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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

domingo, 8 de agosto de 2010

Festival Ñ: retrospectiva

El miércoles, viernes y sábado asistí a varias de las mesas redondas y conferencias del Festival Ñ, en la mayoría de los casos cubriendo los eventos para La Diaria. Como en todos los festivales, congresos o encuentros, a la hora de hacer un balance se vuelve necesario ordenar un poco los distintos niveles a los que suelen funcionar estas ocasiones. En lo estrictamente personal fue una alegría reencontrarme con escritores como Andrés Barba, Antonio Morato y Mercedes Cebrián, a quienes había conocido a fines de junio en Madrid, y con Fernanda Trías, a quien no veía desde el año pasado y con quien compartí hace pocos días las páginas del número 6 de la revista Otro cielo. En cuanto a la posibilidad de participar de un diálogo entre creadores con miradas y conceptos diferentes, no todas las mesas me parecieron igualmente fértiles, aunque rescato especialmente algunas, como pasaré a reseñar. Y si pienso en “descubrimientos”, lo más interesante de estos días fue conocer la obra de Agustín Fernández Mallo, escritor español a quien conocía apenas de oídas y a través de reseñas que leí en Madrid. También hubo momentos en los que… bueno, ya me explayaré al respecto, pero se trata, por supuesto, de esos otros momentos, infaltables por desgracia (o por suerte, es sano indignarse).

Miércoles. Lo mejor del día fue en mi opinión la conferencia de Ricardo Piglia, que se centró básicamente en Witold Gombrowicz, uno de sus escritores-referente, a quien abordó de una manera que prolonga las líneas trazadas por textos como Formas breves y especialmente El último lector. De hecho, la charla de Piglia consistió en un avance de su próximo libro, que trabajará el “modo de leer” propio de los escritores. Quienes hayan leído la obra crítica del autor de Respiración artificial estarán familiarizados con su manera de construir los pormenores del acto de la lectura. Porque existe un “estilo Piglia”, que podría hasta considerarse una herramienta más al uso (en cuyo empleo él es el más virtuoso, por ejemplo, pero que también permite que se la aproveche desde otros ángulos) y que, hasta donde yo sé, todavía no ha dado muestras de anquilosamiento. Es decir, Piglia todavía no se convirtió en una máquina de decir piglieces, por suerte. Sus lecturas muchas veces no parecen otra cosa que ficciones, construcciones personales de los escritores a los que se refiere, permitiéndonos hablar del “Arlt de Piglia” o del “Gombrowicz de Piglia” en oposición a unos hipotéticos Arlt y Gombrowicz “reales”. Y entonces recordamos que esas últimas comillas están ahí por algo, y que no existe Arlt sino en cuanto un sistema de lectura (y Piglia es uno de los pocos contemporáneos capaces de afirmar que poseen uno propio) lo dice, lo elabora. Es decir, no existe Arlt –o Gombrowicz, o Borges, o incluso Ricardo Piglia– más que como una ficción.
Refiriéndose a Gombrowicz, Piglia se refirió ante todo a su manera de comprender la literatura como un acto creador del receptor o lector. Un libro es un clásico –y en esto Piglia se apoyó también en Borges– porque lo leemos como tal, con previa reverencia. Trasladando este concepto a los géneros, podemos pensar que una novela es policial si se la lee como policial o desde la construcción ideal del “género policial”. Es posible convertir esto en una pseudotautología, algo al estilo de “policial es lo que escriben los autores de policiales”, pero también es verdad que es la única manera coherente de dar definiciones. Y yo pensaba, mientras hablaba Piglia, en la ciencia ficción. ¿Cómo definirla? Como los “conceptos abiertos” de los que habla la filosofía analítica, dar una definición “completa” es imposible, ya que siempre podremos pensar en un texto que no es contemplado por la definición y que, sin embargo, queremos incluir en el conjunto que hemos tratado de definir. Por lo tanto sólo nos queda decir que ciencia ficción es aquello que leemos como o desde la ciencia ficción (o que CF es lo que escriben los autores de CF, editan los editores de CF y leen los lectores de CF), y cuando esta lectura fracasa (es decir, cuando el lector tira por la ventana el libro y dice “¡me estafaron!”, lo único que hace es excluirla de sus expectativas y, por lo tanto, dejando de funcionar en ese momento ese diálogo entre libro y lector que podría haber establecido la categoría de “novela de ciencia ficción”. Pero, por supuesto, el mismo libro tomado por otro lector con expectativas diferentes, sí será CF, o quizá fantasía, o “literatura fantástica”.
Piglia leyó gran parte de su conferencia, deteniéndose para hacer comentarios y contar anécdotas (las mínimas necesarias para hacerlo más interesante y no convertirlo en una China Zorilla de la crítica literaria, por suerte), entre ellas dos especialmente graciosas:
Parece que Gombrowicz tenía una suerte de cruzada personal contra la “efusividad” latinoamericana y/o porteña, hasta el punto que cuando el supertímido poeta Mastronardi se le acercaba al bar donde se encontraban todas las tardes y lo saludaba, con máxima contención, diciéndole “Buenas tardes, Gombrowicz”, el aludido respondía “¡Calma, Mastronardi!”, frase que se convirtió en una consigna de una generación de seguidores del polaco, entre ellos el mismo Piglia.
La otra: cuando por fin Gombrowicz reunió los medios necesarios para regresar a Europa después de demasiados años en Buenos Aires, al subirse al barco le gritó a su grupito de discípulos su último consejo: “¡maten a Borges!”.

