Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 22 de mayo de 2010

Julio Herrera y Reissig: un viaje personal

Julio Herrera y Reissig es, junto a Eliot, Rimbaud y Mallarmé, uno de mis poetas más que favoritos, poetas esenciales diría, poetas de cabecera, poetas que jamás abandono y que jamás me abandonan. Últimamente me he visto envuelto en una serie de asuntos relacionados con la obra de Herrera que han logrado –no es difícil- llevarme a releer una vez más casi la totalidad de sus poemas, sintiendo esa cercanía indudable de ciertas palabras al corazón, a algo que podríamos llamar la trama íntima del ser o del yo, el sustrato que, por ahora, no ha cambiado en esas tantas mudanzas de piel o de máscaras que vamos tramando con el tiempo. Como estoy convencido de que toda experiencia de lectura es tan parte de esa selección de acontecimientos que llamamos “nuestra vida” (y que no dejamos de sentir como una extensión de quienes fuimos y quienes somos) como cualquier otro momento “estelar” que uno pueda concebir (primer beso, muerte de un ser querido, instantes de felicidad que luego sabemos efímera pero a la vez brillante, epifanías de los límites personales, ternuras compartidas con la persona amada, pozos de miseria, viajes, momentos-bisagra, la-primera-vez-que-anduve-en-bici-sin-rueditas –y en mi caso implicó caer sobre un rosal, nada menos-, o, citando a Borges, el momento en que se nos reveló “el curioso color del colorado”, etc), sé que mi gradual conocimiento de la poesía y la vida de Julio Herrera y Reissig significó y significa una marca indeleble en mí (bueno, si es que algo lo es, porque se ha dicho que todo está escrito en el agua), y quiero ceder ahora al deseo de contarlo.
Mi abuelo tenía guardada en una biblioteca-vitrina la colección entera o casi entera de los Clásicos orientales, la fea y verde Colección Artigas. De muy pequeño recuerdo haber pasado mis dedos por los lomos de aquellos libros, creyendo que ocultaban algo entre ominoso y terrible. Su verde gastado y la antigüedad evidente lograba convencerme de no tocarlos, aunque aprovechaba los raros momentos en que aquella vitrina se abría (por limpieza, supongo, ya que mi abuelo no era para nada lector) para tratar de recibir alguna emanación psíquica desde sus páginas.
En los primeros años de mi adolescencia, sin embargo, esos encantamientos cedieron y los libros verdes de mi abuelo se convirtieron en algo risible, obsoleto y casi vergonzoso. La vitrina ya no se cerraba con llave (creo recordar que la delicada o precaria cerradura terminó por averiarse), asi que en el momento en que lo desease cualquiera de aquellos tomos podía pasar a mis manos –cosa que nunca sucedía. Estaba mucho más interesado en Asimov, Clarke y Bradbury que en cualquier otra literatura, de modo que aquellos apellidos escritos en negro pizarrón sobre verde camuflaje de la primera guerra mundial no llamaban para nada mi atención. Pero un día, supongo que movido por alguna tarea del liceo –de Idioma Español, cabe pensar, ya que estaría en primero o en segundo-, abrí la vitrina y elegí cuatro o cinco libros para anexarlos a mi biblioteca personal. Fueron Quiroga, por supuesto (de quien había leído alguno de los Cuentos de la selva y los más clásicos, creo recordar que en los horribles tomitos de literatura del diario El país), Florencio Sánchez, Rodó (que hasta la fecha no he leído) y Julio Herrera y Reissig. Ahora bien, ¿por qué habré elegido a Julio? Entonces yo no era un lector de poesía; de hecho, recién la “descubriría” unos años más tarde, cuando fui deslumbrado por las letras y poemas de Jim Morrison, de modo que solo se me ocurre como explicación que algún verso de Herrera habría sido invocado por la profesora de idioma español de turno y la curiosidad –o el deseo de saber todo eso antes que me lo enseñaran- fue lo suficientemente fuerte como para llevarme a raptar aquel libro de lomo un poco más descuidado que el resto y guardarlo sobre estantes dedicados