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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 27 de agosto de 2009

presentación de "Perséfone" 2

Anoche, en la presentación de Perséfone, Ercole Lissardi leyó algunas palabras elaborando su lectura de la novela. Las transcribo a continuación.
(...)
"Lo primero que me gusta mucho de Perséfone es que aunque no es sino la historia de una compasión, la que siente Federico, el protagonista y narrador, por Perséfone... la ninfa más frágil y triste de la literatura uruguaya... aunque Perséfone no es sino la historia de una compasión, nos mantiene en vilo como la mejor novela de suspenso, con una intensidad y una garra dignas del mejor policial.
En todo momento nos hace sentir que estamos al borde de una revelación que nos entregará finalmente el sentido oculto y secreto de la historia que cuenta. Revelación que jamás va a producirse... o que se produce en el párrafo final –como debe de ser- pero de una manera tan difusa, tan borrosa, que nos quedamos con las ganas de saber finalmente de qué se trataba... aunque tengamos en la punta de la lengua la palabra adecuada para nombrar ese algo inasible que es finalmente lo que les sucede a Federico y Perséfone... El lado narrador garrudo de Ramiro se complementa, insólitamente, con una voluntad férrea de respetar el secreto, de no caer en tratar de decir, de expresar lo que en realidad es inexpresable.
Lo segundo que me gusta... más bien, que me encanta en Perséfone es la utilización del desfasaje como elemento clave en la construcción del mundo objeto de relato.
Comencemos por el nombre mismo de la novela y de la protagonista: quizá la chica, con el look y con la actitud que adopta, buscara justificar el nombre que adoptó –el suyo en realidad es Valeria. Pero no sólo rascando un poco está claro que ella es el contrario directo de un personaje digno de semejante nombre sino que además, desde el mero comienzo Federico nos advierte que en realidad el nombre lo sacó al azar de un diccionario de mitología griega, sin leer jamás el artículo. Y no obstante, aún así, a pesar del flagrante desfasaje, la repetición, como un mantra, del nombre Perséfone a lo largo del libro nos obliga a tener presente un sentido que en realidad no significa nada.
Prosigamos con la cadena de desfasajes. Federico mismo. Está comprometido completamente en su carrera como músico, sin embargo una y otra vez deja entrever –y cada vez con más intensidad- que en realidad se considera a si mismo un escritor. Un escritor varado, sí, bloqueado, pero sobre todo un escritor. Y efectivamente, su actitud distante, un poco burlona, siempre crítica es la de un tipo que considera en el fondo lo que está haciendo –tocar en una banda- como buen material para una futura novela. Y toma minuciosamente nota de lo vivido.
Otro desfasaje: Federico está perfectamente consciente en todo momento que la elección de Perséfone para vocalista de Space Glitter es un error. Sin embargo lo hace, sin buscar explicación alguna para semejante decisión. Como si el mismísimo demonio del desfasaje fuera el que tomara la decisión. Por supuesto, instrumentación y vocalista son agua y aceite y ese es uno de los vectores que termina con el estallido del grupo.
El mundo -o mundillo- mismo del glam y el gothic por el que circulan los personajes y el relato está en completo desfasaje con el cuerpo social en el que está enquistado. Dice así Federico: ¡Eramos una banda de glam rock en un momento liderado por el reggaeton, el hiphop, el punk californiano más tonto imaginable, el rock latino! ¡Y como si eso no fuera suficiente en un ambiente tan mojigato y mediocre como el uruguayo!. Todo: el mundillo, sus personajes, lo que les sucede, todo es un gran malentendido, en desfasaje total con la realidad real. Sea esta lo que sea.
Quisiera terminar diciendo cuál es la tercera y la más profunda de las razones por las cuales Perséfone me gusta tanto como para estar presentándola. Al principio decía que Perséfone no es sino la historia de una compasión. A la vez, simultáneamente, siendo lo uno para ser lo otro, Perséfone es también la historia de una experiencia musical. Es la historia de la experiencia Space Glitter en la vida de Federico. Y por ahí encuentro lo que, más allá de las originalidades de tema y estructura, más allá de las destrezas y talentos demostrados y comprobables, a mi –cultor en mi propia literatura de las intensidades- me fascina definitivamente en el texto de Ramiro:
Hay tres o cuatro páginas, a media novela, en las que Federico señala con exactitud el momento en el que la experiencia Space Glitter alcanza su marca de agua cerca de la cima que me parecen absolutamente conmovedoras en su lucidez eufórica y en su reconcentrado sentido de la decepción que espera agazapada en lo más hondo de la experiencia ya no artística sino humana, a secas. Cuando un escritor consigue conmover como lo consigue Ramiro en ese vértice, en ese parteaguas de su novela entonces es claro que no estamos en presencia de simplemente un buen escritor.
Me cuesta resistir la tentación de leerles ahora mismo esas páginas, pero prefiero dejarles el placer de toparse con ellas a ciegas, como me pasó a mí, y deslumbrarse y emocionarse recorriéndolas.
Hay un momento ahí que Federico dice: "Pienso en la marca dejada por las aguas en su momento de máxima altura (si es que la hay), cuando rompió aquella ola y todo empezó a retroceder". Es posible que Ramiro-Federico haya conocido en aquel momento la marca de agua de su experiencia musical. Por suerte para todos nosotros todavía está lejos de la marca de agua que nos promete su literatura."

