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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 26 de julio de 2011

crónica de un viaje a Buenos Aires


Siempre me gustó mirar la carretera por la noche, pero esta vez la lluvia impidió apreciar nada y, como siempre me mareo en los ómnibus, no refugiarme en la lectura hizo el viaje un poco largo (Fiorella, en cambio, duerme como un tronco donde quiere y cuando quiere). Llegamos a la estación de Buquebús en Colonia a las nueve, más o menos, y no tardamos mucho en abordar el barco. Una vez acomodados descubrimos que en los televisores estaba comenzando un documental sobre las regiones polares, bastante interesante. Lamentablemente una pareja de brasileños, que parecían no haber viajado jamás un metro más allá de sus pueblos llenos de cocoteros y samba, se encargó (parecían haber descubierto dos segundos atrás las posibilidades de las cámaras fotográficas digitales) de volver bastante difícil prestar atención a los pingüinos y los osos polares, y más para mí, que carezco de la habilidad de abstraerme del universo ante la pantalla de TV. Pero llegamos en menos de una hora, y pronto estábamos caminando por Córdoba hacia Florida, donde comimos en un Burger King tras ser atendidos por un personaje salido de Muppetoxia, la Ciudad Prohibida más allá del Domo Derrumbado y las Planicies del Caos. Después tomamos un taxi y llegamos al hostel Puerto Limón, en San Telmo, donde había una fiesta o un asado o ambas cosas, así que uno de los chicos que trabaja allí se sintió en la obligación de decirnos que si el ruido nos molestaba podíamos llamarlo. No fue necesario; nos dormimos casi de inmediato. Yo tenía un ejemplar de El hombre olvidado, de Tarik Carson, que llevaba para hacer un regalo, y, como había olvidado en mi mesita de luz La caída de Hyperion, de Dan Simmons, que llevo más o menos por la mitad, empecé uno de mis cuentos favoritos del libro. Pero me quedé dormido de inmediato (esto no debe entenderse como una crítica a la escritura de Tarik, aclaro).
Después de ducharme fuimos a desayunar en el comedor del hostel, y a eso de las once menos cuarto partimos hacia el centro. Caminamos por 9 de julio hasta Córdoba, donde tomamos el ómnibus (“micro”, en la vernácula) hasta La Plata. Una vez allí nos encontramos con Elena “Messi es Dios” Massa y Juan Manuel “Messi es un gil” Candal, y tratamos de bajar a la cripta de la Catedral, sólo para descubrir que el museo que funciona allí cobra una entrada un poco injustificable, por lo que nos fuimos enseguida a almorzar. Para entonces Candal y yo nos habíamos puesto a discutir sobre Pynchon, Federico Stahl, los planes futuros de la Editorial Reina Negra incluyendo el libro de ensayos sobre pornografía que va a escribir Agustín Acevedo Kanopa, y otros temas.
La siguiente parada fue el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuya entrada está custodiada por dos clones de Diego, el personaje de La Era de Hielo. Me desilusionó un poco, así que la segunda mitad del recorrido la pasé divagando sobre realidades alternativas, el Apocalipsis Zombie, la novela Meloso te atrapo y algunas tonterías más. Al salir decidimos recorrer un poco la zona que rodea el museo, que incluye una serie de cavernas entre las que asoma una réplica de piedra de un cráneo de Deinosuchus polyptychodon, a escala 4/1 según mis cálculos, entre cuyos dientes jugaban los niños dementes que esperaban la lluvia del verano. La Plata es una ciudad diseñada por masones para invocar a Cthulhu el día 24 de junio de 2012, como es sabido, y todas sus calles y diagonales trazan una pauta que distribuye la energía de grandes cristales venusinos ocultos en el subsuelo, aunque, dicen, una red de catacumbas (donde todavía puede verse a Pride, el homúnculo más rápido) brinda acceso al Cristal Principal y los 12 secundarios. Propuse una expedición a esos subterráneos pero Candal, que pertenece a varias logias masónicas, trató de cambiar de tema, visiblemente incómodo, y juró por la Estigia que Dani Umpi es un gran escritor. En fin.
Hacia el fin de la tarde entramos a una librería, donde compré Vicio propio, la novela de Thomas Pynchon, y el discazo Yoshimi battles the pink robots, de The Flaming Lips, uno de mis favoritos de los dosmiles. El plan para el resto del sábado incluía mirar el partido Uruguay-Argentina en casa de Elena, así que me preparé para aburrirme durante el tiempo que durase el partido, que resultó ser el primer encuentro futbolístico que miré en su totalidad, incluyendo los agónicos penales. Candal quiso suicidarse después del triunfo uruguayo, pero logramos impedirlo. La manera que eligió de morir fue escuchar a Martina Gadea (a quien había descubierto en su reciente viaje a Montevideo para la presentación de Colores peligrosos, de Pablo Dobrinin) a todo volumen en sus auriculares; una maniobra rápida de Fiorella logró desconectarlos y dejarlo desconcertado por más o menos un minuto, lo que le tardó darse cuenta de que valía la pena vivir para ver publicadas las novelas de Federico Stahl. Es posible que se haya equivocado.
