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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 6 de diciembre de 2011

Las otras historias (sobre la foto de un álbum de los Rolling Stones)

En 1998 me encontraba en lo que podría llamarse el centro de mi fascinación por los Rolling Stones, que duró un par de años más y luego se diluyó hasta convertirse en una pauta océanica de flujo y reflujo, entusiasmo y desinterés, todavía presente. No recuerdo exactamente cuál fue el primer CD que compré en esa etapa; tenía algunos adquiridos hacia 1994, en su mayoría compilados que tranquilizaban mi entonces incipiente sentido de la responsabilidad histórica, más Voodo lounge grabado en un casette de cromo con el equipo de audio de mi amigo Adrián, un AIWA con capacidad de tres CD que nos parecía el no-va-más de la tecnología de audio, una cualidad que, extrañamente, yo sentía pasible de ser transferida a cualquier casette que grabara con él, como si pudiesen resultar de alguna manera misteriosa superiores en calidad de sonido a un casette original. Esa sensación duró poco, por supuesto, y años más tarde hice un gran paquete con todos mis casettes copiados y los tiré a la basura. Pero esa es otra historia –la del fin del mundo en 1999, la del final de la historia de la música dos años antes-; lo que importa aquí es que hacia junio o julio de 1998 compré, siguiendo el orden cronológico de los álbumes de los Stones, la última remasterización entonces disponible de Black and blue, el LP de 1976, debut de Ron Wood en la banda y un trabajo que, tengo entendido, no resultó especialmente atractivo en su época, si bien incluía canciones excelentes como “Fool to cry” y “Memory motel”, a la vez que –seamos justos, no es el mejor trabajo de la banda de Jagger y Richards– material digamos dudoso, como “Cherry oh baby” y “Hey negrita”, que, por alguna extraña razón, le gustan mucho a Rex. Ahora debo confesar que es uno de los discos de los Stones que menos me interesa; de hecho, en uno de los tantos fondos de onda de mi relación con la banda, de hecho quizá en el nadir de la relación, reuní los CDs que menos me interesaba conservar –Black and blue, It’s only rock’n’roll y Steel wheels (no había llegado, pese a eso que he llamado mi “fascinación”, a comprar los peores LPs, verbigracia Dirty work y Undercover; el afán completista, que me llevó a hacerme en el espacio de un año con cuatro ediciones diferentes de Outside, de Bowie, sólo porque el empaque era diferente o porque alguna versión incorporaba tres o cuatro bonus tracks, de hecho unos remixes poco inspirados en el mejor de los casos)- y los vendí en una de las tiendas que, entonces, en la incipiente era Napster/Kazaa/eMule/Soulseek/Bittorrent (y esta lista claramente sugiere la fecha desde la que escribo), todavía mantenía con vida el canje de dos CDs por uno usado o tres por uno nuevo y permitía, a la vez, encontrar ediciones extrañas, bootlegs y discos olvidados y listos para ser redescubiertos por una horda de periodistas a medio camino entre el mundo del rock y el de la “cultura”. Sin embargo, cuando volví a adquirirlo (eran años de bonanza económica, eran años de completismo coleccionista, eran años en los que estaba claro que no había excusas para comprar de nuevo toda la discografía de los Beatles, por ejemplo, sólo porque en la remasterización más reciente sonaban de puta madre), y dejando de lado las emociones –cierta nostalgia inevitable, ante todo- despertadas por el hecho de que a la acción de dar PLAY en el equipo siguieran los acordes funky y disfrazados de timidez de “Hot stuff”, algo mucho más interesante me pasó cuando recorrí las (escasas) páginas del librillo.
Era una foto de la banda, en una playa, un rato después de la puesta del sol. Tengo la imagen ante mí en este momento: Wyman, Wood, Watts y Richards están a la izquierda de la foto, una exposición larga que captura el movimiento (creo que Ballard llamaba “cronofotografía” a esta práctica, cuya imagen más consabida –además de su equivalente pictórico, el Desnudo bajando una escalera de Duchamp– es la de los ríos de luz dorada que trazan los automóviles por las calles de la ciudad) y que permite ver el trazado propuesto por cada miembro de la banda con una especie de bengala o alguna otra forma de luminaria, que generan un tono de amarillo que parece (y aquí comienza lo que yo sentí y siento como maravilloso) haber retenido la luz del crepúsculo, en el presente de la fotografía ausente (y quizá para siempre) del mundo.