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucho autobombo... Igualmente felicitaciones.

Ramiro Sanchiz dijo...

Bueno, señor Anónimo, son las palabras de Lissardi, no las mías. Y si me argumenta que incluirlas es equivalente a un flagrante autobombo, le diría que la autopromoción es un arte cultivado por gente de la talla de André Breton, Truman Capote, Salvador Dalí y James Joyce, por mencionar unos pocos. Jesucristo, Napoleón y Alejandro Magno también eran autobombásticos, y el primero se supone que fue el modelo a seguir de occidente por más de un milenio. En ese arte soy apenas un novato. Tengo mucho que aprender.

Anónimo dijo...

Sos un mediocre y lo sabés.
Ahora, lo malo de la auto-conciencia de la mediocridad es intentar ocultarla. O sea, negarse a esa realidad presente en lo más íntimo de tu intuición.
Así que arriba con el autobombo si eso te distrae por un rato.

Ramiro Sanchiz dijo...

Bueno, la verdad no me considero un mediocre; podré ser un mal escritor, mal narrador, mal cuentista, mal reseñero, mal novelista, mal prosista, mal lo que sea, pero en mi opinión la mediocridad pasa por otro lado, y creo -si no estás de acuerdo decime en qué bases, citando textos y dando razones- que no estoy precisamente "ahi". Mediocridad es no arriesgarse, es ahogarse en lo aceptado, lo políticamente correcto, entre otras cosas; y todos sabemos cómo escriben -al menos en Uruguay- los que piensan así. De hecho es muy común para esos mediocres fruncir la nariz ante lo que desafía, al menos un poco, esa tranquilidad de espíritu que parecen cultivar y que en rigor no es más que una pose estupida y mucho más autoengañosa que lo que vos, "anónimo", me echás en cara. Parece que el autobombo o la autopromoción o citar palabras de alguien que elogia los propios trabajos te molesta. ¿Es algún resabio de la humildad cristiana? ¿Es la muy mediocre falsa modestia? ¿Y por qué ocultás tu nombre con ese "anónimo"? ¿Te preocupa decir tu nombre por si sos escritor y ya te leí, por si, conociendo tus trabajos, los considero mediocres?
Escribís "negarse a esa realidad presente en lo más intimo de tu intuición". Muy bonito. En "lo más íntimo de mi intuición" está la creencia en lo que hago y lo que intento, y con eso seguiré adelante, digas lo que digas. Podriá venir el mismísimo Bolaño, o Ballard o Levrero a cuestionarme algo que he escrito, y si "lo más íntimo de mi intuición" me dice que tenía que escribirlo precisamente de esa manera y no de otra, me quedaré con esa idea y seguiré adelante. Y estamos hablando de los escritores a los que realmente admiro; te imaginarás entonces en que lugar quedará tu opinión. Ahora, si esta actitud y todo lo que hago te parece tan mediocre, es fácil: no me leas.

