jueves, 29 de enero de 2009

"paisaje con grupo y mujer" en Artifex número 3


La revista virtual Artifex publicó mi cuento "paisaje con grupo y mujer", junto a otros relatos que espero leer en estos días, y un editorial muy interesante que discute algunos pormenores de la publicación en formato digital. Para los interesados (el cuento, en una versión más primitiva, todavía puede encontrarse en este mismo blog, y también, en otra versión aun anterior y aun peor, en el último volumen de "a palabra limpia", el concurso organizado por la b'nai b'rith), la revista está disponible para descargar gratuitamente en http://www.revistaartifex.com/.

Lo que sigue es la bibliográfica que acompaña el cuento:

Desglosar el currículum de Ramiro Sanchiz (Montevideo, Uruguay, 1978) nos haría incurrir en el riesgo de que esta entradilla fuese más extensa que su relato “Paisaje con grupo y mujer”. Baste saber que, pese a su juventud, es uno de los nombres indispensables de la literatura fantástica a ambos lados del Charco. Este licenciado en filosofía y letras vive de la docencia y el periodismo cultural, y además es compositor y guitarrista en un grupo de rock. Forjado en publicaciones ya clásicas como Galileo, Axxón o Ad Astra, ha publicado la novela 01.lineal (Anidia Editores), el poemario Retratos en sendos recopilatorios editados en Uruguay y República Dominicana, y ha participado en el ensayo colectivo Proust y Joyce en ámbitos rioplatenses. Todo ello nos sirve para entender mejor “Paisaje de grupo y mujer”. Basándose en las técnicas del relato ultracorto, Ramiro Sanchiz urde una historia que puede leerse en clave de reflexión sobre el arte dentro del arte, la vida dentro del arte y un homenaje indisimulado al Bosco, Miguel Ángel, Bacon, Oscar Wilde y, sobre todo, a un genio de la literatura y la pintura tan poco reconocido como del agrado del autor: Alasdair Gray. Y todo ello en apenas cuatro páginas, en las que, más que teclear sobre un ordenador, podría decirse que el autor se ha dedicado a dar finas pinceladas sobre un lienzo.

Lo gracioso es que esos "pese a su juventud" me los vienen diciendo desde que empecé a publicar, allá por el 94. Creo que se podrían sacar algunas conclusiones...

sábado, 17 de enero de 2009

levrero luminoso

El artículo que sigue lo escribí para el blog Literatura en Murcia, con el que colaboro hace ya un tiempo, y fue pensado en cierto modo como una manera de acercar el público español a la obra del gran Mario Levrero, quien, como sabrán los fieles lectores de Aparatos... es una de las deidades en mi panteón personal. La idea de esta nota que me interesa destacar es la periodiación que se propone, bastante esquemática pero, creo, un punto de partida válido a la hora de trabajar la obra Levreriana. Esta división en tres etapas ya la usé en mi artículo "Mario Levrero, el otro y yo", que apareció hace unos meses en la revista Axxón,y al que seguirán -espero que pronto- dos trabajos más, uno sobre El discurso vacío y otro sobre La novela luminosa.



Desplazamientos de Mario Levrero

Cuando se habla de la ingratitud del arte generalmente son recordados esos casos de artistas desconocidos o ninguneados en vida que, después de su paso por la barca de Caronte, son elevados a la categoría de genio, maestro, influencia innegable y un largo desfile de títulos. Es inevitable en estos casos entrar en esos juegos que rozan el sarcasmo, el rencor y el desencanto (como por ejemplo recordar los precios de los cuadros del pobre Vincent), pero tambien se vuelve más fácil entender un poco cómo leen las comunidades interpretativas y las instituciones, y, por qué no, qué alternativas existen a esa especie de maquinaria insensible.

En Uruguay tenemos el caso Mario Levrero.

