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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 17 de abril de 2012

The Beatles: un viaje personal


Tengo bastante claro mi primer recurdo de los Beatles porque es, además, uno de mis recuerdos más tempranos. Hasta 1987 viví con mis padres en un apartamento del Barrio Sur, en un complejo de edificios sobre la Rambla República Argentina, y en 1983, más o menos, hubo un cambio en la disposición de las habitaciones, y lo que había sido el cuarto de mis padres pasó a ser el living-comedor para uso diario; en mi recuerdo esto aún no había sucedido, y estaba con mi madre viendo TV (un gran televisor blanco y negro): Pasaban un documental sobre los Beatles, y mi madre lo miraba muy emocionada (no hacía tanto que habían matado a Lennon, además); en algún momento se veían personas llorando, como desesperadas. Pregunté  por qué, qué era lo que hacía tan infeliz a esa gente, y ella me respondió "lloran porque se separaron los bitles". Obviamente yo no tenía la menor idea de quienes eran, así que le pregunte. Mi madre me dijo que eran un grupo de su época, que tocaban la música que ella había bailado de adolescente. Y seguí mirando. No recuerdo otra imagen del documental, excepto una más: los cuatro en el techo, tocando "Get Back", y había algo fascinante allí, quién sabe exactamente qué, por lo que no dejé de pedirle a mi madre que me contara más sobre los Beatles. Cierto tiempo después tuve acceso a un tocadiscos (mono, además) y mi madre me regaló su colección de vinilos. Algunos estaban rayados y no eran ya escuchables; en otros se salvaban algunas canciones: With the Beatles y Please please me, este último con la tapa tontamente traducida a "por favor, yo" (que se pierde el juego de palabras entre "por favor" y "complacer").
Ese es, entonces, mi fondo de conocimiento Beatle: escuché esos discos cientos de veces y me entusiasmé con la posibilidad de tocar los temas el piano (no sé por qué no pensé en la guitarra), cosa que me llevó a empezar a aprender ese instrumento... pero eso es otra historia.
Seguimos con los Beatles. Mi madre y mi padre, como supongo que otras personas de su generación, tuvieron una apreciación irregular de los Beatles; disfrutaron mucho de los primeros discos y la Beatlemania, y quizá hasta algo de Revolver, pero a partir de allí su contacto con los Beatles se refugia sobre todo en los singles. Por eso, algunas facetas de Revolver (como "Tomorrow never knows" por ejemplo) tuve que descubrirlas solo. A través de documentales, por ejemplo, o de cassettes que me prestaban amigos. Así, para mitad de la década de 1990, ya conocía más o menos la totalidad de la discografía. Mi primer CD, de hecho, fue Past masters 2, regalo de mis padres (el primero que compré fue Waiting for the sun, de The Doors), y me hizo mucha gracia hacerles escuchar "You know my name", tema que apenas recordaban. Recuerdo también que en 1995 le compré a Pablo Dobrinin los cassettes del Album blanco, con otra fea traducción, esta vez "Guitarra vas a llorar" por "While my guitar gently wheeps", y se instaló en mí la admiración sin límites por los tipos capaces de tocar algo como "Helter Skelter", que sigue siendo una lección de rock pesado, pese (y nutriéndose de) todo el metal que ha pasado bajo el puente.
Mi fascinación se centró a partir de entonces en el Blanco. En 1997 viajé a España y volví con muchos libros y sólo cinco CDs, dos de ellos para regalar, dos de música clásica y el Blanco, en una edición de CD doble armatoste que todavía conservo (y que fue reemplazada recién en 2009, cuando se editó la remasterizada). Ese año compré gran parte de la discografía en CD, gracias al entusiasmo compartido con mi amigo Eduardo Mántaras, otro gran beatlefan, que también por esos años (97-87) casi completó su colección. Uno de mis mayores recuerdos de ese tiempo es escuchar obsesivamente Revolver, con Eduardo y también con otro gran amigo, Marcelo Stábile. Salíamos a fumar porro por ahí y después nos encerrábamos en su auto (en realidad era el auto de su madre) a escuchar Revolver con sonido surround. También con Marcelo (él en la batería, yo en la guitara -renuncié al piano allá por 1991) tengo un gran recuerdo Beatle: estar tocando "Helter Skelter" contra la grabación, también pasados de porro, y desfasarnos ligeramente del tempo, lo cual, en mi percepción alterada, generaba burbujas de sonido que sacudían mi realidad (así contado suena dickiano, pero no tengo otra manera de narrarlo).
