miércoles, 29 de julio de 2009

verdad, belleza, matemática, realidad

When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say'st,
"Beauty is truth, truth beauty" -that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.

Cuando la vejez de los años descarte a esta generación
tu seguirás siendo, en la niebla de una tristeza
diferente a la nuestra, una amiga del hombre, a quien dices
"La belleza es verdad, la verdad belleza" -que es todo
lo que sabemos sobre la tierra, y todo lo que necesitamos saber.


John Keats, "Oda a una urna griega", última estrofa
(1820, la torpe traducción es mía)

Las ideas de Keats, quizá el más grande de los románticos ingleses, suelen vincularse a la concepción platónica del mundo, que, entre otras cosas, hermana el bien con la verdad y la belleza, concepto del que se hacen eco los dos versos finales de la "oda". El concepto de que existe una armonía detrás de la multiplicidad, y que además el efecto que esa armonía genera en el entendimiento humano (por refrasear las nociones platónicas) es el que llamamos "belleza", ha atravesado la historia de la ciencia y la matemática. Los interesados en este tema pueden recurrir a Belleza y verdad, el excelente libro del historiador y divulgador de la matemática Ian Stewart, que además de demostrar un manejo impresionante de los conceptos que maneja es también un prosista brillante. Me sumergí en su libro anoche y apenas pude dejarlo. Plantea una historia del concepto de simetría, o, mejor dicho, del papel de la simetría (o de las diversas formas de la simetría) en el complejo edificio de la matemática, relatando de paso vidas de pensadores que marcaron momentos decisivos en la historia de la disciplina, como por ejemplo el asombroso Gauss, probablemente el más grande matemático de todos los tiempos, más Einstein, Euler, Euclides y otros cuyos apellidos no necesariamente empiezan con E, por ejemplo los físicos Dirac y Schrödinger (perdón por el chiste idiota), el asombroso matemático irlandés Hamilton, y Galois, que murió a los 22 años en un duelo con su mejor amigo. Siendo prácticamente un ignorante completo de la materia supongo que habré entendido apenas parcialmente los planteos; el propio Stewart admite que muchos de los conceptos son demasiado complejos y que para explicarlos como es debido necesitaría multiplicar la cantidad de páginas de su libro; sin embargo, su manejo de las ideas hace que uno en rigor no necesite entenderlo todo de verdad, sino más o menos manejar cierta intuición. Lo que sigue, entonces, es el resultado de esas intuiciones.
Todos estamos más o menos familiarizados con la noción de números reales. Al menos del liceo recordamos que podemos representarlos con una línea con el cero en su centro, hacia la izquierda los positivos y hacia la derecha los negativos. En esta recta encontramos los enteros (1, 2, 3, 4... 16, 17, 18...), los números racionales, que podemos expresar en notación decimal o en fracciones (1/2, 2/3, 0,666666...), y los números irracionales, que jamás podemos expresar como un cociente o escribir todas sus cifras decimales (raiz de 2, pi, e, etc). Es interesante plantearlo desde el tema del infinito: hay infinitos pares, infinitos enteros, infinitos racionales entre dos enteros cualesquiera. La representación gráfica, como recordamos, es unidimensional, porque es una línea. Se dice entonces que los reales poseen una dimensión.
En el siglo XVI se plantea la existencia de números "imaginarios", que serían los múltiplos de i, definido como raiz cuadrada de menos uno. No existe una solución "real" para esa operación, de modo que se "inventa" su valor concibiendo otra recta, la de los números imaginarios, que se representa perpendicular a la de los reales como en el clásico gráfico de X e Y, al que también recordamos del liceo. Lo que tienen en comun ambas rectas es, por supuesto, el cero, y se habilita la existencia de "números complejos", que poseen una parte real e imaginaria, dadas a modo de coordenadas. Estos números "complejos", entonces, poseen dos dimensiones, las del "plano complejo" en que se ordenan (y que, entre otras cosas, permite la existencia de los fractales, curvas con dimensiones fraccionarias).
