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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

lunes, 12 de marzo de 2012

Pink Floyd: un viaje personal (primera parte)

Allá por 1994 un entonces-amigo me dijo muy serio que el final de The Wall (Alan Parker, 1982), con sus niños recolectando objetos entre lo que parecen ruinas, no era otra cosa que una imagen del futuro postapocalíptico que seguiría a la Tercera Guerra Mundial, iniciada por Pink, el protagonista de la película, para apoderarse del planeta. Todo esto sucedió uno o dos días después de la primera vez que vi The Wall, o la primera vez que la vi con atención, en realidad; a mi amigo le contesté que se estaba tomando la ficción demasiado literalmente, pero no me hizo caso: para él, hablar de "metáforas" era una traición al verdadero espíritu del arte. De todas formas, ahora no importa qué pensaba esta persona ni por qué, ni tampoco qué hacía con esas ideas: el punto aquí es que en cierto modo ese día fue inaugurado mi viaje personal con Pink Floyd. Viaje, historia que, por lo tanto, comenzó con The Wall. Después de ver la película escuché el disco, que me prestó la hermana de un amigo; recuerdo que me pareció infinitamente superior la "actuación" de Waters que la de Geldof y recuerdo que saqué en la guitarra el comienzo de "Goodbye blue sky", pero no podría evocar mucho más ("Another brick in the wall" ya la conocía, por supuesto: incluso tengo la imagen muy clara de estar viéndola en la TV con mi padre, allá por 1987 o 1988, en uno de esos especiales de Fin de Año que tengo entendido todavía siguen siendo emitidos por los canales abiertos); tampoco recuerdo que me fascinara especialmente Pink Floyd en tanto banda, más allá de The Wall, al menos no lo suficiente como para convencerme de salir a comprar CDs; un amigo del liceo me prestó P.U.L.S.E., pero no me impresionó demasiado (este amigo sostenía que este álbum doble era el "disco en vivo que suena mejor", cosa que ahora me parece absolutamente falsa), y creo que llegué a apreciar algun tema de The Division Bell, pero nada más. Era mi época Doors, mi epoca Smashing Pumpkins, mi época grunge, así que hubo que esperar hasta fines de 1997 para que, ya en facultad de Humanidades, dos amistades recién adquiridas me hicieran entrar de verdad al universo Pink Floyd. Y ahí aparece uno de mis recuerdos más densos en relación a la banda: es una noche de enero de 1998 y estoy con Hernán, un gran amigo de esas épocas, en ese momento poeta y primer lector de mi abortada e ilegible novela Dulcinea desencantada, que llegó a las 900 páginas (ahora sólo sobreviven las ciento y pico de una de sus secciones), fan de Black Sabbath, Foyd y Zeppelin, luego convertido en militante del folklore, el canto popular y la intersección de estos géneros con la política universitaria, ágrafo hasta dónde sé. Deben ser las diez de la noche, más o menos, y estamos fumando un porro y escuchando música, Physical Graffiti; entonces mi amigo se levanta y dice que está cansado de los aullidos del "rubio Plant"; ¿qué querés escuchar?, le pregunto, de mala gana. Floyd, sentencia, y toma su CD de Wish you were here. Piensa un segundo antes de dar play a "Shine on you crazy diamond" y sonríe con malicia. Esto te va a matar, me dice, porque sabe que no conozco bien ese álbum, y adelanta al track 2.