También el miércoles asistí a la mesa con Álvaro Brechner y Vicente Molina Foix, que trabajaron el tema de la adaptación al cine de cuentos y novelas. No estuvo mal, pero por momentos sentí que tocaban o bien lugares comunes o perogrulladas; en cualquier caso, el interés se mantuvo en la medida en que los dos directores (y Molina Foix también es novelista) hablaron desde su experiencia personal. Lo mejor, en ese sentido, fue la serie de anécdotas que contó Molina Foix sobre el director de cine bizarro Jess Franco, que llegó a filmar dos películas a la vez apelando al siguiente truco: hacia que los actores representaran las escenas previstas por el guión y luego les pedía que improvisaran según una propuesta diferente. Del material de esas improvisaciones editaba una película, y de lo guionado otra. Brillante.

Ese día hablaron también Burel y Campodónico, pero llegué tarde, así que apenas pude pescar algunas referencias al tema de la mesa, las relaciones entre ficción y realidad. Se refirieron a Truman Capote, al nuevo periodismo y a algunas “libertades” que puede tomarse el narrador en relación a la historia. No puedo hablar por toda la charla, pero lo que vi no fue ni brillante ni estúpido.

Y por último otro gran momento del día. Felipe Polleri habló del mal, de la delincuencia y de sus personajes. O del mal y la delincuencia en sus personajes, o sencillamente de sus personajes, voces largamente reprimidas que encuentran su camino hacia la literatura (como en las nouvelles que componen El dios negro y que estoy leyendo justo estos días). Lo curioso es que mi primer contacto con Polleri, a quien considero uno de los tres o cuatro escritores más atendibles de la nueva literatura uruguaya o específicamente del grupo que empezó a trabajar a fines de los 80 y a lo largo de la década de 1990 (junto a Lissardi y Rehermann), fue a través de la ficción, específicamente de La novela luminosa, en la que Polleri aparece varias veces llevándole libros a Levrero; y libros que están entre mis favoritos (Junkie, VALIS).

