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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 1 de abril de 2009

mentiras sobre onetti

Hace una semana y pico leí en la diaria la reseña que escribió Alejandro Gortazar de Viaje a la ficción, el nuevo ensayo de Vargas Llosa sobre Onetti. El texto logró su cometido de interesarme en el libro (asumiendo que esa era la intención), que conseguí prestado en la librería donde trabajo y leí en un par de días. Algunas de las ideas de Gortazar me parecieron sumamente válidas: el libro de Vargas Llosa no aporta nada nuevo o interesante a todo lo que se viene escribiendo sobre Onetti, muestra por momentos más interés en hilar anécdotas de su autor que en profundizar algunos aspectos del tema elegido y desdeña, en gran medida, elaborar en detalle los contextos históricos que atravesó Onetti; además, nunca me resultó simpático el autor de La casa verde, no estrictamente por razones políticas sino, supongo, por cierta actitud hacia la literatura que se traduce en varias opiniones que le he leído por ahí, en prólogos, ensayos y palabras dispersas. Tampoco estoy interesado en su producción novelística, bastante en las antípodas del tipo de cosa que me gusta.
Sin embargo, el libro, después de terminarlo, me pareció en extremo legible y adecuado como introducción a Onetti. Y volviendo a la reseña de Gortazar, le encontré a esta un buen número de tics incómodos que intenté explicarme (en el sentido de si bien en general estoy de acuerdo, ¿por qué no me gusta esto que leo?), de modo que, pensándolo un poco, llegué a una conclusión: el libro de Vargas Llosa –si bien declara haber surgido de un curso universitario- está muy lejos de un enfoque académico hacia la literatura. Su abordaje biográfico, el tono marcadamente “de opinión privilegiada” que le da su autor (llegando a juzgar como no satisfactorias o malterminadas gran parte de las novelas de Onetti, y faltas de experiencia muchas otras, salvándose únicamente –esto es en gran medida un lugar común perimido- La vida breve, El astillero y Juntacadáveres), el tono general de manual o libro para principiantes está en las antípodas de lo que acostumbran a producir los académicos (sumémosle que el tema es, nada más y nada menos, Juan Carlos Onetti), y si en principio no me gusta la escritura de Vargas Llosa, ni estoy tentado a simpatizar por él o por su obra, me resultó interesante que el peruano escribiese deliberadamente un texto tan antiacadémico. ¿Por qué? Porque estoy convencido de que los académicos tienen la pretensión de haberse hecho con el monopolio sobre la reflexión metaliteraria. Todo lo que no parezca cuadrar en su sistema sobre cómo-debe-hablarse-de-ciertos-temas pasa a ser ingenuo o peligroso, más allá de qué diga y solo por decirlo desde un lugar ajeno a la academia.
Sin embargo, Gortazar tiene razón en muchas críticas que hace a Vargas Llosa. Con una salvedad: el libro comienza con una especie de pseudoensayo sobre el origen de la ficción o el lugar que tiene la ficción en la experiencia humana, proponiendo la tesis de que la ficción es esencial a la “naturaleza humana” desde que, en “la época de las cavernas” nuestros antepasados se reunían a escuchar al chaman, al contador de historias, etc. En rigor es una sarta de lugares comunes muy cercana a los “disparates” de los que habla Gortazar, pero, situado en contexto, me parece válido, aunque parezca tonto; porque es ante todo una ficción sobre las ficciones, aunque Vargas Llosa no lo diga con esas palabras. Es decir, más allá de su condición “ensayística” o del hecho de que sirva de prólogo a un libro sobre Onetti, es tan claramente un “cuento” que parece decir –no es una idea nueva, pero me gusta como prólogo a un libro titulado El viaje a la ficción- que sobre la ficción sólo cabe elaborar más ficciones, y que cualquier otra manera de abordarlo naufraga estrepitosamente en pretensiones estúpidas. No sé, ni me interesa, si Vargas Llosa estaría de acuerdo con esta lectura del prólogo de su libro, pero es claramente una lectura posible.
Por último, Vargas Llosa no escribe desde la academia, pero sí desde su status de autor consagrado y leído, pseudocandidato al Nobel, letrado ilustre, etc. Ambas posturas me resultan desagradables, porque en el fondo (o no tan en el fondo) implican claras formas de autoritarismo y mediocridad.

7 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

Respeto a Onetti, pero Vargas Llosa exageró desmesuradamente al decir que en lo que respecta a las letras españolas, Onetti es el primer escritor moderno. ¿Y Paz, Borges, Cortázar, Rulfo, Carpentier, etc.?

Duroc dijo...

En eso para mí tiene razón Vargas Llosa. Podría haber dicho o señalado a Arlt, pero se hubiese referido a lo mismo quizá, al menos en lo primitivo del concepto. Además es un reconocimiento, ya que hace muchísimo lo dijo y fue un buen acto en el momento del comercial boom latinoamericano, lo destacó al viejo, como otros escritores. Un olvidado Onetti. V. Llosa lo dice desde un punto de vista de estructura novelesca y creación 100% "moderna". Borges no puede ser nunca escritor moderno porque es terriblemente atemporal y, a cada relectura, terriblemente eterno.