Hasta aquí es fácil de visualizar. Podría pensarse que es los números complejos son un capricho matemático generado para hacer solubles ciertos problemas matemáticos relacionados con las raices de las ecuaciones (también lo podemos recordar del liceo, cómo resolver la ecuación de segundo grado por ejemplo), pero aparentemente innumerables problemas de física se resuelven empleando precisamente estos números complejos, de modo que habría un "correlato real" de lo que de otro modo sería una curiosidad matemática. Hasta aquí ya es asombroso, pero hay más: pueden plantearse números de cuatro y ocho dimensiones (cuaterniones y octoniones, respectivamente), que resultan de importancia fundamental en el gran problema de la física del siglo XX: la formulación de una teoría que explique de modo unificado todas las partículas y todas las fuerzas de la naturaleza (por mucho tiempo se encontró una barrera entre la teoría cuántica, que explica lo muy pequeño, y la teoria de la relatividad general, que explica el mundo macroscópico). Me resulta fascinante que al buscarse soluciones posibles para la teoría del todo se encuentre que modelos matemáticos como los octoniones y los cuaterniones (formulados hacia 1840) de alguna manera sean fundamentales para hacer funcionar las teorías.
Un paso hacia atrás. Digamos que una teoría X resulta un modelo adecuado del mundo: porque predice acontecimientos que luego son verificados en la observación, porque permite explicar de un modo más coherente fenónemos que hasta el momento no se consideraban conectados, porque genera marcos conceptuales generales, etc. No deja de fascinarme el hecho de que esa teoría funcione haciendo uso de conceptos matemáticos tan abstractos como las dimensiones de los números. Hasta cabría pensar que "algo" en el mundo "real" "responde" a la matemática; que el mundo de la matemática de alguna manera encuentra un "correlato" en la realidad... y no sigo porque refrasearlo implicaría aun más comillas. Pero creo que se entiende a dónde quiero llegar. Es la concepción platónica del mundo. El mundo arquetípico de las ideas, en este caso la abstracción matemática, "genera" la realidad que percibimos. Existiría una realidad "física" de la matemática, que, de otro modo, habría que pensarla como un sistema conceptual independiente del mundo.
Estos hallazgos científicos... mejor dicho, estas aproximaciones o modelos científicos plantean precisamente una conexión, un sospechoso vínculo entre matemática y realidad.
Ahora bien, la matemática es indudablemente una concepción humana, creada en principio independientemente de la realidad (es decir, no hay círculos en el universo, hay cosas que se parecen a círculos); del mismo modo, la física plantea un modelo del universo, no una descripción exacta. Quizá la solidaridad manifiesta (incluso inesperada) entre ambas sólo señale su autoría humana, como si, de un modo un poco kantiano, todas estas simetrías y paralelismos en rigor sólo apuntasen, más que a "cosas en el mundo", a "cosas en nuestra manera de entender el mundo". Sería una especie de solipsismo gnoseológico: sólo podemos conocer patrones de nuestra forma de conocer. ¿Eso deja al "mundo real" incognoscible? Es una conclusión rara para extraer de lo que, en rigor, no deja de ser una "confirmación" de teorías y modelos matemáticos. ¿Pero qué otra explicación cabe, más allá de la platónica?
¿Estamos dispuestos a ser tan platónicos como Keats? Los matemáticos hablan de la belleza de sus ideas, de la armonía, del equilibrio. Einstein, por ejemplo, tenía una intuición estética de la verdad, y en general los científicos prefieren teorías "bellas" a teorías desordenadas y complicadas. ¿La armonía que entrevemos en la matemática es, entonces, una forma de la armonía del mundo? ¿Existe entonces una verdad cognoscible, que, además, es hermosa?

