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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

la vista desde el puente (breve historia de un libro)

Hará cosa de dos años noté que tenía reunido un buen número de anotaciones sobre la historia alternativa,  ucronías y la ficción de mundos paralelos, al menos el número suficiente como para pensar que podía ponerme a escribir algo al respecto. No saqué mucho en limpio, pero si armé una suerte de clasificación de ucronías basada en varios factores, que usé para alguna nota publicada por ahí. Más interesante aún, anoté varios escenarios posibles para ucronías uruguayas o rioplatenses. Mi padre fue uno de los primeros en discutirlas conmigo, y conversando con él a lo largo de varios domingos refiné tres puntos de divergencia para crear historias alternativas:
1) En 1973 Bordaberry moría de un paro cardíaco y Sapelli, ahora presidente y enfrentado a algunos sectores de las fuerzas armadas, daba comienzo a una guerra civil que pondría a los militares en el poder hasta 1989.
2) Battle y Ordoñez moría en un duelo a principios de su primera presidencia.
3) Artigas triunfaba en la batalla de Tacuarembó y pronto se hacía con el poder en la región.
El primer escenario fue el primero en generar ficciones: Nadie recuerda a Mlejnas es la única publicada por ahora, pero anda por ahí La historia de la ciencia ficción uruguaya, que, si todo sale bien, podrá aparecer el año que viene junto a otros textos ambientados en la misma historia alternativa. El segundo, que era el menos trabajado, fue descartado en beneficio del "artigista", que me parecía más espectacular ante todo por:
1) involucrar a Artigas, al sagrado padre de la patria
2) presentarlo como un tirano primero benévolo y luego demente
3) además, me parecía que debía incluir una buena serie de incorrecciones políticas, como por ejemplo luchas entre facciones "charrúas"
4) sabía que tenía que meter a Isidore Ducasse por algún lado. En un mundo sin Guerra Grande, lo que faltaría sería Lautreamont... ¿o no?
Lo que todavía no tenía, en todo caso, era una "trama". Las ucronías son escenarios: El hombre en el castillo cuenta la historia de una mujer fascinada por un libro, un empresario y un artesano; El sindicato de policía Yiddish es una trama policial; las ucronías más pesadamente "históricas" (Pavana, La conjura contra America) me parecían menos interesantes, así que tenía que crear una narración interesante en sí misma que funcionara bien contra el telón de fondo de la historia alternativa de Artigas. En el caso de Nadie recuerda a Mlejnas apelé a variar motivos de otras ficciones de Federico Stahl, pero aquí quería otra cosa, así que, en tanto no se me ocurría y trabajaba en otros textos (Mlejnas entre ellos) lo fui posponiendo.
Entonces, un día de enero de este año visité a Martín Fernández Buffoni, editor de Estuario y HUM. Le pregunté si tenía previstos títulos para "Cosecha Roja", su colección de novela negra, que, me parecía (y creo que el paso del tiempo está confirmandolo), gozaba de buena salud y era una buena plataforma para publicar, aunque, claro, yo nunca fui lector de novela negra; de hecho, el género me cae un poco antipático en general (más allá de algunas novelas que sí disfruté), y, por supuesto, desconocía -y desconozco- sus reglas con la profundidad necesaria como para escribir de modo competente dentro de sus parámetros. Pero, a la vez, (y el ejemplo de Chabon funcionaba bien aquí) estaba claro que algo tan "genérico" como el policial podía sumarse bien a la ecuación de la ucronía, como si se generara una fórmula al estilo Ucronia = marco histórico + género, lo cual la convierte en una suerte de metagénero, cosa que me parecía interesante. ¿Por qué no probar un policial negro, y de paso publicarlo antes de fin de año en Cosecha Roja? Mi ansiedad siempre fue algo terrible, lo tengo claro.
Todo esto lo había pensado de camino a lo de Martín; ya ante él, y después que me contara que tenía previstos algunos títulos para 2011 pero que, en principio, podía haber lugar para uno más si le interesaba a él y a Marcela Saborido, la directora de la colección, me puse a improvisar. Le conté el argumento de una novela (no le dije, claro, que aún no la había siquiera comenzado a escribir) que incluía charrúas asesinados, un serial killer y, por supuesto, al antipático Federico Stahl (en este caso trasladado a la ciudad de Corrientes, que aquí es parte de Uruguay, para poner en orden los papeles de su padre, un historiador especializado en Artigas que acaba de suicidarse -nota al paso: la novela policial apuntala una noción de "verdad", pero como sobre un suicidio no hay "verdad" posible o definitiva, me pareció que poner al protagonista a "investigar" el suicidio de su padre era de alguna manera romper la novela policial desde su esencia o al menos desnudarle los artificios), el Federico Stahl de esta ucronía (lo cual generaba una serie de problemas teóricos, dado que el punto de inflexión de esta historia alternativa es muy anterior al nacimiento de F. Stahl, pero eso no tenía por qué quedar "trabajado" en la novela), con su enorme Uruguay, su Isidore Ducasse que jamás viajó a Francia y se convirtió en el primer asesino serial de América Latina, etc.
