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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Gustavo Escanlar (1962-2010)

Lo llamábamos Spud porque se parecía al personaje de Trainspotting. Esto fue hace unos 6 años, cuando tenía mi banda de rock alternativo y frecuentaba el ambiente under; Spud se aparecía en todas partes con cara de ausente y solía ponerse bastante peleador tarde o temprano. Después dejé de verlo, y todavía más tarde la banda naufragó y ya no me aparecí por aquellos lugares. Ayer, en la última de las Jornadas Beatnik, volví a verlo. Estaba desmejorado, más ausente. Miraba quizá hacia un universo paralelo, sonreía y mecía la cabeza. Y seguía igual de peleador. Llevaba un montón de cartones y papeles que miraba y acariciaba, manteniéndolos en alto; alguien me dijo que sus padres -o quién sabe qué familia o allegados pueda tener- habían decidido que internarlo era más caro que dejarlo vagar por la Ciudad Vieja en plan loco inofensivo. No me pareció una buena explicación, así que no la creí, pero para ese momento me pareció que sacaban a Spud del Café, a eso de las doce, y ya no lo volví a ver. Entonces recordé que pocos minutos atrás Amir Hamed había proyectado su tributo a Gustavo Escanlar, en el que el fallecido periodista y escritor hablaba de su escasa filiación con los beatniks (dijo preferir la literatura de Easton Ellis a la de Ginsberg, lo cual, me parece, es tambíen un gesto generacional) pero, a la vez, citaba Howl, el impresionante poemazo de Allen Ginsberg: yo vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, recordó. Y entonces pensé en Spud. Yo no sé bien cuál es mi generación, pero seguramente la de Spud no sea una de sus mejores mentes. Lo cual no lo volvió inmune a la destrucción de la locura, claro, porque nadie lo es, sin importar su generación. Y recordé aquellos años de música y búsquedas, y pensé también en aquellos años en que yo también leía a Easton Ellis -y a Julio Inverso, y a Arthur Rimbaud, y a Antonin Artaud, y a Allen Ginsberg-, tratando de ver, de alguna maner ver a mi generación, donde quiera que esté, sea lo que sea. No la vi; pero hay algo que sí sé: la de Gustavo Escanlar fue una de las mejores mentes de por aquí, de mi generación o de la anterior o de cualquiera. He estado mil veces en desacuerdo con él (leyéndolo, porque conversamos apenas cuatro o cinco veces, una de ellas en la librería en que trabajaba, un día que vino a comprarme un libro a última hora), pero nunca dejé de admirar su valor, su riesgo, su capacidad de asumir el rol del provocador en un ambiente lleno de mojigatos y cobardes, un ambiente donde muy pocos se atreven a ser disidentes, a opinar, a decir, a cuestionar lo establecido, donde nadie, incluso si están en desacuerdo con todo eso en la comodidad de sus casas o en la charla de boliche, parece "molestarse" en pararse y señalar las trampas, las mafias de la cultura, las estupideces flagrantes y dinosáuricas que caminan por ahí, los arribistas mediocres que editan libros como El Montevideo de Mario Benedetti, o como sea que se llama cierto proyecto que escuché por ahí; bueno, Gustavo se molestaba. Hablaba. Decía. Movía. Removía. Decía también tonterías, pero lo hacía también para pelear. Para pelearla. Porque hay que pelear a veces, sobre todo aquí, en este dominio de los tontos, del "no te metas", del "¿para qué molestarse"?. Gustavo (e insisto que no lo conocí, pero lo hago para evitar que luego alguien me diga que era "un facho" o un "mala persona" o alguna tontería por el estilo; no me importa si era "agradecido, simpático y humilde") entendía que hay cosas que deben ser dichas, asi sea por el gesto de romper, de atacar, de desarticular. Por el hecho de ser políticamente incorrecto en este mundo light de Glee y otras idiocias (lean Mal y neomal, de Amir Hamed). Nunca dejé de reconocer y admirar que fuera uno de los pocos que se atrevía a cuestionar la construcción "oficial" de la identidad uruguaya (murgas, carnaval, fútbol, canto popular, las momias no hieráticas del escorial del canal 10, etc, etc, etc); nunca dejé de pensar que si él lo decía quizá era más fácil atreverse después y razonar mejor, argumentar más, seguir el camino que había abierto. No era el único; sería muy injusto de mi parte decir que sí lo era; tampoco fue el primero (pienso en Herrera y Reissig, en Roberto de las Carreras, y, más acá, en Roberto Bayeto, a quien dudo que Escanlar le hiciera gracia pero que creo que coincidiría conmigo en aceptar que Gustavo rompía las pelotas cuando había que romperlas), pero ahora que no está empieza a notarse cierto vacío. Ayer lo homenajeamos. Gustavo Escanlar, una de las mejores mentes de este país.

4 comentarios:

Audax pro fidelis dijo...

gracias por estar ahí anoche. tocar. pensar, sentir y escribir esto. mucho dolor. un legado que no es de bronce el que deja el sr Escándalo, como le decíamos a veces en Tres. no es marmóreo o pesado e irrespirable como una biblioteca polvorienta. está re vivo. es una forma de mirar, una actitud la que nos deja. nunca más después de él tuve un solo editor de cultura que ardiera, que se consumiera como azufre vibrando frente a la creación. y sus super estructuras.
me mimeticé con tantas cosas, me peléé tanto con mi familia y colegas estos años defendiendo a un demonio indefendible, que me sentí generacional, intelectual, profesionalmente (ejerciendo un periodismo cultural cada vez más trunco) muy sola.
por eso anoche y todos los días me esperanza que sea posible también un gran encuentro.

Emerre dijo...

Una tesis de miércoles de madrugada que quise garabatearle ayer a Acevedo K. Pichón Rivière, psicólogo social argentino cincuentoso, habla de los roles grupales, de cómo las diferentes funciones (el líder, el saboteador, el chivo expiatorio) de un grupo son al mismo tiempo resultado de características de la personalidad del tipo Y TAMBIÉN receptores de esas mismas características (lo que tiene cada uno de los otros miembros de líder, de saboteador, de chivo emisario). La cultura se descansó mucho en que Escanlar era el saboteador, de los pocos.
Cuando un portador de un rol desaparece, el resto suele sacar a flote nuevamente las características propias proyectadas hacia el rol (si ya hay un líder tengo que reprimir mi instinto de liderazgo; si ya no hay, tengo que ser un poco más lider).

Ahora que Escanlar se fue, todos tenemos que ser un poco más saboteadores.

Matías Bergara dijo...

No no pero Leonar.... eh? ah perdón, no es un diferendo acalorado...
Gran homenaje gran. Quien era spud, el tipo de la gorra con tapaorejas?
salute

Anónimo dijo...

Interesante post. Este vendría a ser como el opuesto al post anterior. Saludos.