Toda narración de una vida es una ficción; en el sentido más inmediato, una biografía o autobiografía es una simplificación de hechos, una estilización, una acumulación de sentido en ciertos puntos que se vuelven nodos o núcleos, los momentos "en los que todo cambió", los puntos de inflexión de ucronías posibles; ahora, para esta historia, yo voy a decir que esa noche con "Welcome to the machine" modificó el curso de mi vida; antes lo había hecho la lectura de Ubik, de Ficciones, incluso de Rayuela; luego lo harían Lanark, La novela luminosa, El arcoiris de gravedad, El buda de los suburbios, pero quizá a otra escala, en la medida en que el paso del tiempo nos vuelve un poco más inertes a estos grandes cambios. A mis diecinueve años, la misteriosa canción de Pink Floyd significó estar recibiendo una transmisión de otro universo: una ucronía de la historia de la música, en la que existía un lugar, un lugar físico, que era la encarnación "real" del desolado paisaje sonoro que subyace a "Welcome to the machine". Tuve que pedirle a mi amigo que pausara el equipo de audio: aquello era mucho más de lo que podía digerir en ese momento; es más: tuvimos que salir y tomar un ómnibus hacia la rambla para que yo -movido por una sensación de saturación, de encandilamiento que pocas veces he vuelto a experimentar- pudiera disipar la tensión producida por aquellos sonidos. Y recuerdo que ya en la rambla de pocitos, con un tetrabrik del tinto espantoso que solíamos tomar entonces, me quedé deslumbrado ante una luna llena que iluminaba las capas sucesivas de nubes delgadas, como una especie de encaje o mortaja plateada contra el cielo color petróleo y los edificios, y le dije a Hernán que "eso" (la conjunción de esa luna, del mar y los edificios) era lo que quería escribir en mi novela. Han pasado catorce años, esa novela ya no existe (salvo como vestigio en mis proyectos actuales) y ya no recuerdo qué diablos quise decir con aquello de que "eso" era lo que debía escribir; "Welcome to the machine", sin embargo, sigue estremeciéndome. Quizá no tanto como esa primera vez; quizá no siempre (es uno de mis discos favoritos, lo que quiere decir que lo escucho muchas veces a la semana, quizá demasiadas), pero de vez en cuando el universo se cierra a mi alrededor y allí adelante está sonando "Welcome", como un artefacto extraterrestre encontrado en una playa de Canelones o, mejor, como un objeto extraño y medio oculto en una fotografía de la infancia.
Esa noche volví a mi casa con Wish you were here y The dark side of the moon. Pocos días después me compraba ambos CDs en versiones que todavía conservo; al mes, más o menos, escuché Animals y repasé The Wall. Mi primera etapa floydiana, que no logró comprender The final cut ni abrirse camino por la etapa pre-Meddle (álbum al que entonces valoré únicamente por "One of this days" y la majestuosa "Echoes") o interesarse por el ochenterísimo A momentary lapse of reason. Una etapa dominada por mi indecisión entre Animals o Wish you were here como álbumes favoritos de Floyd (indecisión que todavía dura: a veces digo que Wish... es en mi opinión el "mejor" álbum de PF, mientras que Animals es "el que me gusta más"), una etapa que tuvo otro momento estelar: ahora somos tres, Hernán, Eduardo (otro amigo conocido en 1997 en Humanidades, beatle-fan acérrimo, baterista de mi primera banda, gran lector de Cortázar y productor y director de una película stop-motion sobre la Tragedia de los Andes, un work in progress para el que él también aporta la banda sonora) y yo, en el cuarto de Eduardo mirando The Wall. Supongo que ellos están cansados de que interrumpa la película a cada rato para explicarles mi teoría (no se quejan, sin embargo, eramos tres postadolescentes, eramos tres aspirantes a poetas: todos teníamos teorías a patadas): The Wall representa una serie de etapas o arquetipos en la vida de una persona; cuando llegamos a "Another brick on the wall part III" vuelvo a pausear y les digo que allí hay una evidencia a favor de mi hipótesis: Pink ha