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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 15 de febrero de 2009

inventar la realidad

En el prólogo a la edición francesa de Crash, J.G.Ballard escribió:

Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de TV, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.

Me parece que este concepto es especialmente relevante en la actualidad, y a la luz de una lectura posible de las palabras de Ballard propongo pensar en los reality shows como primera articulación de un nuevo entrecruzamiento entre ficción y realidad. La idea central de estos programas es que lo que vemos es "real"; gente "real", situaciones no gobernadas por esa garantía de falsedad que sería un guión, la presencia de un "autor". Está claro que el espectador pacta con el show en aceptar estas reglas del juego; a veces ingenuamente, a veces entendiendo que la verdadera "realidad" es cuestionable o, al menos, cruzada de intervenciones de lo "deliberado", de una motivación económica o quizá incluso más siniestra. Pero lo central aqui es que la narrativa del programa es ofrecida como una forma de lo real, separada de la ficción, del argumento planeado de una telenovela, por ejemplo. Con el paso del tiempo ese pacto ha ido erosionándose y ahora está bastante claro para casi todo el mundo que la presunta realidad de estos programas es apenas nominal. Las situaciones están pautadas, la intervención de la producción es evidente, lo "irreal" de la situación básica se vuelve demasiado flagrante como para que despues del reality show número 54 alguien realmente crea que lo que está sucediendo es sincero y espontáneo (cabría pensar que a nadie le importa o que es irrelevante mientras haya entretenimiento). La propuesta de un programa de televisión "real" como está formulada por los realitys tiene un problema básico: su narrativa en principio excluye al espectador, que pese a los métodos planteados por la producción enrigor no puede influir en lo que está viendo en cuanto devenir o drama de ciertos personajes. En otras palabras: la "realidad" del programa no lo ha incorporado. Él y los personajes viven en mundos diferentes, y la realidad del primero no contamina a la del segundo, más bien la parasita, le roba energía y termina por ofrecer un residuo equiparable a la creencia final de que lo visto no era más que ficción a secas (todo lo que tiene un final es ficción). Para subsanar esto, claro, los realitys ofrecen algun sistema de participación telefónico que sirva de puente entre los "dos mundos"; pero basta con un mínimo de sospecha para desautorizar estos métodos, que, en rigor, nunca van a desafiar las líneas que ha establecido la producción del programa -el eje argumental, por decirlo de alguna manera, tan claro (aunque menos denso) como el de una película. Además, la repetición del formato genera una creciente desconfianza; se ensayan variaciones, se apela a una suerte de barroquismo autoreferencial del reality como forma pseudoconsagrada del arte narrativo televisivo, pero la brecha está abierta y la "realidad" se vuelve aun más dudosa.
Una evolución contemporánea de estos artificios es la de los programas dedicados a esparcir noticias y rumores del mundo del espectáculo. Día tras día se siguen historias de famosos, polémicas, peleas y escándalos. A lo largo de una semana puede delinearse una historia que convive con otras líneas argumentales, muchas veces entrelazándose. Los personajes son "reales"; la gente los reconoce, participa de su segundo nivel (las ficciones en las que actúan o producen), puede saludarlos a la salida de un teatro; las situaciones parecen convincentes, basadas la mayor parte de las veces en las presuntas idiosincracias o personalidades de sus actores, que el público conoce porque estos programas se encargan de repetirlas, muchas veces siguiendo pautas toscas al estilo de:
A: ¿pero vos en realidad sos un calentón, no?
B: sí, claro, tengo muy mal caracter
quedando definida otra área de la personalidad de B y fijada en el recuerdo de los espectadores. Esta vez la brecha entre las dos realidades se ha acortado. El espectador siente de un modo más intenso -volviendo más efectivo el artificio, por lo tanto- que esas historias son "reales". Porque de alguna manera lo involucran, pueden incorporarlo como, a su vez, un actor. Mejor dicho: se genera la ilusión de esa posibilidad, que aún -esta articulación aun es joven- no ha sido derruída significativamente.

