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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 20 de marzo de 2012

Pink Floyd: un viaje personal (segunda parte)

Entre las múltiples críticas y reflexiones que ha generado el show de Roger Waters con The Wall (en Argentina, al menos), las de Fabián Casas en Rolling Stone me resultan especialmente interesantes como punto de partida para esta segunda parte de mi viaje personal con Pink Floyd. Voy a comenzar, entonces, con el último párrafo de su artículo:
¿Alguien probó escuchar The Wall entero en su casa? Yo lo hice. De todo el disco, lo único que sobrevive, que tiene la intensidad del riesgo, la sensación de que "lo están tocando mañana" es "Confortably Numb".
No voy a discutirle a Casas sus apreciaciones sobre Pink Floyd en general y The Wall en particular, porque obviamente él dice lo que siente o lo que ha sentido o lo que sintió, y en tanto expresión de sus vivencias no hay discusión posible. Me interesa, sin embargo, la pregunta inicial. Es posible leer allí la idea de que, de hecho, nadie escucha The Wall entero (en realidad nos sentimos tentados a leer que ni Casas ni sus amigotes lo hacen, y que quizá eso lleva al escritor a concluir que nadie lo hace, nadie cool al menos); del mismo modo, la apelación a señalar qué es lo que sobrevive del disco también señala que la obra está en su sobrevida. Si hay que proponerse escuchar The Wall ("yo lo hice", escribe Casas, como si fuera algo singular) es posible que, de hecho, el album ya haya dado de sí todo lo que tenía para dar. En esta línea, entonces, se puede leer la conculsión del artículo de Casas:

De todos modos, el interés que identificó Steven Spielberg por observar a los grandes dinosaurios es una verdadera atracción: Madonna, Bono, Waters, autoparodias de la industria con un público cautivo asegurado, como el papa.
Obviamente la comparación con el papa funciona como boutade o provocación, de modo que voy a quedarme con lo que está a la izquierda de los dos puntos, esencialmente la metáfora de los dinosaurios: seres fuera de su tiempo, seres muertos en el pasado remoto y traídos al presente para generar un espectáculo cuyo significado difiere esencialmente del concebible en la época a la que pertenecen. La idea de que Waters (y The Wall por extensión) es un dinosaurio es la que parece colaborar a la noción de que nadie escucha The Wall porque el momento de The Wall ya pasó. Lo habrán escuchado "entero" en 1979, en 1980, pero eventualmente las cosas cambiaron y la obra dejó de ser escuchable o pasó a significar otras cosas esencialmente contrarias a aquellas que significó en "su momento". Perdió "vigencia", en otras palabras.
Me interesa ahora, en el contexto de este "viaje personal", presentar esa idea como un asunto ante todo generacional. Creo que mi generación (los nacidos entre 1975 y 1985, digamos), al menos en Montevideo, tuvimos una relación particular con el pasado histórico del rock. Una relación de reverencia, en cierto punto. Se nos presentaban ciertas figuras icónicas como integrantes de un canon del buen gusto, una serie de obras y artistas vinculadas a las nociones de profundidad, buen-hacer y relevancia, capaces de aglutinarnos en tanto minoría colocada del lado correcto de las cosas; obviamente todo el mundo ha buscado alinearse en la que considera la minoría correcta (o la mayoría): lo que quiero señalar aquí es que mi generación inmediata (podemos pensarla también como los hijos de esa clase media montevideana que engendró durante la dictadura) codificó su elitismo en base al canon básico del rock anglosajón: Beatles, Stones, Hendrix, Doors, Zeppelin, Floyd, Sabbath, bandas que produjeron sus grandes obras entre 1965-66 (Rubber soul, Aftermath) y 1979 (The wall); evidentemente, a partir de ese sustrato cada uno de nosotros avanzaba en alguna dirección específica: el conocimiento extensivo del hard rock, del metal y sus variantes, del blues, del rock progresivo o sinfónico, del punk, etc. En mi caso (influido obviamente por rasgos de mi personalidad de entonces y de ahora), el sustrato básico derivó en cierta "especialización" en Doors, Guns'n'Roses, Nirvana, Pearl Jam, Smashing Pumkpins, Zeppelin, Beatles, David Bowie, Jethro Tull y Bob Dylan, más o menos en ese orden, con las idas y venidas en torno a Pink Floyd que comenté en la primera parte de este "viaje". Escuchábamos en CD, en cassette, algunos (los que se asomaron primero al canon, de la mano de hermanos mayores o de los padres) en vinilo; considerábamos que la unidad básica de la música era el album, y menospreciábamos al tipo de fan que escucha canciones separadas y compra recopilaciones. Entendíamos que los "álbumes conceptuales" eran el cenit del rock, en tanto obras completas, de partes vinculadas necesariamente y constructoras de un sentido más denso que los LPs comunes y corrientes. Creíamos que el canon implicaba una concepción viconiana de la historia, que había una "edad de oro" pasada y una larga deriva de resemantización y decadencia; asumíamos que para entender a Nirvana había que haber pasado por Beatles, Sabbath y el Punk; creíamos que nadie podía comprender (y generar un discurso válido) sobre el presente del rock sin haber dado previa cuenta de su conocimiento del canon. Esta actitud -conservadora, si se quiere- nos hizo mantener un eje en la banda sonora de nuestras vidas: nunca dejamos de escuchar al canon, con mayor o menor asiduidad, y podíamos entender que la música de 2005 iba por una dirección y que Zeppelin, por ejemplo, le representaba un lugar ajeno, quizá perimido (aunque nosotros no lo sintiéramos así, más bien lo contrario), pero ante todo "mejor", el lugar del origen (o de una indagación arqueológica del origen, como en el caso de Zeppelin, cuya producción -al menos parte de ella- puede entenderse como una narrativa de la búsqueda del origen), la posibilidad de una filología. Tenemos 30y pico y seguimos escuchando Electric ladyland, aunque también hayamos pasado por, digamos, Fleet Foxes o Muse (no es el ejemplo más neutro, lo sé).