Regresamos a Buenos Aires a eso de las doce y media; esta vez había poco ruido en el hostel, aunque se rumoreaba que un destacamento de brasileños (que venían persiguiéndome desde el barco, recordémoslo) iba a improvisar un partidito de fútbol en el patio al que daba nuestra habitación. Si sucedió, no lo sé, porque me dormí después de unas veinte páginas del libro de Pynchon.
El domingo por la mañana recorrimos San Telmo. Fiorella no conocía el Parque Lezama, así que estuvimos allí un rato sacando y sacándonos fotos (después de tantos intentos tendría que haber salido bien en una, por lo menos, pero no; ella salió hermosa en todas) hasta que la gravitación de la novela de Sabato me convenció de huir de allí. Recorrimos la feria que empieza a unas cuadras, donde todo cuesta aproximadamente un 500% más que en cualquier otro lugar de la Tierra, excepto los libros que encontré en un puestito atendido por un chico flaco y alto, enfundado en una gabardina negra, que le contaba a una francesa sobre la primera vez que había bailado tango. Vi los dos tomos de las Memorias de ultratumba del marqués de Chateaubriand. Costaban 25 pesos, así que las aparté. Después encontré Bomarzo, de Mujica Lainez, novela que siempre quise leer y el destino fallaba en suministrarme; pregunté el precio: 30 pesos. ¿Por cuánto me dejás los tres?, le pregunté al chico. Lo pensó un segundo y me dijo, con denso acento porteño (estoy convencido de que San Telmo es la capital del acento porteño) “y… por treinta y ssssinco te los dejo”. Me llevé los tres, por supuesto, muy agradecido. El chico, después de saludarnos con gran amabilidad, siguió su relato tanguero.
Uno de mis propósitos en el viaje era conseguir algún tomo de la colección de ciencia ficción de bolsillo de la editorial Ultramar, con las fantásticas portadas de Antoni Garcés y títulos como los de El mundo del río de Philip José Farmer o la saga de Dune de Frank Herbert. Debo tener ya un 40% de la colección, por lo que no me resulta fácil (en Montevideo, al menos) encontrar tomos que me falten; supuse que en Buenos Aires me haría con varios a buen precio, pero después de mirar en varias librerías de San Telmo empezaba a dudar. Hasta que, en una librería desordenada y oscura, es decir ideal, el gemelo perdido de Philip Seymour Hoffman me ofreció por 20 pesos un ejemplar de Valentine pontífice, la última (creo) parte de la saga de Majipur, de Robert Silverberg. La compré de inmediato; unos días después, en Montevideo, descubrí que ya lo tenía. Conclusión: soy un idiota.
Almorzamos en un restaurante árabe, donde probé por primera vez en mi vida hummus, shawarma y otros platos con nombres sonoros que ahora no recuerdo, todos ellos deliciosos. Algunos componentes de mi memoria genética gritaron de satisfacción y tuve un flashback transgeneracional sobre las arenas del desierto y varias huríes que aguardaban un rubí que yo debía traerles del santuario de varios dioses preislámicos. Es material para una ucronía Stahliana, Federico Stahl y el desafío de los versos satánicos, que pienso escribir durante la segunda mitad de septiembre (Candal ya compró los derechos para la línea juvenil de Reina Negra).
Por la tarde recorrimos la zona de Retiro, Recoleta y Palermo, incluyendo el famoso cementerio. Lamentablemente no encontré a Macedonio Fernández, pero sí el prólogo a su tumba y el prólogo al prólogo, incluso el prólogo al cementerio, el prólogo al prólogo del cementerio y el prólogo al barrio y a la ciudad, que flota en el Río de la Plata y al que no le presté atención porque los brasileros no me dejaban en paz. Ahora que lo pienso, en algún momento de la Edad Media alguien debe haberse propuesto pensar cómo distorsionar tanto el latín que toda su dignidad se viese trastocada en esos sonidos que se escuchan en los alrededores del Sambódromo; “dame una palabra interesante”, dijo uno. “Frutilla”, le respondió el otro conspirador, “¿no es una palabra linda?”.
–Frutilla… frutilla… como podemos convertirlo en un sonido espantoso… a ver… ¡ya sé! ¡Morango!
Y así sucesivamente.
