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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 20 de diciembre de 2009

patricio

No es de lo más común que Rex salga solo, pero a veces sucede que Jon o yo tenemos cosas que hacer o distintas maneras de terminar la velada y entonces él inicia un periplo nocturno largo, complejo y, según nos cuenta al día siguiente, poblado de aventuras increíblemente pintorescas. Algunas, por supuesto, distan mucho de ser creíbles; otras terminan por encontrar alguna misteriosa confirmación, en plan flor de Coleridge o cuadro de Borges (pintado con materiales hoy dispersos por el planeta), que a Jon y a mí nos deja preocupados durante semanas en plan si esta es verdad entonces también aquella que…, lo que equivale a decir al borde del terror.
Ahora ha empezado a contarnos que anoche, a las cinco de la mañana, estaba esperando un ómnibus cerca de Ciudad Vieja cuando un chico se le acercó y le preguntó si acaso era Rex, el guitarrista de Space Glitter. Esta es la escena que tantas veces ha repasado en su mente desde mucho antes de los años de formación de la banda, el tipo de cosas que la personalidad del rockstar wannabe no deja de pensar y repensar junto a las entrevistas imaginarias y también a mis reacciones a las críticas adversas, previendo el tipo de respuesta más indicada, más cool, más acorde, en suma, a las connotaciones inmediatas del estilo de la banda y, por qué no, del significado de sus letras. Rex miró al chico, tomado por sorpresa –con Jon pensamos equivocadamente que la anécdota iba a detenerse en el chiste de no haber estado preparado para soltar la respuesta standard derivando en, creímos, una variación humorística o el sincero entusiasmo narcisista-, y respondió un mínimo sí, soy yo, reconociendo en el acto a su interlocutor: era Patricio, nos cuenta ahora, un conocido bajista y guitarrista de la escena under, que hace un año y medio formó (reformó es la palabra más correcta) la banda Silver Sound, una mezcla mal concebida entre lo peor de Franz Ferdinand y los temas con letra de los Supersónicos. Ah, digo, recordando, los vimos hace dos meses en aquel toque en que abrieron para Jimmy Nunca, y mientras Jon asiente en cámara lenta las imágenes de aquella noche me vienen a la mente; son espantosos, sentencio, y agrego que a Patricio lo conozco desde más o menos 1998, que lo vi por primera vez en un toque improvisado en Facultad de Humanidades en que él y la otra guitarra de su banda, un chico flaco y pelirrojo cuyo nombre no recuerdo, bajo el nombre de Pompix o Trixies o cualquier otra referencia obvia a los Pixies que, ahora que lo pienso, era quizá una traducción en plan gnomos o duendes, o algo tan espantoso como gnomitos, subieron al escenario en camisas de franela, jeans celestes muy gastados y remeras deterioradas con la portada de algún disco de Jane’s addiction o Alice in chains para, a través de cambios entre guitarras limpias y estribillos de distorsión desbordada, arrojarnos un set de canciones esquemáticas y olvidables que terminó con un tema de Eduardo Mateo haciéndome concluir de una vez por todas (no sólo por la flojísima interpretación sino especialmente por el sumarse a ese estado de conciencia –por decirlo de alguna manera- que lleva a alcanzar una fe absoluta en la genialidad de ese músico emblemático para la movida neohippy-artesanal-facultaddehumanidades-cabopolonio) que estos pibes de Leprechauncitos no tenían más futuro que el que ahora, atando los cabos sueltos, vengo a entender y enunciar para Jon y para Rex, es decir sumarse a esa vastísima legión de bandas con alguna forma de talento pero nada de brillo, que no alcanzarán nunca una condición diferente a ser recordados sus integrantes por insistir en la movida under desde hace milenios sin dar muestra alguna de encaminarse a otro nivel (cosa que, por supuesto, ellos jurarán con gran hipocresía que es lo que quieren, lo que creen, lo que dictan sus principios y que jamás jamás jamás jamás se venderán), cambiándole de nombre a la banda cada tres años y reemplazando la chica de los teclados o el baterista, adaptándose siempre a lo que está de moda en ese momento para el under, sea el grunge retro pre Nirvana si estás entre 1997 y 1999 o alguna variante del rock más indie y low-fi imaginable en este siglo XXI tan desierto de música capaz de formatear una época. Bueno, sí, dice Rex, interrumpiéndome, es ese mismo Patricio, sí, pero dejame contar. Hago un gesto ceremonial con las manos y Rex continúa: Lo que pasó fue que el pibe se me acerca y empieza a armar un discurso pelotudo sobre lo mucho que le gusta Space Glitter pero a la vez lo poco que la entiende, y usa esa palabra, entender, que no comprendo