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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 3 de noviembre de 2009

Noviembre: más de 1999/2000

Lo que sigue es el capítulo Noviembre escrito hace ya tres meses y medio para el proyecto 1999/2000, que por ahora sigue en el laboratorio e irrumpe a cuentagotas en este blog. La idea de la perodicidad mensual es, sin embargo, la más indicada, eso está claro, pero también me doy cuenta que la relectura, corrección y añadidos sobre el texto original podrá multiplicar las "entradas" (después de todo este texto es un improbable diario retrospectivo) correspondientes a cada més, de modo que a no sorprenderse si insisto con asuntos de los meses ya "cubiertos", arruinando la idea dominante (y generadora del proyecto) de equiparar capítulos y meses.
Otra cosa: también está claro que este texto puede leerse como un relato "a clef", en el que sustituyendo nombres y modificando un poco los acontecimientos aparecen referencias a personas "reales". No es la intención enviar ningún mensaje a nadie (de hecho no tengo intención alguna de dialogar con la mayor parte de quienes podrían sentirse aludidos), ni en este noviembre ni en episodios anteriores o posteriores; de hecho, en ese sentido, se aleja tanto de la aparente intencionalidad de la ficción "en clave" que, me parece, no vale la pena incorporarla a ese ¿género? de la narrativa. El concepto de autoficción me gusta más, pero también el de ucronía minimalista, que creo que no existe pero debería ser definido. Ahora que lo pienso, Federico, en uno de sus tantos manifiestos, ya lo ha hecho por mí. Eso sí, tendría que buscarlo.
Además, no se puede escribir real sin las comillas. Leopold Bloom, Horselover Fat, Horacio Oliveira y los "Borges" y "Ballard" de El aleph y Crash son tan reales como Heliogábalo, Napoleón o Mozart; de hecho, si tras miles de años de un mundo postapocalíptico alguien encontrara -perdido el concepto de novela, de ficción, de historia- una biblioteca abundante en novelas y biografías, seguro, asumida la posibilidad un poco dificil de que pudieran leer los libros encontrados, se convencería de la realidad -o irrealidad- paralela de Batlle y Ordoñez y Díaz Grey, o de Dreyfuss y Sylvie. Si leemos toda la literatura desde esa perspectiva -tan válida como cualquier otra-, hablar de lo "autobiográfico" carece de sentido.




