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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

lunes, 30 de agosto de 2010

La ventanita

Era una de esas tardes en que miraba a Jon y Rex y deseaba con todas mis fuerzas (mientras trataba de concentrarme en la lectura) que fueran nada más que amigos imaginarios o personajes que creaba para una serie de cuentos y novelas, basados un poco en mí, un poco en otras personas que habían retrocedido hacia el pasado difuso y que ahora era válido, también, como en una trampa o uno de esos laberintos conceptuales anudados sobre sí mismos de los que hablaba Philip K. Dick en la época en que escribía su Exégesis, dudar si eran reales o si sólo habían existido en mi imaginación, si los recuerdos visuales que tenía –que tengo, como también de Jon y de Rex– eran también reales, verdaderos, confiables o si, como me pasa con muchas caras de mi infancia más remota, no hacía más que recordar fotografías. Estaban en un rincón del bar, tratando de abrir del todo una ventanita (no más de 30 por 30, la pija de Mandingo al cuadrado, decía Jon) que desde tiempos inmemoriales apenas cedía hasta la mitad; querían mirar hacia afuera, más que dejar que entre la luz; querían dejar que algo saliera y se mezclase con el entorno desértico o vaciado de las afueras de Punta de Piedra, con el sobreverano de sus vidas, el aborto de gira, las grandes masas de barro formadas ante –y entre– todos por un río que venía desde nortes selváticos y prehistóricos, de esos con civilizaciones perdidas y reliquias de la Atlántida escondidas en el tronco ahuecado de enormes baobabs o sus equivalentes americanos no-principitescos.
Y me tenían podrido. Los miré y pensé en dos ratones royendo una figura de madera, ya irreconocible, quizá una Venus neolítica o una réplica a escala de Sarah Baartman o Cherokee D’ass, posiblemente reducida por los años de manipulación desde el tamaño original, una muñeca de cera de tamaño humano robada del depósito de Madame Thussauds sección esteatopigia, sección khoisan. ¿Por qué no decidían volver a Montevideo? ¿Por qué no me dejaban en paz? Me acerqué a la barra, cayendo en que eran apenas las cinco de la tarde y que era verdad que no podía ser la mejor hora para empedarse, que Joyce tenía razón cuando pensaba que había que empezar a tomar sólo después de la puesta de sol, pero, como tampoco hice caso jamás al dictamen hendrixiano sobre no mezclar bebidas, le pedí a Antonio un vaso de vodka con limonada “lo más ácido posible”. A history of representations, añadí agradeciéndole, y el no dijo nada.
Jon, al verme volver a mi mesa con el vaso, levantó el suyo poniendo cara de quiero-recuperar-hermano-nuestra-vieja-amistad. Rex siguió royendo, ahora con el doble de cara de ratón, y siguió moviendo la ventanita, como si quisiera hacernos creer que no se daba cuenta de que no iba a tener éxito jamás.
Jon se levantó y avanzó en dirección a mi mesa. Cerré Gravity’s rainbow doblándole una esquinita a la página 42 (“most times they’re too paranoid to risk a fire”) y lo miré, tratando de sonreír.
Entonces alguien entró al bar. Saludó al barman y luego a mí. Salvado, pensé. Jon se dio cuenta de quién era y volvió a la mesa de Rex, como si pensara que era de uso en estos casos dejarnos un rato a solas; el recién llegado, otro Federico Stahl, se sentó en la silla vacante de mi mesa.
Por un momento me pareció que valía la pena preguntarle a Antonio (aunque quizá estaba asumiendo demasiado) cómo demonios hacía para distinguirlos a todos, para saber de inmediato cuál era su mundo de origen o si era la primera vez que se aparecían en el bar –bueno, eso era fácil, bastaba con mirar la cara de idiota que ponemos, siempre.
–El arcoíris de la gravedad –dijo– leído por más de la mitad de los Stahls que conozco. A las entidades que aparecen entre un 51 y un 75 porciento las llamo inventualidades; a las que van entre el 26 y el 50, exventualidades.
Levanté mi vaso.
–Brindo por un Stahl superior. A mí jamás se me habría ocurrido llevar tantos cálculos. ¿Así que Pynchon es una inventualidad? ¿Y cómo llamás a las cosas que van entre el 1 y el 25 o entre el 76 y el 99? ¿Y el 100? ¿Y el cero?
–Cero, por ahora nada. Es una aporía de la teoría base de realidades alternativas. Entre el 1 y el 25 son accidentalidades; entre el 76 y el 99, esencialidades. Tengo un gráfico; las esencialidades tienden a puntos de divergencia más recientes. Por ejemplo, ya que estás acá con un Rex y un Jon, asumo que tocás con ellos; eso vuelve a nuestro punto de divergencia anterior al 2002, momento en que vos los conociste si tu historia es parecida a la de otros Stahl.