a La trilogía de la fundación o a El vino del estío (que es, junto a Fahrenheit 451, lo único que rescato -por razones estrictamente sentimentales- en estos momentos del viejo Bradbury –y quizá algún cuento de Las doradas manzanas del sol y también “La tercera expedición”, pero poco más). Ahora bien, si lo leí, no lo recuerdo. No creo posible que haya logrado una lectura total, de principio a fin; quizá lo hojee y leí algunos poemas, pero nada más. No lo recuerdo. Es decir, el momento en que se me reveló el primero –cronológicamente- de mis poetas favoritos, está vacío. Existió, pero soy incapaz de evocarlo. No me habrá impresionado, supongo, y, curiosamente, sí recuerdo otras “primeras veces” literarias: la de Borges (con “La casa de Asterión”, también en los libritos de El país), la de Philip Dick (con el volumen de cuentos completos La segunda variedad), la de J.G.Ballard (con el compilado Las voces del tiempo y, inmediatamente después, con El mundo sumergido), pero de Herrera y Reissig, nada.
Nada consciente, al menos. Porque la segunda aproximación de Herrera a mi vida removió, estoy seguro, el recuerdo sepultado de aquella primera lectura. Fue unos seis años después, en 1998. Yo estaba cursando la materia “metodología de la investigación literaria” en la Facultad de Humanidades, que por aquel entonces (y creo que también ahora) estaba a cargo de Roger Mirza. En retrospectiva ese curso fue esencial para mi concepción de la literatura, y especialmente la poesía, ya que fue gracias a un comentario de Mirza que descubrí a Mallarmé (mis lecturas de poesía incluían ante todo mucho surrealismo, con Artaud adelante, y tambíen los poemas deslumbrantes de Rimbaud y el maravilloso Aullido, de Allen Ginsberg), a quien sigo considerando el poeta más genial (me resisto a pensar en Dante y en Shakespeare como “solo” poetas, por decirlo de un modo bastante burdo) que haya vivido bajo el sol –o, en todo caso, Mallarmé es para mí el creador de las joyas poéticas más perfectas que conozco (y si alguien lo duda, lean –en francés, ya que difícilmente esta perfección resista a sus traductores- el soneto que comienza con el verso “a la nue accablante tu”). En alguna de aquellas tardes Mirza aludió a Herrera y Reissig y citó los versos que significaron el golpecito a la primera ficha de dominó o la partícula de nieve que ocasiona el alud: “yo te abomino y te adoro / y de rodillas te escupo”. Se trataba, aclaró Mirza, de la Tertulia lunática, el poema más arduo del poeta más arduo del modernismo. Y yo quedé paralizado. Conocía esos versos. No recordaba nada más de Herrera –bueno, sí tenía una vaga idea de su pertenencia a la generación del 900 o al grupo de poetas agrupados bajo el modernismo junto a Rubén Darío y Leopoldo Lugones-, pero aquellos dos versos yo los había leído en algún momento, estaba seguro. No logré evocar la escena original de esta historia, el momento en que tomé aquel libro de la colección Artigas y pasé página tras página buscando algo que me fascinara; de hecho había olvidado por completo que yo tenía ese libro, y tuve que revisar mi biblioteca de cabo a rabo para dar con el tomo deteriorado de tapas verdes. Alli estaba. Momento Proust. Las páginas amarillentas y pesadas (todavía me sorprende el gramaje del áspero papel que usaron en los 50 y 60 para esa colección) me llevaron a la vieja casa del barrio Lavalleja –o Peñarol, no estoy seguro- en que yo, sentado en un piso que recuerdo de madera, aunque seguro sea un caso de memoria imaginativa, miraba aquella biblioteca-vitrina que guardaba libros de mi abuelo y que había sido cubierta de palabras por mi tío, citando supongo a algún poeta que quería hablar de la vida y la muerte y mandaba al diablo a esta última (lamentablemente no recuerdo la frase completa). Esa noche creo que leí todo el libro, aunque es posible me haya salteado algunos poemas largos. La Tertulia la recorrí completa, por supuesto, y fui fascinado de inmediato por versos como

