Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 24 de octubre de 2009

Cuasar, números 47 y 48

Hace más o menos un mes me encontré con Luis Pestarini en Buenos Aires. Su nombre me era conocido desde más o menos 1994, cuando me uní al equipo (y movimiento) de la revista Diaspar, que lamentablemente sólo logró publicar dos entregas (aunque en 1989 había aparecido el número 1), la primera en un formato más libro, con una estupenda Gioconda biomecánica en la portada a cargo de Leonel Coló, y el segundo más parecido a una “revista” en sentido clásico, con una tapa (lamentablemente las finanzas sólo nos permitieron imprimir en blanco y negro) de una ilustradora llamada Victoria Barreiro. Diaspar, con todos su defectos, fue muy importante para los inicios de mi carrera (iba a escribir “maldición” o “enfermedad”, por hacerme un poco el drama-queen y porque estoy leyendo El mal de Montano, de Vila-Matas) al darme ante todo un foro de debate de mis textos y pequeñas ideas; también fue, creo, importante para la literatura nacional, o al menos para una ucronía en la que la revista tuvo continuidad y cimentó una generación de escritores que se apartaron de ciertos convencionalismos para explorar rincones literarios bastante invisitados por los autores uruguayos. Esto suena a humor un poco amargo (porque claro que eso no sucedió), pero no es mi intención: ahí están los dos o tres números, como una semilla de mundo paralelo, un claro “lo que pudo ser”. ¿Y por qué no fue? Por tantos motivos; es fácil echar la culpa a todo lo de afuera: el pacaterismo cultural uruguayo, los lectores de CF que no tenían interés en comprar y apoyar algo local, el cerrado mundo de la “cultura” oficial, endogámico y exófobo, pero está claro que los verdaderos motivos (y uno entiende esto al tener en sus manos una revista perfectamente editada que lleva el número 48, o una publicación online que cumple 20 años de intachable periodicidad mensual) son otros, son de adentro. Nombraré unos pocos (yo también me reconozco culpable): falta de seriedad y compromiso en algunos de los integrantes del equipo, intransigencia y necedad, prejuicios, odios heredados y acumulados y cierta flagrante ignorancia o erudición de ghetto, tan amiga de rechazar lo diferente como ese mundillo cultural al que tanto se atacaba, muchas veces con razón, pero también con grandes prejuicios. Sin embargo, como venía diciendo, fue una gran experiencia, en lo literario y en lo personal, de esas que “enseñan” y “forman” (o deforman, pero es lo mismo, en ambas hay algo que cambia, y eso es lo que importa). Además, todo el ruido Diaspar me contactó (y no sólo a mí, también a escritores como Pablo Dobrinin, por ejemplo) con gente que intentaba pelear las mismas batallas. Luis Pestarini es uno de ellos. Eduardo Carletti, editor de Axxón, otro; y también Juan Carlos Verrechia, que allá por fines de los noventa editó un fanzine excelente, Galileo, en el que publiqué también algunos cuentos de CF. Es que en Argentina, a diferencia de lo que sucedió y sucede en Uruguay, supo existir un movimiento de autores y lectores de CF y fantasía bien organizado y con ganas de hacer, más allá de los alineamientos provisorios. Gente que apostó y apuesta por insistir en el trabajo, a veces “contra viento y marea”, como es tópico decir, saliendo adelante a como dé lugar. Pestarini lleva más de veinte años editando Cuasar. La primera de sus revistas que cayó en mis manos fue en la casa de Roberto Bayeto, una tapa en grises que –creo recordar- mostraba un árbol al estilo mallorn de Lothlorien (seguramente he deformado esta imagen en el recuerdo), y enseguida supe que hacia ese nivel debíamos intentar movernos con la entonces incipiente Diaspar (o quizá ya había salido número 2, de fines del 94, no recuerdo bien); el tiempo, claro, nos hizo olvidar esos propósitos. En mi caso, después de algunos fiascos (la convención del 97 el más grande de todos), las ganas de dedicarme a la edición desapareció; además, empecé a escribir por fuera de la CF, o quizá hacia afuera, que no es lo mismo, y otros intereses, otras