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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 10 de abril de 2009

simulacros

Una noche Rex recibe la noticia de que Jon ha muerto. Dónde está no importa, ni en que año suceden estas cosas, ni dónde estoy yo o cuanto tiempo me separa de los hechos; importa sí que Rex no viaja a Montevideo de inmediato sino que deja pasar dos, tres, cuatro meses sin darse una verdadera razón ni proponerse entender por qué no ha estado allí al día siguiente. Pero tarde o temprano –más bien tarde- despierta sabiendo que ya es el momento, así que hace las maletas y se prepara para pasar un tiempo en Uruguay. Cuando llega se registra en un hotel barato y decide no contactar a ninguno de sus conocidos; también descubre que no tiene la menor idea de cómo o dónde pasó Jon sus últimos días; sin embargo se sabe en la necesidad de visitar esa última morada, como si –piensa- pudiese encontrar entre tantos discos, películas, ropa y fotos (asumiendo que están allí) el espíritu disperso de Jon. La manera más sencilla sería dar con alguien que lo haya frecuentado por los tiempos en que lo encontró la muerte (en circunstancias que Rex no conoce o conoce muy mal), pero por alguna razón –que tampoco se molesta en indagar-, tiene muy claro que no quiere hablar con nadie de Jon o de los viejos días. Esa noche se duerme temprano, tras tomar una larga ducha, que abandona un buen rato después que el agua se ha enfriado. Envuelto en una salida de baño se mira al espejo. Ya ha pasado los cuarenta años; aunque todavía conserva su cabellera, las canas abundantes y de un gris muy oscuro, sumadas a las líneas que le enmarcan los ojos y la boca (el mapa de tantos recorridos, ha decidido creer), lo hacen lucir todavía más viejo. Entonces siente que lo que está viviendo ya lo ha visto en una película o leído en un cuento o novela: la imagen en el espejo, el cuarto de baño, el hotel, la ciudad y el vasto presente pierden realidad, tambaleándose ante el sueño o la imaginación. Rex opta por irse a dormir. Al despertar, un poco temprano en la mañana, la sensación parece haber desaparecido, asi que, con cierta energía u optimismo renovados, sale a las calles de la vieja ciudad en busca de los últimos rastros de su amigo. La última vez que lo vió, recuerda, Jon vivía en un apartamentito en la Ciudad Vieja. Tras una búsqueda no muy complicada da con su localización, llama a la puerta (como si asumiera que habrá alguien para atenderlo, para responderle, alguien inofensivo, alguien que no cargue signos del pasado) y encuentra a una chica de unos veinticinco o veintiseis años, que lo hace pasar, reconociéndolo de viejas fotos, y le cuenta que fue pareja de Jon por mucho tiempo y que, tras la ruptura, lo único que supo de él, antes de su muerte claro está, fue que estaba viviendo en una casita del barrio Malvín. ¿Y tenés la dirección?, le pregunta Rex. No, pero te puedo decir quién puede saberla, le responde. No quiero saber de nadie ni hablar con nadie. La chica asiente con la cabeza, como entendiendo, y añade: dejame hacer una llamada y te averiguo. Cinco minutos después Rex sale a la calle y toma un taxi. La casa en la que vivió Jon es pequeña y muy venida a menos. Llamar a la puerta, se entiende, no es una opción, por lo que Rex rodea la casita buscando alguna manera de entrar. Una ventana trasera esta desvencijada y parece haber sido forzada no hace mucho. Rex imagina que en el momento de entrar alguien le gritará desde la calle no entre señor, esa casa está embrujada. La idea le hace gracia. Empuja los maderos que apenas cumplen su papel de cubrir la ventana y entra. La casa huele a humedad y a tiempo que se ha estancado, un amplio charco hediondo de tiempo que se ha podrido o se está pudriendo. Sin pensar en las consecuencias (o entendiendo que a nadie podrá importarle) abre las ventanas y llena de luz los cuartos, como un grito en una biblioteca. Hay una cama desecha, una mesa vacía, una cómoda con fotos y discos. La música es la misma de siempre, como si Jon nunca hubiese creído en algo diferente a lo que escuchó entre el 97 y el 2004; en la mayoría de las fotos es él quien aparece, pero también hay desconocidos y algunas donde salimos Rex y yo, y Ligeia y Perséfone y los otros músicos de las sucesivas formaciones y reencarnaciones de Space Glitter y otras bandas. Parecen puestas acá a propósito, piensa Rex. A propósito para que yo las encuentre, concluye. De un momento a otro lo ha invadido la misma sensación de la noche anterior. O quizá más intensa. Insoportablemente más intensa. Asustado, Rex toma una foto –en la que aparece apenas él- y huye de la casa. El resto del día, resignado, lo consume recorriendo la cambiada, la idéntica ciudad. Esa noche sueña que regresa a la casa de Jon y encuentra tres chicos tocando música. Somos los alumnos de Jon, le dicen. ¿Alumnos de bajo, de guitarra? No, responden, somos sus seguidores. ¿Seguidores de qué? De su religión, Jon nos ha enseñado el secreto de todas las cosas. En ese momento Rex despierta. Es casi mediodía y hace calor. Mira por la ventana: la Montevideo entrópica de siempre. Es hora de irse, decide, y empieza a armar su equipaje.
Algun tiempo después, quizá ya instalado en donde sea que está viviendo ahora, Rex vuelve a pensar en la casa de Jon, en el sueño y en la extraña sensación. Sabe que cualquier conclusión es imposible, que cualquier verdadero conocimiento lo eludirá, pero pensando y pensando se le ocurre una idea, como a quien se le ocurre el núcleo de un cuento o canción. Unos hombres, imagina, pactaron una mentira hace siglos; eligieron a uno de sus semejantes para rodear su vida con mentiras y conspiraciones, ocultándole que todo lo que le pasaba día a día estaba pensado y escrito, como una enorme representación teatral. Y el plan continúa. Van surgiendo otros conspiradores y nuevas víctimas, a medida que la conjura se vuelve más y más compleja. Pronto algunos actores se vuelven víctimas y algunos engañados deciden urdir su propia mentira, ignorando que también ellos han caído, y hace tiempo, en la farsa. El engaño consume el mundo, como los tomos de aquella enciclopedia apócrifa que Rex ha olvidado o nunca entendido en verdad, y se multiplican sus capas y grados y niveles, algunos vigilados por conspiradores con un poco más de información, o tal vez con la ilusión de ese mínimo conocimiento extra, absolutamente inútil. De ser así, piensa Rex, de ser esta idea una posible imagen del mundo, yo he caído por azar a un tramo del escenario en que las tramoyas y artificios se han vuelto visibles por el desgaste. He sentido el plan, he intuído el guión.
Ahora bien, qué hace Rex con esta idea, si la escribe, la transmite, la olvida, la vuelve risible u opta por engañarse un poco más y vivir el resto de sus días dándola por cierta, eso no lo sé, y no lo sabré nunca. Lo que si he entendido, o creído entender, es que Rex necesitó la muerte de Jon para, tras todas las alucinaciones y laberintos que llenaron su vida, inferir (sea creyéndoselo o no) la poca realidad de las cosas. Porque fue quizá Jon el centro real e improbable de su mundo (justo Jon, pensemos que piensa Rex, justo Jon, que creía en todas las mentiras, en todos los delirios, en todos los sueños, en todas las alucinaciones). Porque fue seguramente su vida con Jon, esos casi diez años de música y drogas y secretos (o acaso se trataba del que había él sido junto a Jon) lo que había dado coherencia a su universo. Creo entender entonces por qué se llevó Rex aquella foto, en la que sólo él era retratado; y está claro también por qué no habló con nadie y abandonó enseguida Uruguay para jamás volver, aunque no esté dicho –ni lo estará- hacia dónde decidió huir. Pero haya sido hacia donde haya sido, sin embargo, estoy seguro que fue en completa y total soledad. O ese, al menos, es el fin del Rex que me invento, que preferiría creer: sólo hacia la nada, el polo norte de Frankenstein o el sur de Arthur Gordon Pym y de Lovecraft, desapareciendo en la niebla junto a todos los demás simulacros.