Ante el augurio lunático
Capciosa, espectral, desnuda
Aterciopelada y muda
Desciende en su tela inerte,
Como una araña de muerte,
La inmensa noche de buda.

o

Ven, Antropófaga y diestra
Escorpiona y Clytemnestra!
Pasa sobre mis arrobos,
Como un huracán de lobos
En una noche siniestra!


Pero también fui deslumbrado –y transportado- por la serie de Las clepsidras y algunos de los sonetos de Los parques abandonados o Los éxtasis de la montaña. Sentí que Herrera y Reissig había invadido mi vida. Empecé a leer y releer la Tertulia, hasta el punto que pronto fui capaz de recitar de memoria (by heart) gran parte del texto. De hecho, recuerdo pasar buena parte de mis trayectos diarios en ómnibus –entre el barrio Atahualpa, donde vivía entonces, y la Facultad de Humanidades- rememorando décima tras décima. Fantasee con la idea de musicalizarla, e imaginé una suerte de rapsodia que abarcase todos los estilos que manejaba entonces, hard rock riffero, psicodelia, metal, trash, industrial, intercalándose con fuertes quiebres que corresponderían a los pasajes entre secciones. También planee una suerte de acto de homenaje en el que convocaría a varios poetas para leer la Tertulia completa, y no mucho después, junto a un gran amigo de aquellas épocas y también poeta (no sé que ha sido de él, pero en 1999 comenzó un poema titulado Graveyard of airships –no recuerdo por qué nos gustaba tanto titular en inglés- que, de haberlo terminado y de haber alcanzado lo que vislumbraba, podría haber cambiado la historia de la poesía uruguaya), iniciado en la religión herreriana un poco a los golpes, visitamos la vieja casa de Julio en la que funcionó su célebre cenáculo “La Torre de los Panoramas”, un cuartucho diminuto con cierta vista de la bahía y, en su momento, cubiertas las paredes por fotos de Mallarmé y Rimbaud y grabados de Gustave Doré para la Comedia de Dante. Irónicamente, allí funcionaba –y creo que “funciona” todavía- la Academia Uruguaya de Letras. Ja.
Con el paso de las semanas ese entusiasmo fue debilitándose, pero si pienso en aquellos meses de 1998 me sorprende su densidad poética, por llamarla de alguna manera. Descubrir a Mallarmé –¡y a Lautréamont!-, releer una y otra vez a Baudelaire, Rimbaud, Valéry, Eliot, Artaud, Breton, Poe, Nerval, Verlaine, Holderlin, Leopardi, Darío, Borges... vivir con versos orbitando alrededor de mi cabeza todo el tiempo (mejor dicho, yo giraba alrededor de sus palabras), entre ellos “the rare and radiant maiden whom the angels name Leonore”, “we cannot think of a time that is oceanless”, “O, l’Omega, rayon violet de Seus Yeux!”, “aboli bibelot d’inanité sonore” (que los traduzca quien pueda y se atreva) y también “como un arcángel incendiando un mundo” o “lóbrega rosa que tu almizcle efluvias”, de Herrera y Reissig. Lamentablemente –o por suerte- he perdido todo lo escrito en esos años 1998-1999; en 2003 tuve un accidente informático que ocasionó el borrado del disco duro en que guardaba toda mi producción desde 1994, más o menos (debo admitir que en su momento, pasado el enojo, me sentí liberado), y allí se fueron todos los poemas de esa etapa y el largo Manifiesto (habíamos inventado una vanguardia "transrealista") que firmé junto a dos amigos poetas, ambos ágrafos ahora hasta donde sé –el de Graveyard vive en Atlanta, USA, y creo que se dedicó a la música, y el otro, quizá el mejor de los tres, recuerdo que entró o quería entrar en el mundo de la política. En esos meses pasé de largos versículos a la Ginsberg (sobrevive de ese momento un poema, titulado “Magnifíca”, que ganó una mención en uno de tantos horribles concursos literarios) a tratar de componer sonetos y largas tiradas de endecasílabos blancos; probé con eneasílabos, decasílabos (cuyo ritmo de himno nacional me resultaba fácil de copiar), rimas asonantes, aliteraciones constantes, poemas en prosa que querían seguir la manera del Rimbaud de Iluminaciones; incluso recuerdo un largo poema sobre un naufragio llevado a décimas herrerianas disimuladas tipográficamente. Todo se convirtió en espuma, porque en realidad no era otra cosa. Creía que debía eludir –excepto por un plan superficial o un par de imágenes- todo posible “contenido” previo y dejar que las palabras surgiesen convocadas por las afinidades que iba invocando el ritmo y las rimas; creía que si me limitaba al máximo exigiéndome pautas rítmicas preestablecidas y rimas en tal o cual sonido (buscaba siempre los más difíciles, siguiendo el ejemplo de Mallarmé con su soneto en “ix”) lograría una suerte de alquimia rimbaudiana que fuera análoga a los procesos de enorme presión y temperatura que convierten al carbón en diamante. Naderías, por supuesto, tropiezos, “cenizas la labor de nuestras manos / y un fuego ardiente nuestra fe”, parafraseando