alcanzado un grado elevado de lucidez y está ante el máximo de su energía combativa: "no necesito drogas para calmarme, no necesito brazos que me abracen"; todo lo contrario al clima de "Hey you" o "Confortably numb", que, propongo, debe verse como el punto de inflexión del álbum, a partir del cual todo es alucinación -y no me doy cuenta en ese momento, pero con esa hipótesis le estoy respondiendo a mi ex-amigo con su teoría de la guerra mundial iniciada por Pink. Alguien, no recuerdo si Hernán o Eduardo, señala que mi hipótesis es signo evidente del estado depresivo por el que (según él) estoy pasando en ese momento. Me apuro a negarlo: se trata de algo universal, digo: The Wall nos confronta con lo peor de la vida, con el Sistema -usaba demasiado ese término entonces- haciendo añicos a una persona; y eso nos sucederá a todos, añado. Me miran con cara de preocupación. Sí, insisten, estás deprimido. Yo no hago caso y sigo hablando; me doy cuenta de que por ahí hay una avenida hacia lo que sentí con "Welcome to the machine"; lo relaciono también con Animals, les propongo que toda la discografía de PF puede entenderse desde esa línea. Y de nuevo pongo play. El resto de la película se sucede sin interrupciones; cuando termina -con el niño desarmando el cóctel molotov- salgo de la habitación y me siento en la terracita, para mirar una de las partes más feas de Montevideo (Aguada, el Palacio Legislativo, la Refinería de Ancap, el puerto) desde el piso nueve. Pero en la habitación, si miran hacia afuera, no me ven. Se preguntan dónde estoy, qué hice. Me volví invisible para su mirada, así que salen a buscarme, proliferando en ficciones. Estoy acá, les digo. ¡Pensamos que te habías tirado!, responden a coro, y surge de inmediato, como antídoto a ese estado "contrario a la vida" (para parafrasear a Houellebecq y su gran ensayo sobre Lovecraft) la idea de no volver a ver The wall. Los tres estamos de acuerdo, pero ninguno cumplirá su palabra.
De esa etapa floydiana sobrevive otra imagen: estoy escuchando las últimas partes de "Shine on you crazy diamond" y empiezo a representarme una playa de otro mundo, como la de Contact (Robert Zemeckis, 1997), como la que imaginé al leer The Songs of Distant Earth (Arthur Clarke, 1986), pero pronto es una playa de concreto, como la de El lugar (Mario Levrero, 1986); pronto es el límite contra el mar de una ciudad desolada, perdida en la bruma del amanecer. Porque es el nacimiento del día, pero nada está por comenzar: ya no habrá nada nuevo sobre la tierra. Es una muerte, siento con las notas de la famosa marcha fúnebre final de la canción, es el pináculo y muerte de una historia posible, una historia abortada; la frase "la muerte de los setenta" aparece en mi mente, y desde entonces no puedo dejar de escuchar esa sección de "Shine on you crazy diamond" sin pensarla.
1999, 2000 y 2001, Adore y Machina, me hacen regresar a Smashing Pumpkins; Mechanical animals me lleva a revalorar a Marilyn Manson; en 2001 veo Velvet Goldmine y me pongo a investigar la discografía de David Bowie, primero comprándome dos compilados (en ese momento, haciendo gala de una enorme miopía, se me ocurrió que no me interesaría nunca comprar sus álbumes -once años después tengo 84 CDs del Duque Blanco, contando incluso catorce compilados y álbumes que compré en 4 o 5 versiones diferentes, con bonus-tracks, remasters, etc) y luego bajando (por Napster, qué tiempos aquellos) The rise and fall y Hunkydory, que me fascina desde el sumamente esotérico (estos son mis días de fascinación con la Qabbalah, el Tarot, la alquimia, el hermetismo) tema "Quicksand", donde se escucha "don't believe in yourself, don't deceive with belief", y quizá encuentro en Bowie al alienígena perfecto para habitar los paisajes que mi mente proyectaba en (desde) Wish you were here; quizá aquí está la superación del paisaje desolado de Animals y The Wall. Aquí, en cuatro acordes, acústica de doce cuerdas y los solos dementes de Mick Ronson. Tomo mi guitarra. Siento que eso yo también puedo hacerlo.