No es que fuera un desconocido hasta su muerte el 31 de Agosto del 2004, pero sí que era un “raro” (todavía hoy se habla de los “raros” de la tradición uruguaya, tomando prestado el título del libro de Rubén Dario), un autor esquivo, mal y/o poco leído, considerado por la “oficialidad” de la cultura un tipo más o menos impresentable que había escrito un par de novelas atendibles y que era reclamado por gente famosa por su excentricidad, como los escritores y lectores de ciencia ficción, literatura fantástica, surrealismo y otras hierbas que, a la luz de la tradición central (por estos días sobre la mesa de autopsias, gracias a Crom, Tutatis, Belenos y Glycon) de nuestra literatura, parecían poco más que una curiosidad. Levrero era, entonces, el abrojo incómodo que esta gente trataba de ignorar; había trabajado en guiones de historieta (otro pecado), en humor y juegos de ingenio, y firmado un enorme volumen de literatura inclasificable, que es donde, precisamente, se encuentra el problema principal. Lo que no se sabe donde guardar, se deja de lado. Si tenemos ganas –o alguna razón política-de incluirlo, se le inventa un cajón con un nombre interesante y se halaga al autor por su “originalidad”; nada de esto sucedió con Levrero. Políticamente independiente, irritó tanto a la izquierda como a la derecha, de modo que nunca perteneció a ninguna agenda que le diese relieve; poco o nada interesado en el reconocimiento y la fama, tampoco cultivó las relaciones públicas, excepto con un grupo de allegados que incluía músicos, artistas plásticos y escritores, quienes posteriormente trabajarían los cimientos de una generación de “levreristas” que, por estas fechas, están cerca –o bastante cerca- del “poder” literario. Además, fallecido el autor, se acercan los buitres. Es el momento de las reediciones, las recopilaciones de novelas, del relanzamiento del autor, ahora –cuando se ha vuelto inofensivo, cuando ha crecido tanto su comunidad de lectores que no puede seguir siendo dejado de lado- elevado a la categoría de “maestro invisible” y exportado al resto de Hispanoamérica.

Por lo tanto, cantar loas a Levrero se ha vuelto fácil y oportuno. Lo cierto es que siempre las mereció. Fue Mario un escritor que unió como pocos su vida –y por vida entiendo pasiones, reflexiones, creencias y adicciones- y su obra, entendiendo siempre que su literatura (jamás hubiese dicho “la” literatura) era el instrumento para indagar el misterio esencial de su vida y su existencia, y aquí sí –creía Levrero- podía hablarse de “la vida” y “la existencia”. Lo espiritual –no a la manera fácil de la new-age y el esoterismo recalentado y descafeinado de moda- fue un eje de su vida y su literatura; basta con leer la novela de juventud Paris, y desde esta perspectiva abordar su obra póstuma La novela luminosa, para entender las hondas preocupaciones que se extendieron a lo largo de esos 64 años que le tocó vivir.

Es ahora que empiezan a surgir libros de la crítica especializada tramando lecturas y aproximaciones a la obra Levreriana, muchos de ellos con acierto y empatía (por ejemplo Conversaciones con Mario Levrero, Trilce, 2008, de Pablo Olazábal), y surgen también esquemas, pautas, patrones que dan solidez y coherencia a los libros escritos por Mario vistos como una totalidad. Posiblemente, recién ahora se esté volviendo legible la literatura de Levrero, en gran medida porque él nos ha cambiado a los lectores, nos ha formado y, por lo tanto, cambiado nuestro mundo. Como escribió el gran autor británico J.G. Ballard en 1973, “el mundo está lleno de ficciones; la tarea del escritor es crear la realidad”. De Mario Levrero podría decirse que está creando –desde sus libros y desde la tumba- la realidad literaria de Uruguay, a través de escritores jóvenes como Gabriel Schutz, Jorge Alfonso y Patricia Turnes, que se han incorporado a las tantas líneas tramadas por el maestro (porque lo es, más allá de que ahora ese título sea “oficial”) para crear sus propios mundos ficcionales, verdaderas renovaciones de la literatura uruguaya.

