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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 15 de diciembre de 2011

polémica Peña-Sanchiz sobre la crítica literaria (2)

En el último post comentaba una serie de puntos de discusión sobre la crítica literaria que surgieron de un intercambio con Pedro Peña, quien respondió extensivamente en Facebook. Para hacer más fácil el intercambio reproduzco aquí su respuesta (con su permiso, por supuesto), que comentaré en la próxima entrada.
Agradezco antes que nada a Ramiro Sanchiz la oportunidad de reflexionar desde una perspectiva abierta estos temas.
Arrancaré esta breve fundamentación de mi pensamiento con la idea tradicional manejada por Wellek y Warren que distingue teoría literaria de crítica literaria y de historia de la literatura pero que su vez marca sus correspondencias e imbricaciones. Plantean los autores que, para hacer crítica, es necesario manejar un corpus de conceptos y herramientas teóricas, es decir, la hechura de la crítica implica antes el aprendizaje acerca de cómo hacer esa crítica. La historia de la literatura añadiría al asunto un juicio estético que clasifica primero, elige o suprime después. De esta manera, la crítica se ubica en una punto intermedio entre la herramienta pura y el objeto creado.
Pero esta es sólo una versión, un tanto reduccionista, del fenómeno crítico.
Es momento de ahondar en el tema y para ello voy a convocar algunas ideas del psiquiatra y crítico literario suizo Jean Starobinski, quien además de escribir crítica, escribió metacrítica, generando un concepto básico para todo aquel que pretenda cobijarse bajo ese manto: el trayecto crítico.
Veamos algunas de las cosas que Starobinski plantea: el querido Jean (nos tenemos mucha confianza, jejeje…) plantea que toda teoría es una hipótesis anticipada sobre un objeto, mientras que etimológicamente la refiere a su sentido primario de contemplación, pero no contemplación estática sino comprensiva (aisthesis comprensiva, diríamos, y de aisthesis proviene el vocablo estética…). Piensa JS que, cuando hacemos crítica, nuestro proyecto teórico a futuro influye sobre las consideraciones que hagamos del objeto a criticar, y en este aspecto coincide mucho, casi palabra por palabra, con Sartre. Para escapar del error de la subjetividad desmadrada (términos míos, aclaro…), Starobinski plantea la necesidad de que, junto a la práctica de la crítica, se haga una reflexión sobre esa crítica. Es decir, una reflexión metodológica que acompañe al trabajo crítico y no deje que el método crítico se vuelva un burdo tanteo intuitivo. Para él, la crítica sí consta de verbo, de instinto, de intuición y de improvisación, pero debe además contar con lo que él denomina principios rectores, que la constituirán en un saber que evoluciona desde lo particular a lo general: el resumen de esos principios rectores en acción daría como resultado el trayecto crítico, reflexionado a medida que se hace. Algo así como si un obrero fuera llevando un diario de sucesos significativos a la vez que construye un camino o una casa.
Todo el tiempo queda latente en las ideas de Starobinski el conflicto entre la obra y el discurso crítico que la acompaña. Dice Jean que el gran mal del que hay que escapar es la soledad de ese discurso crítico que, sometido a la obra comparte su soledad, sometido a reglas científicas se encierra a solas con el método e, independiente de la obra, recorre un camino aún más solitario. Arremete de este modo un poco velado contra distintas formulaciones del estructuralismo, tanto el radical como el contemporáneo, a los que considera sólo útiles si la cultura fuera una entidad inmovilizada.
En definitiva, el ideal de crítica de Starobinski combina rigor metodológico (técnicas y procesos) con disponibilidad reflexiva (libre de todo freno sistémico). Y recalco la idea fundamental: pensar lo que se hace mientras se va haciendo.
Barthes, en Crítica y verdad, plantea las siguientes ideas que, en parte, van de la mano con algunas de Ramiro y, otra veces, se apartan. Resumiendo, digamos que para Barthes el crítico es un creador que conjuga un lenguaje justamente crítico con otro poético. Arremetiendo contra la asimbolia de la vieja crítica francesa de la primera mitad del siglo XX y aquel concepto radical de lo verosímil crítico (radical y equivocado para Barthes, y para mí…), dice Barthes: “Leer es desear la obra...Pasar de la lectura a la crítica es cambiar de deseo, es desear, no ya la obra, sino su propio lenguaje...es remitir la obra al deseo de la escritura, de la cual había salido. Así da vueltas la palabra en torno del libro: leer, escribir: de un deseo al otro va toda la literatura.”
