Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

sábado, 5 de marzo de 2011

Dos lecturas recientes (y algunas líneas sobre un posible mapa generacional-editorial en el que se desliza sin sutileza alguna una posición personal, además de algunas notas sobre la Gran Novela Uruguaya)

Carlos María Dominguez, La casa de papel.
Estaba en lo de mi suegra revisando libros viejos de la colección "Lectores" de Banda Oriental cuando encontré esta novela o nouvelle de CMDominguez. En realidad no había buscado mucho: fue más o menos el primer título que me atrajo, lo miré un poco por arriba, descubrí que había sido ganador del concurso de narrativa de tal año, que el jurado había sido integrado por tal y cual (incluyendo un evidente capitoste), que ya no recuerdo quién había escrito el prólogo, y, por algunas palabras que destacaban aquí y alla me dio curiosidad leerla. Cosa que hice en poco más de una hora. Domínguez hace gala de un buen artesanado en este libro, de eso no cabe duda. En la primera mitad del libro hay un párrafo con dos comas espantosas, y el tempo (y la efectividad de la puntuación y la resolución de las oraciones) decae un poco en la segunda, pero, más allá de eso, a nadie se le ocurriría decir que la prosa de La casa de papel no es ágil, "madura", y que no se trata de un libro extremadamente legible y disfrutable. Es una suerte de cuento expandido, en realidad, al que se le añadieron un par de elementos para "novelizarlo" de alguna manera, y funciona bien. También es la clásica escritura que se hace pensando en un concurso, pero, para parafrasear las palabras finales de una de las Blade Runner, al final, ¿quién no?.
Es posible que el título nos centre demasiado en la casa hecha de libros que construye uno de los personajes, y que eso de alguna manera otorgue perfiles más nítidos a esa anécdota, volviéndo al libro más redondo, "más cuento", si se quiere, pero, como dije, funciona bien y al terminarlo uno tiene esa sensación tranquilizante de completitud de la obra de arte "bien hecha". De hecho, me pareció inevitable leer el libro como una suerte de arte poética o manifiesto de lo que es o debería ser la narrativa (o una manera de declarar que se sabe qué es o debería ser la narrativa), muy vinculado, supongo, a cierta línea de la literatura uruguaya contemporánea más bien representada por el "staff" de escritores de Banda Oriental, desde Domínguez y Delgado Aparaín hasta Leonardo Cabrera o Leonardo de León, una línea de literatura apoyada ante todo en lo narrativo, de lenguaje sobrio, poco extremista y atento a determindas tradiciones consagradas. Pero hay más sobre La casa de papel. Y es cierta sensación de obra creada casi sin esfuerzo, como un poco "haciendo la plancha": Tiene todo lo que tiene que tener una novela para ciertos lectores (los de Banda Oriental al menos), y también para los críticos vinculados a esa línea; está claramente "bien hecha", y deja un poco la sensación de ser justamente una muestra de lo que es o debería ser una novela, como dije, "bien hecha". Las virtudes del escritor que conoce su oficio, que cae fácilmente (no digo que sea el caso de CMD, no he leído tanto de su obra como para sacar conclusiones) en el error de pensar que es suficiente "escribir bien" (o con admitir que no es suficiente y luego añadir que si le añadimos tal y cual elemento ya sí se vuelve suficiente).
Si la novela fuera más larga o si careciera de cierto humor muy refinado (que, ojo, también es parte del inventario de virtudes de una novela para estas coordenadas de lectura) creo que me hubiese resultado un punto en contra que tuviera poco más que esa virtud artesanal de la prosa y la narrativa; pero lo cierto es que, dada la extensión de cuento-largo o nouvelle de La casa de papel, el libro es disfrutable y entretenido. La imagen del hombre que ha dedicado su vida a los libros y que termina habitando una casa de paredes hechas con su biblioteca, entregada al viento y la entropía playera, es un poco manida quizá, pero en el contexto de la novela, presentada de manera sobria y despojada, funciona bien, a mi gusto personal por supuesto. No es la novela que se recordará toda la vida (que no son tan pocas, yo añado a esa lista más de una por año -Against the day, de Pynchon, la última, y ahora me estoy divirtiendo mucho con Juliet, desnuda, de Hornby), ni la que cambiará la perspectiva de nadie sobre la literatura y la vida, pero entra fácilmente a ese agradable conjunto de "libros amables", o amigables, o amistosos. Sin que tampoco sea tan reader-friendly como gente como Dani Umpi, por poner un ejemplo innecesario, gratuito y revelador de lo mala gente que soy. Unos días después busqué un poco más en el estante con la colección Lectores. Tomé dos libros -de supongo que autores "representativos" de la colección y las pautas editoriales de Banda Oriental- y no pude pasar de las primeras páginas.Y prometo no cambiar de idea si alguna vez los astros son propicios a que yo gane un primer premio en el concurso de Banda Oriental.
En última instancia, La casa de papel es un libro sobre los libros, sobre lo que hacen los libros a la vida (comienza -como corresponde a una novela cerrada- con una prefiguración de esto: se reseñan muertes de lectores "caídos en cumplimiento del deber", es decir leyendo -y con esto Vila Matas, que tiene más vocación de excéntrico que CMD, habría hecho un libro completamente diferente a La casa de papel), sobre lo que le debe la vida a los libros y los libros a la vida; eso lo hace un libro "literario", o lo justifica en tanto un libro "sólo" literario. Una maniobra hábil y astuta, que merece un chapeau.