a Borges. Empecé a ser consciente de que no era un poeta; que si poetas eran Mallarmé, Rimbaud, Nerval y Herrera, yo no podía pertenecer a ese grupo. Me dejaba llevar, me “soltaba” en la prosa –como antes me había dejado llevar en los poemas de la época Ginsbergiana-, y en los días y días que trabajaba un par de versos escribía, rindiéndome, cuentos y novelas enteras que ahora también se han perdido. Una de ellas se tituló Las ninfeas, y era una suerte de viaje iniciático por varios universos paralelos que incluían al infierno (en realidad la historieta “descenso” que dibujó Matías Bergara es una suerte de guiño “secreto” a esa novela perdida); otra –creo que no terminé más que su primera parte, que se prolongaba por casi trescientas páginas- era la historia de dos asesinos en serie que creaban arte conceptual con sus víctimas en una suerte de ascesis que los llevaría a la “iluminación”, porque tanta lectura de Rimbaud, Herrera y Mallarmé terminó por acercarme a Eliphas Levi, a Aleister Crowley y toda la parafernalia esotérica. Los cuentos los recuerdo un poco menos; algunos fueron publicados en los libritos del concurso de cuentos A palabra limpia (donde también publicaron Rodolfo Santullo, Jorge Alfonso y Horacio Cavallo), organizado anualmente por la B’nai B’rith; otros se perdieron para siempre y no puedo evocar siquiera sus títulos.
Hacia el año 2000 entendí que esa poesía era un callejón sin salida y la abandoné. Tuvieron que pasar cuatro años para que escribiera otro poema (un homenaje a Mallarmé en verso libre) y luego tres años más para que lo intentara otra vez, en este caso con una serie titulada “retratos”, algunos de ellos subidos al blog y también publicados en Plata Caribe, un compilado de poetas uruguayos y dominicanos; también tuvieron su momento un par de poemas fallidos que surgieron más que nada de títulos o primeros versos (“Zero summer”, también en este blog, es un ejemplo). Pero, de regreso a Herrera, mi interés por el poeta seguía clavado a mi espíritu. En el 2001, por ejemplo, estaba cursando un seminario sobre poesía latinoamericana a cargo de Hugo Achugar y centrado en la historia de la adopción de la modernidad por los escritores latinoamericanos de fin de siglo XIX y principios del XX; mi opción de monografía fue rastrear las influencias esotéricas en algunos poetas modernistas, y llegado el momento me enfoqué en la Tertulia lunática. Suponía entonces que no se había intentado el proyecto de leer la Tertulia metáfora a metáfora, asumiendo que no se trata de un ejercicio de absurdo por el absurdo mismo o de “tomada de pelo” al modernismo, sino que podía entenderse como una suerte de “puesta en palabras” de un estado (alterado) de conciencia imaginado o vivido por Herrera (es decir, no necesariamente dar crédito a la leyenda de que la Tertulia fue escrita durante -o inspirada por- viajes alucinatorios motivados por el uso de hashish y morfina –documentado en el poeta, que la empleaba para tratar una dolencia cardíaca, más allá de la célebre pose con la jeringa para la revista argentina Caras y caretas- pero, a la vez, tampoco desestimar su influencia “real” y a través de lecturas como Los paraísos artificiales, de Baudelaire, o “Mañana de embriaguez”, de Rimbaud), en el que las imágenes de la tradición esotérica jugaban un papel de eje o disparador. Ni a Achugar ni a los compañeros de seminario pareció interesarles la propuesta –creo recordar que algunos fueron hasta hostiles a ella-; de hecho, estaba en un estado muy embrionario, burdo e incompleto, que seguramente fue lo detectado en la clase; bastante enojado (ah, la juventud…) opté por archivarla como proyecto a futuro, después que leyera más crítica sobre el poema y más libros sobre el tema esoterismo, modernismo, modernidad y varios etcéteras. Pero las ideas de aquel proyecto de monografía no desaparecieron; ante todo, seguía pensando que era una metodología válida dar cierto “crédito” a las metáforas como un intento de rastreo (hoy no pienso exactamente eso, porque creo que Herrera sí buscó cierta tensión de significado, cierta “ilegibilidad” del poema) de significados que se eclipsan y bailan bajo la superficie de la Tertulia. Y conversando con el profesor –de Retórica y Poética, asi como también de literatura uruguaya- N.N. Argañaraz, descubrimos que coincidíamos casi del todo en ese camino de lectura de la obra de Herrera. Creo que él terminó escribiendo una suerte de análisis de la Tertulia que tomaba en cuenta mucho de lo trabajado en nuestras conversaciones; en un librito titulado Supersticiones publicó además un ejercicio de crítica-ficción sobre el apoderamiento de las Kabbalah rastreable en el poema “Oblación abracadabra”, de la serie Las clepsidras. Como otros personajes de esta historia, tampoco sé que fue del profesor Argañaraz, un tipo severamente criticado por casi todo el mundo –lo han llamado desde demente hasta mala persona- que parece haberse convertido en una suerte de esperpento de la literatura y la crítica nacionales. Y como todos los esperpentos dice o ha dicho cosas muy interesantes o sugerentes que, por tratarse de quien se trata, nadie llega a escuchar o a tomar en cuenta.