martes, 28 de julio de 2009

dos libros

Siguen las crónicas desde mi hibernación y lectura compulsiva. Van dos novelas:
1.Rant, de Chuck Palahniuk. Es el primer libro de este autor que leo, aunque había difrutado mucho con la peli El club de la pelea, hasta el punto de bajarme la novela en que se basó y empezar a leerla en inglés. La dejé no porque no me gustara sino porque en general detesto leer de la PC; espero conseguirla pronto, junto a Asfixia, Fantasmas y otros títulos de Chuck, que me resultó un escritor más que interesante. En Rant hay varios, muchos libros, entre ellos dos novelas de ciencia ficción: una ucronía en la que el mundo se ha dividido en habitantes diurnos y nocturnos, separados por toques de queda, y una trama de viajes en el tiempo con paradojas resueltas apelando a la hipótesis de los múltiples mundos. También hay una novela de catástrofes mezclada con una parodia de J.G.Ballard: los "choquejuerguistas" son una tribu urbana que se dedica a recorrer las calles en auto chocandose entre ellos siguiendo ciertas reglas deportivas; este grupo, a la vez, está vinculado a la "catástrofe", una terrible epidemia de rabia originada por Rant Casey, el protagonista. ¿Se está volviendo muy confuso? Es que, como dije, el libro de Palahniuk es en realidad un montón de novelas sabiamente tejidas entre sí. Que incluso se contradicen mutuamente, en apariencia se cancelan, se anulan. Otra de ciencia ficción: en esta realidad alternativa existe la tecnología (me recordó a la pelicula Strange days) necesaria para grabar el flujo de información de los sentidos, que será luego reproducido como un CD o película por otro usuario, que a su vez puede reprocesar la grabación a través de su subjetividad (incluso se puede hacer con animales, son genieles las consecuencias que deriva el autor de esta tecnología en relación al porno) y generar otra versión y asi sucesivamente. Todas las tramas están conectadas entre sí a través de una narración reconstruida de varias fuentes, como una forma hecha explosión de Los detectives salvajes, derivadas de entrevistas a los personajes. Palahniuk adora repugnar y apelar a lo escatológico y lo políticamente incorrecto; por momentos asusta pero en general lo que me pareció más sobresaliente es una imaginación deslumbrante y un gran sentido del humor. Rodrigo Fresán lo ha comparado a una versión para las masas de J.G.Ballard; más allá del ingenio de esta afirmación -que puede ser cierta; los parecidos de Rant con Crash y las otras novelas de la Trilogía urbana Ballardiana están clarísimos-, hay una veta humorística en Palahniuk que no siempre aparece en el gran James Graham, Crom lo tenga en la gloria y nos envíe novelas nuevas a través de algun medium (y yo levanto la mano ansiosamente, pero oh, no soy digno). Quizá eso lo haga más atractivo a las masas, claro. A mí me gustó mucho, y voy a seguir a este autor.
2.La invención de la soledad, de Paul Auster. Es un lindo libro, muy Beckettiano, como si fuera una versión reprocesada (al estilo de la tecnología que se menciona en Rant) de Molloy, con sus dos partes bien diferenciadas. La segunda de las nouvelles que componen el libro es un largo monólogo lleno de referencias literarias, y me sorprendió -no conozco bien la biografía del tipo- descubrir que Auster siente una gran predilección por la poesía francesa, especialmente Mallarmé. Aunque he leído una gran parte de su obra no puedo decir que todo me haya impactado del mismo modo, aunque tampoco me gusta esa onda de rechazarlo porque sí o porque vende o porque estuvo de moda o porque lo leen las señoras bien en sus talleres literarios (razones más que suficientes en otros casos, la verdad sea dicha). La trilogía de New York, El país de las últimas cosas, La música del azar y Leviatán (quizá también El palacio de la luna) me parecieron siempre muy buenas novelas. Ahora sumaría La invención de la soledad. Pero está claro para cualquiera que Auster escribe demasiado. Es posible que, a su manera, esté infectado de benedettismo. Su última novela, Un hombre en la oscuridad, estaría mucho mejor si hubiese cargado las tintas en la parte especulativa de la trama, y menos en la consabida "austeriana". Viajes por el scriptorium, la anterior, es más bien floja, pero se salva por -una vez más- su importante carga Beckettiana. El año pasado, en una reseña, escribí que Auster es una versión de Beckett más amigable con el usuario. Supongo que Fresán dice lo mismo de Palahniuk en relación a Ballard; en cualquier caso, si tuviera o tuviéramos razón, ambas versiones son válidas y atendibles en sí mismas. Una vez más, Auster debería escribir un poco menos y concentrarse más. Cuando quiere, puede. Es una pena que haya dicho esa tontería sobre Borges y la "falta de vida" de su literatura; lo peor es que en rigor no le creo. Es una afirmación tramada como pose, estoy seguro. Lo habrá dicho para agradar quien sabe a quién, a algun tonto al estilo de "ah, pero Borges era terrible fascista". En fin, ellos se lo pierden.