5 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

Me gustó que el narrador, a pesar de ser exterior a la narración (heterodiegético según Gennete), no sabe todo (o no le interesa otorgarnos toda la información). Lo bueno es que la información que nos da, nos sirve para saber las reflexiones de Rex y, aún muerto, conocemos a Jon también. Nos da la información esencial que lleva a ese desenlace. El sueño y la posterior duda de una gran trama organizada, como en un teatro (muy al estilo borgeano), son los elementos que le dan al texto algunas características de literatura fantástica u onírica.

Me gustó!!!

A.A

Ramiro Sanchiz dijo...

Archi: Gracias por tu comentario, y me alegra que te haya gustado el cuento. Una de las cosas que temía (aparte de pasarme de listo con las trampas del narrador) era que, por sus referencias a otros personajes de mis cuentos y novelas (Rex, Jon, Ligeia, Perséfone, etc) el cuento no funcionase.
Una cosa que notaste y me parece interesante es la apelación a lo fantástico u onírico. Me he dado cuenta que (parafraseando a Vonnegut), si a una idea para un cuento no puedo encontrarle alguna vuelta fantástica, la termino por dejar pasar. Y eso habla de mis limitaciones, por supuesto, pero no me quema para nada, jeje.

Archiduque de Applecore dijo...

Y sí, seguramente es lo que mejor sabés escribir. Llega un momento en la etapa de un escritor en la que, luego de experimentar mucho, debe seguir un estilo o un tópico de escritura. tal vez, esta sea tu etapa de reconocimiento con la fantasía.

Abrazo!

Anónimo dijo...

No les podés poner "Jon" o "Rex", son nombres de perro labrador de Punta Gorda!

Ramiro Sanchiz dijo...

Bueno, hasta donde sé Rex se puso ese nombre por la mítica banda glam T-Rex, liderada por Marc Bolan, y Jon... nunca estuve muy seguro. Creo que es por el Doctor Manhattan de Watchmen, pero no estoy muy seguro. Una vez me confiaron sus nombres reales, pero juré no revelarlos.