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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 27 de septiembre de 2009

1999/2000

Como comentaba en el post anterior, mi relato 1999/2000 vió su primera parte publicada en el último número de la revista Freeway. Para los interesados en el texto que no consiguen la revista, lo reproduzco aquí, seguido del capítulo siguiente.
1.septiembre


El fin del mundo, para mí, comenzó en septiembre del 99, y terminó siete u ocho meses después. El puntapié inicial lo dio un amigo de Ana Paula, la que por aquel entonces era mi novia; por siempre odié a los conocidos de mis parejas; en este caso los motivos estaban más que fundados. Se llamaba Antonio y era una especie de cuarentón que quería posar de cool, en plan viejo marinero guión poeta guión torturado por la vida esencialmente optimista, el tipo de idiota que finge todo el tiempo estar de vuelta y que cree saber la última palabra sobre cualquier tema concebible, especialmente en relación a las mujeres. Solía darme sus poemas en ajadas hojas fanfold, con las letritas de las impresoras matriz de puntos. Creo recordar que le gustaba Bukowski de un modo exhibicionista y presumido; sus poemas me parecían una proyección perfecta de su persona, lo cual cabía pensar como la peor crítica posible. Sin embargo también he de admitir que algunos no estaban del todo mal; si me agarraba de buen humor hasta podía tomarlo a la ligera y entenderlo como un tipo pintoresco más, digamos el tipo de tarado que podía servir de modelo para algún personaje. Por otro lado, no había momento en que no intentara llevarse a la cama a mi novia, subliminalmente o no tanto. Una situación desagradable, ya que ella tenía ciertas teorías sobre los celos y la madurez que implicaban que si yo demostraba ganas de partirle la nariz de una piña a Antonio por haberse pasado de listo con una indirecta, el que estaba esencialmente equivocado era yo y, por supuesto, sería quien pagase los platos rotos (o los ceniceros, las macetas, los controles remotos o cualquier objeto que sirviese momentáneamente de arma), por lo que me conformaba con responder con alguna que otra ironía y a amargarme; pero bueno, así de tonto era yo por aquel entonces.
Una tarde cayó Antonio por el apartamento de mi novia (ella era profesora en un liceo, y como estábamos en plenas vacaciones tenía mucho tiempo libre); creo que nuestra conversación iba por una de mis bandas favoritas, los Smashing Pumpkins, concretamente el disco Adore, que yo recién había escuchado con un par de años de retraso. Recuerdo que habíamos planeado cocinar algo entre los dos para la cena, o algo así. En cualquier caso, fue evidente mi reacción cuando suena el timbre, Ana atiende y de inmediato corre al balcón para tirarle las llaves al infeliz de Antonio. Respiré profundo y conté hasta diez. Quince minutos después estaba el indeseable parásito en el sofá comiendo galletitas, riéndose a carcajadas e indisimulando un libro en el bolsillo del saco, forrado con papel de almacén y rotulado “poemas buko”; entonces surgió el tema del año 2000. Supongo que era algo que estaba en el aire (quizá el calor incipiente despertaba a las neuronas), aunque ahora resulte difícil pensar que el futuro pueda darse de un modo tan presente. Quizá porque siempre fui lector de ciencia ficción la idea de futuro ha sido algo casi tangible para mí; en el 99 esa sensación parecía haberse contagiado al resto de la humanidad. Recuerdo además la irrupción de tanta literatura “milenarista”, por usar el término con demasiada libertad, que auguraba desde el cumplimiento de las profecías de Nostradamus hasta la existencia de un número enorme (parecía que sólo uno era insuficiente) de asteroides en curso de colisión con la tierra. Y sucedió que la paranoia del milenio tocó literalmente mi vida cuando Antonio se limpió las migas de galletitas, puso cara seria y anunció que era muy posible que no fuéramos a verlo por un tiempo. Me voy a una estancia, dijo, donde unos amigos están tomando recaudos para el milenio. ¿Qué querés decir con recaudos? le pregunté. Claro, respondió, recaudos. Por lo del virus, ¿no sabías? El Y2K: Cuando las fechas en todas las computadoras cambien a cero-cero se va a ir todo al carajo. Pensalo. Las deudas de tarjetas de crédito, la luz, el agua, los impuestos, todo. Va a ser una catástrofe financiera, va a haber apagones, cortes de agua, caos, saqueos, todo lo que se te pueda ocurrir. Miré a Ana, que parecía asentir con cara de preocupada, y me encogí de hombros. Pero eso es esencialmente una paranoia, dije. Nada de paranoia, Hierro Lopez (por entonces el vicepresidente) ya salió a declarar que van a tomarse medidas. Pero no hay nada qué hacer. Yo voy a estar tranquilito con Santiago (su hijo, creo que tenía unos nueve o diez años) en la estancia de estos amigos, ahí vamos a tener agua, electricidad y comida. Ya se van a acordar de lo que les estoy diciendo.
Ana Paula parecía incómoda. Lo último que falta, pensé, es que ahora este tarado la invite.
-Y vos, Anita, ¿no te querés venir? Acá tan cerca del centro estás en plena tormenta…
Debí haber agarrado el primer cenicero o control remoto o maceta o plato o lo que fuese que encontrase más a mano y tirárselo en su cara de milenarista de cuarta. Pero, por supuesto, no hice nada.
Y así comenzó el fin del mundo.