-Yo tengo esta novela -le dije a Martín después del resumen-, y está casi pronta. La puedo presentar al concurso de Banda Oriental o dártela a vos. Si me decís que hay alguna chance de que se publique este año, te la doy a vos.
Y Martín optó por pedirme que se la diera a él. Esa misma tarde (sería pintoresco añadir que "corrí hacia mi casa") empecé a escribir. Tenía en mi cabeza una escena: Federico Stahl en un ómnibus, rumbo a Corrientes, mirando lujuriosamente una chica charrúa que se sube a vender chucherías y, dejándose llevar por las asociaciones, recordando una discusión con su padre que tenía a los charrúas como tema. En esta ucronía, claro, no sucedió el genocidio de los charrúas, por lo que podía presentarlos como un pueblo castigado pero sobreviviente, y de paso dividirlos en facciones, grupos políticos, etc. Todo eso debía servir para la construcción del mundo ficticio, y entre notas y páginas que iba escribiendo (me propuse no bajar de 7 páginas por día -por suerte no estaba trabajando, cosa que cambiaría demasiado pronto para mi bienestar mental) la novela apareció.
Todos los días le mandaba las páginas escritas a mi amigazo y editor Juan Manuel Candal, que acuñó el término "novela polistahl" para referirse a todas las veces que -por ignorancia y por peleador, aunque también me documenté con Rodolfo Santullo, otro gran amigo, al respecto- rompía alguna regla del género policial y le añadía una nueva palada metanarrativa. Para la primera semana de febrero estaba listo el primer borrador, que empecé a corregir. En ese momento mis finanzas estaban en el peor momento en años, así que me metí a trabajar la zafra de textos escolares en Bookshop, la librería donde me había desempeñado como vendedor durante todo 2009 y parte de 2008. Los horarios rompieron mi propósito de escribir/corregir a toda velocidad, pero logré -gracias a Stéfano Buongiorno, quien era encargado de la sucursal Punta Carretas, en la que por suerte me tocó trabajar- disponer para mí las mañanas y así, mientras atendía clientes ocasionales, pude tener en la pantalla de la PC la novela (ya entonces titulada La vista desde el puente -un chiste privado que aparece en otra novela stahlinista inédita e involucra trolls), sobre la que hice algunos cambios importantes. El mayor de todos, de hecho, lo ocasionó la indignación de Candal con una escena clave que, en mi versión borrador, sucedía fuera de cámara. No puede ser, dijo Candal (y añadió una serie de insultos que no voy a reproducir acá), y vi que tenía razón.
A fines de febrero le llevé la novela a Martín. Se la pasó a Marcela, que debía decidir si era adecuada para la colección Cosecha Roja. En un par de semanas tuve el veredicto: la novela le había encantado, pero NO era adecuada para la colección, ante todo por abordar el policial desde una perspectiva demasiado irónica. Me señaló algunos puntos en que esto se ponía en evidencia y (para los que dicen que es imposible hacerme cambiar de opinión) vi que... ¡tenía razón! Además, sacada de la colección policial, todos mis chistes (Stahl diciendo "me chupa un huevo la novela policial" y cosas por el estilo) eran inútiles. También en ese momento le pasé la novela a Amir Hamed, quien además de amigo y compañero de emprendimientos rockerísticos es mi editor en el Instituto del Tercer Mundo, trabajo al que accedí a mediados de marzo y que me permitió dejar la maldita zafra (ya venía acumulando demasiados choques violentos con clientes estúpidos). Amir la leyó en un par de días y me señaló que, pese a que yo abría el paraguas declarando que era "parte de una trilogía", había un par de asuntos que debían cerrar de un modo más adecuado. Releí las secciones en cuestión y pensé que bien podía encontrar una manera de hacerlas "cerrar" (un poco, un 3 o 4 en la escala Lost = 10) sin bajarles la complejidad que me interesaba imponerles. El resultado de las observaciones de Amir y Marcela fue una segunda reescritura, ya en junio. Llevé nuevamente la novela a la editorial y al tiempo pasó a la correctora. Cuando llegó a mis manos el texto corregido, para confirmar o rechazar las inserciones, aproveché para releerla muy de cerca, lo cual generó todavía otra serie de reescrituras y añadidos (lo cual cambió significativamente el final, de hecho). Finalmente el texto quedó cerrado (para mí al menos, que ya estaba agotado y había descuidado el trabajo sobre una novela un poco más larga -y delirante, no una ucronía además- escrita entre marzo y mayo, titulada El gato y la entropía #12 & 35 y todavía no corregida ni releída) y se habló de publicarlo antes de fin de año.