Duroc dijo...

Che Ramiro, no gastés pólvora en chimangos.

Al final tuve un problema urinario que me impidió ir a la presentación.

Arriba con el libro.

El gato Duroc.

Ramiro Sanchiz dijo...

Gracias Duroc... lo de la pólvora y los chimangos lamentablemente no puedo evitarlo, hay cosas que me irritan y enseguida las respondo. Igual tenés razón vos y no debería hacer caso, pero bueh... lo intentaré. Saludos y te espero el viernes 4 a las 20:00 en la Feria del Libro, vamos a estar presentando Perséfone con Andrés Ressia (sobre quien acabo de subir unos comentarios al blog) y Gabriel Lagos

Matías B. dijo...

Este don Juan Carlos Anónimo no sabe que Lissardi, luego de terminada su reseña, te dio las hojas con ese mismo texto para que te las llevaras. Quizás valga la pena explicar que por el mismo motivo la republicás acá: se trata de un texto con un valor literario rico, y no casual. No dudo que la publicaste acá porque te gusta el texto, que como no es de extrañar viniendo de Ercole, está buenísimo.

Ramiro Sanchiz dijo...

Matías, no sólo eso: Ercole me mandó su texto por mail añadiendo "por si lo subís a tu página"; creo que la lectura que hizo de Perséfone, más allá de algunas cosas en que podría incluso no estar de acuerdo personalmente, es rica en sí misma, con pasajes que muestran su sensibilidad como lector y su mano de excelente escritor.

Belerofonte dijo...

Che Sanchiz, sos un foco constante de polémica! No se puede entrar tranquilo a tu blog sin que salpique algo virulento sobre uno!

Ramiro Sanchiz dijo...

La culpa en realidad es mía, tendría que dejar pasar las boludeces con algún mínimo "ah, sí, gracias" o algo por el estilo. En fin, no voy a negar que un poco me divierto con estas cosas!

fernanda dijo...

Felicitaciones, Ramiro. ¡Estoy ansiosa por leer Perséfore!

Un abrazo, F

Ramiro Sanchiz dijo...

Gracias Fernanda! Cuando se me reconstruya la economía te mando un ejemplar por correo.
Casualmente hoy planeaba empezar a leer tu "cuaderno"...

fernanda dijo...

Jua, suerte con ese cuadernito...
No te preocupes que viajo pronto a Montevideo (por temas de salud de mi padre). Será un placer colaborar en la recuperación de tu economía (y la de Martín! ;-)

F

Ramiro Sanchiz dijo...

Esto ya parece un chat! Me enteré lo de tu padre, espero que esté recuperándose. No dejes de avisarme cuando estés acá y tengas tiempo para hacer algo (de hecho estaría bueno hacer una reunión de escritorzuelos, ¿no?)

Wolf dijo...

"Ningún hombre es un verdadero artista hasta que no se libra de la mediocridad del ambiente, del entusiasmo barato, de las insinuaciones maliciosas y de todas las influencias lisonjeras de la vanidad y baja ambición".

James Joyce

Ramiro Sanchiz dijo...

No me cabe duda de que "verdadero artista" es algo a lo que se tiende, como el límite de una función matemática. Joyce habrá llegado con el Finnegans, y poco tiempo después murió, mientras seguía corrigiéndolo, "poniéndole comas".
Probablemente en ese momento se libró Joyce "de la mediocridad del ambiente, del entusiasmo barato, de las insinuaciones maliciosas y de todas las influencias lisonjeras de la vanidad y baja ambición"

Wolf dijo...

Una cosa más:

ése Joyce de recién es un consejo para vos, no para tus lectores, anónimos o no. ése Joyce fue para vos. para que aprendas al menos algo.

Ramiro Sanchiz dijo...

Quizá lo que deba aprender es a no prestar atención a las pelotudeces, a las pretensiones de convertirse en profesorcillos que tienen algunas personas. De Joyce espero seguir aprendiendo; no necesito que vengan a agitarme citas en la cara. Se agradece, igual, la buena intención.