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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 13 de mayo de 2009

ficciones

Esta historia comienza (porque sólo las historias escritas pueden tener principio, y las otras quizá no han de llamarse historias) cuando F y K, dos escritores sin mayor éxito, deciden forjar una entrevista apócrifa. Descartan el nombre de Borges y también a Cortázar y Bioy, decidiéndose, tras un debate que les lleva no poco tiempo, por Juan Carlos Onetti. Esa noche escriben el texto de la entrevista y fijan un par de datos sobre el entrevistador, un periodista catalán de nombre convincente y quizá el tipo de no-intelectual al que Onetti podría responder con algo más que monosílabos. Pasa el tiempo (F y K pierden contacto, la vida, como suele decirse, los pone en extremos opuestos del mundo) y la entrevista se les convierte en poco más que un recuerdo más o menos divertido.
Eventualmente F está escribiendo una monografía sobre la génesis de Santa Maria y las complejas relaciones realidad/ficción en la obra Onettiana; la tesis central es buena, sólida; sin embargo, se basa ante todo en intuiciones y lecturas entre líneas. Revisando sus papeles en busca de alguna forma de apoyo encuentra la entrevista falsa, y la hojea con una sonrisa y cierta nostalgia. Al principio apenas se detiene, sobrevolando las respuestas sin mayor atención; sin embargo, a medida que se adentra, las palabras de ese Onetti apócrifo lo atraen como el tirón gravitatorio que va armando un sistema solar a partir de una nube de gas y polvo. Está claro que alli, en aquella entrevista casi olvidada, están las ideas que ahora intenta volcar en la forma de un trabajo académico, y, para mayor comodidad, dichas por Onetti. ¿Qué hacer? F termina su trabajo, ahora sólido, documentado, minucioso; como es fácil imaginar, la mayor parte de las citas están tomadas de la entrevista apócrifa.
El trabajo se publica en cierta revista de prestigio y las conjeturas de F pronto resuenan en el mundillo académico. Una nueva forma de leer a Onetti parece abrirse camino; las firmes, tajantes declaraciones del autor uruguayo recogidas en la entrevista y citadas en el trabajo de F pronto decoran otros artículos, ensayos, monografías y tesis doctorales, y también cuentos, novelas y películas.
Algún tiempo después, no importa de verdad cuánto porque conviene a esta historia que quitemos todo aquello que podamos considerar accesorio y, movidos por este impulso, quitemos también un poco más, F está viendo televisión y escucha el nombre de Onetti. Se suceden portadas de primeras ediciones, grises paisajes montevideanos más o menos reconocibles y, de repente, una cara, la cara de Onetti, del Onetti de 1960y pico repitiendo una de las líneas más memorables de la entrevista apócrifa. F da un salto y se pone de pie ante el televisor. Onetiti sigue hablando. La cámara enfoca al entrevistador, un hombre joven con cara de duro, de salido de una novela de la serie negra, y las palabras son, exactamente, las de la entrevista que F sabe ha inventado. Apaga el televisor y se sienta a pensar. Si alguien pudo grabar esa entrevista, manipular digitalmente alguna imagen de Onetti, buscar a un actor, a dos actores, y ponerlos a reconstruir aquel diálogo, se debe concluir que ese alguien supo que la entrevista era falsa. ¿Sería K? ¿Quién más podría saberlo? En principio, concluye F, cualquiera, pero dado que no se puede probar de modo inequívoco la falsedad del diálogo, quien obre como el creador de su versión en imágenes debe partir, a priori, de que se trata de una falsificación, y eso a F, extrañamente o no tanto, le parece inverosímil. Es entonces cuando decide confrontar a K y arrancarle una confesión. Pero, ¿cómo encontrarlo? Aquí la historia se expande, permite una narración de índole policial; digamos apenas que F logra dar con el correo electrónico de K, y le escribe. K, como si nada hubiese pasado, celebra el reencuentro; deciden encontrarse en un café (en este momento nos conviene pensar que viven en la misma ciudad) y fijan día y hora. Cuando se encuentran F no se hace esperar; la entrevista, dice, ¿cómo la filmaste? ¿Qué entrevista?, pregunta K. La de Onetti. ¿Cuál entrevista de Onetti? ¿Cómo cuál? Sabés bien cual. ¿La entrevista de Onetti, decís vos? Exacto, esa entrevista. ¿La que tanto citaste en tu trabajo? En este punto F cree detectar cierta rabia en las palabras de K; esa, le responde. Bueno, contesta K, ¿y cómo me podés preguntar por la filmación? ¿Cómo pude haberla filmado si es más vieja que yo? F ríe con amargura. Me querés tomar el pelo, dice. Esa entrevista la inventamos vos y yo, letra por letra. K suspira. Mirá, le dice, no entiendo qué me querés decir, o me querés joder o te estás volviendo loco. Y el diálogo sigue, o podría seguir, pero tampoco importa. Queda claro que K da por real la entrevista, que ha olvidado su falsificación. Al principio F no le cree, pero pronto, a medida que acumula más evidencia, que habla con otras personas que recuerdan la entrevista, que han visto una y mil veces las imágenes de Onetti, entiende que debe ceder. Algo ha sucedido. Lo que daba por real ha cambiado. En algún momento, concluye F, el universo giró, dio un vuelco y generó un pasado diferente, en el que la entrevista fue real. La entrevista, pero también todo lo que generó en quienes la vieron. F sale a la calle. Las luces de los autos, las ventanas cerradas, las conversaciones fracturadas, todo parece diferente, de un modo mínimo, apenas perceptible pero incesante, implacable. F sigue caminando, sin rumbo, alucinado. Sabe que es la única persona que recuerda el otro mundo, el pasado perdido, pero eso, que parece otorgar a su memoria un nivel de realidad superior, no logra más que convencerlo de su propia irrealidad. Esa noche, al tirarse en la cama de su cuarto, F llega a una última conclusión. En principio, entiende, ambos mundos difieren en palabras: las de la entrevista a Onetti, que en el viejo no existen; sin embargo, en el nuevo hay además una persona que no existía en el otro: el entrevistador. Encontrarlo, decide, estrechar su mano y aguardar el choque fatal entre materia y antimateria, será la única manera de poner orden en el caos secreto. Pasado cierto tiempo, entonces, F da con lo que busca, la dirección de este hombre que tantos años atrás, dicen, entrevistó a Onetti. Y para terminar esta historia –porque, como ya hemos dicho, sólo puede tener final en tanto escritura, en tanto ficción-, debemos imaginar a F parado frente a una puerta, la del fin de su búsqueda. Golpea o toca un timbre, no importa. Y un momento después la puerta, porque no hay otro final posible, se abre.