jueves, 23 de julio de 2009

el sueño de la razón

Entre ayer y hoy lei La otra isla del doctor moreau, de Brian Aldiss. Si bien la llamada new wave (movimiento literario de origen inglés que cambió por completo la ciencia ficción entre fines de los 50 y principio de los 70) fue siempre mi momento favorito de la historia de la CF, leída a través del gran J.G.Ballard pero también de los excelentes cuentos de Harlan Ellison y algunas novelas de Robert Silverberg y Samuel Delany, siempre tuve una deuda con una de sus figuras principales. El movimiento fue ideado desde la revista New Worlds, que dirigía el escritor y músico Michael Moorcock, y encontró en Ballard y en Brian Aldiss a sus dos mayores representantes. De Ballard leí casi todo; de Aldiss, casi nada. Hace unos meses encontré gran parte de su obra en oferta y me la compré; ahora, aprovechando esta no solicitada pero también bienvenida inyección de tiempo libre, empecé a leerlo. Y comencé por La otra isla, junto a Criptozoico, A cabeza descalza, Helliconia y El tapiz de Malacia, una de sus novelas más relevantes. Debo decir que me encantó. Aldiss es un gran admirador de H.G.Wells, a quien considera, junto a Mary Shelley, el verdadero fundador de la ciencia ficción moderna. En esta novela está clara la voluntad de rendirle tributo, pero también, al recrear una de sus ficciónes más aterradoras, deja la sensación de tratarse de una metanovela, una novela sobre la ciencia ficción. Picasso, en sus últimos años, pintó parodias de las obras centrales del canon pictórico; esta novela de Aldiss puede leerse desde esa misma perspectiva, ya que pocas cosas más centrales -incluso si no estamos de acuerdo en la posición central en la que Aldiss coloca a Wells (muchos preferirían a Poe, por ejemplo)- a la CF que La isla del doctor Moreau y todo el subgenero al que dio nacimiento y que sigue más vivo que nunca: el horror ante el cuerpo y sus posibilidades desatadas, las relación entre la tecnología y el cuerpo, la posibilidad -o no- de una condición humana atada a lo biológico. En otras palabras: en la novela de Aldiss está la posibilidad de David Cronemberg, de la estética cyberpunk, del transhumanismo y tantas hierbas más. Aldiss maneja estos temas con gran inteligencia, y se permite incluso unir, muy habilmente, el mito de Moreau (¿quién puede olvidar la bizarra versión con Marlon Brando y Val Kilmer) al de Frankenstein: ambos son artífices de un desafío al orden natural establecido. Y me quedé pensando que ya que otra de las grandes novelas de Aldiss (y esta sí la había leído) es Frankenstein desencadenado, reelaboración de la ficción inmortal de la abuela Mary, a lo mejor lo que se está diciendo entre líneas es que, en el fondo, la CF trata de ese impulso de desafío Prometeico, como diciendo que la enorme variedad argumental que permite el género en el fondo enmascara un problema singular: ¿qué hacer con la tecnología? ¿existen límites para lo que podemos lograr y entender? El sueño de la razón -aqui metaforizada por la ciencia y la tecnología- produce monstruos. ¿Vale la pena recorrer ese camino? No creo que, en el fondo, Aldiss diga que no. Ballard se encogería de hombros. Philip Dick diría que en el fondo sólo importa el espíritu. La pregunta también podría convertirse en: ¿qué podemos saber?