A todo esto no teníamos portada. Mi idea era armar una especie de Sgt Peppers con Artigas, los Rivera, varios charrúas, Stahl, Ducasse y otros personajes históricos nombrados en le texto, pero obviamente carecía de medios para crear algo así. Y una tarde pasó por casa mi gran amigo Matías Bergara (que, como sabrán, aportó las tapas para todos mis libros hasta el momento, hecha la excepción de los publicados en cartoneras), para conversar de su reciente viaje a Bolivia (nota al margen: hay muchos amigos en este post; ya compensaré nombrando tontos... a ver... Dani Umpalumpa, Mercedes Vigil, Horacio Bernardo, Zignone, equipo-de-guinistas-de-Sidekick, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Christian Font. Listo). Entre tragos de Jack Daniel's terminé contándole de qué iba mi próxima novela, y casi de inmediato Matías tuvo una idea genial: Artigas ataviado de emperador rodeado por su fortaleza en Corrientes, una suerte de palacio/armería con cráneos de vaca y cañas de tacuara. Si bien nada de eso se describe en la novela (algo parecido sí, pero no exactamente eso) la idea me deslumbró. Ese tipo de conexión con Matías databa incluso de las épocas en que ilustró mi novela Lineal, siempre con acierto e inspiración... con acierto e inspiración sobrenaturales o telepáticos, debería decir, ya que incluía a sus trabajos todo el tiempo cosas que yo tenía en mi cabeza y que jamás le había comentado. La conclusión estaba clara: Matías tenía que ilustrar esa tapa. Lo negocié en la editorial y pronto pude darle el visto bueno. La portada, una vez lista, me fascinó.
De paso sucedieron algunas otras cosas interesantes: entre ellas la novela de Pablo Casacuberta Escipión, que también incluye en su trama un padre muerto, un padre historiador, de hecho. La leí creo que por julio o agosto, con la mejor de las predisposiciones (me parecía interesante la coincidencia, y además El mar, otra de sus novelas, me había gustado bastante), pero, como recuerdan los lectores de este blog, terminó pareciéndome una mierda apestosa, cosa que sigo sosteniendo que es... pero ese es otro tema. Otra lectura importante fue la de la novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron, que todavía no fue publicada en el Río de la Plata y que conseguí gracias a que me la trajera mi tío desde Madrid. La novela también incluye a un hijo que investiga entre los papeles de su padre, y es excelente (como era de esperarse después de El comienzo del a primavera y del compilado de cuentos El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan); no pocos de los aciertos de Pron en esta novela me inspiraron varias ideas, algunas de ellas, me pareció, asimilables a La vista desde el puente, y terminaron incorporadas al texto (otras quedaron por ahí, en espera de un mejor marco para aprovecharlas). Un momento interesante -y divertido- de la corrección fue el añadido de varias conexiones con otras ficciones stahlinistas, entre ellas un personaje muy querido para mí y por ahora poco aprovechado, el librero del cuento "Los otros libros", que en mi mente veo siempre igualito a Kurt Vonnegut.
A lo largo del proceso de corrección y recorrección y reescritura conversé mucho sobre ucronías con Juan Terranova (que hace poco publicó una en España) y con Rodrigo Fresán. Sus ideas y sugerencias fueron incorporadas a La vista... y también a otros textos ucrónicos, conectados todos ellos a Nadie recuerda a Mlejnas. Quienes tienen en su poder el libro publicado por Reina Negra recordarán que al final incluye una bibliografía esquemática en la que las divergencias entre tramas aparecen más o menos esbozadas. Cierto trabajo sobre ese mapa posible (cuya versión definitiva incluirá el trabajo de Ismael Bergara) generó la versión 2.0 del esquema, que aparece en las últimas páginas de La vista...
También sucedió en estas últimas semanas lo que podríamos llamar el "asunto Trilce", relacionado con varios (cientos) de ejemplares de los libros premiados por los Fondos Concursables del MEC. Algunos de los otros (para el que pronto escribiré una "historia" como esta) está ahora a mi disposición en casi un cuarto de su tirada original, y será parte de la presentación de La vista desde el puente (5 de diciembre en Café La Diaria, pero ampliaremos, ampliaremos), de una manera que todavía no está del todo refinada pero que será anunciada en las invitaciones "oficiales" al evento.
Eso es todo, amigos! (por ahora!)

