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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 8 de abril de 2009

los hombres (y mujeres) que amaban las novelas


Nunca fui un buen lector de novela negra o policial; de hecho, mi conocimiento del género, más allá de algunos nombres, se reduce a los cuentos fundadores escritos por Poe, a la saga de Sherlock Holmes, un cuento de Chesterton, dos o tres novelas de Agatha Christie y El largo adiós de Chandler. Quizá se me escape algun título, pero esencialmente es eso. Eso y los cruces ciencia ficción/policial escritos por Asimov (Bóvedas de acero, El sol desnudo), "La muerte y la brújula", de Borges, El nombre de la rosa, de Eco y algun otro texto que se apropie del policial sin inscribirse de lleno en el género. Y el cine, claro, y también los comics. Añado que este pobre catálogo se debe, ante todo, a la falta de interés.
Hace unos días -y ahora llego al asunto de este post- leí Los hombres que no amaban a las mujeres, el tomo uno de la trilogía Millenium, del escritor sueco Stieg Larsson. No sé que me habrá movido a interesarme en esta novela; en general hago muy poco caso a las "modas" literarias (no he leído casi nada de Marai, por ejemplo, ni de Nemirovsky o Mankell o Saramago), aunque tampoco me interesa hacer de esto una pose o actitud (después de todo, sí leí y leo y leeré (y flipé, flipo y fliparé) a Bolaño, y sigo leyendo y releyendo a Auster, por nombrar algunas "modas" pasadas o casi pasadas). En este caso no me interesó especialmente la atención que se le está dando al fallecido Larsson en Europa y, tengo entendido, también Argentina; la tapa, además, no me decía gran cosa, y el texto de la contraportada se limitaba a resumir parte de la trama y a calificar al texto de "novela negra". Con eso hubiese sido suficiente para sentenciar a muerte mi posible interés, pero no fue así. Quizá porque del autor se decía que le gustaba la ciencia ficción, o también porque el libro, al sobrevolarlo, me recordó en parte al Bolaño del penúltimo capítulo/novela de 2666, pero, más allá de las posibles explicaciones, el hecho es que la novela, pasadas las primeras 20 páginas, me atrapó como hacía tiempo no me atrapaba un libro. Me vi envuelto en la narración, sintiendo de cerca a los personajes y, de alguna manera, participando de su mundo (imaginemos la secuencia inicial de "Continuidad de los parques", esa descripción ideal del lector ideal de novelas), lo cual me llevó a preguntarme ¿es esto, este apasionamiento, estas ganas de que el libro no termine, lo que buscamos en la narrativa? Y si la respuesta es no, ¿entonces qué se busca? Me puse a pensar en libros ubicables en las antípodas de Larsson (quien afirmaba escribir "literatura de entretenimiento"), como El arcoiris de gravedad, de Pynchon, y me resultó claro que, pese a las miles de maneras en las que la trama se ve dinamitada y astillada en miles de facetas, el arcoiris también me atrapó y convocó un mundo en mi cabeza, sobreviviendo al punto final (uno de los mejores finales jamás escritos) y grabando a fuego en mi memoria tantas imágenes y hasta, diría, tanto cariño por los personajes. ¿Otros ejemplos también mutuamente opuestos? El señor de los anillos, Rayuela, Los detectives salvajes, En busca del tiempo perdido, Dune...
Posiblemente la obra de Larsson no esté a la altura de los títulos que acabo de citar, pero comparte con ellos la habilidad de hacer aparecer un mundo ficcional capaz de fascinarnos. No me interesa decir cosas como que "más allá de la trama policial, esta novela plantea un bla bla bla", porque, si bien no es mi género favorito, me parecería una estupidez pensar que es necesario ese "ir más allá" que invocan los que necesitan obvias marcas de "literaturidad" para tratar de convencerse de que algo es disfrutable o "serio" o "atendible" (le pasa a muchos, ingenuamente, con Ray Bradbury); por otro lado, también es cierto que la novela tiene lo que podríamos llamar un "plus" -no un plus con respecto al policial sino más bien en relación a cualquier narrativa que parezca agotarse en la trama-, o posiblemente muchos, pero al menos uno que me gustaría traer aqui: para comenzar, esta novela plantea una lectura del género policial, pero armando un canon diferente al "consagrado", y centrándose en la novela negra contemporánea, sin aludir a autores totalmente asimilados, como si, haciendo referencia a la ciencia ficción, se optase por eludir a Bradbury y Asimov refiriéndose a Vernon Vinge, Joe Haldeman, Michael Swanwick y otros autores que empezaron a publicar a partir de los setentas y que no han sido, hasta el momento, "consagrados" en el mundo de literatura "seria". En Larsson no hay referencias a Chandler y a Hammett sino a Elizabeth George y Sue Grafton, por nombrar solo algunas de los autores y autoras que son inventariados en las páginas de Los hombres que no amaban a las mujeres; esto puede leerse desde la declaración de "literatura de entretenimiento" hecha por Larsson (que tampoco nombra a su paisano Mankell), pero hacerlo nos hace caer en la trampa de poner etiquetas que luego preferiríamos trascender. Es decir: dado un conjunto de obras con tales y cuales características, que ha sido dado en llamar "novela negra contemporánea", y dado un texto en particular, que se inscribe deliberadamente en ese conjunto pero que, a la vez, está planteado evidentemente (abundan las marcas al respecto) como una manera de "trascenderlo", ¿por qué no leer la narrativa de este texto como un amplio comentario sobre la lectura de novelas, sobre la lectura de novelas policiales, sobre la lectura de novelas policiales "de entretenimiento", sobre la lectura en general? Todos los personajes tienen algun momento de lectura -o muchos, como el protagonista-; de hecho, la protagonista principal posee una extraordinaria capacidad de lectura y retención, que se convierte en su principal herramienta a la hora de hacer las tareas del viejo detective del policial clásico. Al mismo tiempo, el protagonista es un periodista, y toda su investigación está pensada como tendiente a desembocar en un libro, no necesariamente un libro periodístico sino una crónica familiar, quizá una novela. ¿A dónde quiero llegar? A que me resulta muy significativo que una novela que trama una rica -y entretenida, y atrapante- experiencia de lectura, en gran medida puede entenderse como un comentario sobre el acto de leer, particularmente sobre el acto de leer narrativa. El lector se reconoce a sí mismo en el texto, y el mundo convocado por la novela, simétricamente, va emigrando hacia el del lector, que se ve instalado en él y "participa" de sus acontecimientos... En otras palabras, es posible encontrar en la novela de Larsson un interesante mecanismo de distanciamiento y a la vez de inclusión en la materia narrativa.
¿Será por esto, esta suerte de "fondo conceptual", que me gustó tanto el libro? En ese sentido le encuentro un texto con el que hermanarse (aunque a primera vista parecen tener poco en comun... ¿o no tan poco?): otra gran novela llena de hechos y personajes que quedan grabados en la memoria pero que, en el fondo, apunta a hacernos creer que todo eso es secundario ante una operación conceptual: Crash, de J.G.Ballard.
O, para terminar, si se habla de "arte conceptual" o "conceptualista", ¿cabe hablar paralelamente de "novela conceptual"?

