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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 22 de abril de 2010

aristas

En un sueño estoy sentado en el piso ante una maceta bastante grande en la que crece una planta verdeamarillenta. Radiando del tallo central -que es rígido y lleno de espinas- surgen ramas más oscuras y finas que aparecen cubiertas de una suerte de pequeña enredadera de apariencia delicada y quebradiza al tacto. Mientras la examino tengo la certeza -esas misteriosas certezas de los sueños- de que la aparente enredadera no es un vegetal diferente y parásito sino que de alguna manera se trata de una proyección de la planta "principal". Tomo con cuidado una sección de la enredadera -tiene la textura de las hojas secas- e intento separarla del tallo y las ramas, cosa que logro no sin cierto esfuerzo -y una suerte de tensión concentrada-, descubriendo que la unión se produce gracias a un finísimo sistema de hilos que se hunden en el tallo principal y que, al separarlos, parecen extenderse, estirarse. En el proceso rompo por accidente una de las ramas, y me invade de inmediato una tristeza densa, agobiante. Tomo una maceta cercana y me dispongo a plantar la rama amputada. Entonces despierto: son las 8:25 y la música del despertador -el tema de Star Wars- me araña el otro lado de las órbitas de mis ojos.

Hoy mis padres comenzaron su mudanza. Dejan el apartamento en el Cordón por uno más grande y céntrico. Contando esta iniciada hoy llego a la cifra de 6 mudanzas en las que he participado; la primera en el 87, desde el Barrio Sur hacia el Barrio Atahualpa; después en 2002, al mencionado apartamento de mis padres en el Cordón, para mudarme a fines de 2006 a un primer piso sobre Boulevard Artigas. Dos años después, en diciembre 2008, una vez más tuve que desmantelar bibliotecas y muebles para mudarme a mi apartamento actual, en Parque Batlle. Esta mudanza de mis padres no es, entonces, una más de las mías. Sin embargo, al mudarme en 2006 y una vez más en 2008, la permanencia del espacio físico de mi viejo cuarto inaugurado en 2002 (una época de grandes cambios en mi vida; allí dio comienzo mi período de mayor dedicación a la música, por ejemplo, finalizado en algún momento del 2007), la noción de que ese territorio seguía estando de alguna manera en mis dominios, o al alcance de mi mano, no me hizo sentir en el fondo un verdadero desarraigo, que fue precisamente lo que sentí hoy (haciendo un eco de la tristeza del sueño al mutilar sin querer aquella planta) a las 9 de la mañana cuando subí a un décimo piso en el ascensor más lento de Montevideo, por última o penúltima vez. Desde hace ya unas cuantas semanas el apartamento de mis padres se había convertido en una zona intermedia entre un espacio vacío y uno habitado. El orden de cosas configurado por la rutina de ocho años se había desmoronado en una confusión de cajas y muebles arrancados de su función; al entrar hoy recordé de inmediato mis últimas mudanzas, los libros en sus cajas, las estanterías vacías, las ubicaciones provisorias, las noches durmiendo entre paredes todavía extrañas. Supongo que los libros y nuestros objetos queridos son una proyección de nuestra memoria, una suerte de sistema nervioso externo, si se quiere, o una colonia de nuestro espacio interior en el exterior; el orden -o los órdenes sucesivos que van recibiendo- es un signo del estado de nuestra psique, alma, mente o espíritu, como se quiera llamarlo; la violentación de ese orden se abre camino por nosotros y experimentamos el desasosiego del caos y la pérdida del asidero de la costumbre, asi como tambíen la sensación de que, en rigor, las barreras entre afuera y adentro (una habitación conteniendo cajas y muebles que no están siendo usados no es un espacio de interiores, no es parte de una "casa"; tampoco es el espacio público o la calle: es un híbrido, una interzona) no son más que una entidad convencional cuya existencia ficticia sirve ante todo a nuestro sosiego.
A eso de las 10 entré al nuevo apartamento de mis padres, un lugar en el que jamás viviré, que sólo conoceré por visitas de domingo o de alguna noche de cena familiar, celebración o cumpleaños; no habrá ningún signo de mí ahondándose hacia el corazón de las paredes, pensé, ningún indicio, huella o fósil que devuelva ecos de mi yo (mi mente, mi alma, mi espíritu, mi psique). Entonces, recorriendo las habitaciones y el salón, apreciando la vista nueva (el norte de la ciudad, con su Cerrito de la Victoria, con todos sus techos de iglesia, reemplazado por la calle Cuareim, sus árboles, la cercana 18 de Julio, la luz de la mañana despertando otros colores), me tomé un momento del trabajo de acomodar cajas, sillas, mesas, cuadros y electrodomésticos para sentarme en el piso, espalda en la pared, y mirar esos rincones nuevos, esos recovecos que, de alguna manera, serán para siempre ajenos a mí. Durante un par de minutos pensé en la habitación que comparto con mi mujer, con su cama de dos plazas, sus armarios, su ventanal; pensé en la sala en la que escribo, rodeado de mis libros (una vez más, mi exosistemanervioso, mi memoria dispersa fuera de mi cráneo), mis CDs, mi PC... en el año y medio, casi, que llevo viviendo aqui, he venido impregnando las paredes de mí y de esa entidad que formamos mi mujer y yo, asi como ella también ha hecho suyos todos los espacios compartidos. Algunas cosas las siento quizá más mías (el cuadro de El Bosco que me acompaña desde 1997, por ejemplo), y otras más de ella (un estante lleno de diccionarios japonés-español, japonés-japonés, japonés-inglés), pero todo es de alguna manera nuestro, es decir también mío. Sentado en la sala todavía desnuda (convertida en ese lugar intermedio que venía siendo el viejo apartamento todos estos días de Abril) pensé qué mi vida también podría haber tomado posesión de esas paredes, que habernos mudado allí en el 2002 habría sido una posibilidad, que en algun mundo posible de hecho lo hicimos y todos los cambios que registro en mi vida a partir de esa fecha habrían sido otros, diferentes, desembocando en un yo distinto, nunca podré saber cuánto. Esa memoria alternativa estaba allí, bajo capas y giros de la realidad. Quizá bastaba un esfuerzo un poco mayor para verlo; quizá, pronto, las paredes terminen por susurrármelo; entonces sí habrá algo de mí entre esas nuevas (o las mismas, pero dispuestas de otra manera) sillas, mesas, aparadores, cómodas y armarios, en los cuartos habitados por el fantasma del que pude haber sido. Quizá algún día él y yo podamos conversar un rato y saludarnos con cariño y desconfianza, incómodos y llenos de curiosidad.

2 comentarios:

Matías B. dijo...

clap clap clap clap
me encantó.

Y que hay del Ramiro residual que quedó tipo poltergeist en el apto 2002? Volverá a ajustar cuentas?

Ramiro Sanchiz dijo...

espero no cruzármelo