literaturas, tomaron protagonismo. La idea de gastar mi tiempo no sólo en escribir sino en armar una revista y preocuparme por sus idas y venidas me parecía un despropósito… y siguió pareciéndolo, hasta que el proyecto Días extraños de Victor Raggio, en 2003, me hizo ganar una vez más (parte de) ese entusiasmo. Lamentablemente tampoco tuvimos suerte con esta revista, que comenzó muy bien (el número uno me encanta) y luego quizá empezó a tomar caminos que no me convencieron tanto, antes de su cierre definitivo –o más o menos, porque todavía, cada tanto, postea Víctor alguna nota en el blog de la revista-. Otra frenada, otro fracaso, otra vez la misma sensación de lo poco que vale la pena esforzarse por sacar revistas, pero allí está el ejemplo de Pestarini, de Carletti, de Sergio Gaut VelHartman, de Laura Ponce, de Christian Vallini y otros editores/autores. Siguen adelante. Se comprometen. Logran una continuidad. Y no se trata de tener los medios, de vivir en Argentina, donde “existe un mercado más grande” y bla bla bla. Se trata de jugarse, de insistir, de encontrar a como de lugar los recursos necesarios.
El caso de Cuasar (y el de Axxón, ambas las “decanas” actuales de la CF Argentina) es un verdadero ejemplo de lo que vengo tratando de decir. Pestarini ha sobrevivido a etapas tan dispares de la historia reciente de su país sin aflojar en lo más mínimo en el trabajo sobre su revista. Lamentablemente es difícil en Uruguay conseguirlas (creo que todavía hay algunos números en El rincón del coleccionista, pero no estoy seguro), lo que la convierte en un bicho muy extraño y desconocido. Y esto es una pena, porque en esta revista se publican excelentes relatos, reseñas y noticias del mundo de la CF y la fantasía y, además, se ha convertido en una editorial, Ediciones Cuasar, que ha publicado obras de clásicos como Algis Budrys y nuevos escritores de CF como Ian R. Macleod, además de Greg Egan y Thomas Burnett Swann.
Ahora tengo en mis manos los números 47 y 48. El primero incluye un cuento de Tim Pratt, “Sueños imposibles”, sobre el asombro de un cinéfilo al toparse con un video club perteneciente a un mundo alternativo. Cuando empecé este cuento casi pongo el grito en el cielo: el planteo de la primera página se parecía demasiado al de mi cuento “Los otros libros”; tuve que avanzar un poco para darme cuenta que este relato recorría otros caminos y que, al final, no tenían nada que ver más allá de la noción –consabida, por otro lado- de mundos paralelos. El videoclub de Tim Pratt fluctúa en nuestra realidad, apareciendo y desapareciendo, y la chica que lo atiende replica nuestro asombro ante sus películas extasiándose ante una historia del cine en la que Orson Welles dirigió Citizen Kane. Este cuento de Pratt me recordó, por su tono y planteo cienciaficcionero softcore a muchos relatos de esa excelente escritora que es Connie Willis (si tienen la oportunidad de leer el recientemente editado Lo mejor de Connie Willis –Nova, Ediciones B-, no lo duden ni por un instante); seguramente –y esto lo dirá el tiempo-, textos como el de Pratt y los de Willis conformaran un lado de la moneda de la CF contemporánea, más accesible, más difuminados sus contactos con la literatura llamada “general”.
Este número también incluye un cuento muy sugerente de Hernán Domínguez Nimo, un escritor bonaerense nacido en 1969 y autor de cuentos publicados en las revistas Axxón y Sinergia, entre otras. “Tres mujeres”, su colaboración a Cuasar #47, narra el camino de entrada a una ciudad de tres mujeres muy diferentes y, de alguna manera, complementarias. Hay algo de fantasía, de magia, pero el contexto es de CF, quizá a la manera de Roger Zelazny o a lo que el escritor local Pablo Rodriguez denominó, allá por los noventa, “technofantasy”, y que en gran medida surge de la tantas veces citada afirmación de Arthur Clarke, aquello de “una tecnología muy avanzada siempre parecerá magia al que la desconoce”, o algo así. Domínguez juega con esa idea, la cita y la prolonga, difuminando de una manera muy interesante la distinción tecnología/magia propuesta por Clarke.