5 comentarios:

Joker 23 dijo...

Es bueno leer esto, la génesis de lo que después aparece escrito.

Y es bueno que haya un viejo parecido a Kurt Vonnegut; me caen muy en gracia los viejos sarcásticos parecidos a Vonnegut, que también se parecen a Fogwill (será porque siempre Fogwill y Vonnegut se me antojaron parecidos).

Joker 23 dijo...

Es bueno leer la génesis de lo que después aparece publicado.

Y es bueno que haya un viejecito sarcástico parecido a Kurt Vonnegut; me caen muy en gracia (y me hacen recordar a Fogwill, será porque Vonnegut y Fogwill siempre se me antojaron viejos de la misma raza).

Ramiro Sanchiz dijo...

Clar! Vonnegut y Fogwill se parecían, no?

Joker 23 dijo...

Y... en las entrevistas que vi y leí de ambos siempre me parecieron similares, me hubiese gustado escuchar una conversación entre ellos. En narrativa, leí a Vonnegut pero poco y nada a Fogwill.

Capaz que ahora, al final, la tuvieron.

Juan Manuel Candal dijo...

"No puede ser, dijo Candal (y añadió una serie de insultos que no voy a reproducir acá), y vi que tenía razón."

Jajaja, me hiciste acordar a nuestro intercambio acerca de "Ape Hell" más recientemente, sobre cierta nota al pie que incluía a Jon y Rex.

Muy buena crónica; sacando la última parte (Pron, etc), recuerdo los mails de intercambio de "Se me ocurrió tal cosa, ¿cómo lo ves?", a los que generalmente adscribía con entusiasmo, pero ahora, que esa etapa empieza a quedar un poco sumergida en el tiempo-atrás, empiezo a recordarla -y a raíz de esta crónica- como un período muy ameno. Para los que no lo saben, cuando Sanchiz tiene una pregunta, quiere siempre las respuestas YA. Y uno que por ahí está intentando sostener un gato medio muerto con una mano, la estantería de porcelana de la abuela con el pie izquierdo, y lleva dos días sin dormir, tiene que leer y pensar algo utilizando sus pocas neuronas disponibles y dar una respuesta para alguien como Sanchiz, que no se come cualquiera.
Ausente de esta crónica queda el hecho de que terminado el primer borrador, me mandó la novela completa (que conservo en PDF, envidien, envidien, meros mortales) para que le diera una lectura final. Lo hice en unas seis o siete horas frente a la pantalla de mi PC, en mi casa anterior, en medio de una situación de ruptura, anotando puntualmente los mejores momentos y los que no me convencían tanto. Nunca hice eso por otro escritor, amigo o no amigo, y dudo que vuelva a hacerlo (yo no leo con la velocidad de Stahl). Pero ahora que miro atrás, es una anécdota vitalista desde Montevideo y emotiva desde La Plata (para Sanchiz salió su nueva novela, para mí fue un modo de salir de un mundo difícil un rato).

Salud al nuevo libro, RS, y ya mismo a trabajar sobre las que faltan publicar, las que faltan escribir y las que faltan pensar.

Abrazo y ¡aguante Thomas Pynchon!