y Patricia Turnes, que se han incorporado a las tantas líneas tramadas por el maestro (porque lo es, más allá de que ahora ese título sea “oficial”) para crear sus propios mundos ficcionales, verdaderas renovaciones de la literatura uruguaya.

Si se tratase de presentar la obra Levreriana a un lector ajeno al ámbito rioplatense podría tramarse una primera división de aguas que arroja tres etapas: la primera, dominada por la llamada “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad, El lugar y Paris, escritas a fines de la década de los 60 y principios de los 70 pero publicadas a lo largo de las décadas siguientes, reeditadas a fines del 2008 en la colección Debolsillo, reunidas en un lindo estuche y presentadas con un buen prólogo de Ignacio Echevarría. A este primer momento pertenecen también los relatos, recopilados en el libro La máquina de pensar en Gladys, todavía afincado en el gueto uruguayo pero, seguramente, pronto incorporada a un esperable (en varios sentidos) proyecto de Cuentos Completos o similar. La siguiente etapa (entiéndase que esta división es aproximativa, sin pretensiones de alta resolución) podría denominarse “experimental”, y abarca el grueso de la producción “inclasificable” de Levrero, obras como Novela geométrica, Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, Caza de conejos, Fauna/Desplazamientos y otras. El primer momento Levreriano estaría dominado por un acercamiento a lo fantástico guiado por las pautas de Kafka, de quién Levrero ha escrito “me enseñó que podía decirse la verdad”, mientras que en el segundo podrían reconocerse pautas de la novela experimental o abierta en el sentido clásico que le da Umberto Eco al término, conectándola con la actividad de grupos literarios entre los que se incluiría el nouveau roman francés, así como también búsquedas de intersección entre el lenguaje musical, científico, lógico y matemático y el literario, a través de obras construidas con procedimientos variacionales (Caza de conejos, que consiste en 100 fragmentos narrativos que no trazan una línea argumental sino que se superponen con procedimientos más análogos a los de la poesía) o iterativas y serialistas (Ya que estamos). Esta etapa se prolonga hasta 1989, pero subyace en la producción posterior (emergiendo por ejemplo en Irrupciones), a la que podríamos llamar un tercer período caracterizado por concentración en la primera persona, la erosión de la distancia autor/narrador/protagonista y la indagación constante sobre la identidad y lo espiritual. Pertenece a este momento la Segunda trilogía, compuesta por el cuento “Diario de un canalla” (1989) y las novelas El discurso vacío (1996) y La novela luminosa (2005, póstuma), considerada por muchos la obra maestra del autor, verdadera creación de un narcisismo metafísico o trascendental, articulado en el registro y elaboración de lo cotidiano y la búsqueda de crear un lenguaje que permita dar cuenta (así sea aludiendo directamente a ellas o trazando su contrafigura) de las “experiencias luminosas”, como las llamaba el autor, momentos de revelación del espíritu o de acercamiento a otros planos de existencia.

Esta división en tres etapas deja por fuera la actividad de Levrero en los campos del humor y los juegos de ingenio, pero él mismo trazó una demarcación al publicar su obra “literaria” bajo el nombre “Mario Levrero” y la “otra” bajo múltiples nombres, entre los cuales aparece Jorge Varlotta, que era su nombre “oficial” ante el estado y sus instituciones (Jorge Mario Varlotta Levrero), entidades irritantes y perniciosas que, por suerte, tuvo siempre el buen tino de ignorar. Como toda periodización, se vuelve inútil a la hora de considerar la producción Levreriana obra por obra, novela por novela o cuento por cuento. Sin embargo, entrecerrando los ojos o mirando de lejos, puede servir de utilidad al lector que aun no ha ingresado al mundo del último gran escritor de Uruguay y, seguramente, del Río de la Plata.

Una vieja foto de otro grande de estas latitudes, Juan Carlos Onetti, permite ver una inscripción en la pared: “el error es dejar entrar al mundo”. Levrero hubiese apoyado alegremente esa sabia sentencia.

7 comentarios:

Raúl Masa dijo...

Hola Ramiro.

Muy buen artículo.
Ya lo he subido a LEM, pero lo he tenido que trocear, mañana ponemos la segunda parte. Así la gente se queda con más ganas, jejeje.

La verdad es que desconocía por completo a este autor.

Es una lástima como bien dices que a veces no se llegue a conocer bien a muchos autores.

Pero en fin, supongo que nunca es demasiado tarde.

Un saludo muy grande desde Madrid-Murcia (España).

Ramiro Sanchiz dijo...

Bueno,me alegra que al menos una persona más se acerca a ser picado por el bicho levrero. Ojo Raul, que te podés volver adicto.

estudio egg dijo...

Brillante.

estudio egg dijo...

el anterior post es mío (matías)

they col'im dijo...

Sanchiz,

blogs parecidos los nuestros (respecto a modelo) aunque hincando la vista algo se puede encontrar

Varlotta no me deja dormir

Sueño que lo leo dormido y soñando a la vez, mientras él escribe al lado sobre sus sueños que no recuerda

andres dijo...

Excepcional artículo, estaba buscando info sobre El discurso vacío y encontré tu texto. Estoy leyendo La novela luminosa y me pregunto como pude sobrevivir sin Levrero hasta hoy. Me irrita mucho cuando algunos conocidos me dicen, ¿como no lo conocías? ¿acaso eres de los culturosos que recién ahora llegan a levrero, cuando ya esta ingresado en el canon? Pues sí, esta vez me tocó estar en ese grupo.

Ramiro Sanchiz dijo...

Yo también llegué tarde a Levrero; sacando alguna cosa que había leído en los noventa, mi verdadero "descubrimiento" de su obra fue a partir del deslumbre por "La novela luminosa" y "El discurso vacío". Es decir que fue en el 2006. Y es cierto: a partir de esos quiebres en nuestra vida de lector, pensamos invariablemente en cómo habíamos vivido antes, cuando leíamos otras cosas. Quizá porque éramos otros. Saludos y bienvenido a Aparatos