Leandro Delgado, Adiós Diomedes.
Mi primer contacto con esta novela se lo debo a Gabriel Lagos. En su reseña de mi nouvelle Perséfone anotó que le parecía interesante leer mi texto en relación a Adiós Diomedes señalando que bajo cierta coincidencia fácil de ver (ambos libros toman al under del rock como escenario y tema, y ambos son en cierto modo "retratos de músicos")  había diferencias de peso que podían representarse con el modelo teórico de modernismo vs. posmodernismo. En ese momento (fines de 2009 o principios de 2010, ahora no recuerdo) me dio curiosidad leer la novela de Leandro Delgado, pero me enredé en otras lecturas y fui posponiendo la búsqueda de ese libro; después Delgado editó con Estuario su compilado Cuentos de tripas corazón, que leí ante todo atraído por sus relaciones con la literatura fantástica -y me gustó, algunos cuentos más que otros por supuesto-. Hace poco pude hacerme con un ejemplar de Diomedes, que leí en dos noches.
Es una novela de una riqueza impresionate, pero en este momento hay una línea de lectura que me interesaría trabajar. Y para esto supongo que podría ser válido pensar en la posibilidad de una "gran novela uruguaya", es decir un texto de determinadas características (cierta excelencia, cierta amplitud de miras, cierta ambición, cierta habilidad) que admite la posibilidad de ser leído como una representación del zeitgeist de una época determinada en Uruguay. En lo personal, me interesaría encontrar en una candidata a "gran novela uruguaya" una lectura de ciertas épocas libre de clichés, de lugares comunes, o, en todo caso, que haga un uso inteligente de lo que la cultura popular se encarga (a través de ciertas instituciones) de acercar a el zeitgeist de ese momento o, más cerca del hueso, a la presunta "identidad" uruguaya, pero, en cualquier caso, de lo que he leído de autores en la franja 25-45 años aprox, tendría que pensar muy bien para encontrar una candidata más clara a "gran novela uruguaya" que Adiós Diomedes.
Opera aquí una construcción de los años 80 y principios de los 90, desde el lado del under y derivando a partir de alli (neohippies o hippies trasnochados, postpunks, darks, etc) una lectura de los años de salida de la dictadura y de la primera década en democracia. El recurso es el de un narrador que entreteje en su relato el retrato de Diomedes, cantante y compositor, que representa maravillosamente eso que sintió Allen Ginsberg cuando escribió el tantas veces citado verso inicial de Aullido. De hecho, el proceso intelectual, artístico y espiritual de Diomedes -y del narrador, que a veces parece funcionar como el fondo de la figura de Diomedes, o la figura del fondo que sería Diomedes-, funciona como representación de una época, de una generación (y no importa aquí si esa es la "intención" del autor: esta lectura es permitida por el texto, y eso basta), sin perder -en cuanto artificio novelistico- su peso individual, su lado arbitrario, digamos, o posible.
Pero la novela, por supuesto, no se agota en esta lectura; asi como en La casa de papel, Adiós Diomedes esta atravesada por observaciones de estética, por reflexiones sobre el arte; de hecho, es muy interesante como entrelaza un discurso sobre la música (las sucesivas bandas y proyectos de Diomedes, los gustos del narrador) con una línea más subterránea (pero que emerge al final) sobre la pintura, sobre las modas en la pintura, sobre el mercado de la pintura.
Leandro Delgado es uno de los autores más interesantes de lo que podríamos llamar una suerte de "generación perdida" que también incorporaría a Pablo Dobrinin (más excéntrico y volcado hacia lo fantástico), Henry Trujillo (vinculado a una narrativa digamos convencional, más asimilable al perfil Banda Oriental del que hablaba en cuanto a La casa de papel) y a Gabriel Peveroni; este último tiene en común con Delgado una tensión de su escritura hacia la vinculación a una época, a la construcción verbal de un zeitgeist (y en ese sentido, otra candidata a "Gran novela uruguaya" podría ser El exilio según Nicolás o incluso Tobogán blanco) o de un discurso sobre un posible (o imposible) zeitgeist.
Posiblemente Parir, de Andrés Ressia, sea el mejor candidato a una Gran Novela Uruguaya que atienda al Uruguay (o el Montevideo) estrictamente contemporáneo; es posible, también, que esta novela no alcance el "grado de ambición" necesario, pero eso es otro problema, y habría que revisitar la novela de Ressia. Se me ocurre también que muchos de mis contemporáneos no parecen interesados en escribir la Gran Novela Uruguaya; yo mismo no lo estoy, quizá porque hay otros subtipos de novela que me interesan. Si pensamos en Porrovideo como opción válida (aunque no es una novela sino una colección de cuentos) quizá nos acercamos más; tanto el Montevideo que presenta Jorge Alfonso como el de Andrés Ressia son de alguna manera reinvenciones del modo clásico (en cuanto consagrado) de representar a la capital en la literatura uruguaya, desde Onetti y Benedetti en adelante; Porrovideo descubre o redescubre zonas (no en un sentido meramente geográfico) de la ciudad que trascienden los clichés identitarios de los montevideanos y los uruguayos; Parir, en menor medida (y no digo por esto que sea menos interesante como novela, aclaro), hace lo mismo; es posible que en la ideal superposición de ambos libros se proyecte la Gran Novela Uruguaya de mi generación. Hasta ahora, claro.

1 comentario:

Agustin Acevedo Kanopa dijo...

Adios Diomedes es una maravilla. uno de mis libros de isla desierta. Leandro Delgado siempre tiene un trasfondo muy plástico en sus cuentos, y sobre todo, una noción de la ciudad, sus transformaciones y procesos que le da forma a un montevideo que generalmente aparece más difuminado,

para mi el gran escritor de grandes novelas uruguayas debe ser Carlos Martinez Moreno, con La tierra en la boca y Tierra en la boca como ejemplos.