del todo, concluyendo después de un rato de palabrería inútil que además le gustamos porque se nota que somos unos drogones; entonces le respondo no, mentira, el drogón soy yo, Jon en realidad es un alcohólico y a Federico le da lo mismo la cerveza que el peyote o el jugolín (¡no es cierto!, me defiendo, pero Jon –ya que Rex le acarició el personaje- sonríe y aplaude con los ojos entrecerrados y el cigarrillo haciendo equilibrio entre sus labios), y entonces este Patricio agarra y me palmea la espalda en plan vas bien, pibe, vas bien, y ahí me doy cuenta de que debe tener más o menos tu edad (Rex dice esto último mirándome a los ojos), o sea que por tener cinco años más que yo está armando ese plan descargo mi sabiduría sobre ti, niño, estás por el buen camino, a lo que yo le contesto que para tener casi treinta años si seguís teniendo una banda que suena a armada hace dos días algo estarás haciendo mal, y le añado ¡amateur! tratando de sonar un poco hijodeputa pero también en plan humorístico, por las dudas. Bueno, interrumpo la rutina de Rex, pero eso es precisamente lo que les estaba contando yo; el tipo viene sonando igual desde que lo conozco, modas aparte, y ya van… ¡ocho años! Exacto, confirma Rex, ese es el asunto, pero hay más: agarra el Patricio este y me mira con cara de tristeza, creo que incluso se pone a llorar o le corren una lágrima o dos, me aprieta el hombro en plan hermano-aquí-va-mi-blues y dice que toda la vida estuvo seguro de que a su banda le faltó algo, algo que busca y que busca pero que jamás encuentra, algo que está al otro lado del sonido, a la vuelta de la esquina, invisible. Y esa frase me gusta, ¿no?, se me ocurre que alguien capaz de pensarla, digo, de pensar esa imagen o, en último caso, de recordarla después de haberla leído o escuchado por ahí, algo a la vuelta del sonido, algo a la vuelta de la esquina, bajo la sombra de las cosas, invisible e inalcanzable, no debe ser en realidad tan estúpido. Jon asiente, yo no estoy convencido y me encojo de hombros con cara de desdén, pero Rex sigue narrando, después de mascullar algo sobre mis prejuicios, y ahora en su historia empieza a soltarle la cosmovisión a Patricio, a hablarle de esas realidades ocultas que vislumbró a través de cientos de drogas, y le habla también de mi influencia sobre él y Jon, le habla de Rimbaud y de Burroughs, a los que Patricio conoce, por supuesto, porque los leyó en Valizas allá por 1997, y de hecho Patricio y su amigo pelirrojo eran muy cercanos a mi amigo Victor, la tercera firma en el Manifiesto Transrrealista que publiqué en 1998 para el desdén de esa Montevideo que jamás entiende nada, historia que intento imponer al discurso de Rex, narrando las circunstancias, el escenario y los personajes de mi vida hacia el fin de los noventa, y de hecho, continúo, el ejemplar de Una temporada en el infierno y Las iluminaciones que circuló entre ellos ese verano había sido extraído por Víctor de mi biblioteca, mientras yo lo miraba con odio y aceptaba a regañadientes dejándome robar un pedazo del alma, dejándome llevar (me lo devolvió meses despúes totalmente gastado por la arena, el salitre y el aliento ácido de todos sus asombros) a un hermano del alma.
(-Pero otra vez, che, cortala con los noventa –dice de pronto Rex-, últimamente sos una maquinita, los noventa esto, los noventa aquello.
-Y qué querés, Rex, si fue mi década. Con propiedad, de primera mano –miento, nada me vino jamás de primera mano- no te puedo hablar de otra cosa…
-¡Pero no fue tu década!, porque estamos en tu década. Vos mismo lo dijiste, también muchas veces, ¿no, Jon?
Jon hace gestos vacíos en el aire y me mira, con cara de preocupado.
-A ver, a ver… ya que salió este tema –comienza- , ¿vos, de qué generación sos? O sea, en la historia de la música y del arte y de todo eso…
-Generación X –dice Rex.
-No, para nada –respondo-, esa es la generación de la gente que ahora tiene casi cuarenta años, los que tenían veintipico cuando yo tenía quince. La generación de Ligeia, de todos los que iban al pub El astillero y leían a Easton Ellis y escribían como Easton Ellis…
-¿Ves? My point exactly. Vos estás ligado a la generación de los que ahora tenemos veinticuatro, veinticinco años, veintitrés. La generación siguiente a la X.
-O la siguiente a la siguiente –digo-, porque a lo mejor yo estoy en una generación vacía, una generación que cayó en el medio o que llegó tarde a todo –y hago una pausa, rechazando en mi mente la idea de explicarle a Rex que tampoco es tan fácil, que yo también escribí una novela al estilo American Psycho, que yo también usé camisas de tartán-, ¿pero a eso apuntabas con tu historia, con contar todo esto de Patricio y su bandita de mierda?)