2.Octubre


Fin del mundo puede significar muchas cosas. Está la idea pseudometafórica de “fin del mundo como lo conocemos”, que generó aquella canción de R.E.M.; está también el concepto más literal o físico: el mundo se va a terminar en una catástrofe, como sucedió con los dinosaurios. Un cometa o un asteroide choca con la tierra y levanta una polvareda tan grande que no vemos el sol por veinte años; resultado: nos morimos todos. Mi solución a este escenario siempre fueron ciudades subterráneas; incluso llegué a pensar –creo que tenía doce años, por lo que es perdonable- que de ese percance hasta podría surgir una humanidad “mejor”. En fin, asi de tonto era por aquel entonces. Esto nos conecta con la idea de “fin de la civilización” asociada a “fin del mundo”; ejemplos: Mad Max, Endgame, etc. Otro fin del mundo posible implica un final de verdad: no sólo para la vida sobre la tierra sino un verdadero fin del tiempo. Tenemos dos variantes: la científica, la astrofísica digamos, y la mística, la del Apocalipsis, el Ragnarok, la Batalla Final donde se destruyen el cielo y la tierra y los justos son salvados, bla bla bla. Muchas veces la opción mística propone la creación de un cosmos nuevo al final, por lo que el fin del mundo también puede entenderse como algo cíclico.
Pero el fin del mundo también puede ser el fin del mundo personal. Uno se queda sin pareja, sin trabajo, sin casa, sin un proyecto de vida que se sostenga, sin amigos, sin referencias inmediatas. Es posible; de hecho, ha sucedido. En Octubre del 99, por ejemplo, terminó mi relación con Ana Paula, lo cual es una forma a escala (está bien, a una escala muy pequeña, pero entenderlo requiere perspectiva, requiere tiempo) del fin del mundo. Habían influído muchas cosas, entre ellas –son sus palabras-, mi pésima relación con sus amigos. Perfecto. La ruptura coincidió con la salida de mi primera novela, que trataba de dos asesinos en serie que entienden sus crímenes como obras de arte destinadas a producirles una suerte de iluminación; el libro terminaba con la muerte de uno de los protagonistas y la desaparición del otro –en plan Frankenstein hacia el polo norte o Sobre héroes y tumbas en la Patagonia-, que era el narrador de la historia. Podía pensarse ante todo como una copia elaborada y resignada de Crash, de Ballard, pero tenía cierto encanto. O al menos eso creo. Contar con una novela publicada implicó un buen cambio; el que te reconocieran en librerías por la fotito en la contraportada no cuadraba del todo con mi noción más bien anónima de lo que era ser un escritor (venía publicando cuentos desde el 94 y nadie parecía enterarse), asi que Conclusión: no sé si califica de “fin del mundo” o, mejor, de comienzo cíclico de un mundo nuevo, pero las cosas, en gran medida, estaban cambiando.