4 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

Este es un decálogo que nos regala Mariano Sánchez Soler sobre escribir novelas negras. Se puede estar o no de acuerdo con sus postulados, pero sin duda lo que plantea es interesante:

1. La búsqueda de la verdad. Si el objetivo de cualquier aventura, de cualquier creación artística, es la búsqueda de la verdad (y si no, que se lo pregunten a Alonso Quijano), la novela negra es la expresión más nítida de esta indagación literaria. Su objeto narrativo nace de la necesidad de desvelar un hecho oculto/misterioso que nos mantiene sobre ascuas. A través de sus páginas, el autor se propone, además, desentrañar el impulso escondido que mueve a los personajes y que justifica la existencia del relato desde el principio al fin.

2. La intriga: del quién al cómo. Una novela negra debe escribirse con esa voluntad de intriga, de revelación; cada capítulo, cada página, tiene que conducir al lector hasta la conclusión final sin concederle el más mínimo respiro. Sin embargo, a diferencia de la novela rompecabezas clásica (Christie, Conan Doyle...), que cimentó la gloria de la novela policíaca desde los inicios de la era industrial, en la novela negra escrita a partir de Hammett, con la corriente hard-boiled (duro y en ebullición), tanto o más importante que saber quién o quiénes cometieron un hecho criminal es descubrir cómo se llega hasta la conclusión. Ahí está Cosecha roja, del gran Dashiell, cualquiera de las novelas de Chandler o el Chester Himes de Un ciego con una pistola como ejemplos del cómo. También es importante el por qué, aunque su respuesta puede resultar secundaria en una sociedad como la nuestra, en la que, como todo el mundo sabe, es más rentable fundar un banco que atracarlo.