Viernes. Comencé el día entrevistando a Agustín Fernández Mallo. La semana anterior Gabriel Lagos me había pasado sus libros Nocilla lab y Nocilla experience, para que los leyera y viera si me interesaba cubrir su mesa redonda. Como dije más arriba, mi primer contacto con los libros de Fernández Mallo y con la “generación Nocilla” (que él prefiere llamar “generación mutante” o “nueva narrativa española”) había sido en Madrid, especialmente a través de los comentarios de muchos escritores que no tenían una buena opinión de la Trilogía nocilla (los dos libros que nombré más Nocilla dream, que no llegó a Uruguay). Incluso había encontrado una reseña de Patricio Pron acerca de estoslos libros de la trilogía, en la que los leía desde la pretensión de novedad del grupo para mostrar de inmediato que tal novedad no existía, pues los mecanismos más visibles en los libros (y Pron enumera: ausencia de linealidad y fragmentarismo, interés por las ciencias naturales, cita apócrifa, intertextualidad, reescritura paródica y apropiación de elementos de la cultura pop) han sido, claramente, empleados por muchos escritores a lo largo del siglo XX y antes. Pero cuando leí la Trilogía no sentí que se intentara “ejercer” un llamado de atención en cuanto a la “novedad” de los procedimientos; de hecho, la demarcación que traza Pron –un excelente narrador, por otra parte, a quien conocí en Madrid– adolece de algunas fallas evidentes (por ejemplo en relación a la “apropiación de las ciencias naturales”, que compara a la “ciencia ficción dura” citando una novela de Clarke que, extrañamente, no es la más representativa ni de su autor ni del subgénero que practicaba, en un error evidente ya que lo practicado por Fernández Mallo es una apoderación del lenguaje científico a la hora de crear metáforas y no de explicar o justificar determinados artefactos o acontecimientos -y en ese sentido hubiese sido más eficiente citar al Ballard de Crash, por ejemplo) y funciona con el viejo procedimiento de crear una caricatura de aquello a que queremos criticar para luego demolerla, sin darnos cuenta (o haciéndonos los tontos, lo cual supongo que se aplica al caso de Pron, que –puedo dar fe– no es ningún tonto) que lo que estamos demoliendo no es otra cosa que esos rasgos caricaturescos que inventamos, a veces a partir de una mala lectura.
Pero volviendo a Fernández Mallo, en cierto modo lo que operó fue un acercamiento por afinidad. Al leer la Trilogía encontré tantas de mis obsesiones que no me resultó difícil pensar que yo muy bien podría haber abordado la escritura de una novela similar. Luego esta sensación se debilitó, como siempre sucede, pero no la sintonía que percibí en relación a la escritura de Fernández Mallo. Al entrevistarlo –y, por la noche, al compartir unas cervezas– tuve la oportunidad de encontrar más puntos de contacto, especialmente uno de mis más grandes amores: la música de los Beatles. Otro ejemplo casi trivial: Nocilla lab termina con un comic, igual que mi Perséfone, y puesto allí para cumplir una función muy similar, que no continúa “literalmente” la trama sino que retoma algunas facetas de su “universo”.
(Aclaro, por las dudas, que no estoy pensando en "importar" la generación Nocilla a Montevideo, ni mucho menos, sólo señalando lo que experimenté como coincidencias entre cosas que he hecho o que quiero hacer y mi lectura personal –otros harán otras, no me cabe la menor duda– de las novelas de Fernández Mallo.)

Después de la entrevista casi corrí al Centro Cultural de España para no perderme la mesa redonda sobre blogs, en la que participaban Fernanda Trías, Laura Alonso y Juan Pablo Meneses, con la presentación de Gabriela Onetto, a quien no conocía personalmente y me alegró transferir del mundo virtual a ese que llaman real. Llegué tarde, no tan tarde como para perderme de lo más importante, pero sí como para apreciar el desarrollo de los temas. Era una mesa difícil. El “asunto” de los blogs dista mucho de estar formulado con precisión, y por lo tanto se presta para la repetición de lugares comunes. Fernanda dijo algo que siempre pensé: que los cuentos no funcionan en los blogs porque la lectura que nos impone el formato no se permite extenderse tanto en el tiempo; Laura Alonso sugirió que un punto clave era la posibilidad que ofrece el formato blog de por ejemplo incorporar (o citar) una canción en lugar de aludirla, elaborando si se quiere una red hipertextual “multimedia”. Así, el blog no se trata sólo de las “palabras” de su autor sino del universo que convoca nucleando música, imagen, cine, otros blogs, etcétera. Era un tema interesante, pero supongo que en una hora no se puede hacer mucho más que empezar a limpiar el campo.

Siguió el encuentro entre Washington Cucurto, Juan Carlos Reche y Alberto Anaut, los tres editores (de Eloísa Cartonera, HUM y La Fábrica, editorial ante todo de libros de fotografía que publica la revista Ñ y concibió el Festival). Cucurto dio en el blanco con construcciones especialmente felices como “un libro tiene que ser una buena noticia”, criticando los caminos tradicionales de generación y difusión de los libros. Por momentos, sentí, la mesa se convirtió en tres monólogos casi impermeables.