Y hablando del fallecido autor de 2001, este número de Cuásar comienza precisamente con una necrológica que repasa su obra y trayectoria, dentro y fuera de la CF. “Su nombre y su obra son ya un aparte significativa del imaginario del Siglo Veinte”, leemos al final de la nota, y es muy difícil disentir, incluso para los que no somos muy admiradores de Clarke, o que lo fuimos en algún momento y eventualmente nos desencantamos.
Otra de las notas más interesantes de la novela es también una necrológica, en este caso del maravilloso Thomas Disch, suicidado el año pasado (este número de Cuasar es de noviembre 2008) y autor de libros como 334, Los genocidas o Campo de concentración.
El resto de la revista está dedicado a las reseñas de libros, en este caso incluyendo obras de Frederic Brown, Lucius Shepard (un escritor impresionante), Vernon Vinge y otros, por ejemplo el compilado Fragmentos del futuro (editada por Domingo Santos), en el que aparecen cuentos de uruguayos como Bayeto y Dobrinin. En esta sección bibliográfica, por supuesto, es fácil disentir con los reseñeros en algunos puntos, opiniones o incluso tono de las notas, pero eso es lógico dada una propuesta tan variada (son ocho los que escriben, seguramente desde perspectivas muy distintas y con nociones también divergentes de lo que puede o debe ser una reseña). Así, me he encontrado no del todo de acuerdo con el tono general de las reseñas escritas por Claudio Barbeito y Gustavo Waitzman, y más afín a las de Amelia Gómez Centurión, Gonzalo Carranza, el propio Pestarini y Verrechia o Hartman. Será porque no me convence del todo encontrarme con frases como “La idea es original; los personajes son interesantes y están bien logrados”, no porque no me guste que un reseñero arriesgue una opinión o valoración (de hecho detesto cuando no existe un “jugarse” en ese sentido) sino porque me sonaron, en el caso de estos colaboradores de la revista (la frase citada es de la reseña de Claudio Barbeito del libro Jitanjáfora, de Sergio Parra) un poco autoritarias, señalando quizá una actitud ante la literatura (una escala de valores, un conjunto de prácticas recomendables y otras a excluir) que no comparto, entre otras razones por sentirlas tendientes a lo clásico, a lo “seguro” o a lo no experimental. Quizá me equivoque; no conozco lo suficiente a estos reseñeros como para arriesgar alguna otra afirmación de este tipo; además, está claro que lo que a mí no me terminó de pasar por la garganta quizá a otro lector le parezca un bocado del mejor nivel culinario.
Pasamos ahora al número 48, el último hasta la fecha y lanzado en Junio de este año. Abre con una sección de noticias donde se habla, entre otras, de las últimas novelas de Neal Stephenson (Anathem, Anatema en la traducción que ojalá traiga Ediciones B a nuestro país) y Greg Bear (City at the end of time). Sigue la necrológica (han sido años complicados para la CF) del gran PJ Farmer, minuciosamente bibliográfica pero también trascendiendo el mero catálogo o la valoración cliché del “gran maestro desaparecido”. Hay una buena lectura del autor de El mundo del río, una contextualización hacia el presente de sus obras (por ejemplo en relación con la obra tan intertextual de Alan Moore, afín a los heterónimos y pseudónimos de Farmer, a sus “reconstrucciones” de escrituras de otros) y una posible valoración que resalta “especulaciones sobre la inmortalidad, la trascendencia, el auténtico lugar de la humanidad en el cosmos, siempre en un marco que mezclaba una erudición sobresaliente con la valoración de la cultura popular” a la vez que señala como uno de los puntos débiles de este autor que “sus series de novelas de aventuras y ciencia ficción, notablemente imaginativas y vigorosas, se desdibujan con el paso de los volúmenes”. Mostrarse en acuerdo o desacuerdo requiere mayores conocimientos sobre la obra de Farmer de los que poseo (he leído con pasión Los amantes, A vuestros cuerpos dispersos y algunos cuentos como “Jinetes del salario púrpura”, lo cual es decir que he leído bastante poco), pero el razonamiento de Pestarini se muestra muy convincente.