Es decir... cualquier época de mi vida que evoque allí están los Beatles. Y otras bandas, por supuesto, Pink Floyd, Zeppelin, Bowie, todas mis fascinaciones musicales, a veces por delante, a veces a la par, a veces por detrás: pero siempre los Beatles, como si fueran el espinazo indudable de la banda sonora de mi vida, el latido de corazón de The dark side of the moon.
He hecho amigos gracias a los Beatles o con los Beatles; he escrito a partir de los Beatles; he escuchado a otras bandas (y descubierto maravillas) desde los Beatles. He pensado con los Beatles, imaginado con los Beatles... tanto que sería incapaz de figurarme el universo sin ellos. El universo y la música. No es original, claro: se sabe no hay rock sin los Beatles, salvo en alguna ucronía, por ejemplo (por eso siempre detestaré el universo de mi novela La vista desde el puente, en el que los Beatles no existen), en la que otra es la banda central de la historia del rock (si es que existe el "rock" en esa historia: para mí el rock es esencialmente un producto beatle... antes había rock'n'roll, que no es lo mismo) y todos los sucesos son completamente diferentes.

Hace poco más de un mes tuve el placer de asistir a uno de los conciertos de Roger Waters en Buenos Aires. The Wall es un disco importante para mí, no mi favorito de Pink Floyd, pero sí, claramente, uno de los que pondría en la categoría de obras maestras; y no sólo eso: uno de los que son esenciales (de los que se siguen sintiendo esenciales) a ciertos momentos de mi vida y a ciertas actitudes a las que sigo aferrándome asumiéndolas profundamente mias. Y el concierto fue perfecto:  todos los elementos estaban puestos allí para cumplir una función que verificaban de mil maravillas. Cuando, días después conversé sobre el concierto con mi amigo Raúl, me las apañé para armar una hipótesis: lo de Waters no era tanto un concierto de rock como otra cosa, un espectáculo teatral, una ópera-rock, como se lo quiera llamar; es cierto que el despliegue de luces y efectos y perfección sónica hacía fácil creer que jamás se vería algo igual. Justo en esos días se confirmó la llegada a Montevideo de Paul McCartney... lo que volvió inevitable añadir "salvo uno de los Beatles, claro". Además, estaba claro que otro concierto de algún grande entre mis favoritos sería, a diferencia de The Wall, un conjunto de canciones seleccionadas desde una discografía significativa, tocadas del mejor modo posible y con todos los elementos de un "show", del "entretenimiento". Otra cosa. Menos narrativa y más sorpresas. Chance de jugar el juego de pensar en qué favoritos estarán y cuales no. Conexión con los músicos, que no están representando un papel de un modo tan directo como lo exige The Wall...