Si se tratase de presentar la obra Levreriana a un lector ajeno al ámbito rioplatense podría tramarse una primera división de aguas que arroja tres etapas: la primera, dominada por la llamada “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad, El lugar y Paris, escritas a fines de la década de los 60 y principios de los 70 pero publicadas a lo largo de las décadas siguientes, reeditadas a fines del 2008 en la colección Debolsillo, reunidas en un lindo estuche y presentadas con un buen prólogo de Ignacio Echevarría. A este primer momento pertenecen también los relatos, recopilados en el libro La máquina de pensar en Gladys, todavía afincado en el gueto uruguayo pero, seguramente, pronto incorporada a un esperable (en varios sentidos) proyecto de Cuentos Completos o similar. La siguiente etapa (entiéndase que esta división es aproximativa, sin pretensiones de alta resolución) podría denominarse “experimental”, y abarca el grueso de la producción “inclasificable” de Levrero, obras como Novela geométrica, Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, Caza de conejos, Fauna/Desplazamientos y otras. El primer momento Levreriano estaría dominado por un acercamiento a lo fantástico guiado por las pautas de Kafka, de quién Levrero ha escrito “me enseñó que podía decirse la verdad”, mientras que en el segundo podrían reconocerse pautas de la novela experimental o abierta en el sentido clásico que le da Umberto Eco al término, conectándola con la actividad de grupos literarios entre los que se incluiría el nouveau roman francés, así como también búsquedas de intersección entre el lenguaje musical, científico, lógico y matemático y el literario, a través de obras construidas con procedimientos variacionales (Caza de conejos, que consiste en 100 fragmentos narrativos que no trazan una línea argumental sino que se superponen con procedimientos más análogos a los de la poesía) o iterativas y serialistas (Ya que estamos). Esta etapa se prolonga hasta 1989, pero subyace en la producción posterior (emergiendo por ejemplo en Irrupciones), a la que podríamos llamar un tercer período caracterizado por concentración en la primera persona, la erosión de la distancia autor/narrador/protagonista y la indagación constante sobre la identidad y lo espiritual. Pertenece a este momento la Segunda trilogía, compuesta por el cuento “Diario de un canalla” (1989) y las novelas El discurso vacío (1996) y La novela luminosa (2005, póstuma), considerada por muchos la obra maestra del autor, verdadera creación de un narcisismo metafísico o trascendental, articulado en el registro y elaboración de lo cotidiano y la búsqueda de crear un lenguaje que permita dar cuenta (así sea aludiendo directamente a ellas o trazando su contrafigura) de las “experiencias luminosas”, como las llamaba el autor, momentos de revelación del espíritu o de acercamiento a otros planos de existencia.

Esta división en tres etapas deja por fuera la actividad de Levrero en los campos del humor y los juegos de ingenio, pero él mismo trazó una demarcación al publicar su obra “literaria” bajo el nombre “Mario Levrero” y la “otra” bajo múltiples nombres, entre los cuales aparece Jorge Varlotta, que era su nombre “oficial” ante el estado y sus instituciones (Jorge Mario Varlotta Levrero), entidades irritantes y perniciosas que, por suerte, tuvo siempre el buen tino de ignorar. Como toda periodización, se vuelve inútil a la hora de considerar la producción Levreriana obra por obra, novela por novela o cuento por cuento. Sin embargo, entrecerrando los ojos o mirando de lejos, puede servir de utilidad al lector que aun no ha ingresado al mundo del último gran escritor de Uruguay y, seguramente, del Río de la Plata.