Onetti es el escritor que plasma el modernismo en el siglo XX antes que muchos, el que patea el existencialismo con "El pozo" mucho antes que tipos como Sartre o Camus. Y eso no es poco.

Esto me lleva a reconocer (no tiene mucho que ver) a otro, a Rodolfo Walsh, que con su "operaciòn masacre" es el padre del periodismo narrativo, antes que tipos como Hunter S. Thompson.

Mis tres escritores uruguayos serían: Hernández, Onetti, Levrero.

Ramiro Sanchiz dijo...

Estoy de acuerdo con Duroc, y de hecho mi selección de autores uruguayos anteriores a mi generación es idéntica a la suya. Está claro que Onetti es de los primeros en novelizar la realidad urbana de latinoamérica; en cuanto a Arlt, lo reconoce como influencia de Onetti, pero lo desestima ligeramente. Una de las razones (se me ocurren muchas, pero esta es la que me inteersa) es que Vargas LLosa no ha hecho (porque pertenece a una generación que no lo necesitó, porque está en las antípodas ideológicas, porque es Peruano y no Argentino, porque no podría reconocer el valor subversivo de la escritura Arltiana) la profesión de fe iniciada por Piglia y que eleva a Arlt a la condición de semidios, una especie de culto local porteño; los escritores argentinos tienden a divinizar a Arlt, pero, como dijera Bolaño en el artículo "Derivas de la pesada" (Entre paréntesis), sin desmerecer novelas como "Los siete locos", en Arlt no hay escuela posible.
En cuanto a Borges: creo que en él, en todo caso, se inaugura la posmodernidad, no la modernidad. Pero, tentado como estoy de decir que Borges es un escritor de los últimos esplendores del siglo XIX (como Proust), no olvidemos al Borges vanguardista, el de los primeros poemarios.

Telemías dijo...

Algunos acuerdos y desacuerdos: Vargas Llosa tiene todo el perfil de mediocridad que se pueda pedir, Ramiro. Coincidimos. Perdió con García Márquez, perdió con Alan García o con Fujimori (para el caso es lo mismo). Y siempre pierde el nobel cuando es lo que más quiere. Pero una cosa: fue el primero en hablar de Onetti a ese nivel. Hay que reconocer. Lo que pasa, mucho me temo, es que aun en el contexto latinoamericano, nuestro mayor escritor es también mediocre. No llega, lamentablemente, al nivel de ninguno de los que menciona el Archiduque. Deudor de Faulkner, eso es lo más grande a lo que puede aspirar, y lo digo con respeto, sin ofenderlo, a él, que cuando tuvo que hablar de un amor pasado no tuvo reparos en decir que "sólo había sido buen sexo", cuando se trataba de alguien muy importante para las letras uruguayas, ciertamente tan importante como él mismo, si no más.
Tenemos, entonces, a un mediocre hablando de un mediocre, y sepan disculpar.
Una salvedad para Vargas Llosa: su ensayo sobre Flaubert sí es muy bueno. Ahí sacó un poco la nariz del agua.
En cuanto a la modernidad en las letras latinoamericanas, me inclino por Machado de Assis. Memorias póstumas de Blas Cubas.
Mi trilogía de uruguayos: Espínola, Quiroga, Arregui. Si fueran cuatro, iría Henry Trujillo.
Saludos

Archiduque de Applecore dijo...

Me olvidé de mi trilogía uruguaya:
Quiroga, Acevedo Díaz, Roy Berocay (importante en mis inicios como lector, jaja).

Adjunto, para todo el mundo, el enlace a un nuevo foro de literatura, religión, política, chistes verdes, negros y azul marinos, etc...

http://redcomunitaria.com/foro/

Duroc dijo...

"Lo que pasa, mucho me temo, es que aun en el contexto latinoamericano, nuestro mayor escritor es también mediocre". (...)Deudor de Faulkner, eso es lo más grande a lo que puede aspirar, y lo digo con respeto. Dijo Telemías.

Ah, bueno...

Ramiro Sanchiz dijo...

Se me ocurren varias posibilidades, y muchas de ellas me gustan, pero resumo, selecciono:
1) lo de Telemías fue una boutade
2) Telemías tiene razón
3) Telemías tiene razón porque la poética de Onetti, con su actitud ante el fracaso, implica una elaboración sobre (y no desde) la mediocridad, en gran medida como radiografía del Uruguay de sus tiempos o del Uruguay cultural de sus tiempos
4) Onetti está sobrevalorado y punto

En el fondo, confieso que, pese a mi admiración técnica o estilística por O., no disfruto sus textos como disfruto los de Levrero, Felisberto o Quiroga. Lo curioso es que hace poco leí una entrevista a Levrero en la que decía algo parecido; o quizá no sea tan curioso, es posible que a muchos lectores les pase, y recuerdo también que en algún momento Borges radicalizó esa idea diciendo de Onetti (esta historia esta registrada en el libro de Vargas Llosa) que él (Borges) no cocebía como alguien podía escribir pensando en no agradar.