El resto es empezar a pintarme las uñas de negro -a veces de violeta- y, con el tiempo, formar una banda glam. Al mismo tiempo, Floyd retrocede. Eclipse de banda all the way.
Y así como mi cenit floydiano tuvo sus momentos estelares, también los tuvo este nadir glam que estaba viviendo. Una imagen ha sobrevivido a estos años. Es 2004; estoy con el bajista de mi banda de entonces y otros amigos en el apartamento de uno de ellos. El dueño de casa es fan del rock progresivo y adora Pink Floyd; nos sentamos todos en el piso a escuchar "Shine on you crazy diamond" como previa a una salida. Me recuesto contra la pared y dejo que la música fluya hacia mí o desde mí: esto está muerto, digo de repente, como una de aquellas hipótesis sobre The Wall. Esta música está muerta, insisto; está fosilizada, es ceniza, está momificada. Nada de vida, repito. El dueño de casa empieza a discutirme; Floyd es la banda más grande de todos los tiempos, dice; no te discuto eso, le respondo, pero esta música está muerta o es música para muertos, o yo estoy muerto porque esto me mata. Entiendo que estoy sintiéndome totalmente alejado de la canción, expulsado del universo sonoro de Floyd, como si hubiese tenido que emprender la retirada desde la visión de 1998, como si algo en mí hubiese necesitado buscar otros territorios. No nos ponemos de acuerdo; intento argumentar, pero claramente no es una operación racional la que me ha alejado de Pink Floyd. La noche prosigue según los planes, pero en los días siguientes descubro que el bajista de mi banda ha sido inoculado: empezamos a hablar de componer una canción como "Shine on...", empezamos a articular a Floyd en la maquinaria del Bowie más oscuro, el de Diamond Dogs, y también del más progresivo, el de Station to Station (mi disco favorito de entonces -ahora prefiero la trilogía de Berlin, con Brian Eno); pronto estoy evocando una vez más "la muerte de los setenta", y entiendo que mi adorado Bowie también fue parte de eso. Una ficción va creciendo, que de inmediato uso en lo que estoy escribiendo en ese momento: algo sucedió entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta, algo que ahuyentó a todos aquellos exploradores (casi siempre inconscientes) del abismo. El Sistema, una vez más, sólo que ahora, hacia la cima de mi etapa esotérica, tiene otrs nombres, entre ellos el nombre de la deidad gnóstica Yaldaboath. Y también está The Matrix (Andy y Larry Wachowski, 1999) -especialmente a través de un juego de Arcanos Mayores del Tarot, inspirado en la película, que estoy diseñando (y que también se perdió); también es la época de un set de artículos muy alucinatorios que escribí para los primeros dos números de la revista Días Extraños, editada por Víctor Raggio y Roberto Bayeto: la nueva amalgama Bowie/Floyd/Esoterismo está dando frutos, aunque, por otro lado, empiezo a sentir que no podré seguir mucho más allá... y entonces sucede algo. Falla mi computadora y la llevo a arreglar al cyber que frecuento. Resulta ser la motherboard, que se ha quemado. En el proceso de realizar el diagnóstico, extrañamente, la información de mi disco duro se pierde por completo, y allí desaparecen todos mis cuentos escritos hasta la fecha; y la novela de 900 páginas, y el ensayo sobre el Tarot Matrix, y un diario llevado desde 2002. Extrañamente lo que siento no es sólo ira (al principio, en todo caso, sí): es más bien un alivio. Entendí que mi literatura no iba a ninguna parte y que, a la vez, cargaba en mi espalda una suerte de feto abortado pesadísimo. Debo empezar de nuevo: sólo han sobrevivido los textos publicados o los que había impreso recientemente: casi nada. Poco después, en noviembre de 2004, se me ocurre (esperando en Plaza Independencia) la idea que será la semilla para el proyecto Stahl.