En una primera instancia es inevitable unir los dibujos refulgentes en el espaciotiempo con las personalidades de los músicos: el bajista dibuja una espiral tensa, concentrada, hasta podría decirse minuciosa. No es un diseño que llame la atención en sí mismo, quizá, pero hay algo en el esmero puesto en llevar a cabo el trazado que habla o parece hablar del rol de un bajista en una banda como los Stones: un pulso preciso, inflexible, que elude las payasadas del vocalista o el idiosincrático diálogo entre las guitarras, los riffs inolvidables hasta el hartazgo y el mundo ingenuo y sórdido de las letras. Wood, por otra parte, traza una especie de ocho rubricado, algo quizá simple y descartable, algo propio de alguien que recién ha entrado a una banda ya entonces mítica y sabe que le corresponde llamar demasiado la atención (todavía); sin embargo, hay algo que llama la atención en el juego del guitarrista, y es que es el único de los cinco que sonríe, feliz de la vida, como si dijera que no está allí por otra razón que no sea el disfrute inmediato del papel que le tocó representar. Sigue Watts, que traza el dibujo más pobre imaginable, un círculo achatado que no cierra como debe; su expresión seria y concentrada, unida a su traje abotonado y formal, parece arrojarlo a una posición poco envidiable, como si hablara bajito y desde demasiado lejos para escucharlo, a la vez que transmite (por su cara, sus gestos) la sensación de que lo que está diciendo, además, no es interesante o que se vuelve incluso vergonzoso –lo cual trae además aparejada la sospecha incómoda de que, pese a su escaso interés, lo que está haciendo este hombre es absolutamente indipensable. Y el último de este sector es Richards, que parece determinado a señalar ante todo que posee personalidad, que es diferente a los demás, que está más allá tanto del juego infantil (eso que hace reír a Wood) como del esfuerzo consciente y prolijo (eso que hace Wyman), y que, por supuesto, es infinitamente más interesante que cualquier cosa que pueda hacer Watts.
Mick Jagger está más lejos. Parado a unos metros de sus compañeros traza un diseño incomprensible, abstracto, disperso y a la vez tenso, tramado por una mano que se mantiene (a diferencia de las de los demás) alta en el aire.  Quizá esté diciéndonos que su rol en la banda es múltiple, complejo; que donde los demás son claramente legibles o interpretables, él propone un enigma. Pero en realidad no importa. El juego de las personalidades y las luces en realidad es una distracción: lo verdaderamente maravilloso de la imagen es el mar, la playa y el crepúsculo muerto: es algo que está sucediendo a espaldas de la banda, es algo que estaba pasando allí, en esa playa, y que los Stones rozaron de casualidad, porque quizá iban por ahí en el autobús de su gira o en sus descapotables, o porque la playa en realidad era el conveniente y cómodo patio trasero de algún amigo, quizá otro músico, actor o actriz de cine, no tiene importancia. Y hay en la imagen algo ominoso, algo en principio secreto, algo maravilloso que, lo diré una vez más, los Stones tocaron guiados por nada más que una sincronía, una coincidencia cargada de sentido, porque está claro que los Stones siempre rozaron la maravilla un poco sin querer, que de hecho lo maravilloso no está ni puede estar en sus planes y si sucede –el solo de piano de “Angie”, el final de “All down the line”- es mejor ponerse las manos en los bolsillos, silbar distraídamente y seguir de largo.
Para empezar, ¿qué playa es esta? Uno pensaría en un océano, pero las olas minúsculas parecen sugerir otra cosa, el estuario del Río de la Plata quizá, una playa entonces de Atlántida o Santa Lucía del Este, antes del comienzo geográficamente determinable del océano Atlántico; eso o algún mar interior, un Mar Negro, Caspio o de Aral (en la década de 1970 aún no se había secado), un mar que quizá no recoge la geografía oficial del planeta y que habrán de denunciar tantos devotos de las teorías conspirativas, un mar en el que aparecen varados cadáveres de alienígenas, un mar en cuyas orillas aparecen ánforas de la Atlántida y restos de Playmobils, Walkmans y figuras de acción de superhéroes. Es un mar calmo, un mar de olas mínimas pero a la vez amplias, un mar moribundo, un mar del futuro remoto, un mar de los últimos días de la tierra. Un mar iluminado por esa luz mortecina que sigue al crepúsculo, esa luz de desilusión eterna que  experimenté por primera vez uno o dos años antes que mi primer contacto con Black and blue (y si ahora quiero recordar qué me hizo sentir aquella foto del librillo entonces me doy cuenta de que lo único que podría lograr es inventarla, recrearla como quien escribe una ficción autobiográfica), cuando solía ir solo –algunas veces con Adrián– a fumar un porro a la rambla justo de manera que el cenit del efecto coincidiera con la puesta del sol. Recuerdo una ocasión en que me aventuré al final de un muelle, de esos que suelen llenarse de pescadores, y me quedé allí sentado inmerso en la sensación de que todas las criaturas del mundo (árboles, postes de luz, nubes) miraban el crepúsculo como si se tratase del único gran acto teatral, de la única cosa que podía suceder en el mundo y que a la vez comprometía a todas las entidades que lo componen, y también como si todas esas criaturas no desearan otra cosa que escapar, de sus límites, de su entorno, de este mundo que compartimos, pero llegaban tarde, inevitablemente tarde, esencialmente tarde, a la única oportunidad que se les ofrecía, la de arrojarse hacia el sol poniente como si este fuese una suerte de túnel, vórtice o portal hacia quién sabe qué, otro mundo, la eternidad o la nada. Recuerdo que permanecí ahí sentado un buen rato después de la desaparición del sol, perdido en una suerte de vaho de tristeza. Y miré en dirección opuesta al resplandor remanente y vi la noche, azuloscura, agrandándose sobre el mundo como si fuese aquello de lo que todas las cosas habían querido escapar. Entonces una extraña nostalgia se abrió camino en mi conciencia, algo que después asociaría (durante al menos cuatro años) a las cosmogonías de los antiguos gnósticos y los deslumbrantes desvaríos de Philip K. Dick, pero eso, lo diré una vez más (y sé que es la segunda vez que me alejo del relato, pero ya estamos cerca del final y por lo tanto no sucederá sino una vez más, en el final), es otra historia; porque esta es la de mi vínculo a la foto del librillo de Black and blue, con su playa de la Costa de Oro uruguaya, su cielo de funeral del sol, sus sombras que se alargan hacia el mar y la oscuridad terrible del borde izquierdo de la fotografía, justo el que habita la banda –excepto Jagger, que se para a hacer su juego en el comienzo de la poca luz que permanece-, y el infinito del borde derecho, que se pierde para siempre en busca de otra oscuridad.