miércoles, 22 de julio de 2009

monstruos

Bastará con decir que, al comienzo de estas historias, M. es un investigador de fenómenos paranormales. Ha pasado una buena parte de su carrera recorriendo los lugares comunmente asociados a manifestaciones de lo extraño o lo singular y ha llegado a la conclusión de que existe un vínculo entre la ciudad, lo racional, el orden, y una tendencia al cero en la posibilidad de encontrarse con lo que gustosamente llamaría un milagro, entendiéndolo como una aparente cancelación de las reglas que creemos operan sobre lo que llamamos el mundo. Su investigación entonces lo conduce a las áreas desoladas, las praderas interminables, las llanuras perdidas. Por un tiempo no cuestiona la validez de este punto de partida; en algunas noches perdidas fuera de toda cronología y civilización cree vislumbrar luces en el cielo y los ríos, presencias en los bosques y resabios de algo muy vasto y muy antiguo. Pero no es suficiente. Donde deberían aparecer las revelaciones finales, últimas, M sólo encuentra más pistas. Y estas lo conducen, desafiando todas sus conclusiones previas, a los suburbios, a los bordes de la ciudad, a esas zonas intermedias entre la desolación y el orden. Aqui es más facil. M sigue pistas, actúa como un detective. Entrevista testigos de abducciones, de avistamientos, gente que presenció la aparición de monstruos, de anomalías. Si el principio de su investigación le había dado algún indicio, ahora las señales se multiplican, trazándole caminos variados, caminos que convergen, nombres que se repiten, lugares que parecen subrayarse en los mapas que viene delineando. Lo otro, se pregunta M, ¿es lo absoluamente externo a lo humano o más bien su corazón ineludible? Ahora está en una zona intermedia, pero todo apunta a creer que el camino sigue hacia adentro. Entonces M atraviesa los muros de la ciudad, siguiendo las pistas, siguiendo los nombres. Hay un árbol en el centro de una avenida que es más que un árbol: es el cuerpo fosilizado de una criatura extraterrestre. Hay un edificio en cuyo subsuelo todavía está prisionero el Dragón. M recoge todos estos rumores e investiga, llenando sus archivos. Pasa el tiempo y todo parece converger: encuentra el lugar en que la extrañeza, la alienidad, ha de maniefstarse. Cuando atraviesa la primera barrera siente que lo golpean. Despierta en un cuarto vacío, de forma cúbica. A medida que pasa el tiempo constata que alguien o algo está alimentándolo, dejando con sigilo bebidas y alimentos a su alcance, y también lápices y un cuaderno. Toda su investigación anterior parece haberse desvanecido: ha alcanzado otras fronteras. Ahora las anomalías, los monstruos, los avistamientos, las abducciones y los árboles que son más que árboles pueblan sus sueños. Estan en su interior, que es hacia donde debe acercarse, hacia un corazón aun más íntimo, hacia un intramuros aún más inviolable. Y día tras día -aunque es imposible hablar de días o de noches en su cuarto vacío y blanco- llena página tras página de sus recuerdos, impresiones y teorías, alimentándose de sus sueños y de la vasta memoria de su antigua investigación, volviéndosele claro que si había una extrañeza, estaba en él, en su interior. Pronto descubre que está escribiendo un informe. Quienes lo guardan y alimentan se llevan sus páginas. Un día aparece una puerta abierta y, poco más allá, el centro de la ciudad. M cree entender. Deberá registrar todas las costumbres y caminos humanos, e incorporarlos a su informe. Sonríe, seguro de haber trazado una órbita casi completa. Rodeado del humo de los escapes, de los peatones, de la publicidad, del reflejo del sol en el metal y el cristal, alli, en el corazón de todas las cosas, los ve. Rodeándolo, están los monstruos.

sábado, 18 de julio de 2009

literatura y enfermedad

La ecuación Bolañiana admite al menos dos soluciones: literatura + enfermedad = literatura, y literatura + enfermedad = enfermedad. El eje para pasar a esta doble solución está en Mallarmé, quien dijo entre otras cosas que todo existe para terminar en un libro. Esta es una de esas sentencias que se vuelven ejes y centros y vectores de las literaturas. No sólo dice que todo termina en literatura sino que todo debe terminar en literatura para que se verifique su existencia. La literatura –la ficción- es la verdadera realidad, porque sólo accedemos a las cosas –las vidas, las enfermedades, las aventuras- a través de ella. El “otro tigre” de Borges, el que no está en los versos, no existe.
Todo esto viene a cuento de que ayer viernes 17 me dieron de alta tras una semana y dos días de internación por una repentina (repentina en el sentido de que jamás se me había ocurrido que “mi enfermedad” venía por ahí, yo pensaba que era una gastritis fuerte motivada por los nervios) operación de la vesícula, proceso de recuperación lenta e incómoda que recién en estos días parece empezar a ver luces claras. De ahí la doble apertura: por un lado la de Bolaño, unir literatura a enfermedad, y la de Mallarmé, que también, desde un lado más ingenuo de las cosas, es una manera de decir que los que estamos picados por el bichito de la literatura terminamos escribiendo sobre cualquier cosa y poniéndolo, pájaros exhibicionistas que somos, ante los ojos de todo el mundo; que nuestra vida se vuelve literatura no sólo para los demás sino también para nosotros –y ahí recordemos esos cuentos de Borges (recuerdo uno pero creo que debe haber algún otro) en los que el narrador afirma, hacia el final, que dio a lo contado forma de cuento para a la larga convencerse de que no fue verdad (¿o será al revés?).
Entonces, a lo largo de mi enfermedad, he sacado en limpio algunas cosas.
Primero, que es verdad que quien sufre busca lo concreto. No se piensa en abstracciones como la muerte, se piensa en este dolor abdominal en particular, en la cama que me da dolor de espalda, en el ruido que hacen las enfermeras.
Segundo, que no existe un mundo de los muertos y un mundo de los vivos; o que sí existen, pero con cientos de mundos en el medio. El largo multiverso de la enfermedad. Y, también, que las dos noches inmediatas a la operación no fui capaz de dormir, tendido sobre mi cama –esas horribles camas de hospital- sintiendo que no quedaba en mi cuerpo ni una gota de energía, como si hubiese sido víctima de un vampiro que aguardó hasta el exacto último momento posible antes de decidir que estaba saciado y que era mejor dejarme con vida. Con el día y la luz del sol sentía el vigor renovado, podía descansar un poco, dormir y leer algunas páginas. Me había llevado a Proust (pensando que los cientos de páginas de En busca del tiempo perdido eran ideales para cuando se dispone de mucho tiempo de lectura) y a Murakami; no leí de verdad ninguno de los dos. El tiempo de recuperación, el tiempo de la enfermedad, no permite leer bien. La incomodidad continua distrae. Se buscan lecturas breves y que uno sepa casi de memoria; así, un día, leí casi todo Ficciones.
Antes de la operación, el domingo, escribí un cuento. Aun no lo he releído. Espero pronto subirlo aquí; si hay un antes y un después de que me quitaran una parte del aparato digestivo, ¿es concebible que pueda detectarse el cambio en la manera en que uno corrige un texto? ¿Es plantear esto irse al carajo? ¿Hasta que punto todo tiende a ser literatura? ¿Hasta que punto la idea misma de literatura no es irse al carajo? ¿No es irse al carajo el procedimiento literario por excelencia, a veces más evidente, a veces menos?
¿Qué le pasó a Levrero con su operación de vesícula? Tengo entendido que se la tomó muy en serio. Es concebible que exista el alma, que al alma estas cosas le afecten, que sea con el alma que se escribe. Y que gran cuento El sur, de Borges. No en vano lo consideró toda su vida uno de sus mejores trabajos. Por suerte en ningún momento tuve fiebre o alcancé esos abismos de la enfermedad. Mis incomodidades eran tener la vía del suero todo el tiempo, el haber perdido el uso de los abdominales, el sentir el tirón de los puntos, no poder dormir y, especialmente, esa sensación de energía drenada que recién hoy empezó a desaparecer de verdad.
Quizá necesitaba estar en mi casa, con mis libros y mis discos. Los magos, se decía, y qué más literario que la magia, tenían sus “lugares de poder”. Creo que la idea es transplantable a la enfermedad. Si vamos a sufrir, mejor hacerlo en la mejor de las compañías.
¿Y por qué todo termina en literatura? ¿A quién se le ocurrió semejante destino para el mundo? No fue suficiente el lenguaje, tuvimos que doblar las cosas otra vez y crear este código que nos permita no creernos del todo las cosas, o creerlas del todo, o definirnos en cuanto sujeto que cree, en cuanto sujeto que sufre, sujeto de enfermedad o sujeto de salud. ¿Qué es la salud? ¿Hay prosa o poesía saludable?
William Burroughs escribió que la felicidad es un derivado del funcionamiento. De saberse funcionando en un contexto. De la funcionalidad, quizá. El día que la cirujana (a quien debería dedicar este post) me dijo “mañana te doy el alta” lloré de alegría. Era una boludez emocionarse por eso, pero allí estaba esa sensación por todo el cuerpo, esas endorfinas, ese estremecerse. Quizá fue el mejor momento de todos los que pasé internado.
En la literatura y en la enfermedad la distancia es clave. Para corregir textos, por ejemplo, para poner las cosas en su lugar. Espero en un mes pensar que todo esto fue una boludez. Literatura y enfermedad?
Que sea sólo literatura.