7 comentarios:

Belerofonte dijo...

Excelente, Sanchiz, sencillamente excelente.

Archiduque de Applecore dijo...

¿Sería el catalán no-intelectual?

Como F es el personaje principal de la obra yo (y pienso que muchos más) tiendo a creer que F tiene la razón desde el principio y que el pasado realmente ha dado un giro: aunque esta resulte la opción menos lógica, uno se encariña demasiado con el personaje principal para considerarlo loco.
Un texto muy bien logrado, muy fino...

Abrazo
A.A

Duroc dijo...

Interesante el relato Ramiro. Bioy es un maestro en muchos temas, el dialogo y las costumbres porteñas es una. Justo estoy leyendo "Diario de la guerra del cerdo". Che, ayer terminó la quinta temporada de Lost. Tengo entendido que te va la serie. Pasate por Aquiescencias si te pinta que subí "Tres momentos de la serie". De las primeras tres temporadas. Sería la primera parte.

Abrazo

Ramiro Sanchiz dijo...

Me alegra que les haya gustado el cuento. Originalmente era bastante más largo, casi el doble, y le hice una poda exagerada.
Duroc: ya te dejé mi comentario, con mi propia lista de momentos increíbles en Lost. Que gran serie!

HOracio dijo...

Yo creo, Ramiro, que ni sobra ni falta nada. Es un cuento muy bueno. Bien de bien. Da gusto leerlo.
un abrazo
HC

fernanda dijo...

Muchachos, esto no es un cuento. No vayan a creer... Puedo dar fe de ello porque F soy yo. Y K es Ramiro, que me quiere jugar una mala pasada haciéndole creer a todo el mundo que el universo dio un vuelco... ;-)

Bueno, Ramiro, no te voy a felicitar por este texto, ¡si lo único que hiciste fue contar la verdad! Ja ja.

F

Ramiro Sanchiz dijo...

Bueno, qué puedo decir... Fernanda acaba de revelar un secreto fundamental. Si lo piensan con cuidado, todo esto esta conectado a:
la dinastia merovingia
el asesinato de keneddy
la razón por la que la camisa blanca de Michael Jackson nunca dejaba de ondear al viento
y otros misterios mas