Quizá la luz que ilumina a los Stones, generada desde el lugar de quien sea que está tomando la fotografía, los vuelve poco más que figurillas humanas en un diorama; quizá no están allí, en el sentido de que la luz los aplasta como contra una pared sobre la que se ha proyectado mágicamente el paisaje de la playa –porque es posible que los Stones no hubiesen estado jamás en ese lugar, que esa orilla del mar y el tiempo moribundo fueron elegido por el diseñador del LP (lo imagino recortando las figuras de la foto original para pegarlas sobre la imagen de la playa) como manera de decir algo, de arrojar algo al mundo. O quizá Jagger sí esté allí: está más lejos, la luz lo afecta de otra manera, es, en resumen, más real.
Esta playa quizá sea, con o sin los Stones, un aviso del fin del mundo, un signo que ha viajado hacia atrás en el tiempo, como un profeta. Es el paisaje desolado de Final de partida, de Beckett: el mundo asolado por la entropía, a punto de desaparecer, resumido en el último movimiento sobreviviente de las olas contra la orilla, del ir y venir del mar. Es también el paisaje de un secreto, de algo que vemos en la oscuridad de cada uno de sus rincones y creemos entender pero que no se nos permite articular en palabras. Es también el paisaje de un enigma, y nos mueve a preguntarnos –y a sentir que estamos cerca de la respuesta, pero que, a la vez, como la tortuga a Aquiles, siempre logrará eludirnos– qué hacen estos cinco hombres allí y por qué, más allá del hecho evidente de que se trata de un grupo de músicos, se entretienen en dibujar el tiempo (justo eso, el tiempo, eso que muere en la foto, eso que aterriza en esta playa terminal (que también aparece en la portada, pero en un momento simétrico, con el sol todavía alto en el cielo, agitando la plata dispersa en el mar) y se posa sobre la arena como un perro de mirada triste o un calamar gigante que apareció muerto en la orilla y que pone en evidencia lo ridículo de nuestra zoología), en distraernos con sonrisas y trajes y trazos y soledades y diferencias.
Ahora sé que la imagen está allí, guardada en el CD, entre It’s only rock’n’roll y Some girls, entre los Beatles y Jimi Hendrix; está allí también en mi memoria, en aquel año en que compré el CD por primera vez y este otro momento, más cercano, en que volví a comprarlo y a redescubrir el enigma y la maravilla. Allí podría pensar que me esperan, aunque quizá si vuelvo a mirarla –y esto, por supuesto, me aterra más que cualquier hipótesis sobre la playa de los Stones y el fin de todas las cosas- ya no sentiré lo mismo, porque algo en mí también murió o se alargó hacia esa muerte que espera a todas las cosas. O porque ya no podré sentir que me acerco a una respuesta, porque yo mismo ya soy más estúpido o más opaco a la maravilla. O porque me distraerán otras cosas, no sé. No debería importarme, pero sí lo hace. No quisiera comprobarlo; prefiero ir hacia atrás, una vez más, y recordar que la sensación de muerte y extenuación que respira desde esa foto también late en el final de “Shine on you crazy diamond”, y entonces, siguiendo ese camino, recordaré una vez más aquellos días de 1997 en que escuchaba “Welcome to the machine”, también de Pink Floyd, y creía entender que ahí se denunciaba otro secreto sobre el mundo, sobre por qué nos volvemos opacos a la maravilla y, en última instancia, sobre por qué todo lo que vemos es una sección más en la vasta composición variacional de la muerte y la nada. Pero esa, y esta sí es la última vez que lo diré, es otra historia.

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