(Aclaro, por las dudas, que no tengo nada contra Brasil y los Brasileños, y de hecho me caen bien algunos escritores de allí, como Santiago Nazarian por ejemplo, pero, lo lamento mucho, tengo un bache gigantesco con ese idioma que hablan: no lo entiendo, me exaspera, me anula, me irrita. ¿Me habrá pasado algo escabroso en una vida pasada?).
Llegamos al hostel bastante tarde, así que después de procurar la cena (una pizza que nos despertó a Fio y a mí a las 5 de la mañana con urgencias intestinales, por eufemizar un poco) decidimos que ahí terminaba el día. No me gusta la San Telmo nocturna, además.
El lunes llovía. Gatos y perros, soretes de punta (pointy turds?), etc. Yo había llevado un pequeño paraguas de esos plegables, y caminamos bajo su mínimo resguardo hacia la 9 de Julio, donde Fio se compró uno para ella. A las doce, más o menos, nos encontramos con Candal; Fiorella partió en su programada expedición al reino de Una Vez mientras Juan y yo nos tomamos un subte hacia Palermo, donde yo tenía pensado investigar en la librería de Eterna Cadencia. Encontré bastantes títulos interesantes y, ante la amenaza de la bancarrota, me llevé apenas cuatro, El error, Canto castrato (de Aira), Meteoro de verano (Schmidt) y El gusano máximo de la vida misma (Laiseca); lamentablemente no encontré Las aventuras de Kavalier y Clay, de Chabon, otra de mis fallidas búsquedas porteñas.
Después de almorzar por ahí fuimos a visitar a Juan Terranova, que con gran amabilidad me regaló algunos de sus libros (Mi nombre es Rufus, Los amigos soviéticos y Música para rinocerontes); conversamos sobre Philip K. Dick, sobre las ucronías (¿me estoy volviendo tan predecible?), sobre Patricio Pron, cuya escritura admiramos los tres, sobre las editoriales pequeñas, medianas y grandes, sobre mi nouvelle Nadie recuerda a Mlejnas, que Terranova había leído y reseñado unos días atrás, sobre las editoriales Reina Negra y El Cuervo (de Bolivia), entre otros temas. A eso de las cinco y media nos fuimos; yo terminé desorientado en el medio de la Plaza de Mayo, tratando de entender hacia dónde debía moverme para ir al hostel. Tuve suerte (no sentido de la ubicación, de eso carezco por completo, y se me anula todavía más cuando paseo con alguien que sí posee una brújula o un mapa en la cabeza, como Fiorella) y caminando por Defensa llegué a la avenida Independencia y de ahí al hostel.
Decidimos cenar en el mismo restaurante árabe del domingo, y esta vez pedí algo llamado marmaon, que volvió a despertar esos raros recuerdos genéticos y la idea para Federico Stahl y el portal dimensional de la Piedra Negra.
El martes sería nuestro último día en Buenos Aires, y lo empleamos en recorrer las librerías de la calle Corrientes. Si bien conseguí bastante material de ciencia ficción (incluyendo la única nouvelle de Ballard que no he leído), me desilusionó no dar con ningún tomo de la colección de bolsillo de Ultramar. Compré sí algunos CDs y la segunda temporada de Lost; para almorzar nos encontramos con el inefable Gustavo Verdesio, que nos contó de su trabajo arqueológico y nos llevó a algunas disquerías que desconocíamos, donde encontré (pero no compré, ya no tenía dinero) una increíble edición en CD replica del Sticky fingers –con cierre y todo!– de los Stones.
Después de tomarnos un café con Verdesio (y hablar extensivamente de las peculiaridades de la escritura de Ruben Tani) pasamos por el hostel para levantar el equipaje, y de ahí nos tomamos un taxi hasta el puerto. Esta vez no hubo brasileños ni documental sobre pingüinos: Fiorella se pasó leyendo la revista de cine La cosa y yo espiando a un chico que, un asiento más adelante, descargaba unas fotografías en su netbook. El viaje en ómnibus hacia Montevideo incluyó otro partido de fútbol: unas pasajeras intentaron todo el tiempo sintonizar en su celular alguna transmisión, pero sólo lograban, cada dos minutos, más o menos, lanzar al aire un horrible SSSHSHSHSHSHSHSHSHSHSHSHSHSH de estática. Finalmente encontraron una estación de radio y pudieron escuchar el partido y festejar los goles de Uruguay.
Fue un buen viaje, en balance. Conocer a Terranova, pasear por barrios de Buenos Aires que Fio no conocía, descubrir la cocina árabe (¿había que ir a Buenos Aires para eso? nunca lo sabré), volver con una buena cantidad de libros y discos, conversar en persona (y no por mail) con Candal, festejar y basurear goles de Uruguay (!) ante nuestra anfitriona argentina Elena (¿eso nos convierte en malas personas? No creo… o, en todo caso, ellos hubiesen hecho lo mismo), todo por cuatro días divertidísimos. Lástima lo de la colección de Ultramar, eso sí. Pero no se puede tener todo, por terminar esta crónica con un buen cliché.