Por lo tanto, qué es lo que a mí, Pedro Peña, me parece que es hacer crítica… Bien, para empezar es necesario que el crítico sepa manejar herramientas críticas (que he nombrado en otros escritos, comentarios etc., anteriores, hay muchos métodos). Esas herramientas críticas las aprende leyendo teoría literaria e internalizando el método que mejor le parezca de los tantos que tendrá a disposición. Una vez hecha esta primera inversión, no es suficiente. El crítico debe someterse a la aisthesis de un objeto que, fenomenológicamente, puede parecerle hermoso o espantoso, como a un médico puede parecerle tal parte del ser humano hermosa o espantosa, cuyo sentimiento no es impedimento para que el médico analice esa parte con criterio científico. En el caso del crítico literario, lo mismo. A lo que debe sumar sus propias consideraciones acerca del método empleado, lo que entre otras cosas puede derivar en un cambio de método, en una hibridación de métodos o en la misma creación de un método nuevo, cuyas bases sistémicas deberán quedar explicitadas para beneficio del lector de esa crítica y de otros críticos que deseen aprovechar la volada de la nueva invención. Por poner un ejemplo, para quien quiera probar el parnasianismo en Baudelaire, recomiendo una crítica de corte estructuralista, pero si lo que se quiere probar es su influencia en el simbolismo, vayamos a una crítica desde la semiótica, y si queremos ver el romanticismo, hagámoslo desde la psicocrítica, por decir algo.
Lamentablemente, cuando uno dispone de un máximo de 6000 caracteres con los espacios incluidos para hablar de un libro en un medio de prensa escrito uruguayo hoy en día, es muy poco probable que pueda hacer crítica literaria desde esta perspectiva. Y aquí es donde todo vuelve a tornarse discutible, ya que Ramiro dirá lo que ya dijo y yo diré lo que ya dije. Aunque en honor a la verdad, debo reconocer (para que no digan que menciono sólo lo que me viene bien a mí), que el mismísimo Barthes incluso coincide con Ramiro, pues para él (de seguro estaba borracho cuando lo escribió) la labor crítica arranca desde el estadio del “compilator” medieval, que ya seleccionando textos hace una primera labor crítica. Debemos asumir entonces que el “commentator”, que es el estadio siguiente, también está incluido en esa labor, y ni que hablar del último de todos estos personajes, el “auctor”.
Yo me arrogo el derecho de discutirle esa nimiedad a Barthes, porque todo lo demás que fundamenta en Crítica y verdad va en otro sentido.
Volviendo a la raíz de la polémica y a la distinción que hace Ramiro sobre lo que él llama crítica académica y crítica …(no recuerdo el adjetivo ahora) para un público más general, creo que la dicotomía es falsa. El discurso crítico debe contar, para mí, con los presupuestos mínimos, y entre esos presupuestos mínimos está incluido una reflexión sobre su método, y en esto último está incluida la idea de método. Y yo lo que no veo en los diarios ni en los blogs es un método, mucho menos una reflexión sobre ese método, y entonces no veo crítica. Veo, sí, comentarios de una subjetividad respetable aunque casi nunca fundamentada con herramientas teóricas (acá es donde el mismo Barthes me da la razón).
Sí creo, como Ramiro, que el discurso crítico constituye al autor. Es más: cualquier cosa que escriba lo constituye.
Pero yo voy más lejos: el escritor escribe todos los días con las cosas que hace, con la forma en que pasa el tiempo, es decir, con su vida, que en definitiva es una narración plagada de significantes y significados.
Y todavía más: el verdadero lugar donde el escritor escribe es en su mente, en el diálogo permanente y lúcido consigo mismo, para lo que necesita educarse y aprender símbolos todos los días. Porque de la riqueza de ese diálogo consigo mismo depende la propia conciencia de sí, que viene a ser la primera etapa en la crítica de sí propio.
Bueno, por ahora va siendo todo.
Esperaremos…
Saludos “civilizados” a RS y a todos los que atraviesen por estas incongruencias (de paso, sepan disculpar tanto disparate, jejeje…).
Ah…una última apreciación: al estar hablando de estas cosas, ahora sí, nos aproximamos a la crítica…

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