En Noviembre del 99 cumplí 21 años, y debo decir que en cierto modo me sentía bastante “realizado”, aunque en verdad jamás pensé en esos términos. Tenía publicados un libro de poemas, Mecanismos, y una novela, Desintegración, además de una buena cantidad de cuentos salpicados por revistas y antologías de Uruguay, Argentina y España; por otro lado, había dejado de estudiar Filosofía hacia la mitad de la licenciatura y dudaba con respecto a si valía o no la pena comenzar Letras; también tenía una banda de rock que no iba a ninguna parte, empezaba a planear un segundo libro de poemas, veía bastante seguido a una chica que me parecía encantadora pero que (y esto lo supe un poco tarde, fue una jugada extraña) estaba en pareja hacía cuatro años, cosa que en realidad no me importaba en lo más mínimo, y por todas partes, poseído el mundo por el futuro cercano, se hablaba del Fin del Mundo.
Un día, cerca de fin de mes, se me ocurrió visitar a mi viejo amigo el escritor Emilio Scarone en su casa del barrio Casabó. Nos habíamos conocido en el 94, presentados por un conocido en común que trabajaba en una librería y nos tenía de clientes obsesionados con la ciencia ficción. Scarone había sacado una revista en el 89, Solaria, que se había materializado apenas en un número; diferencias internas del grupo y una pésima economía habían impedido seguir, pero las ganas no se habían apagado y, comenzando el 94, reunió a unos cuantos escritores, dibujantes y fanáticos del género con la idea de reflotar la revista. Cosa que sucedió, aunque sólo logramos editar dos números más: El grupo volvió a dispersarse y a todos nos quedó claro que nunca más en nuestras vidas tendríamos ganas de pasar por todas las tropelías que implica mantener una revista, y más una revista de fantasía y ciencia ficción en una ciudad donde siempre escuché cosas como “ah, ciencia ficción, y tendrá algún elemento humorístico, me imagino”, o “esta novela se justifica por su claro valor alegórico”. Scarone, impregnado en tanta idiotez desde los ochenta, e incapaz de pactar con las potencias enemigas, era considerado una especie de loco cuasipintoresco que podía volverse insoportable si lo dejabas hablar demasiado. Para mí era un escritor técnicamente pasable dotado de una gran imaginación; te contaba las tramas de sus historias, llenas de detalles, con la seriedad de un periodista de guerra. En rigor, daba la sensación de creer en sus mundos o, mejor dicho, siempre se notaba su deseo tan fuerte de verse inmerso por sus creaciones, de encontrar la salida al problema de la literatura y la vida viviendo todo lo venía escribiendo desde hacía tanto tiempo. En el 99 llevábamos casi dos años sin vernos, apenas hablando por teléfono un par de veces que se convirtieron en poco más que monólogos suyos, despotricando contra todo y contra todos. Pero tenía ganas de reencontrarlo, leer algún cuento nuevo que hubiese terminado y, como quien busca de alguna manera el castigo de un padre o un mentor, exponerme a que me criticara por no escribir más ciencia ficción. Le había hecho llegar mi novela por medio de un amigo; estaba seguro de que no la había leído.
Lo encontré un poco más gordo y escribiendo una novela basada en algunos de sus viejos cuentos. Conversamos un rato sobre el ambiente literario –le habían rechazado en el último año dos antologías de relatos y tres novelas, a lo que él no dejó de responder con puteadas y amenazas de muerte-, concluyendo una y otra vez que era una estupidez preocuparse por esas editoriales de mierda, “que no merecen publicar a un genio como yo”, y que en cualquier momento se editaba él mismo eligiendo una portada excelente y la mejor calidad de edición. A modo de prueba me mostró unas ilustraciones espantosas, completamente kitsch, que había hecho en su computadora manipulando fotografías. Asentí seriamente; claro, claro, muy bueno, excelente. Entonces surgió el tema del fin del mundo. Era imposible que aquello no ocupase la mente de Emilio, creyente como era de todas las teorías conspirativas, fanático de la UFOlogía, la parapsicología y demás disciplinas por el estilo; unos conocidos, me contó, están armando un bunker, en el interior. La gente piensa que todo gira en torno al cambio de dígitos, pero en realidad es mucho más fuerte que eso; lo del cero-cero puede ser la chispa que cause el incendio, pero lo que en verdad está pasando es que la civilización se va a la mierda. Lo cual está clarísimo desde hace tiempo. Los que gobiernan todo en secreto, la Sinarquía, saben que la humanidad ya cumplió su ciclo y que no queda otra que hacer borrón y cuenta nueva, entonces surge lo de las computadoras. No me extrañaría que ellos mismos no hayan liberado algún virus; quizá no sólo un virus informático, es posible que estén diseminando todo tipo de pandemias. En el 2000 se va todo a pique, y lo mejor que se puede hacer es adelantarse; esta gente que contacté piensa como yo, y por suerte son gente de plata. Están construyendo un bunker donde refugiarse cuando bajen las hordas; ahí podremos guardar todo lo mejor de lo que fue la civilización occidental, y dejarlo preservado para quienes sea que heredan la Tierra. Lo que quede de la Tierra.
Asentí; claro, es verdad, claro. Aquello era una versión un poco más compleja de la estancia con un pozo de agua y un generador diesel. ¿Quién iba a elegir lo que se salvaba de las llamas? ¿Emilio? Esta gente necesita un líder, me dijo, y yo soy el indicado. ¿Qué podía decirle? En estos casos siempre me costó disentir; me pueden hablar de universos paralelos y brechas abiertas hacia ellos y yo sólo se asentir y fingir interés. Me acompañó hasta la parada del ómnibus; desde Casabó tenía más de una hora de viaje.
Algo que siempre me pasaba cada vez que visitaba a Emilio, como ya he dicho, era cierta culpa por no escribir más ciencia ficción. Gracias a los caminos que se bifurcan de mi psique, a los diez minutos de viaje en el bus de retorno empezó a dibujarse un argumento. Aquella no fue la excepción. Era, por supuesto, un cuento sobre el fin del mundo.

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