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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 2 de marzo de 2012

más sobre la crítica

Hace un tiempo intercambié opiniones con Pedro Peña y Alejandro Gortázar sobre la crítica literaria. La discusión con Pedro giró en torno a las dos maneras relativamente enfrentadas que tenemos de concebir qué es o debe ser una crítica: para Pedro la diferencia entre una crítica y una reseña está en la mayor densidad conceptual de la primera, en su aproximamiento más "científico" a la tarea de dar cuenta de una lectura (lo que se trasluce en la puesta en evidencia de un marco teórico, por ejemplo); para mí la diferencia pasa por la presencia o no de un modelo de lectura, de modo que la reseña se limita a dar cuenta de un argumento o de la emergencia del texto en el campo literario mientras que la crítica lo pone en relación a otros textos del autor, propone una manera de leerlo y, eventualmente, emite un juicio de valor: para hacerlo el crítico puede apelar a explicitar o no el marco teórico que maneja o haya manejado en este caso en particular, pero no existe lo que cabría llamar una obligación, en tanto si lo hace producirá el tipo de crítica a la que llamaría académica mientras que si no lo hace se trataría de, a falta de un término mejor, crítica salvaje (en tanto puede llevar implícita una postura de relacionamiento frente a determinadas instituciones). Tanto mi concepción como la de Pedro son criticables, y por supuesto -por mi parte, y estoy seguro de que también por la de Pedro Peña- se trata de una reflexión en proceso más que de una conclusión definitiva. La participación de Gortázar, por otra parte, enmarcó el problema desde otra perspectiva y cuestionó la apelación a la "academia" como entidad reconocible en tanto productora o encauzadora o formateadora de discursos.
Por supuesto que existen otras maneras de abordar el problema. Una opción muy sencilla y práctica es equiparar "crítica" al discurso sobre una obra que emite un juicio de valor y "reseña" a la mera exposición de las particularidades de la obra, sin formular valoraciones. También podemos concordar más con Peña y pensar que cuanto más densa y valiosa la crítica, más presente estarán las marcas de consciencia del crítico en tanto tributario de determinadas propuestas teóricas, o plantear, por otro lado, la crítica como una intervención en la obra "ajena" y entenderla como una ficción derivada de esta e integrada al proyecto personal del crítico en cuestión. Las opciones son numerosas y cada crítico, lector, escritor o teórico eligirá la que más le guste o le convenga.
Me interesa ahora señalar que hace unos días Claudia Amengual publicó en su columna de la revista Galería ciertos pensamientos sobre la crítica y los críticos. Su postura no pasa por un criterio de demarcación entre reseñas y críticas ni sobre la relación entre crítica y teoría literaria, sino que abordó el problema de la buena crítica y la mala crítica, al que considera indistinguible, parece, de preguntarse cómo distinguir entre buenos críticos y malos críticos. Es interesante notar el sesgo de corte ético: el mal crítico es una mala persona, propone Amengual, un "canalla"; de hecho, la conclusión de la nota es que no hay malos críticos, ya que "críticos" deben llamarse únicamente los "buenos críticos":