Resumiendo, podemos pensar en tres modelos de relación realidad/ficción a través de la T.V. y otros medios masivos:
1) La telenovela o serie, que plantea un mundo ficticio y es autocontenida, limitada y, aunque juegue a incorporar elementos del mundo "real", esto opera siempre dentro de los límites de lo que el espectador asume como ficción
2) el reality, que plantea una "segunda realidad", separada del mundo del espectador por, entre otras cosas, las reglas del juego (por la simple existencia de reglas, incluso, como grado cero de su caracter ficcional por lo "autónomo" o "separado").
3) la narrativa contínua de los gossip shows, que opera en el mismo mundo que el espectador y de alguna manera genera la ilusión de incluirlo.
Está claro que las tres opciones son ficción. La diferencia entre ellas, desde este punto de vista, está en sus estrategias para generar -si es que hay tal vocación- la sensación de "realidad real". Estas estrategias, desde los realitys hasta el presente, han evolucionado hacia una forma más simple y a la vez más sutil, por lo tanto más efectiva.
¿Qué diría Ballard al respecto? No es necesariamente la que él había pensado, pero existe ahora una clara invención de la realidad, rodéandonos. O, una vez más, nos hemos internado aún más profundo en el mundo de la ficción. Y ahí podrían entenderse las palabras que citaba al principio de este post como un llamado, una declaración de principios y una misión.
También podemos pensar que las nociones de ficción y realidad han aguzado sus crisis. El conjunto de experiencias de una persona es su realidad, que se nutre de todo lo que asoma en su horizonte, independientemente de la mediación de una pantalla, las tapas de un libro o lo que sea. Ficción, quizá, es todo lo contrario; ficción es lo que este espectador ideal "produce", lo que ha excluido de sí y fijado en palabras o imágenes.
Segun Ballard, ¿deberá ahí buscarse lo real?

4 comentarios:

Duroc dijo...

Bien por Ballard. Mal por mí que todavía no lo conozco. Lo haré a su debido momento. Muy bueno el blog, le paso dato que aquiescencias actualizó. Abrazo.

Archiduque de Applecore dijo...

Es muy interesante lo que planteas. Hace poco leía a Hayden White, quien cree que la historia es, en realidad, ficción; o bien, que los historiadores se nutren de figuras y elementos típicos de la literatura para escribir la historia.
Así que todo es ficción y realidad a la vez...

Abrazo!
A.A

hadas y duendes dijo...

muy pero muy bueno tu artículo, bien argumentado y claro. Te felicito porque tu trabajo es profesional sin perder el alma de lo que pensas. Eso hace que tu palabra tome mucha fuerza.
Abrazo

Ramiro Sanchiz dijo...

Creo que el tema da para bastante más. Ballard es una fuente inagotable de inspiración, sea en sus novelas o en sus artículos. El pensamiento clásico de ciencia ficción solía armar mucho alboroto con las "predicciones cumplidas" a nivel tecnológico de autores como Arthur Clarke; es inevitable ver ese tipo de entusiasmos como una forma de ingenuidad. Los "avances" descritos por esos autores tuvieron una vida útil de pocos años; ninguno logró imaginar la aceleración increíble del desarrollo de la tecnología (pensemos en todo lo que puede hacer un celular, por ejemplo, sin que ninguna novela de CF clásica haya postulado algo ni remotamente parecido) o la noción de tecnología atrasada u obsoleta, que es lo que nos despierta por ejemplo una PC con windows 98 o un juego viejo (esos mismos que, cuando yo tenía 12 años o poco más, eran una cosa fuera de serie). Sin embargo, las "predicciones" de Ballard atañen a los malestares de nuestra cultura presente o futura. Su visión abarca una totalidad, no un prolijo repertorio de artefactos ingeniosos. Creo que fue él el primero en notar que toda la literatura del futuro, la CF clásica por ejemplo, pero también H.G.Wells o Verne, en realidad está tan anclada en el presente como cualquier otra. En su colección de relatos "vermilion sands", entonces, se propuso imaginar un futuro desvinculado de nosotros, un futuro "sin concesiones". ¿Lo logró? Yo creo que le acertó bastante...