Aplaudí. Jon y Rex, que estaban escuchando todo, nos miraban. La ventanita seguía semicerrada, asi que si algo salía del bar, debía hacerlo de a poco y en fila india.
–No quiero sonar sarcástico, pero a lo mejor es inevitable. Lo tuyo es realmente asombroso.
Le señalé algo a sus espaldas. Se dio vuelta y pegó un respingo, sobresaltado.
Rex se había aparecido (podía moverse como Batman, a veces, saltando de un punto a otro sin pasajes transitorios) ante la mesa, rígido como una tabla de surf o el cuerpo momificado de un tiburón apoyado en las aletas posteriores.
–¿Y al 100 porciento cómo lo llamás?
–Lo llamo todavía no. Como está previsto por la teoría general de los mundos paralelos.
–No entendí nada –Rex seguía parado, en silencio–, pero no importa: ya me lo vas a explicar, como en esos cuentos viejos de ciencia ficción, con científico loco y todo.
Bebí un trago largo del vodka. Jon acercó una silla y se sentó para mirarnos desde atrás de Rex.
–¿Estás escribiendo? –me preguntó el otro Federico.
La pregunta me tomó por sorpresa.
El tipo de cosas que me hacen caer las defensas. Todavía hoy, y más entonces.
–¿Por qué lo preguntás?
–De todos los Stahl que incluyen la inventualidad de haber dejado de escribir posteriormente a 2002, la mayoría están recuperando la escritura ahora. Se forma otra inventualidad; una inventualidad dentro de una inventualidad. Todavía no encontré nombre para eso, pero está pasando. Las fechas más tempranas que registré son del año pasado. Quería venir antes, pero no pude. A registrar. Quería venir al día siguiente de la Noche de los Bichos, que es una esencialidad.
Sonrió.
–Sé lo que estás pensando; que si hay infinitos Stahls, la fracción de los que viven en un mundo reconocible y en un mundo reconocible que incluye a Punta de Piedra, y en un mundo reconocible que incluye acceso infantil a Punta de Piedra, debería tender a cero. Sin embargo no es así. La ley de los números grandes colapsa.
–¿Esa es tu tesis? ¿Que investigando tantos Stahls descubrís que hay algo esencialmente equivocado en la estadística y el cálculo de probablidades?
–Esa es la principal. Es casi un axioma. Es un axioma, claro. De hecho no es una proposición falsable, pero aun así es lo único que tengo. No es la ley más importante, de todas formas.
–¿Y esa cuál es?
La voz de Rex me dio un escalofrío.
El otro Federico lo miró.
–Que la entropía es ineludible. Pensá en esto –se volvió hacia mí–; dada la existencia de lugares como este, en el que las realidades alternativas confluyen, en el que vos te podés encontrar con otro yo de otro universo y debatir dónde divergen sus historias y qué pasa antes y qué pasa después y todo eso… –hizo una pausa, como si quisiese guardar la compostura– entonces se debe producir una contaminación. Los universos no son sistemas cerrados si hay lugares como este; las realidades no lo son; las historias no lo son. Se filtra información. Vos y yo conocemos realidades diversas: detalles. Ucronías serían si las escribieras. Pero, más allá, se filtra información de tu historia, de mí historia. Después del punto de divergencia hay una gran evolución y luego surge otro punto: el de encuentro. Cuando otro Stahl aparece en tu vida. Aquí. La información intercambiada, porque es inevitable intercambiarla, desvía tu vida. Genera otro punto de divergencia. Imaginá tu presente si no hubieses descubierto que en este bar de Punta de Piedra confluyen las realidades… si no hubieses venido cuando viniste, en las circunstancias en que viniste a Punta de Piedra y, más aún, al bar…
–Estoy escribiendo, sí –le dije–; cuando venía para acá, antes del toque, antes de que se fuera Perséfone. Un cuento. “Caminos”.
–¿Y desde entonces?
Miré a Jon y a Rex.
–Desde entonces he tomado notas; en algún momento me pondré a escribir… Lo que pasa es que…
Jon me interrumpió.
–¿Y qué tiene que ver lo de la contaminación con la entropía?
–Es sencillo –le dijo el otro Stahl–: al final todo converge. Todos los destinos serán el mismo. Todos los Stahl harán las mismas cosas, repetirán las mismas pautas; y como los Stahl también los Rex y los Jon, y más y más personas. Dado el tiempo necesario todos los universos serán uno y el mismo. Ahí se dará el 100% de coincidencia.
Guardé silencio. Jon trataba de entender; Rex asentía.
Había mil objeciones, pero no quise hacerlas.
–Es un concepto fascinante –dije.