La última mesa redonda a la que asistí ese día fue la que puso a conversar a Edmundo Paz Soldán con Agustín Fernández Mallo. Hablaron de sus experiencias en relación a los grupos de los que formaron o forman parte, Fernández Mallo de la “generación Nocilla” y Paz Soldan de la generación Mc Ondo. Fue interesante en términos de relato, pero no hubo mayor diálogo ni debate, quizá porque la moderadora (Alicia Migdal) no percibió del todo de qué iba la cosa. En un momento, incluso, divagó sobre Cortázar (que no le gusta, dejó claro aunque supongo que a nadie le importaba) sin darse cuenta de que el escritor argentino aparece como personaje-fantasma en Nocilla experience y que sin duda podría haberse indagado un poco por qué o cómo o para qué. También desperdició la oportunidad de referirse a El delirio de Turing, una de las novelas de Paz Soldán, en relación al uso de la lógica y la matemática en la trilogía Nocilla. En fin, no sería la primera vez que por culpa de la distracción del moderador no se le puede “sacar el jugo” a los participantes de una mesa.

Por último, el mejor momento del Festival en su conjunto: la conferencia de Fogwill. Desde una postura radicalmente opuesta a la de Piglia (donde este último se presentó como la figura respetable y prestigiosa del “erudito” o del “profesor”, el primero jugó a ser un bufón, un destructor de solemnidades y certezas) el autor de Los pichiciegos desplegó una verdadera performance en la que se permitió decir cosas como “¿y ustedes le creen a Mujica que estuvo en la cárcel?”. Reclamando que lo interrumpiéramos, que le hiciéramos preguntas en todo momento y que incluso mantuviéramos los celulares encendidos para molestar, dejó caer inspiraciones brillantes (como al negar tajantemente que una narración se sostenga por la sucesión lógica de los acontecimientos, cosa que queda más que clara para cualquiera que haya leído más o menos de cerca a Proust) y boutades-dentro-de-boutades, como testeando la paciencia al público, que esperaba quizá que le hablaran con seriedad de quién sabe qué cosa. Es decir, Fogwill destruyó la noción de “conferencia”: no importaba que él creyera en lo que decía (eso se verá, se buscará en sus libros), que fuera su “opinión”; en lugar de prestar atención a lo dicho Fogwill nos forzó a mirar el contexto (Festival Ñ, venido de España, en uno de los puntos más “céntricos” del ambiente cultural Montevideano, respaldado por instituciones como la Casa de Escritores y toda la solemnidad que un nombre así invoca, autor argentino de relieve, quizá el mejor de su generación –al menos junto al incomparable César Aira), a usar su conferencia del mismo modo que Duchamp pedía que se usaran sus objetos encontrados por ahí, aplicándoles el rótulo de “arte” porque se contemplan en un museo. Una conferencia conceptual, en todo caso, una anulación del sentido desde el lugar desde el que sólo se espera sentido. Hacía tiempo (bueno, lo hubiese hecho al final de Inception, pero no me gusta hacer ese ruido en el cine) que no aplaudía tanto y con tantas ganas.
Momento especial de la conferencia de Fogwill: los españoles Andrés Barba y Agustín Fernández Mallo parándose y retirándose, como ofendidos. Toda la lógica del mundo: tenían que irse porque ellos representaban, de alguna manera, a la institución que había “apostado” a una “conferencia” de Fogwill y que les había pagado pasajes de avión y cuartos de hotel, y que los había uncido con el aura de “estrella invitada”. Pero, claramente, el que se iba perdía, como también el que preguntaba o el que interrumpía. Conclusión: Fogwill gana siempre.
Claro, se puede pensar “este tipo es un caracagada” o “a mí que no me rompa las bolas con ese personaje de mierda”, pero, a la vez, está claro que él tiene con qué respaldar toda la parafernalia irritante. Para usar la analogía del Truco: uno puede hacerse el listo y cantar ¡truco! todas las veces que quiera, pero tarde o temprano (generalmente más temprano que tarde) habrá que mostrar las cartas o bancarse que el adversario retruque. Y Fogwill tiene una mano excelente, quizá la mejor de la región, por decirlo de un modo simple. Si alguien lo duda, es fácil: allí está su Cuentos completos. Se abre en la página 235 y se lee “Help a él”.

