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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 25 de marzo de 2011

spam pseudofilosófico

Acaba de llegar a mi bandeja de entrada de Hotmail un mensaje enviado por Horacio Bernardo o, mejor dicho, por el Licenciado Horacio Bernardo, según especifica su firma y el exhaustivo curriculum al pie del mensaje. Parece que Bernardo ha comenzado una columna de filosofía en "Caras y Caretas" y se sintió en la necesidad de compartirla con los que quizá no leemos esa publicación; le agradezco el envío, porque me dio un poco de diversión en una mañana lenta en mi trabajo. Y también esa sana indignación que nos hace tomar conciencia de dónde estamos parados. A la vez, me dio una razón para una entrada nueva de mi blog (que últimamente vienen siendo poco frecuentes) y también la excusa para pensar un poco en un tema interesante: el del presente y la imagen que construímos para "entenderlo". En principio, cualquier cosa que invite a pensar me parece válida; por otro lado, pocas cosas no invitan al pensamiento. La columna de Bernardo, en cuanto a argumentación e ideas, me pareció bastante trivial, y, además, creo que incurre en un par de cositas que son interesantes en sí y que, a su vez, sirven de punto de partida a varias reflexiones.
Comienzo por resumir el artículo. Bernardo se plantea el problema de conocer el presente y lo justifica con una necesidad práctica: para tomar decisiones hay que disponer de cierto conocimiento. Esto nos lleva a preguntarnos cómo obtener ese conocimiento del presente, y aquí Bernardo pasa a detallar las que él considera tres falacias de "falsa comprensión del presente". La primera es la que se basa en atribuir a la información -en cuanto cantidad de datos manejados- un papel fundamental en ese conocimiento, en el sentido de que "para conocer el presente hay que estar bien informado". Su crítica a esta noción surge a modo de juicio no justificado ni argumentado, y básicamente es una negación de lo que el construyó como la falacia numero uno. Cito: "Si bien es evidente que para formarse una idea de la actualidad no basta con la mera acumulación de noticias, el ideal de la sociedad informada crea la ilusión de que ambas acciones son equivalentes". Está bien, creo que incluso estoy de acuerdo, pero me parece una perogrullada;luego añade que el punto de partida de esta falacia es la creencia de que la información puede ser "una foto neutral de la realidad, y que si los individuos contaran con todos los "fragmentos" de dicha foto podrían hacerse una imagen del conjunto". Esto hace agua por todas partes, porque introduce la problemática del conjunto y las partes a la hora de pensar el "presente", y Bernardo no parece problematizar estos conceptos ni, de hecho, decirnos que entiende por "presente" o, de hecho, por "información". Es verdad que hay un uso cotidiano de la palabra en el sentido que le dan los medios de comunicación o incluso el habla cotidiana, pero sería necesario como mínimo un primer extrañamiento ante el término como punto de partida para la crítica de esta noción, y Bernardo no lo hace. Apela a una suerte de "sentido común" del lector y levanta una excusa para no pensar. Una actitud muy filosófica, por cierto.
Pero no se detiene aquí. Sigamos adelante. La segunda "falacia" es presentada como "creer que comprender el presente es equivalente a poder explicarlo en términos de causas políticas o económicas". Es decir, una variación del tema de la información, pero con un énfasis en las presuntas "causas" políticas o económicas, para decirlo una vez más con los mismos términos. Aquí parece que Bernardo pensó un poco más (o finge pensar, mejor dicho): nos habla del batllismo, de los intelectuales de la era Marcha y de la dictadura, y traza un rápido desfile de caricaturas que le sirve para concluir que todos ellos estaban equivocados por incurrir en una suerte de facilismo monocausal. Es la vieja estrategia de caricaturizar al extremo a tu enemigo para demolerlo más fácilmente; sin embargo, por supuesto, lo demolido es la caricatura y no el verdadero enemigo. ¿O será que Horacio Bernardo encuentra realmente dificil pensar fuera de la hipersimplificación? ¿O qué sólo puede manejar ese nivel de profundidad conceptual? Claro, podríamos responder, pero esto es un artículo periodístico, no dirigido a personas con formación filosófica, etc, etc. Es decir: estamos perdonados a decir boludeces porque 1) el medio en que las digo es boludo o me impone la boludez, 2) la gente que nos lee es boluda. Esta doble infravaloración es otra estrategia para no pensar. Cualquier divulgador de temas filosóficos sabe que esta es la peor estrategia posible, más apta para Coelhos o Bucays (¿o será que Horacio Bernardo es nuestro Paulo Coelho de la filosofía?).