¿Y Pink Floyd? No regresa. Pasan los años y no revisito los pocos discos que me quedan; vendo o regalo Animals, mantengo a Dark side of the moon y a Wish you were here alejados de mi equipo...
Hay que esperar hasta 2010, cuando conocí a Juan Manuel Candal a través de un llamado que llega a mi correo para participar en una revista online, Otro Cielo, a la que envío mi cuento "Patricio". El texto es aceptado rápidamente y comienzo a intercambiar mails con Candal; pronto nos hacemos amigos y, a fines de ese año, viajo a Buenos Aires y de paso a La Plata, donde nos conocemos. En una de tantas charlas interminables hablamos de Pink Floyd. Él es uno de los mayores floydianos que conozco, y argumenta que Floyd es inmensamente superior a todas o casi todas las bandas existentes. Le esbozo esta historia y le confieso que tuve mis épocas de floydiano, pero que han pasado hace tiempo. The final cut nunca me gustó, le digo, y siempre pensé que Syd Barret era un tipo sobrevalorado. Coincido en que Wish... y Animals son excelentes, pero la pasión por esos álbumes todavía no se reenciende... Los escucho de nuevo, claro, más de una vez, y siento que estoy aproximándome de nuevo... pero sin explosiones, sin supernovas. Estoy explorando a Jethro Tull, banda para con la que había tenido mi punto de acercamiento máximo también en 1998, estoy explorando a Bob Dylan y a Miles Davis... pero la inquietud por PF amenaza con regresar.
Y en 2011 es lanzada la discografía entera remasterizada. Dado que los remasters de Station to station (2010), de la discografía de Hendrix y, especialmente, de los Beatles (2009) me habían hecho redescubrir (a través de su calidad de sonido tan mejorada) aquella música queridísima, me propongo comprar dos o tres de mis discos favoritos de Floyd. Comienzo por Animals y Meddle, y el excelente sonido me convence de adquirirlos todos. Sigue The dark side of the moon, luego The final cut (que me maravilla tanto que no logro entender por qué no me había gustado en 1998: no estaba preparado, supongo), luego los primeros trabajos con Barret y las bandas sonoras de películas, luego Atom heart mother y, hacia fin de año, Wish you were here y los últmos discos. Conclusión: me encuentro una vez más de regreso en el universo Floydiano, en el sonido Floyd, como una suerte de hijo pródigo. La fascinación de mis diecinueve años ha mutado, se ha trasladado a otros lugares, a otras ideas, pero está allí. Sigue allí. Quizá no me mueva a silenciar la música y a huir hacia la rambla, pero si leo algunas cosas escritas recientemente a la luz de "la muerte de los setenta" entiendo que mi sensibilidad (y por extensión mi escritura y mi pasión por la música y la literatura) fue formateada aquellos días de 1998 y que en cierto modo todavía estoy allí, como si nunca hubiese dejado de construir sobre el mismo terreno. Puedo estar más abajo en los cimientos o más arriba en alguna de las torres, o quizá aún en planta baja, redecorando indefinidamente, pero sigo allí. Pese a todas las idas y venidas (en contraste a Los Beatles, por ejemplo, que jamás dejé de adorar), Floyd ha moldeado -he llegado a entender gracias a la vuelta a su discografía, y podrá decirse que se trata de una ficción autobiográfica, una estilización, una simplificación, pero es la ficción que sostengo y encarno en este momento-, mi manera de escribir y sentir. Es cierto que Borges, Dick, Ballard y otros han influido más específicamente en mi escritura en sí (o al menos me han introducido en un circuito agónico de influencias a la Harold Bloom), pero si pensamos que de alguna manera lo que hace a un escritor es una visión, un enfoque particular del universo o de alguna mínima porción del universo, una inspiración, una epifanía, en mi caso gran parte de "eso" es de herencia Floydiana.
Y esto nos lleva a The Wall en vivo, por Roger Waters, Buenos Aires, marzo 2012...
Pero habrá que esperar al siguiente post.

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