3. La acción esencial. Si en la definición clásica de Stendhal «una novela es un espejo a lo largo de un camino», la novela negra es una narración itinerante que describe ambientes y personajes variopintos mientras se persigue el fin, la investigación, la búsqueda. La acción manda sobre los monólogos interiores, y la prosa, cargada de verbos de movimiento, se hace imagen dinámica y emocionante. Es un camino urbano, ajeno a las miradas primarias y a las mentes bienpensantes, donde la creación de personajes y la descripción de ambientes resulta fundamental y exige al autor una planificación previa a la escritura. Aquí radica uno de los rasgos esenciales de la novela negra, que la convierte, de este modo, en novela urbana, social y realista por antonomasia.

4. El argumento. Veamos: aventura indagatoria, intriga, realismo, crítica social, espejo en movimiento... Sin embargo, como diría Oscar Wilde, para escribir una novela (negra) sólo se precisan dos condiciones: tener una historia (criminal) que contar y contarla bien. ¿Y qué debemos hacer para conseguirlo? Antes de empezar a escribir, es preciso tener un argumento desarrollado, una trama en ciernes, un esquema básico de la acción por la que vamos a transitar. Saber qué historia queremos contar: su tema central. Después, al correr de las páginas, los acontecimiento marcarán sus propios caminos, a veces imprevisibles, pero el autor siempre sabrá hacia dónde dirige su relato. Un buen mapa ayuda a no perderse.

5. Lo accesorio no existe. La voluntad de contar una historia y atrapar con ella al lector permite pocas florituras y ningún titubeo. Toda la narración ha de estar en función de la historia que pretendemos escribir. Si leemos 1280 almas, de Jim Thompson, por ejemplo, descubrimos que el novelista escribió una historia exacta, ajustada, sin ningún pasaje prescindible. No en vano, es una obra maestra de la narrativa moderna. Es cierto: una novela criminal puede contener todo tipo de elementos disgregadores de la trama, divagaciones caprichosas, puede cambiar de espejo a lo largo del camino; pero entonces no nos encontraremos ante una novela negra, aunque se mueva alrededor de la resolución de un crimen o se describa un proceso judicial. En la novela negra, como en la poesía, lo accesorio no existe. Un poema puede ser bellísimo, pero si quiere llamarse soneto tendrá que escribirse, como mínimo, en endecasílabos. Es una regla fundamental del juego. Lo mismo ocurre con la novela negra: hay que elaborarla en función de unas reglas (que aquí estoy disparando a quemarropa) aceptadas a priori por el autor. Y para que sea buena literatura, hay que escribirla bien.

6. La construcción de los personajes. Cuestión clave: antes de comenzar a escribir, conviene saberlo todo sobre ellos. Su pasado, su psicología, su visión del mundo y de la vida... Si conocemos a los personajes principales (y muy especialmente al narrador o conductor de la historia, si es uno), el relato discurrirá fácilmente, se deslizará a través de las páginas como el jabón sobre una superficie de mármol y el lector no podrá abandonar el libro hasta el párrafo final. Para ello se aconseja realizar una biografía resumida de los personajes principales, como si se tratara de una ficha policial o un currículum para obtener trabajos basura, dos instrumentos de la vida real muy útiles en la creación literaria.

7. La fuerza de los diálogos. Cuando hablan, los personajes deben utilizar la jerga precisa, sin abusar, con palabras claves, pero sin caer en un lenguaje incomprensible y cambiante. Vale la pena utilizar de manera comedida palabras profesionales. Por ejemplo, si habla un policía, cuando vigila a un sospechoso está marcándole; un confidente es un confite; cuando matan a alguien, le dan matarile... Cada diálogo cuenta una historia, y muchos personajes que desfilan por la novela negra se muestran a sí mismos a través de sus palabras. El diálogo es un vehículo para mostrar su psicología y sus fantasmas. Un ejemplo clásico: Marlowe, en El sueño eterno, se disculpa ante la secretaria de Brody, a la que ha golpeado:

-¿Le he hecho daño en la cabeza? -pregunta el detective.

-Usted y todos los hombres con los que me he tropezado -contesta la mujer.

8. Documentarse para ser verosímil. Para que el lector se crea el relato que se está contando, el autor debe documentarse con el objetivo de no caer en mimetismos fáciles (especialmente cinematográficos). Por ejemplo, en España los jueces no usan el mazo, como los anglosajones, sino una campanita; los detectives españoles no investigan casos de homicidio ni llevan pistola (salvo rarísimas excepciones). Hay que conocer las cuestiones de procedimiento, no para convertir la novela en un manual, sino para no caer en errores de bulto. La verosimilitud lo exige para que el lector se crea nuestra historia. Hay que saber de qué se está hablando. Por ejemplo, de qué marca y calibre es la pistola reglamentaria de la policía española, ¿una pistola es lo mismo que un revólver?, cómo se realiza en España un levantamiento de cadáver..., y tantas otras dudas que surgen a lo largo de la acción.