Una generación inmediatamente anterior (la de Fabián Casas, de hecho), sintió, en mi opinión, la necesidad de adecuarse a los cambios, de abandonar los viejos cánones y dar por ilegibles las producciones tan leídas años atrás. The Wall ya no se escucha, razonaron, y otras bandas de la época no pasan de curiosidades de museo. Ya nadie escucha un disco entero, asi que ellos pasaron a no hacerlo. Tanto "ellos" como "nosotros" tuvimos que enfrentar el hecho deslumbrante de la disponibilidad total (o casi total) de la música; la accesibilidad de todo, el hecho de que ya no sólo el canon sino la guía telefónica entera estuviese flotando ante nosotros en un universo virtual al que un acceso de una hora o menos nos permite descargar un álbum completo y, con un poco más de paciencia, la discografía de ese artista. Y para resolver ese cambio apelamos a estrategias diferentes; algunos buscaron completitud y privilegiaron la calidad de sonido como sistema de afinamiento de la búsqueda; otros procedieron a descargar completa la guía telefónica y a escucharla ordenadamente, sin tiempo para revisitar (porque siempre había algo nuevo que requería atención); algunos asumieron la disponibilidad como manera de estar al día en todo, otros para profundizar en sus bandas favoritas y acceder a bootlegs, videos, versiones en vivo, etc. Algunos reforzaron su creencia en la historia del rock en tanto progreso, la sucesión de pasajes a la ilegibilidad o la invisibilidad, la actitud de que sólo lo "nuevo" en arte es trascendente, la crítica a la actitud que rescata "dinosaurios".
Pink Floyd, desde cierta perspectiva histórica, es una banda que terminó siendo arrasada por el Punk, el huracán por excelencia de la historia "oficial" del rock (es decir, el capitulo más tormentoso de esa ficción); quienes vivieron esa tormenta (la generación de Casas, por ejemplo) en carne propia, me parece (quienes creyeron en esa tormenta poco después del momento en que operó) resultaron más proclives a creer en la ficción del progreso y la noción de lo nuevo como lo único (o lo más) relevante. O al menos esa es la ficción con la que juego a explicarme el asunto.
Para mí y para otros de mi generación, Floyd fue y es uno de los núcleos de ese canon en que creímos y creemos. La atención que le prestamos, motivados por su aura para nosotros innegable, nos hizo desmenuzarlo con pasión, como si se tratara de algo esencial para nuestras vidas.
Supongo que por ahí hay un comienzo de explicación para el célebre "record" de Waters en Argentina. Cientos de miles de personas (de al menos tres generaciones) llenaron nueve veces el estadio de River para presenciar el concierto; yo llegué a Buenos Aires el jueves, me encontré con Juan Manuel Candal para vagar por las librerías de Corrientes, fui hasta Caballito para pasar la noche en la casa de Juan Terranova, me reuní  al día siguiente con Felipe Herrero para discutir algunos asuntos de una novela que voy a publicar en su editorial y, a eso de las 14 horas, me encontré con mi amigo Jorge Merlino. No mucho después estábamos en la fila; entramos al estadio a las 18:30, más o menos, y esperamos hasta las 21 y pico, cuando una voz peninsular nos dio la bienvenida a The Wall...
Ante todo, hay que partir de la base de que The Wall no es un concierto de rock. En un concierto de rock la banda interpreta canciones tomadas de su repertorio sin necesariamente presentarlas dentro de los límites de sus álbumes o en el orden en que fueron compuestas; en un concierto de rock el cantante, generalmente, arenga a la multitud y la seduce, muchas veces mediante frases que resaltan lo gran público que son, lo hermosa que es su ciudad y lo bien que están haciendo sentir a la banda. En un concierto de rock el final es arbitrario, y da paso a la sorpresa de los encores, generalmente canciones elegidas por su relevancia dentro de la discografía o su éxito entre los fans. Un concierto de rock presenta elementos decorativos: luces, fuegos artificiales. En un concierto de rock suele haber una pantalla que ofrece a todo el estadio la visión que la distancia a veces vuelve dificil o imposible.