La ficción en este número está representada por el cuento de Ian R. MacLeod “El día de la nave estelar”, que me gustó bastante y me dieron ganas de conocer más a este autor, de quien ediciones Cuasar ha publicado la colección de nouvelles Las islas del verano, que trataré de conseguir a la brevedad. Sigue un cuento más breve del prolífico autor tucumano Rogelio Ramos Signes. “La quermés marciana de San Roque de Aquimevé” es una deliciosa muestra de humor e inteligencia, escrita con gran soltura.
La sección bibliográfica incluye sólidas reseñas del rioplatense (para no decir solamente argentino) Elvio Gandolfo, sobre el último libro de Ballard, Milagros de vida, y el célebre Sindicato de policía Yiddish de Michael Chabon. Gandolfo considera que esta última novela no genera un efecto de lectura que la acerque a la CF; es cierto que ante todo se la lee como un policial negro, pero si afirmamos que El sindicato no es CF estamos, me parece, diciendo que tampoco lo es El hombre en el castillo, que de “procedimientos de la ciencia-ficción” solo tiene, y de un modo un poco tenue, la alucinación final del personaje Tagomi, que ve “nuestro” mundo (o uno parecido) infernalmente aparecido en el “suyo” (donde los nazis ganaron la segunda guerra mundial); el resto de la novela es una narrativa si se quiere “realista” (en el sentido cotidiano del término) sobre un artesano, un anticuario y una mujer que busca a un escritor que la obsesiona. No se trata de afirmar que por esta razón la novela de Chabon SEA ciencia ficción, o que la de Dick NO, o viceversa, sino que, me atrevo a discutir con Gandolfo, me parece que se trata de un asunto un poco más complejo. Pero en rigor el espacio de una reseña no permite discutir este tipo de cosas en profundidad; la nota de Gandolfo, en ese sentido, cumple con maestría todo lo que uno espera de una nota bibliográfica. En cuanto a las otras reseñas, tengo mis dudas con respecto a las de Gonzalo Carranza y Claudio Barbeito, dudas seguro motivadas por lo que creo distinguir como una tendencia a valorar “a toda costa” para no caer en lo políticamente correcto; está bien, ya he dicho antes en esta nota que no me gustan los reseñeros descafeinados, pero quizá pasarse al otro extremo y valorar (sea positiva o negativamente) porque parece que hay que hacerlo, no me convence del todo. Al menos no desde una nota bibliográfica que se presupone crítica; sería muy diferente si leyera esas mismas palabras en otro contexto, un blog personal por ejemplo o un texto de formato más ensayístico que asuma la subjetividad y no apele a ciertas borrosas normas de lo que está bien escrito y lo que no. Los libros reseñados en esta sección incluyen Ciencia ficción: utopía y mercado de Pablo Capanna, El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero (en la que me parece que hay una puteada un poco innecesaria a Andrés Neuman, quizá por entender un poco apresuradamente una afirmación de este), y El valle de la creación, del dinosaurio Edmond Hamilton.
Cierra la revista un dossier Ballard (¡que año el 2009!) que, con motivo de la muerte del maestro, nos presenta una fascinante entrevista a Michael Moorcock, rememorando los días heroicos de la revista New Worlds, seguida por una colección de citas de Ballard presentadas temáticamente, un cuento inédito en castellano (no recogido además en The complete short stories) y una cronología/bibliografía. Este dossier es el plato fuerte de la revista, y un verdadero regalo a todos los seguidores de Ballard.
Los interesados –y ojalá sean muchos-, por favor remitirse a la página web de la revista, o también (aunque no estoy, como he dicho, seguro de que les quede algún ejemplar) al montevideano Rincón del coleccionista (Convención y Uruguay).

No hay comentarios: