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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 3 de enero de 2010

la lluvia

B recuerda como uno de sus momentos clave el día en que conoció a A. Ambos cursaban su penúltimo año de educación secundaria; B se consideraba secretamente un aprendiz de escritor o, mejor dicho, un escritor en ciernes. También era, o había sido toda su vida, el hazmerreir de la clase, siempre torpe, siempre incapaz de defenderse, siempre risible. A, en cambio, parecía extraño, misterioso, incluso inquietante. Por fuera de todas las convenciones y comportamientos aprobados por el tosco medio social que los rodeaba, A parecía demasiado seguro de sí mismo como para convertirse en blanco de burlas y crueldades y, a la vez, lo suficientemente extraño o misterioso como para dejar claro que no podría jamás ser incluído. B vio en esa conjunción de cualidades, ese balance exacto de atracción y repulsión, la receta perfecta para construirse una nueva personalidad; empezaron a frecuentarse, a hablar de música, de literatura, de mujeres, de drogas, de experiencias. A parecía un volcán en erupción; B absorbía toda aquella lava ardiente. Conoció a los beatniks, a Jim Morrison, aprendió cual fue la época más peligrosa de los Stones, descubrió el jazz (cierto jazz, mejor dicho), fumó marihuana, empezó tímidamente a tomarle el pulso a la ciudad nocturna; también leyó a Huxley, a Lowry, a Ballard, a Rimbaud, a Artaud, a los surrealistas; cambió su modo de vestir, su manera de hablar, se cubrió de un disfraz tenue de A, se volvió, en suma, una variación de A, una nota a pie de página de A, la imagen paralizada de un A que, cabe suponer, seguía cambiando. Los años, sin embargo, los separaron. B estudió filosofía y se convirtió en escritor; con el tiempo, incluso, alcanzó cierta presencia, cierta importancia que siempre, en secreto, consideró ajena, que siempre entendió robada. De A no había rastro alguno. B había concluido que no debía buscarlo, como si temiera la revelación de un secreto importante, un secreto que hacía a la esencia de la personalidad que se había forjado, esa misma que lo convertía en un hombre respetado, un hombre importante; sin embargo, sabía que el destino, como suele decirse, terminaría por tramar el reencuentro y que así, de alguna manera, se vería expuesto, arrojado contra el paredón, atravesado por la reprobación de toda mirada como un escritor que había cimentado su fama con un plagio bien oculto y que, tras décadas de idas y venidas de ese miedo constante, terminó por sufrir la salida a la luz de su secreto, fatalmente. Una tarde, casi veinte años después de su primer y decisivo encuentro, B se cruza con A en la calle. Apenas lo reconoce: ha perdido el brillo, el atractivo innegable. Si antes hubo fuego o pujanza en sus ojos, ahora no queda sino una mirada en ruinas que, sin excluir el saberse culpable de cierta horrible crueldad, llena de confianza a B. Se saludan, se abrazan; A parece revivir gracias al encuentro, tanto que su voz, por un instante, parece querer regresar a la energía de antaño. Pactan un encuentro en la casa de A. B asiste, llevando un vino que, sabe, hubiese sido aprobado por el A de su juventud. Pero lo que encuentra lo sorprende. A se ha casado con una mujer vulgar, ordinaria; tiene dos hijos que parecen sentenciados al anonimato, a esos trabajos grises que duran toda la vida y a convertirse, a su vez, en poco más que vehículos de un gen mediocre y seguro; vive en un apartamento cargado de adornos del peor gusto, revistas dedicadas a los escándalos de la farándula, íconos de un cristianismo asumido por herencia o por ósmosis, discos que son lugares comunes de la música popular, libros de Paulo Coelho, Mario Benedetti e Isabel Allende. Incómodo, B intenta llevar la conversación a la literatura que A le hiciera descubrir. ¿Te acordás de cuando leímos Bajo el volcán y salimos corriendo a buscar mezcal por todas las licorerías que encontramos? ¿Te acordás de cuando conseguimos aquella botella de Absenta?; la mujer de A, que parece maravillada de tener a B como invitado, que parece embelesada, incluso, de apenas escucharlo hablar, estalla en un aluvión de sinceridad: ¡que placer tenerlo aquí, le dice, con lo bien que A siempre habló de usted, con lo importante que fue para su vida! B siente que algo está escapándosele. A lo mira (en su mirada puede leerse “pero vos no necesitás que te explique”) y asiente con tonta solemnidad: por supuesto, dice, como declarando lo obvio, vos me enseñaste todo, me hiciste conocer la mejor música, la mejor literatura. Yo era un tarado, un cero a la izquierda, y gracias a vos llegué a sentirme alguien, gracias a vos conocí el jazz, la música clásica, la buena literatura. La incomodidad de B va en aumento. A (que más que señalar una condición presente parece cantar la elegía de lo que fue o lo que pudo ser) insiste en sus alabanzas del mismo modo que él, que B, podría haberlo llenado de elogios a los dieciseis, diecisiete años; de hecho, por momentos B siente que A le ha robado su vieja personalidad, su ser original, que de alguna manera ha tomado su lugar, intercambiado sus posiciones en una extraña jugada de ajedrez. Su primera reacción es ser víctima de una broma cruel, pero a medida que la cena se prolonga la sinceridad en las palabras de A, que parece a punto de llegar a las lágrimas, va dejando atrás toda duda posible. Cerca de la medianoche B se va. Su casa no es cerca pero decide caminar. El cielo está cubierto y en cualquier momento empezará a llover, aunque a B no le importa o quizá lo desea. Algo lo hace sonreír. Ante el comportamiento de B cree entender que el juego de opuestos, de triunfador y perdedor que marcó el comienzo de su vida adulta, de alguna manera se ha revertido, se ha compensado o anulado, como en una ecuación matemática. Caen las primeras gotas, y B ríe en silencio. Ya no teme, ya no guarda ningún solapado rencor. Se siente nada, cero, se siente vacío y libre de comenzar una vez más, bajo la lluvia que borra el viejo disfraz.

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