Al contrario, dice Rex, mi historia está a punto de empezar. Lo que sí pasó fue que Patricio se acordó, después de escuchar todo lo que le dije, de unos amigos que viven en Salinas y a los que se le podía caer a cualquier hora. Genial, dije, la noche debe seguir, y saqué un par de pastillitas recién adquiridas, de efectos todavía no discernidos (como todo lo que comprás, Rex, lo interrumpí), tomándome una y ofreciéndole la otra a Patricio en señal de paz, aunque para él, creo, no había guerra ninguna. La aceptó y se la mandó sin pensarlo dos veces; al rato nos subíamos a un interdepartamental y más o menos una hora después, o capaz que un poco más, caminábamos bajo el arco ese que hay en Salinas. Fuimos a la casa de los amigos y estaba todo apagado, cerrado como una casa que sólo tiene habitantes durante la temporada. No te habrás equivocado, le dije, y él empezó a dudar. Debió ser en ese momento que las pastillas hicieron efecto. Me sentí en el desierto, en plan Castaneda, charlando con los coyotes, y en la siguiente escena estamos él y yo en la playa, bastante avanzada la mañana, explicándole el argumento de Matrix a dos rastas, lo cual, si lo pensás bien, implica que las cosas siguen su curso estipulado. Bueno, en realidad era yo explicando el argumento mientras Patricio fingía conocerme de toda la vida y saber de qué estaba hablando, soltando algún bocadillo por aquí y por allá con ese lenguaje alucinado e incomprensible de los que o bien no saben expresarse o bien no tienen nada que expresar más allá de sus ínfulas de psiconauta. A ver… qué más… después recuerdo que me zambullí en el agua y saludé a los rastas y a Patricio, que se fueron a comprar porro a Pinamar. Eran las once y pico de la mañana cuando me tomé el ómnibus de vuelta a Montevideo. Fin de la historia.
Nos quedamos mirando con Jon. ¿Eso es todo?, pregunto. ¿Cómo todo?, se defiende Rex, es terrible historia, lo que pasa es que a lo mejor no la terminás de entender. Pará, pará, le digo, dejame resumirla: te encontrás con un pibe de mi edad que tiene una larga carrera o quizá mejor dicho hábito de bandas fracasadas, se ponen a hablar de música, del éxito y de las sucesivas generaciones, luego le regalás una de tus pastillitas y lo querés iniciar a tu pseudoreligión matrix mística, cosa que terminan intentando hacer, en Salinas, con dos rastas que se llevan a tu nuevo amigo a comprar marihuana dejándote… ¿en el agua, chapoteando como un niño?
Rex se muere de la risa. Lo de chapoteando como un niño lo añadís vos, dice, pero está bastante bien el resumen. ¿No ves la historia detrás?, pregunta. No, la verdad no la veo, y busco con la mirada a Jon, que está tratando de dar a entender, pésima actuación, que él sí ha comprendido todo. Entonces se me ocurre que quizá la entiendo, pero no de la misma manera que Rex, porque me he puesto a pensar en todas las bandas under, en toda la gente que quiso decir algo especial y en el fondo totalmente cliché a través de la música, de cierta música, pienso en el paso del tiempo y en que de alguna manera que todavía no alcanzo a asimilar pasaron ya casi diez años desde las épocas en que escribía poesía y quería armarme mi sistema poético del mundo, como Lezama Lima pero en el camino, como los beatniks, por no mencionar los trece años desde que se mató Cobain, los quince años desde que salió Nevermind, e imagino una larga, larga carretera llena de chicos y chicas entre veinte y treinta años, caminando con bajos y guitarras, vestidos como Kurt, como Marc Bolan, como Marilyn Manson, caminando a veces con alegría y entusiasmo y también puteando al calor, al polvo y al asfalto, pasándose una cerveza tibia e interminable –la misma desde que comenzó este soft parade- mirando ocasionalmente hacia el horizonte en busca de una playa que saben cercana pero a la vez inalcanzable, y esto último lo entienden en el fondo de sus almas sin atreverse jamás a llevarlo a las palabras, a expresarlo más que como lo que se les aparece (fuera de su control pero a la vez creado por ellos) en el otro lado del sonido, a la vuelta de la esquina o bajo la sombra de las cosas. Entonces pienso en escribir un poema, saco mi block y una lapicera y garabateo unos versos sobre Rimbaud, los noventa, sobre tener 20 años y creer en la literatura, en la alquimia del verbo, en las eras imaginarias, algo que pronto empieza a sonar demasiado parecido al comienzo de Una temporada en el infierno pero que sin embargo me gusta. Pienso en dedicárselo a Patricio, estoy a punto de escribir la dedicatoria pero me detengo y lo dejo como está. Después de todo, es mejor así.

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