Sábado. Nada, vi una sola mesa, con Mercedes Cebrián, Teresa Porzecanski y Alicia Torres como moderadora. O sea: nada. Lo lamento por Mercedes, que es una buena escritora y una excelente persona, pero estar en esa mesa debió ser un infierno. Alicia Torres hizo, a su modo, lo posible, errándole o acertando como se puede esperar de cualquier persona convocada a esa no tan grata tarea, pero la mayor estupidez del festival (y la cuento después de la mayor genialidad, o sea la de la charla de Fogwill), sin lugar a dudas (bueno, me perdí de algunas mesas y quizá hubo en ellas algo peor, aunque lo dudo mucho –tendría que haberme quedado a la de Rosencof y Delgado Aparaín: ahí quizá encontraba con qué matizar lo que estoy diciendo ahora) fue TODO lo que dijo la señora Porzecanski. Hablando de lo cotidiano en la literatura (la propuesta era, creo, presentar a lo cotidiano como el “combustible” de la ficción), dijo que odiaba los celulares porque suenan todo el tiempo y la distraen de cosas importantes como “buscarse a uno mismo mirando el mar”, que la tecnología no había influido nunca sobre la realidad, que los jóvenes carecen de instrospección, que la “realidad virtual” (y dio a Facebook como ejemplo) es en esencia “lo mismo” que el “mundo real”. Increíble. ¿Dónde estuvo esta mujer los últimos siglos? ¿Jugando a los tres monitos? Apelar de esa manera al humanismo más estúpido y simple imaginable (ah, la contemplación del mar…), más cliché, para decir que básicamente ni se piensa en la tecnología o en los cambios en la sociedad o, en una palabra, en el presente, es una muestra tremenda de idiocia, en el sentido etimológico del término; es admitir que no se piensa ni se quiere pensar; es admitir que no se quiere lidiar con los cambios o con lo nuevo ni siquiera para pensar si hay algo nuevo o si tiene razón el Eclesiastés o, aceptando habiendo novedad, de qué manera podemos pensarla, construirla, vivirla, etc.
El viernes 13 leo mis cuentos en el ciclo Boliches en Agosto, junto al amigo Pedro Peña y a, justamente, esta señora Porcekanski. Qué lástima; a Pedro y a mí podría habernos tocado mejor compañía. Igual voy a aprovechar la ocasión para tirarle por la cabeza a Teresa un libro de William Gibson o quizá de J.G. Ballard. Presiento en que tras impactar su frente impenetrable rebotarán de un modo delicioso.

11 comentarios:

Dragon Comics dijo...

Luego de leer el post voy a ir a contemplar el mar, pero seguiré el consejo de la señora y antes apagaré el celular.

PD: en dónde vas a leer el 13?


Saludos!
Roy

Ramiro Sanchiz dijo...

Roy, leo en el Bar Iberia, Uruguay y Florida. Es el viernes a partir de 20. Te mando la invitación por facebook, por supuesto que me encantaría que vos y Bea fueran

Telemías dijo...

Che ...Ramiro... mirá que ya avisé que el 13 no puedo ir a lo de boliches en agosto... (te explico por interno)... así que te dejo solo con Teresa... Dios te ampare!!!

Ramiro Sanchiz dijo...

Pedro, qué mala noticia. Bueno, sera un mano a mano con la Porc

Anónimo dijo...

Que lindo, por ahí sale una hermosa amistad...

Ramiro Sanchiz dijo...

Entre ella y Gibson?

emiliano martínez dijo...

ramiro estimado.
tiempo sin encontrarte.
pasé por acá. estamos en contacto.

Ramiro Sanchiz dijo...

Emiliano, cómo estás? que bueno verte por acá

Telemías dijo...

¿Qué habrá pasado el viernes? Espero post al respecto...

emiliano martínez dijo...

lo mismo digo ramiro.
bueno sabés cómo es esto, vi luz y entré...

Sandra Gutiérrez Alvez (Seda) dijo...

Bueno, tarde comento, porque tarde te leí. Fui al eñe y coincido casi en un 100% con tus apreciaciones, y digo casi porque-por suerte- me perdí el sábado, sino sería el 100%.
sabes que hay mucha gente que cree que la virtualidad es lo mismo que lo real, creo que es gente no solo no asume, sino que ni siquiera imagina, no usa esa otra parte que todos poseemos: creativa, ilusoria, intangible... creo que son carne con algo de cerebro, y no lo digo por el caso específico que mencionás, lo digo en general. bueno, son opiniones, yo que sé...
El asunto que escuchamos a Fogwil, que dijo todo lo que tenía que decir y a su buena forma antes de retirarse a sus nuevos aposentos...
Ha sido un gusto leerte.