Entre 2002 y 2006 me dediqué ante todo a la música. Debo haber terminado nada más que cinco o seis cuentos, a la vez que trabajaba muy de vez en cuando en una novela basada en las memorias apócrifas de un tal Federico Stahl, también poeta, también deslumbrado por los surrealistas, los simbolistas y los decadentes; de hecho, el plan era hacer de este Stahl el poeta que yo (y mis compañeros poetas de entonces) no pude ser, no llegué a ser, o no habría logrado ser jamás ante todo por falta de talento. Pasados los años de ensayos, composición, grabación y toques, el personaje de Stahl cobró otra vida y terminó, reformulado, por volverse el centro de una serie de planes que incluyeron a mi novela Lineal, a Perséfone y a muchos cuentos y nouvelles, algunos inéditos y otros publicados en revistas por ahí.
Durante estos años Herrera permanecía en mi biblioteca bajo la forma de la edición Archivos, que contiene su poesía completa y una buena selección de prosas. Hacia el 2007, cuando trabajaba en una de las librerías de Shopping en las que, parafraseando a Rimbaud, “se amargaba mi carácter”, leí Tratado de la imbecilidad del país, en la edición de Mazzucchelli, que nos mostró a otro Herrera –bueno, un Herrera que en realidad era visible si se miraba bien-, hiperlúcido, atento a la sociedad y la cultura de la Montevideo del 900. Y hacia fines del 2009 (para apurar un poco esta historia), en un bar de la Ciudad Vieja, conversando con Ercole Lissardi, Amir Hamed y la poeta argentina Gabriela Bejerman, Amir y yo terminamos recitando la Tertulia, que ambos sabemos casi completa de memoria, él otorgándole una entonación milonguera que encaja a las maravillas con el ritmo obsesivo y alucinado de las décimas. En ese momento se reactivó –una vez más- mi fascinación por la obra de Julio; unos meses después llegaría a mis manos La mejor de las fieras humanas, excelente biografía de Herrera escrita por Aldo Mazzucchelli, y en no pasaron mas de dos o tres días hasta que conversara con Martín Fernández –editor de Hum y Estuario- sobre la posibilidad de armar una antología de poemas de Herrera y Reissig, proyecto que cobró vida en estas últimas dos o tres semanas y para la que terminé haciendo la selección, escribiendo un prólogo y una serie de notas. El libro ya entró a la imprenta y se pondrá a la venta –con portada de Matías Bergara- en Junio.
Creo que Borges escribió en alguna parte que existe cierta felicidad en llevar en la memoria esos textos que nos tocan el corazón. En mi caso hay guardados por allí (entre tantos diálogos de películas y series y letras de canciones) versos de Rimbaud, sonetos enteros de Mallarmé (en un francés que apenas comprendo, ayudado por ediciones bilingües y seguramente muy mal pronunciado), versos de La tierra baldía, The love song of Alfred Prufrock y –sobre todo- de Four quartets, de T.S. Eliot, asi como también comienzos y finales de novelas como Neuromancer, Ubik, VALIS, Gravity’s rainbow y Los detectives salvajes, pasajes de cuentos de Borges, Cortázar y Ballard. En ningún caso me esforcé por “aprendérmelos”: simplemente quedaron allí, adheridos como semillas al algodón de un germinador, sin otra explicación que la del amor que siento por sus sonidos, sentidos y significados. En el caso de Herrera sigo conservando la infernal Tertulia, con su noche y su súcubo, y también algunos sonetos y versos aislados; sigue fascinándome su virtuosismo verbal y sus imágenes maravillosas, así como también ese personaje que representó para los habitantes de Tontovideo, los insultos tan perfectos de sus tantas polémicas y aquel “decreto” que proclama la inviolabilidad de su persona poética y su condición de emperador. Creo que la literatura uruguaya se reduce, en última instancia, a un puñado de nombres: Quiroga, Herrera y Reissig, Onetti, Felisberto y Levrero; después, bastante después en algunos casos, Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira, Paco Espínola, Morosoli, Idea Vilariño, José Pedro Díaz y pocos, muy pocos más, a quienes confieso no releer tan seguido. Herrera y Reissig representa para mí, entonces, el poeta más incuestionable de nuestra literatura, a la vez que uno de los grandes artífices de las letras hispanoamericanas.
Hace 100 años y pocos meses moría Herrera y Reissig en su casa empobrecida. Pero sigo, seguimos –seguiremos- leyéndolo.