Lo cierto es que pase casi todo octubre bastante deprimido por la ruptura con Ana. Mi amigo Aníbal se esforzaba por distraerme invitándome todo el tiempo a Cinemateca, multiplicando el número de ensayos con la bandita de rock que teníamos, estando mucho más disponible que de costumbre para una salida de martes por la noche a emborracharse por la rambla, ese tipo de cosas. Una tarde me llamó por teléfono para pedirme que fuera, lo más rápido posible, a Tristán Narvaja y Colonia. ¿Pero qué pasa?, le pregunté. Nada, nada, me dijo, sólo El Fin Del Mundo, y cortó. Salí corriendo y me tomé un bus. Veinte minutos después encontré a Aníbal en la parada, con una sonrisa gigantesca de Gato de Cheshire. Vení, dijo, y casi me empujó hacia la localización pactada. Entonces entendí. Un librero de la cuadra había sacado todos los libros a la calle y gritaba a los cuatro rincones del mundo que estaba regalándolos a quien quisiera llevárselos. La gente curioseaba al principio con un poquito de asco o de miedo; algunos desaparecían por Colonia con un libro bajo el brazo. Me acerqué a una de las pilas –el tipo sacaba los libros de su local en una carretilla, que vaciaba como si se tratara de arena o pedregullo- y me puse a buscar.
-¿Cómo que por qué los regalo? –gritaba el librero- ¡Porque se termina el mundo! ¿No se dan cuenta? Es el fin, viejita, ¡el fin! ¿De qué mierda me sirve tener tanto libro? ¡De nada! ¡Y a ustedes no les va a servir de nada llevárselos! ¿De qué les puede servir, si en dos, tres meses el mundo se acaba? Se los llevan de codicia, nada más, de codicia, ¡hijosdeputa! Pero llévenselo todo, ¡todo! ¡A mí qué me importa!
Algunos de los libros estaban en un estado lamentable; supuse que los mejores ya se los habían llevado. Está así desde el mediodía, contó Aníbal, metiendo las manos en una de las pilas, yo pasé por acá hará una hora o una hora y media y me aparté algunos libros; después te llamé. ¿Qué conseguiste? Un Paradise lost, una edición de La vida breve medio hecha mierda pero completa y unos comics de Green Lantern/Green Arrow en la edición de Zinco. Cool, dije. A pocos metros unas manos femeninas sacaban un libro cuya portada ya conocía. Me detuve en seco.
-Disculpá –le dije-, pero ese libro, la verdad, lo vengo buscando hace años… ¿Realmente te lo vas a llevar?
Era una chica de mi edad, más o menos, quizá un poco más, bastante bonita, pelirroja y pecosa, de ojos grandes y marrones. Tenía en sus manos una copia en bastante buen estado de El principio antrópico, la penúltima novela de Gustave Mayhen.
-Sí, me lo voy a llevar –me respondió-, pero vi otra por ahí… -y señaló el montón más grande.
Aníbal la había encontrado.
-Tomá –me la tendió-, me la iba a quedar, pero bueh.
-Gracias –le dije a la chica-. ¿Te gusta Mayhen? Debemos ser los únicos lectores que tiene en Uruguay, ¿no?
Se llamaba Agustina. Una hora después estábamos tomándonos un café en un bar de la zona. Ese fin de semana salimos y unos meses después, ya en el 2000, empezamos a vernos de un modo bastante formal, como novios a la antigua. El fin del mundo, claramente, es algo cíclico.

1 comentario:

Mariana dijo...

Buenisimo, buenisimo!!! Era la opcion q habia elegido, la del fin del mundo ciclico :D.
Espero la siguiente entrega. Espero no tener q esperar hasta noviembre :S jaja. Un beso gigante, gracias por escribir de manera tan genial.