The Wall no es nada de eso. Sus límites son estrictos: los de la obra en tanto álbum conceptual y narrativo; sus canciones son las del álbum y ninguna más (en este caso se agrega una coda a "Another brick in the wall 2" y la canción "What shall we do now", que no integró el LP o el CD pero sí la representación en vivo de 1980), todas hilvanadas por un relato o una coordinación de escenas que sirven a un propósito conceptual; por tanto, el final del espectáculo The Wall no es arbitrario: son las canciones que deben ser y ni una más. En River, el viernes 9, por un momento desee que caídos los ladrillos Waters saliera con una guitarra y cantara "Pigs in the wing" o "Us and them", pero, por supuesto, eso no iba a pasar, ni debía pasar.
Otras diferencias entre The Wall y un concierto de rock pasan por el lado de los elementos que llamé "decorativos": en el caso del show de Waters nada puede calificarse realmente como decorativo o accesorio, en tanto todo integra el aparato conceptual de The Wall, sea el avión que se estrella al principio, los ladrillos que caen al final, los ladrillos que van siendo colocados, las proyecciones o el hecho de que el cantente que toma el lugar de David Gilmour cante el estribillo de "Confortably Numb" (dicen que en los 9 shows esta canción fue dedicada a Fabián Casas) en lo más alto del muro. La pantalla gigante (ententida aquí como el muro sobre el que se proyecta, que genera un espacio escénico extensísimo), de hecho, cumple con un rol también diferente, en tanto no está allí para que veamos a los músicos en planos cercanos (no para ver qué caras ponen o con qué gestualidad corporal tocan sus instrumentos) sino para aportar a la narrativa y al concepto con imágenes. El caso más claro es "The trial", donde son proyectadas las animaciones de Gerald Scarfe, pero en todos los segmentos (no sé hasta que punto es válido el término "canciones") la visión de la pantalla es ineludible. De hecho, mirar a los músicos nos distraería, y, en ese sentido, opera una clara inversión con respecto a lo que suele ser un concierto de rock.
Sería un error, en mi opinión, juzgar al show de The Wall en tanto concierto de rock. Es fácil imaginar fans desilusionados que se quejaron de no poder poguear o incluso de que se aburrieron y "no entendieron nada"; Raúl Silveira, un amigo que asistió a una de las últimas fechas, me comentaba, precisamente, que un grupito de chicos se quejaba de eso a la salida del concierto, y en mi caso recuerdo haber escuchado a un hombre a mis espaldas diciendo por celular a un amigo que si no había visto la película no iba a disfrutar para nada.
Otra de las críticas más extendidas parte de un malentendido similar, y es la que señala que Waters "hace playback" o que lo que vemos de su performance en las pantallas está "grabado". Esas objeciones serían válidas para un concierto de rock, espectáculo al que asistimos para ver a nuestros músicos favoritos interpretar sus canciones más exitosas o relevantes: aquí todo lo que vemos u oímos, en cambio, está dominado por un propósito vinculado al sentido que se construye por su relación con el álbum en su totalidad y que apuntala el concepto y la narrativa; claro que hay pistas grabadas (las había en 1980 también), claro que no siempre se ve a Waters "en vivo" proyectado en el muro... ¿pero en qué sentido eso atenta contra la ejecución de The Wall? ¿Contra la narrativa, contra el concepto? ¿Sentimos menos el drama de Pink en "Mother" porque Waters esté haciendo un dúo consigo mismo?
En conclusión: la experiencia de ver y oir The Wall en vivo fue única. Pronto cuento con asistir al concierto de rock que dará Paul McCartney (figura acaso más relevante que Waters, para muchos) en el Estadio Centenario; me esforzaré por no comprar la emoción y la experiencia que me generó The Wall, porque, entiendo, son espectáculos muy diferentes. Pero, más allá de estas ideas, sé que será dificil. La casi perfección del show ofrecido por Waters lo convierte en uno de los espectáculos (aquí sin distinguir entre operas-rock o lo que sea que es The Wall y "meros" conciertos de rock) más fascinantes y emocionantes al que he asistido en mi vida. Sé que influye el hecho de que Pink Floyd y ese disco en particular representaron mucho para mí en diversos momentos de mi vida (este presente es uno de ellos), pero es difícil no ceder a la tentación de asumir que "algo" en The Wall genera esas respuestas, sean escuchando el CD o en el estadio de River con otras 40.000 personas, con otras 150.000... entonces ¿hablar de vigencia? ¿De dinosaurios? Sí, quizá valga la pena en tanto reflexión, ¿por qué no?, pero por favor pensemos bien antes de hacerlo. Tengamos más cosas en cuenta, como mínimo.

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