9. El mundo del crimen. Si la trama que mueve una novela negra ha de ser creíble, los métodos del crimen también. La conclusión de un hecho criminal ha de llegar por los caminos de la razón. En el siglo XXI, los enigmas rocambolescos, los venenos exóticos y las conspiraciones insólitas han sido reemplazados por la corrupción institucional, las mafias, los delitos económicos vestidos de ingeniería financiera o el crimen de Estado. Vivimos en una era post-industrial donde la novela negra es un testigo descarnado de las cloacas que mueven el mundo, más allá del agente moralizador de la burguesía que campaba en las páginas de las novelas-enigma tradicionales. Los tiempos han cambiado y no hay retorno posible. El realismo y la denuncia imponen su rostro literario. Los mejores personajes de la novela negra actual son malas personas, pero, como diría Orwell, algunas son más malas que otras.

Y 10. Advertencia final: nada de trucos. Poe, en "El doble crimen de la calle Morge", inauguró el género policíaco y el género negro posterior al crack de 1929, porque, al escribir esta historia, planteó al lector el juego de descubrir una verdad, en apariencia sobrenatural, con las armas de la razón, a través de una investigación detectivesca. Esa voluntad del novelista, esta complicidad con el lector, exige al escritor no hacer trampas en la construcción de sus historias criminales y plantea, al mismo tiempo, una relación privilegiada con el receptor de sus novelas. Divertir, entretener, emocionar, escribir para ser leído... ¿No es este el objetivo de la Literatura? Hay que jugar limpio con el lector. ¡Las manos quietas o disparo! Para freír un huevo, es preciso romper la cáscara. Siempre.

Saludos!!!
A.A

Ramiro Sanchiz dijo...

Creo que la novela negra y el policial en el fondo tratan de la restauración de un orden; esto puede darse como el hallazgo de la "verdad", sobre todo en el policial clásico, o como las circunstancias por los que esta verdad es problemática (o también sobre como no se da con ella o se da a medias o tarde, como en El nombre de la rosa), esto último una derivación de la novela negra. Sería interesante mostrar que el orden nunca existió o que no podrá restaurarse.
Si esta noción es la columna vertebral del policial, es posible usarla para romper algunas de sus reglas (como las del decálogo), cosa que hace, por ejemplo, Paul Auster en la Trilogía, una de sus mejores obras.
Quizá por eso en el fondo no me interesa tanto el policial: esa nostalgia del orden.
También se me ocurre que el policial o la novela negra son el único lugar del mundo donde puede existir (en ese modelo a escala del mundo que es o quiere ser la ficción) la verdad.

Archiduque de Applecore dijo...

Cierto... Me hiciste acordar a "Fantasmas" (tal vez, la mejor parte de la trilogía), donde el investigador, creo que era Azul, le preguntaba a Negro sobre su investigación, que era una especie de tesis semántica o filosófica del lenguaje. Negro le pone el ejemplo de un paraguas roto, preguntándole si ese elemento seguía siendo un "para-aguas" (Negro decía que no, porque ya había perdido su función). Esta búsqueda de la utilidad, que en el fondo es la búsqueda de la verdad y de lo primigenio, también se encuentra en la primera novela de la trilogía: "Ciudad de Cristal", donde hay una tesis que busca encontrar el lenguaje primigenio y perdido, que se hablaba en tiempos anteriores a la Torre de Babel. En ese sentido, Auster también utiliza a los personajes para transmitir pensamientos e indagaciones propias. Con estas dos novelas (y, sí, también "La habitación cerrada" tiene algo de eso) Auster no necesita escribir una "Obra Poética", jeje. Por ahí también puede ir esa transmisión de la verdad que planteas; aunque esto que yo planteo le interesaría más a los encargados de la Teoría de la información y la Semiótica.

Abrazo!!!!

Ignacio dijo...

No me dio la nafta para leer los comentarios que me preceden.
Por mi parte, estoy leyendo Millenium 2 con la misma pasión con que leí el primero. Y creo que, además de las consideraciones ya hechas acerca de la trama o su adscripción al género, debe destacarse otro detalle de estas novelas: el fuerte énfasis en ciertos problemas sociales acuciantes (ultraderechas, género, etc), también rastreables en Mankell. Es esta preocupación (la misma que Larsson tenía como periodista) la que da realismo, la que actualiza y hace participar al lector (como tamsbién lo hacen las marcas de las computadoras). Estos libros buscan el entretenimiento (me pregunto qué pasa por la cabeza de quienes no lo buscan), pero tienen un trasfondo periodístico. Hay una intención que trasciende el mero juego literario. Y no molesta.