La tercera falacia es la "científica", que equivaldría a creer que para formarnos una idea del presente, para comprenderlo, basta con manejar datos obtenidos "cientificamente". Tampoco hay extrañamiento ni crítica a las nociones manejadas a nivel de kinder, pero aun así Bernardo concluye que "estadísticos y analistas de datos pasan a ser especies de “dueños del presente”, adquiriendo incluso el poder de influir sobre la realidad que están describiendo". Otra afirmación que parece "verdadera" al sentido común, pero que en rigor está presentada de un modo totalmente gratuito.
El argumento de Bernardo es que ninguna de estas tres opciones (las "falacias" que señala) es válida en cuanto son propuestas como explicaciones monocausales o como estrategias suficientes en sí mismas. Los culpables de propagar estas nociones son los medios masivos de comunicacion, los periodistas, los analistas de datos y los analistas; todos ellos "minimizan la capacidad crítica del ciudadano" (me interesa que diga "ciudadano" y no "individuo", por ejemplo; esto es, quizá, lo único "jugoso" de esta columna), es decir, algo muy parecido a lo que, "filosóficamente" hace el autor de la columna. Parecería que sólo los filósofos tienen derecho a legitimizar las prácticas de "conocimiento del presente" o incluso a fomentarlas. Y como Bernardo habla desde ese lugar (el del filósofo o, más cautelosamente, el del "licenciado en filosofía") su discurso intenta autolegitimizarse en cuanto "pertinente" o incluso "bien pensado", cuando, en rigor, hay un mínimo de argumentación y un máximo de trivialidades al alcance de cualquiera.
¿Y qué concluye Bernardo? Que comprender el presente "comienza por cuestionar la utilidad de todo lo que se habla sobre el presente, y por pensar la vivencia humana como punto de reflexión fundante sobre el que debería asentarse todo discurso sobre la realidad". Imposible ser más acrítico. ¿Qué se entiende por "vivencia humana" y cómo se accede a ella? ¿Qué entiende Bernardo por "discurso de la realidad" y cuales son los modos de producción de ese discurso? ¿A qué se refiere con "utilidad"? ¿Dónde está el conjunto de "todo lo que se habla sobre el presente"? Sin siquiera señalar que se puede partir por pensar esas nociones con un mínimo de extrañamiento emplearlas como conclusiones es apresurado y facilista. Una vez más: no hay razonamiento aqui, no hay argumentación: hay conclusiones y nada más, y las conlusiones son triviales, propias del "sentido común" y, además, están manejadas para aportar a la idea de que sólo desde la filosofía tienen sentido ciertas reflexiones. O, peor, que él, licenciado Horacio Bernardo, está hablando desde un lugar donde esa legitimación ya obró y que lo dicho está revestido de autoridad. Es decir: lo contrario a pensar, que es, precisamente, lo que implica la filosofía "real", no la Bernardiana, que es de pacotilla. Incluso aunque pueda estar de acuerdo en algunas cosas que dice: no pasa por ese lado, pasa por los "modos" del razonamiento. Por ejemplo: leer "Prohibido pensar", el libro de Sandino Nuñez que retoma sus programa de TV -para poner un ejemplo de filosofía dirigida al público en general-, implica precisamente una apertura a la reflexión y la problematización, incluso desde el (o gracias al) disentir con las presuntas conclusiones y filiaciones del discurso de Nuñez. Quien no firma "licenciado", por otro lado.
Es todo un personaje, Bernardo. Obviamente me cae mal -de otro modo no me molestaría en escribir esta nota, pese a que lo describí como algo "divertido" al principio-, no de un modo personal porque apenas lo conozco y no voy a ponerme en plan prejuicios, sino porque me asombra la trivialidad de lo que escribe por ahí. También es de una trivialidad asombrosa esa especie de performance en la que se encierra en una habitación de vidrio con una notebook y finge escribir o, mejor dicho, representa el papel del escritor en cuanto alguien-que-se-encorva-sobre-una-notebook-y-escribe-una-novela-densa-en-personajes-y-situaciones, lo cual no sé si debo leerlo literalmente o como una crítica inocua a lo que él cree que es la literatura o el campo literario o el mundo de lo literario, las editoriales, la vida de los escritores, el acto mecánico de escribir, etc. Como gesto está desdibujado y borroneado, y como resultado... bueno, digamos que no me interesa leer esa novela. Sí leí su obra anterior, "El hombre perdido", apabullante telenovelón reiterativo, cursi y escrito con la habilidad estilística de un chimpancé equipado con crayones.
Se nota que estoy aburrido... en circunstancias normales Bernardo sería "waste of ammo", por citar el video de "You could be mine". Pero hoy tenía ganas de gastar pólvora en... ¿cómo era aquel dicho?

2 comentarios:

jg lagos dijo...

Empecé a marcar todos los errores que iba encontrando en El Hombre Perdido. Por la página 15 me agoté: había escrito más que el autor.

Anónimo dijo...

"(...) Bernardo. Obviamente me cae mal..."
Hubieses empezado por ahi.

Pablo.