viernes, 3 de julio de 2009

novedades

En estos últimos meses se publicaron por ahí algunos cuentos míos. Para empezar, el relato "ficciones", que ya se paseó por este blog (no recuerdo si en la misma versión a la que me referiré ahora), apareció en la revista Freeway de Junio, en el marco de un especial Onetti muy interesante, del cual me encantaron las notas de Patricia Turnes y Gabriel Peveroni. Patricia escribió una nota muy divertida sobre su condición de "hincha" de Onetti (la que comparto en parte) y Gabriel jugó con el título de la novela Juntacadáveres y el mítico pub (que debo decir que jamás pisé) del mismo nombre, allá por los 90, tirando de paso una idea que comparto plenamente acerca del Montevido asociado a Onetti -o creado por Onetti, como él mismo pensaba cuando escribió que los escritores creaban sus ciudades, y no sólo en el sentido tonto de crear Macondo o SantaMaría) y el que quizá estemos reinventando ahora (ver Porrovideo, por ejemplo).
También se publicó en la excelente Letralia -número especial dedicado a las supersticiones- mi cuento "Estrategias", que integrará el libro Alguno de los otros, premiado en los Fondos Concursables del MEC y que aparecerá en algun momento del 2010. En Letralia ya había publicado algunas cositas, incluyendo mi cuento "Breve historia de la realidad", una versión primitiva (primitivísima) de "El viento y la ceniza" y, si mal no recuerdo, un par de poemas escritos allá por el 99.
Por último, la revista española Narrativas publicó mi cuento "Constelaciones", que también se paseó por este blog. Tanto el número especial de Letralia como Narrativas pueden ser descargadas en formato pdf. Para el de Letralia hagan click aqui, para el de Narrativas basta con dirigirse a la dirección de la revista.
Otra "noticia" que quiero compartir es que el martes fui a la presentación del libro El viajero del siglo, de Andrés Neuman (Alfaguara), y tuve la oportunidad de conversar con su autor, uno de los escritores más relevantes de hispanoamérica, nacido en Argentina en 1977 y transplantado a España. Entre sus novelas mi favorita es Una vez argentina (Anagrama), que (a veces me invade ese cholulismo) me dedicó afectuosamente. El viajero del siglo es una excelente novela de ciencia ficción al revés, es decir, una visión del pasado desde la perspectiva del presente, reformateando la novela decimonónica con el arsenal heredado de las vanguardias. En estos días aparecerá en La diaria mi reseña.
Conozco muy pocos autores de mi generación fuera de Uruguay, defecto que espero corregir pronto. ¿Sugerencias? Por mi parte, les recomiendo que lean todos los libros de Neuman que caigan en sus manos.