6 comentarios:

Fernanda Trías dijo...

¡Qué bárbaro! Me encantan estas historias de pasiones literarias. Llegué hasta la mitad porque Firenze me espera fuera de la ventana con un día esplendoroso, pero esta noche leo el resto.
¿Vos tenés alguna idea de por qué en la esquina donde se supone que Dante vio a Beatrice la gente pone candados?

Beso, F

Ramiro Sanchiz dijo...

será por la misma razón por la que los ponen en la fuente esa que está en la esquina de 18 y Yaguarón, me imagino! Gente que se considera unida de por vida...

Pablo Dobrinin dijo...

Me encantó esta entrada! Y me alegro que salga ese libro, por vos, por el propio Herrera, y por los lectores. Un abrazo!

Ramiro Sanchiz dijo...

Gracias Pablo! Te hiciste acreedor a un ejemplar!
Y Fernanda, me corrijo: es en 18 y Yi. Hoy justo pasé por ahi...

ceros y unos dijo...

sé que diré algo sujeto al escarnio público pero si yo escribiese lo que Herrera escribió la gente se reiría de mi por la calle. no le veo mérito. perdón...

Ramiro Sanchiz dijo...

El tema es que no es una cuestión de gustos. Herrera es un grande, y punto. Creo que nadie cuestionaría a Rubén Darío, por ejemplo; y está claro que si Darío es grande, Herrera, por las mismas razones, también lo es.
Eso para empezar.
Segundo: quizá no ves que el tipo de cosas que escribía Herrera están firmemente vinculadas a una época y a un nudo de estéticas. Claro que si vos o yo o cualquiera escribiera sonetos modernistas ahora habrá quien se ría a carcajadas, pero ese no es el punto.
Además, ¿no se ha dicho algo ya -y muy elocuente- sobre los genios y las conjuras de los necios?