El otro, el que escribe para lucirse, para mostrar ante sus pares cuán rudo puede ser, para vengarse o hacer daño, y desde la absoluta impunidad reducir a cenizas una obra sin preguntarse cuánto lastima, si acaba con una carrera o incluso con una vida, ese no merece llamarse crítico, sino canalla. Carente de talento creador, condenado a recibir solo migajas de consideración, clama reconocimiento de la peor manera, es decir, destruyendo.
Quiero señalar algunos puntos que me resultan interesantes.
1) Al incorporar la dimensión intencional (escribir críticas "despiadadas" para lucirse, para mostrar rudeza, para vengarse, etc) Amengual cancela la reflexión: Deja de presentar su postura como argumentable. ¿Cómo saber para qué escribió alguien, poeta, narrador o crítico? Incluso la declaración firmada por el creador no garantiza absolutamente nada en términos de certezas; en teoría literaria, de hecho, se habla de falacia intencional, a partir de Monroe Beardsley y W.K.Wimsatt, para señalar lo improcedente de incorporar la "intención" del autor (de ficción, de crítica, de lo que sea) a la lectura de su obra. ¿Cómo, entonces, rechazar lo dicho (en tanto "mala crítica" o en tanto signo de una "mala persona") por la intención que creemos adivinarle? Además, ¿podemos estar seguros a priori de que la presunta "intención" cancela el significado, que lo vuelve improcedente, diga lo que diga? O, en otras palabras, que fulanito quiera lucirse y parecer un rudo pistolero del oeste, ¿invalida lo que dice? ¿No será mejor leer qué dice y cuestionarlo y argumentar en su contra si nos parece equivocado?
2) No estoy seguro de qué quiere decir "absoluta impunidad". Se me ocurre, de todas formas -dicho de otra manera: quiero pensarlo así- que Amengual no está apelando a que deberían arbitrarse este tipo de cosas: además, está claro que un editor puede aceptar o no aceptar el texto de un crítico por un buen abanico de razones, de acuerdo esencialmente a su perfil o al perfil que intenta darle a su publicación; la variedad de perfiles y actitudes no puede sino enriquecer el campo, y cada lector sabrá cuál prefiere leer y cuál no.
3) Me resulta curioso lo de "acabar con una carrera". Entiendo el caso posible de que un escritor se sienta tan injuriado por una crítica que opte por dejar de escribir (me parece un idiota -independientemente de esa idiotez ese artista tan sensible quizá haya producido obras que me parezcan excelentes- el que proceda de esa manera, aclaro, pero no niego que pueda darse el caso); la pregunta es si un crítico debe preguntarse a sí mismo si lo que ha escrito genera ese riesgo. Digamos que lo hace. Si considera que la presencia de fulanito en la escena literaria es valiosa, y que si publica su crítica fulanito no escribirá más, quizá termine encontrando una razón para cambiar su discurso; pero si no lo hace (si entiende que fulanito es un mal escritor, por ejemplo, y que publicando sus libros sólo termina agrediendo a un buen número de árboles más necesarios que él a su entender; si asume que su crítica no tiene por qué acabar con una carrera), ¿por qué silenciar el impulso de decir que determinada obra, a su entender y de acuerdo a su perspectiva individual de la literatura (todo lo que debe darse por asumido en una crítica firmada), es mala? En cualquier caso, esta reflexión en sí misma me parece estúpida: Las instituciones han cambiado; el significado de publicar ha sido desplazado desde el advenimiento de los blogs y los e-books; todo esto ha incidido en un reformateo del campo literario, todavía operando en el presente. Por eso, pretender que una crítica cancele una carrera es, me parece, asumir para el crítico un poder que nadie tiene (excepto el escritor: si quiere guardar silencio y dedicarse a vender algodón de azúcar, siempre puede hacerlo). Y en cuanto al "incluso con una vida"... bueno, eso implicaría -suponiendo que Amengual habla de un posible escritor que se suicida después de leer una mala crítica; está el caso, dicen, del gran John Keneddy Toole, que se vio especialmente afectado por los rechazos editoriales a su obra- que podemos estar seguros de por qué (de todas las causas, quiero decir) alguien tomó esa decisión; También me parece un poco pretencioso, salvo, quizá, en un mundo novelístico, simplificado, que es, me parece, el mundo desde el que Amengual hace sus reflexiones sobre la crítica.
4) El crítico malo, además, según la autora de Falsas ventanas, es ante todo incapaz de crear ("carente de talento creador", leemos). Decir esto asume no sólo uno de los clichés más extendidos en cuanto a la crítica literaria sino, también, que la crítica es una obra de segunda clase, que ni siquiera puede ser considerada "creación". Y añade que semejante personaje, pobrecillo, está "condenado a recibir solo migajas de consideración", porque, claro está, la verdadera atención del público va para las grandes obras literarias, no las críticas que las abordan: la crítica es olvidable y, además, no la lee nadie, parece decir. Entiendo que esta idea no es de Claudia Amengual, en tanto lugar común, cliché sumamente difundido. Pero cualquier reflexión que se precie de un mínimo de actitud crítica debe al menos considerar la posibilidad de que esas ideas tan difundidas puedan verse desde otra perspectiva; Amengual, parecería, no lo hace.
Lo cierto es que el prejuicio contra la crítica (el que no crea critica, ese tipo de cosas) está tan difundido que grandes creadores han incurrido en ejercerlo en alguna de sus variantes. Mario Levrero, por ejemplo, dice:

La crítica es una actividad innecesaria, improductiva, muchas veces destructiva. A veces es útil en libros antiguos, porque puede ayudar al lector a ubicarse en un contexto que le es completamente ajeno (...). Una crítica bibliográfica debería informar escuetamente que salió tal libro, que tiene tantas páginas, que cuesta tanto y, en todo caso, que el autor escribió además tal cosa y tal otra (...) Es un error polemizar con los "críticos". Esos tipos calientan a cualquiera. (En Conversaciones con Mario Levrero, Pablo Silva Olazábal comp., pp.60-61.)
Es esencialmente el mismo prejuicio, un prejuicio ilustre. Por otro lado, Levrero, cuya inteligencia no se discute aquí (ni tampoco su talento como creador de ficciones), no se percata de que cuando dice que la crítica es "innecesaria" sólo está diciendo que él no la necesita, además de imponerle un régimen de función y utilidad, como pidiéndole que se justifique a sí misma en tanto discurso a través de una utilidad que pueda reportar a alguien o al medio en general; no sólo es posible responder que la crítica tiene una utilidad que supera la necesidad que tengan los lectores individuales de ella (en el sentido de que es saludable para el medio cultural que se proponga -no estoy diciendo que se dicte: apenas que se proponga en tanto discusión posible- un criterio de selección de obras que para determinados puntos de vista o instituciones o teorías o ideologías valen la pena o cumplen determinados requisitos de un arte, requisitos relativos a quién los enumera y desde dónde, por supuesto, pero no por ello silenciables o inútiles) sino que, en último caso, se puede también decir que a nadie se le ocurre preguntar a los poetas por la utilidad de sus poemas, o a los cuentistas por la utilidad de sus cuentos. Pensar que a los críticos sí les compete responder a esa pregunta es asumir que producen otro tipo de discurso, que necesita justificarse, que debe de alguna manera pagar su derecho a existir.
En cuanto a "improductiva" caben las objeciones anterior, y sobre "destructiva" me interesa señalar que nadie puede destruir una obra; la presunta destrucción alcanzada no puede ser más que otra obra de ficción. El mismo Levrero, me parece, estaría más que dispuesto a aceptar que un escritor está ante todo llamado a escribir, sin preocuparse por publicar o por recibir buenas críticas o reseñas.
Después, la idea levreriana sobre qué debe hacer una crítica (él dice "crítica", pero yo ahí entiendo "reseña", y supongo que Pedro Peña también) es reducirla a un propósito informativo; Levrero no considera la posibilidad de escribir sobre la escritura, o sobre una escritura en particular; curiosamente, no es difícil pensar que toda la literatura es, de alguna manera, una escritura sobre otras escrituras: sobre la lectura de A del texto de B. La ciudad es también una manera de leer a Kafka explicitada con anécdotas.

Digamos que habla de la sensibilidad particular de Claudia Amengual su llamado a que los críticos sean buenos y piensen en las suceptibilidades que podrán herir, que refrenen su pluma teniendo en cuenta que podrán producir una lagrimita aquí y una lagrimita allá; la de Amengual es una variante de la actitud de ¿por qué no podemos ser todos amigos? y, como tal, confunde el dirigirse a una obra con el dirigirse a una persona. Pero a la vez entiendo que en tanto lo que le interesa a Claudia Amengual es hacer mediar la dimensión "respeto", la dimensión "objetividad", la dimensión "humildad" (dice Amengual que los buenos críticos nunca olvidan que la crítica está "al servicio de la literatura"), hasta el punto de quien se salga de ese contorno que ella, prestigiosa escritora, cede a los críticos para que jueguen con respeto y reciban de vez en cuando una palmada en la espalda de parte de sus mayores los Escritores -con E mayúscula, claro-, no merece sino el calificativo de "canalla", toda esta invectiva contra la mala crítica no hace sino enmascarar una posición autoritaria y censuradora que llama a no pensar, a aceptar, que llama a poner reparos al sencillo acto de emitir un juicio, que llama a volverse un poco más acrítico. Quizá me equivoque, y Claudia Amengual (que no creo que lea este blog o que esté al tanto de que escribo reseñas o críticas además de novelas y cuentos) podrá corregirme, pero en mi opinión, reitero, canalla no es quien escribe una critica especialmente negativa (con "saña", término que asume que quien lo emplea conoce las circunstancias en que la crítica fue concebida) sino quien propone como "buena" una actitud esencialmente totalitaria y servil.

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