8 comentarios:

Juan Manuel Candal dijo...

"Propuse una expedición a esos subterráneos pero Candal, que pertenece a varias logias masónicas, trató de cambiar de tema, visiblemente incómodo, y juró por la Estigia que Dani Umpi es un gran escritor."

Lo de las logias, vaya y pase, pero con lo de Dani Umpi te fuiste a la mierda. Este es el comienzo de la próxima guerra entre la Argentina y la Banda Oriental ;-)

PD: Conste que yo felicité enseguida a uds, uruguayos, ante el triunfo, reconozca la verdad, Sanchiz... ¿o acaso se había refugiado en una realidad alternativa en ese momento?

Muuy buena crónica, y muy buen apunte sobre la frutilla!

Ramiro Sanchiz dijo...

Viste? de un modo típicamente masónico desviás la atención a otros temas! Yo vi el poster autografiado de "Miss Tacuarembó" que tenías en el baño de tu antiguo apartamento!

Juan Manuel Candal dijo...

The voices made me do it!!

Omar Gómez De Luca dijo...

No son las voces, es el Gran Arquitecto del Universo en su inconmensurable saburía la que tiene trazado tu destino, y te hace realizar ritos herméticos que son incomprensibles para los profanos.

Candal: asuma que le gusta el kitsh. Jua jua.

Buena crónica, da las casualidades que el fin de semana del 18 de julio, estuve también por Bs.As., para comprar pedales de guitarra.

Abrazo

Ramiro Sanchiz dijo...

MÁS pedales?!?!?!? Vos querés mantener viva la leyenda de "El Negro Omar"!!!

Omar Gómez De Luca dijo...

Jua jua, es la única forma de pasar a la posteridad!!!!

Hoy acabo de adquirir una balalaika, y sigo agregando instrumentos "no folklóricos". Y estoy por comenzar clases de clarinete.

Estimado, tenemos que juntarnos para grabar los temas de Dylan.

Abrazo.

Ramiro Sanchiz dijo...

una balalaika, que bueno!
la semana que viene puedo el jueves; te parece si caemos por tu casa con Ernesto a las 18?

Omar Gómez De Luca dijo...

Pasen nomás, pero recién a esa hora estoy saliendo del trabajo.

Abrazo.