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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 16 de octubre de 2009

tres ensayos queridos

Creo que no exagero si digo que a lo largo de mi vida (mi vida de lector, mi vida de escritor) he experimentado tres veces la sensación de que un ensayo, o grupo de ensayos de un autor determinado logren, como si se tratara de una reacción química, una cristalización o una precipitación, reformatear mi mapa mental de la literatura y orientar en una nueva dirección las limaduras de hierro de mis lecturas y escrituras. También me pasó con obras de ficción, por supuesto (Dune allá por el 94, Rayuela en el 97, Los Detectives Salvajes en el 2002, Lanark en el 2005), y, espero, seguirá pasando, pero quiero centrarme en el efecto causado por esos tres ensayos de los que hablaba al principio de este parrafo. El primero es una colección, Otras inquisiciones, de Borges; a través de su lectura anudé literatura y filosofía en una sola estructura, le di la vuelta a tantos conceptos que parecían fosilizados en mi mente, entendí como el concepto de "lectura" crea la obra o una ficción sobre la obra, entendí que la historia de la literatura y la filosofía es tan ficticia como la del Capitán Ahab, entre otros entendidos o malentendidos, porque leer -y escribir- es también el arte de leer mal. Con "Kafka y sus precursores", "La muralla y los libros" y "Nueva refutación del tiempo", por nombrar solo algunos, experimenté el vertigo de asomarme a un mundo de riqueza infinita, como el decorado minucioso, miniaturizado al máximo, de un manuscrito medieval.
El segundo ensayo fue Las poéticas de Joyce, de Umberto Eco. Quizá no removió tantos bloques de pensamiento como lo hizo la lectura de Borges, pero al entregarme tan claramente una serie de entradas a la obra de Joyce (lo leí más o menos al mismo tiempo que mi primer intento de abordaje de Ulysses -y uso ese asunto de piratas aunque la verdadera piratería la intenté -y fracasé- casi diez años después, con la primera novela fallida en que apareció Federico Stahl), Eco me hizo descubrir un mundo, una obra infinita y una vida dominada, parasitada, consumida y a la vez enriquecida por la literatura. Me hizo dar los primeros pasos en el descubrimiento de una práctica, cuya ilustración perfecta es esa foto del Joyce envejecido sosteniendo una página enorme (manuscritos del Finnegans, creo) para examinarla con una lupa. Me hizo descubrir un destino, una actitud que no sé si habré sido capaz -o si seré- de ejercer, pero que es, que sigue siendo, una ética del trabajo en la literatura. Después, con alegría, encontré modulaciones de esa idea en Onetti, en Levrero, en Beckett, y entendí que todos los caminos del arte (como los del conocimiento) conducen al fracaso, a cierto fracaso, que puede ser deslumbrante (Mallarmé, Rimbaud, Artaud), autoconciente (Beckett, Levrero), combativo (Bukowski, Gray), resignado (Borges).
El tercero, más reciente (2006), fue -viene siendo- "Derivas de la pesada", de Bolaño. Ese ensayo y gran parte del libro al que pertenece, Entre paréntesis, más conferencias como "Literatura y enfermedad" o "Los mitos de Cthulhu" (en El gaucho insufrible), que nos muestran la lucidez desnuda, despojada de Bolaño, su valentía y su inteligencia. "Derivas" me hizo entender que el centro de una literatura es una tradición, me hizo entender que no existe una literatura uruguaya porque no existe, precisamente, una tradición literaria uruguaya, que existen escrituras, que existen autores con prácticas diversas, quizá algunas incluso análogas, pero no una tradición como sí pudo haberla en Argentina, en Estados Unidos, en Francia, tradiciones quizá en crisis (en última instancia de eso habla "Derivas de la pesada", quizá de un fin posible de la literatura argentina y, subliminalmente o no tanto, del lugar que reclamaría para sí Bolaño en esa línea, quizá la más importante de la producción en lengua castellana del siglo XX), tradiciones siempre en crisis, porque quizá las tradiciones siempre estén en crisis en el presente y se necesite (como apuntó Martín Bentancor en el reciente Encuentro Nacional de Escritores, como también señaló en su momento Pedro Peña en este blog) la perspectiva que da el paso del tiempo para ver con claridad. "Derivas" es convincente, quizá porque no argumenta demasiado; "Derivas" me llevó a leer a los autores hispanoamericanos de la generación de Bolaño, a Vila-Matas, a Fresán, a Pauls desde la perspectiva de alguien -Bolaño- que señala siluetas en la niebla y los convierte en sus hermanos (y esto es una imposición, por supuesto, pero también un descubrimiento), los llama a pelear juntos una guerra que venían peleando en soledad, una guerra perdida, por supuesto, pero que vale la pena luchar. Y, además traza "Derivas" un futuro, un futuro posible, uno entre tantos, pero futuro al fin; un futuro al que cabe cuestionar, negar, pero a la vez un punto de partida, quizá más, quizá un eje. Un futuro secreto. Pero más allá de este entusiasmo que me transmitió -y sigue transmitiéndome- este texto, no dejo de asombrarme a cada relectura de esas lucidez e inteligencia de las que hablaba, la precisión con la que Bolaño apunta y acierta. Quizá el blanco fue inventado por él, asi como la necesidad de disparar, quizá el blanco fue colocado después, en el lugar en el que había impactado la bala (tantas veces las armas se disparan solas), quizá nos mostró un blanco impactado sin que existiese un revolver, pero eso no importa. Importa que la ficción sobre la literatura argentina creada por Bolaño es brillante, tanto como la mejor de sus novelas, importa que el drama de las tres líneas que plantea (Arlt-Piglia, Soriano, Lamborghini), callejones sin salida o muerte de una literatura, puede leerse también como una historia a la altura del destino de sus personajes más queridos, Belano y Ulises Lima. Y, en mi caso, como dijo Philip Dick, sigo pensando que la mejor literatura es la que mueve a crear. Es decir, como nada escapa de la condición de ficción, sólo podemos aspirar -ya que no a "saber", que en el fondo equivale al totalitarismo de la razón- a crear; la mejor ficción es, entonces, aquella que mueve a ficcionar.

2 comentarios:

Fabián Muniz Umpiérrez dijo...

Me pasó algo muy similar con "Otras Inquisiciones". A los otros dos no les he entrado aún...

Abrazo!!!
A.A

Telemías dijo...

A mí me han gustado mucho ciertos ensayos latinoamericanos. Sobre literatura, el uno me parece el peruano Cornejo Polar. De corte más ideológico, gusto mucho de otro peruano: Mariátegui (creo que este es el mejor de todos, en general). Rodó, claro. Y Octavio Paz.
Después Eco.