–Como el Naglfar, el barco hecho con las uñas de los muertos, que los nórdicos creían que aparecería al final de los tiempos. Uno puede retrasarlo arrancándole las uñas a su hermano muerto, pero tarde o temprano llegará. Tiene que llegar. De hecho ya está allí; quizá como una semilla, un Stahl 100% que esté ahí, que un día venga y nos salude, y sea el núcleo de una asemejanza… perdón por la palabra… de una asemejación más fuerte, de una…
Se detuvo.
–¿Y para retrasarlo qué harías? –preguntó Rex, sonriendo una vez más, sonriendo como el gato de Cheshire, por primera vez desde la partida de Perséfone o desde la noche de los bichos, sonriendo como sonreía antes– ¿Matarías uno por uno a los Stahl que se encontraron acá? ¿Destruirías uno por uno los puntos de confluencia que van surgiendo?
Yo también sonreí. Rex ya había inventado un término, puntos de confluencia. Era bastante lógico, después de todo; si hay puntos de divergencia debe haberlos de confluencia.
–Algún Stahl debe estar haciéndolo, u otra persona. Pero yo no; yo investigo. Tomo datos, recopilo información. Conozco al menos dos Stahl investigándolo también, pero ellos lo hacen para escribir cuentos y novelas, o harán una novela con todos los datos, una guía de universos también contada como una ficción; lo mío es un propósito más científico.
–Yo empecé a escribir a los ocho años –dije–; a los doce descubrí que podía escribir ciencia ficción; a los diecisiete dejé de lado toda pretensión de hacer una carrera científica; a los veinte dejé de lado toda pretensión de hacer una carrera académica. Ahí me convertí en escritor, en nada más que escritor. Y a los dos años dejé de escribir; hasta ahora. ¿Dónde divergen nuestras historias?
El otro Stahl me miró.
–Hace mucho.
–¿Y si fuera yo el Stahl que va a matar a los que transmiten la información? ¿A los que hacen como vos hacés, llevar las actas de la entropía? Te puedo matar ya y ahora mismo.
Jon dudó por un momento; sé que Jon dudó por un momento.
El otro Stahl me palmeó un hombro.
–Vos no. Otros quizá, pero vos no. Y espero que no lo encontremos jamás.
Asentí y terminé el vodka.
–Dale, Rex, dale. Preguntale todo lo que quieras…
Me levanté y le dejé mi lugar.
–Yo vengo en un rato; es demasiado temprano para tomar tanto; voy a esperar que se ponga el sol y vuelvo.
Me dijeron algo, pero no escuché o fingí que no escuchaba y ahora lo he olvidado. Le dejé un billete de cien sobre la barra a Antonio y salí del bar. La luz rebotaba sobre la arena y se escalonaba en los primeros metro o metro y medio del aire bajo el cielo. Punta de Piedra me pareció un espejismo lejano, como los que veía en la carretera desde el auto de mi abuelo, grandes charcos de agua que luego no estaban allí. Lejanos como el Ragnarok o la parusía o el regreso a casa de Wakefield. Miré el bar. Lo sentí sólido, de roca inamovible. Quién lo habrá construido, me pregunté, y por qué. Y cuándo. Y cómo. Nunca lo había examinado de verdad; jamás me había hecho esas preguntas. Lo rodee. Despacio. Los carteles de viejos mundiales de futbol de otras realidades (México 1970, Grecia 1990), los posters de películas imposibles (Dune, de Alejandro Jodorowsky, Napoleón, de Stanley Kubrick), las firmas de tantos otros. Y llegué a la ventanita y miré hacia adentro. Toqué la madera de la persiana. Desde afuera tampoco era posible abrirla, pero si me acercaba lo suficiente vería hacia adentro. Había una trampa de luz, claro, y todo parecía demasiado oscuro para distinguir las formas, para saber de dónde era aquel Rex o aquel Jon, o si ese era otro Stahl o si era yo, o si todos eran reales como yo era real (pero más aún: como las paredes del bar eran reales), o si eran parte de esos cuentos, cuentos míos, cuentos de otros Stahl. Y entonces me di cuenta que Rex seguía de pie, pese a que le había dejado mi lugar, y que el otro Stahl le hablaba, le hablaba supuse que con paciencia, contándole qué hacían otros Rex y otros Jon, contándole quién sabe qué cosas, todas las mentiras o algunas verdades, haciéndole un cuento, haciéndole una novela, y que Rex estaba creyéndole, como yo podía creer que todo era mentira, que no eran otra cosa que amigos invisibles o personajes que me había inventado, que tenía que inventarme.
Quizá la ventana no podía abrirse pero sí podía cerrarse. Hice un poco de fuerza y la corrí, con un crac, con una astilla que se me clavó en la mano. Una, dos gotitas de sangre. Las expuse al sol para que se evaporaran como tantos otros espejismos.


29-08-2010

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