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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Aullido, de Allen Ginsberg (1)

Allá por 1999 pasé una semana traduciendo Aullido, el poema incomparable de Allen Ginsberg , en medio de lo que debió ser el pináculo de mi vida de poeta generación beat Rimbaud Morrison poetas malditos, antes de las diversas muertes y del fin del mundo (pliegues por los que se perdió Federico Stahl o se encontró) que condujeron a la catástrofe de mi prosa y tortuosamente al presente. Esa traducción, como casi todo lo que escribí por aquellos tiempos, se perdió en una suerte de desastre informático que con el tiempo aprendí a apreciar; ahora, diez años después, devenido en alguien tan distinto, nostálgico, peregrinador a aquella fuente perdida o presente invisible, o sentida en noches de insomnio y lectura y bailes de máscaras, quise reintentar aquel trabajo sobre los versos de Allen, que guardan la llama secreta y vibran en la oscuridad.
Las líneas que siguen, primera parte de mi nueva traducción de Howl, están dedicadas a Marcelo Stábile, amigo/hermano de tantos caminos.



He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre histéricas desnudas,
Arrastrándose por las calles del bajo al amanecer en busca de una dosis llena de rabia,
pirados de cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celeste a la dinamo estrellada en la maquinaria de la noche,
que pobreza y harapos y ojos vacíos y colocados toda la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando en las azoteas de las ciudades contemplando el jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados de complejos de viviendas,
que pasaron por las universidades con ojos frescos y radiantes alucinando Arkansas y la luz Blake entre los eruditos de la guerra,
que fueron expulsados por locos de las academias y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror del otro lado del muro,
que fueron arrestados en sus barbas púbicas cuando volvían por Laredo con un cinturón de marihuana para New York,
que comieron fuego en hoteles de postal o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgatoriaron sus torsos noche tras noche

con sueños, con drogas, con pesadillas de la vigilia, pija y alcohol y bailes sin fin,
callejones sin salida incomparables de nubes estremecidas y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el mundo inmóvil del intertiempo,
dureza de peyote en los salones, amaneceres de cementerios en fondos de árboles verdes, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de vidriera paseando de la cabeza neón parpadeando luz del tráfico, luna y sol y vibraciones de árbol en el invierno que ruge de Brooklyn, desvaríos de cenicero y la bondadosa luz monarca de la mente

que se encadenaron a los subtes para el recorrido interminable desde Battery al santo Bronx en Benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y los niños los arrojó a tierra temblando rompiéndoles la boca y golpeándolos hasta hacerles perder la conciencia drenándoles su resplandor en la luz ominosa del Zoo,

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