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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 11 de junio de 2010

El sótano, de Mario Levrero

Poniendo un poco de orden en mi disco duro encontré esta reseña de El sótano, de Mario Levrero en la edición de Alfaguara (con buenísimas ilustraciones de Hogue), que escribi ya no recuerdo cuándo para La Diaria.



Procesos Levrerianos

Mario Levrero escribió El sótano entre 1966 y 1967, incluyéndolo originalmente en su libro de relatos La máquina de pensar en Gladys. La editorial Alfaguara acaba de reeditarlo, incorporándole ilustraciones de Hogue y una atractiva diagramación y presentación que parecen etiquetar al cuento como literatura para niños o jóvenes.
Sería arduo, y quizá ocioso, discutir si este relato efectivamente pertenece a esa categoría editorial; lo más sensato podría ser pensar que quien lo lea desde La máquina… estará ante un relato más del corpus Levreriano, sin distinción de géneros o edades (tengamos en cuenta que la autoexclusión de ciertos géneros –ciencia ficción, fantasía, policial- es una práctica constante en la obra del autor de La novela luminosa), y, quien pase las páginas de esta bella edición ilustrada, podrá pensar que está leyendo un cuento para chicos… o, al menos, un cuento que es tan “para chicos” como podría serlo Alicia en el pais de las maravillas.
Lo “nuevo” de este libro está en las ilustraciones de Hogue, que combinan sabiamente la ilustración clásica con la edición digital, por momentos logrando efectos dignos de un Dave McKean (por ejemplo en algunas tapas del comic Sandman, con guión de Neil Gaiman, o en las ilustraciones para el segundo libro de La torre oscura, de Stephen King), en una estética que podría ser descrita como dueña de una estilizada ominosidad. De hecho, la parte visual de El sótano podría considerarse un gran ejemplo de empatía entre el dibujante y el escritor: del mismo modo que este relato intercala referencias a la tradición del nonsense o “sinsentido” inglés, al psicoanálisis, a El Castillo, de Kafka, La caza del Snark y la mencionada Alicia, de Lewis Caroll, más el surrealismo “a la Levrero” que, en este caso, se encarna en una serie de reflexiones sobre el azar, juega Hogue a colocar ciertas “irrupciones” (palabra tan Levreriana y un elemento clave de una posible poética de este autor) que apuntan a una recepción alternativa a la propuesta por la editorial, por ejemplo en el caso de la página con el hombre-árbol (que parece remitir a la imaginería de Hyeronimus Bosch), en la que es disimulado –entre otros- un retrato de Sigmund Freud.
Volviendo ahora al texto, una lectura desde el psicoanálisis parece la opción más evidente. Pero también es interesante enfocar la construcción de la trama, llena de pausas, omisiones, exclusiones y desvíos que apuntan contínuamente a lo no dicho, lo no narrado; por ejemplo, en más de una ocasión el narrador detiene su relato de los acontecimientos para decir cosas como “El día en que encontró al abuelo (…) recorría la casa con afán tratando de encontrar un ratón blanco vestido de esquimal; para qué lo quería, es asunto aparte, y me llevaría todo otro libro explicarlo”, apuntando a otra historia posible, excluída. Este proceso llega a su máximo en el final: “Sucede que al salir del aljibe… pero no; esta historia llevaría muchas páginas, tanto tiempo me llevaría escribirla con todos sus detalles que me distraería del asunto del sótano, y envejecería antes de poder retomar el hilo (…) bástenos entonces con saber que pasaron muchos, muchos años”.
Esta salida del aljibe puede pensarse, desde una perspectiva narrativa clásica, como un elemento privilegiado (el último) de una claramente discernible cadena principal o eje del cuento, la narración de cómo logra el niño apoderarse de la llave que abre la puerta del sótano; su interrupción, sin embargo, destruye las expectativas puestas por el lector en el proceso, dejándolo con “otra cosa” en las manos, gesto repetido hacia el final al presentarnos el niño –ya adulto- bajando las últimas escaleras que lo separan del misterio, pero, al poner el punto final del cuento (que vira hacia la primera persona, con Carlitos como narrador) tras “comienzo a bajar la escalera”, omitiendo la esperada (desde el título) revelación.
El procedimiento de omitir los pasos intermedios entre el protagonista y su meta aparece también hacia la mitad del cuento (y se convierte en su marca particular): Carlitos descubre que si quiere averiguar dónde está la llave del sótano deberá preguntarle al jefe de los jardineros; la ubicación de esta persona es conocida únicamente por el jardinero segundo, y la de este por la del tercero, llegando así al jardinero penúltimo, que sólo podrá ser localizado por el último de la serie. Carlitos, que adivina lo engorroso o infinito de la cadena (el penúltimo puede llevar cualquier número), opta por un camino más sencillo, “encontrar directamente al jardinero jefe”. El mismo patrón es aplicable a la totalidad del cuento. Una forma análoga encontraba Borges en El proceso, que incluye un final (K. es asesinado, cumpliéndose la sentencia), pero omite los pasos intermedios, por entender que pueden ser infinitos o que, en rigor, carecen de importancia. El gesto Levreriano aquí es borrar también el final: ofrecerlo como una forma vacía. Y el camino aparece lleno de trampas y digresiones; quizá debimos leer ese otro cuento, excluído, borrado, latente; quizá estemos haciéndolo desde el principio.


2 comentarios:

Fernanda Trías dijo...

¡Hola Ramiro! Empiezo el día con tu blog (medio dormida, ja ja). Todavía no leí El sótano. Se publicaron y reeditaron tantas cosas de Levrero en estos años en que no estuve en Uruguay que no tuve tiempo ni de leerlas. Las ilustraciones sí las recuerdo, muy lindas. Y hablando de ilustraciones, me encantó la tapa de Herrera y Reissig! Lo tengo anotado en mi lista de cosas que quiero leer.

Abrazo,

F

Ramiro Sanchiz dijo...

Matías hizo un excelente trabajo con su Herrera!