Una vieja foto de otro grande de estas latitudes, Juan Carlos Onetti, permite ver una inscripción en la pared: “el error es dejar entrar al mundo”. Levrero hubiese apoyado alegremente esa sabia sentencia.

martes, 13 de enero de 2009

constelaciones

Pocos días después de la mudanza, A y B encuentran, en el fondo de un armario, una caja de cartón cerrada con cinta adhesiva. Tomándola al principio por uno de sus tantos embalajes los sorprende encontrar un número considerable de fotografías, muchas de ellas amarillentas por el paso del tiempo. Las miran con asombro creciente: ninguna de las imágenes los muestra, sino a otra pareja, llamémoslos Y y Z, de rasgos vagamente familiares y retratada en lo que parece ser una luna de miel, una fiesta de primer cumpleaños de un hijo, el nacimiento de otro, retratos sucesivos de escolares, de viajes, de vacaciones de verano, playas, lagos, campos, casas de veraneo compartidas con la familia, niños que se han convertido en adolescentes, marcas cambiantes de automóvil, casas, edificios, caras y momentos recónditos que parecen volver cóncavo el pequeño tiempo que contienen. A siente la cercanía de lo maravilloso. Han encontrado, dice, la suma de la vida de dos personas. B sugiere que se trata de los antiguos propietarios del apartamento: no cabe otra opción. Las primeras fotos, concluyen basándose en los colores desteñidos y la moda en las prendas de vestir, se remontan a mediados de los ochenta; las últimas, al año dos mil o poco más. Hay cerca de cuatrocientas, muchas sueltas pero algunas pegadas prolijamente a dos grandes álbumes. ¿Qué hacer? se preguntan. Pronto se les impone una opción: lo correcto sería buscar a estas personas y devolverles su pasado, su tiempo perdido; pero, ¿cómo hacerlo? Llaman a la inmobiliaria donde gestionaron la compra del apartamento: la propietaria anterior es una señora de edad avanzada; obtienen su teléfono y la llaman: sí, les responde, le compré el apartamento en el 2002 a una pareja. Pero añade que ha perdido hace tiempo el contacto y sólo retiene el eco bastante vago de un nombre: Liri, Lisi, Litti, nada que permita rastrearlos. A y B, sin embargo, siguen indagando: se vuelven sobre las fotografías para examinarlas con cuidado, con paciencia de detective; investigan los rasgos de sus rostros, preparándose para encuentros fortuitos (inevitables en toda ciudad, concluyen); la manera de vestir, las constantes que permanecen más allá de los cambios en la moda y que probablemente hagan a las cualidades de la personalidad, de la individualidad, del ser, y también las facciones de los hijos, los cambiantes escenarios de las vacaciones, los signos escritos en la ciudad que los contiene, a veces vista desde una ventana en un rincón de la foto, otras veces a pleno en una calle o cierta plaza tan familiar pero a la vez inasible. La matrícula de un auto en una foto hacia mediados de los noventas no logra aportar mayores pistas; tampoco las casas de la playa, pese a que indagan con paciencia la naturaleza y el paisaje y creen determinar, con gran alivio, que se trata de Piriápolis o sus inmediaciones. Envueltos en un asombro agotado no dejan de viajar a estos posibles balnearios de veraneo en busca de las fachadas de las casas; a veces las encuentran, pero ninguno de sus habitantes recuerda a los rostros de las fotografías; nadie, sin embargo, lleva en esas casas mas de tres o cuatro años, así que se vuelve difícil sacar conclusiones. Todo este trabajo de investigación (que incluye también seguir a personas parecidas a Z y a Y, digamos a tantos F, J, L, R, y también, porque es inevitable, indagar, husmear en sus vidas) son debidamente registradas en decenas de fotografías, así como también todos los cambios en su vida, su nuevos trabajos, sus hijos, sus familias y amigos. Un día B descubre que A empieza a vestirse de un modo parecido al de Z, y A comienza a notar que en B han anidado gestos y ademanes que se asemejan a los que cabría reconstruir a partir de las fotos de Y. Este giro, por supuesto, era esperado en secreto por los dos; con el paso del tiempo los rasgos se acentúan. A partir posters y carátulas de LPs que aparecen en algunas fotos van descubriendo nuevos gustos musicales, así como también –porque en muchos de sus retratos X aparece leyendo- toda una literatura desconocida. En sus tantos viajes a los balnearios del Este terminan comprando una casita, que acondicionan idéntica a la que aparece en tantas fotos. Poco a poco su vida va cambiando: empiezan a preguntarse qué habría dicho Z, que habría pensado Y; tienen cara de ateos, ha llegado a creer B; seguro votaron a fulano y odiaron a mengano, concluyó A, mientras sus fotos y las de la otra pareja empiezan a confundirse, mejor dicho, a fundirse, como si representasen una serie continua o, para decirlo con otras palabras, empezando a olvidar que fueron A y fueron B, convirtiéndose, dirían algunos, en dos personas intermedias, M y N, que tienden a Z y a Y, que poco a poco son Y y Z. Pero en el proceso los ha impregnado una nostalgia que va ganando terreno como un cáncer; todos los rincones del mundo les saben a cosa repetida, agotada, incapaz de sorprenderlos o de darles el calor de la sangre y las cosas vivas: Ya no es posible vivir en su casa, en su ciudad: Y, Z, M, N, o quienes fuesen, deben abandonarla, dejar atrás sus vidas y recomenzar en otra parte, si es que es posible, si es que hay algo nuevo en el mundo (cosa que es fácil dudar). Entonces parten, un buen día, dejando todo atrás; venden su casa (o su apartamento, en realidad no importa), el auto, los muebles, los libros, los discos. Y en esta nueva mudanza o huída dejan olvidadas, como era de esperar, guardadas con esmero en una caja firmemente cerrada con cinta adhesiva, todas sus fotografías.

domingo, 4 de enero de 2009

caminos

Ese verano llegaron temprano a la casa del balneario, antes de las fiestas y de los primeros días de calor insoportable. Habían ido sin sus padres, que tenían otros planes, desconocidos para ellos y también irrelevantes. Se turnaban para atender la casa, buscar leña en el monte cercano, ir en el auto a hacer las compras día por medio y barajar maneras de entretenerse de regreso de la playa y en las largas horas de la noche, cuando no valía la pena dormir. Pasaron los días y las amplias tardes pobladas de ecos: han ido perdiendo todo interés en las fechas y el mundo exterior a la pequeña casa, los médanos de la playa y los amplios caminos desolados. Una noche descubren una larga fila de gente pasando frente a su casa. Un poco asombrados los miran, inmóviles como en la cola de un supermercado o en un embotellamiento de tránsito, y si han deseado hablarles, preguntarles qué hacían allí o a dónde iban, ninguno de los hermanos lo ha hecho o comunicado ese deseo al otro. Así, noche tras noche, mientras acelera su paso el verano, miran pasar la procesión que crece, que se alarga, siempre las caras anónimas y silentes, el avance indiscernible. Una noche la hermana se pierde entre la gente; regresa al otro día, entrada la mañana. Todas las noches repite la misma rutina, llegando a veces más tarde, pasado el mediodía, a veces poco después de la salida del sol. Jamás cuenta ella dónde estuvo o qué vio o a dónde o quién tiende la fila misteriosa. Su hermano tampoco lo pregunta, aunque es fácil entender que se muere por saberlo. La gente que permanece de pie nunca es la misma, pero tampoco se los ve moverse, aunque en ocasiones al revisar pasada una o dos horas el hermano, que no logra apagar su curiosidad, constata que los rostros han cambiado. Un día la hermana no regresa. Ni ese día ni el día siguiente. El hermano la llama a gritos desde el porche, sin éxito. El verano empieza a desintegrarse, los pinos se mecen en el viento cargado de espuma helada. La gente persiste, días y noches, bajo la lluvia, bajo la nieve inexplicable. Y a toda hora llama el hermano a su hermana, sin respuesta alguna, hasta que una noche, cerca del corazón del invierno, sale de su casa pasadas las doce y toma su lugar entre la gente.