Y la posibilidad de sentir a pocos metros la presencia y el sonido de uno de los Beatles. Y no de un Beatle cualquiera. Porque tanto Harrison como Lennon de alguna manera intentaron abrirse de los Beatles hasta las últimas consecuencias, reinventándose (con mayor o menor éxito), revisitando la herencia común desde otros lugares; lo de Paul, en cambio, podemos pensarlo como crecer desde el fondo Beatle; lo que hace que una canción de McCartney solista sea tantas veces incorporable a algún disco de los Beatles es precisamente el mejor indicio de que si hay una "esencia Beatle", esa esencia estaba (está) más en Paul que en cualquiera de los otros. Esto, por supuesto, no implica una valoración en tanto músicos: sólo una conexión emocional con esa cosa más o menos indefinible que sentimos ante la música de los Beatles, esa música que, al menos a mí, me habla desde un plano diferente al de, por ejemplo, los Stones o Led Zeppelin: un plano más familiar, más "mio". Zeppelin es algo que viene de afuera, una maravilla de la naturaleza, digamos. La música de los Beatles, si bien también tiene algo de cosa-hermosa-que-nos-ponemos-a-mirar, no deja de estar también adentro. Supongo que un fan incondicional de los Stones podrá pensar lo mismo: alguien criado con la música de Jagger&Richards, indudablemente, podrá atribuirle estas mismas cualidades. Es más: en algunos momentos de mi vida escuché más Stones que Beatles, o más Zeppelin que Beatles, o más Bowie, Smashing Pumpkins, Nirvana, lo que fuese; pero apenas daba PLAY en el CD, la música surgía desde los parlantes y desde mi mente. Listen to the music playing in my head, indeed.

En el principio fue la paranoia. De saber si se conseguirían las entradas, de, una vez entendido el robo a mano armada y mentira flagrante de los puestos de venta, si realmente funcionaría la compra por Internet, de no saber cuándo podrían levantarse las entradas, de cualquier problema que surgiera a último momento... en fin. Fueron pasando los días y las semanas y un día llegó un e-mail de confirmación; Matías Bergara me escribió un SMS de alivio, un gran "ya estamos adentro" que hizo al resto de la espera cuesta abajo. Y el domingo... Hubiese pasado la mañana y la tarde en las inmediaciones del estadio, ya "siendo parte" del concierto, sin dejar de pensar que incluso la ansiedad por la espera sería parte de algo a recordar.
A eso de las dos Fio y yo acompañamos a mi suegra y a mi cuñada a su lugar en la cola, y allí ya encontramos amigos y conocidos que esperaban para entrar, entre ellos Matías y su novia Mariana, Sandra García y Horacio Martínez, y Damián González Bertolino y su familia. En un momento, de hecho, sonó la prueba de sonido, especialmente "Flaming pie", uno de mis temas favoritos de McCartney solista y que no fue incluido en el set del concierto. El resto de la tarde fue volver a casa, arreglar algunos asuntos y salir de nuevo. Entramos a eso de las seis y media, cuando estaba sonando el telonero "soniditos" Buscaglia. Tres "musiquitas" totalmente prescindibles y hasta irrisorias, que no molestaron ni encantaron, al menos a mí. Como si no estuviera. Luego más espera, hasta que en las pantallas empezó la animación de fotos y recortes de diario, repasando la historia de los Beatles, de Wings y de McCartney solista. Entonces apareció, con "Hello Goodbye", que era como entrar al concierto por una puerta trasera, despacito, como mirando alrededor y saludando a los viejos conocidos. Eso, y también preparar el camino. Para lo que se vendría.
Momentos más emotivos: "Something" en ukulele y luego la banda completa, con las fotos de Harrison en la pantalla central; "Blackbird" en el set acústico; "Let it be" y mi llamada por celular a mis padres, que no pudieron ir al concierto y que así, de alguna manera, pudieron estar un poco más conectados con esa música que en gran medida les debo haber descubierto; "Live and let die": el momento de mayor deslumbre no sólo del concierto sino de todos los conciertos que he visto, a la par del primer solo en "Confortably numb": deslumbre no sólo por el aparato pirotécnico y las luces sino por la interpretación al borde de la supernova de la banda; "Helter Skelter", mi gran favorito entre los temas de McCartney y quizá la canción que más esperaba en el concierto; y las secciones de "Band on the Run", "I've got a feeling", "Jet" (quizá el primer gran momento del concierto), el breve segmento de la hendrixiana "Foxy Lady", la extraña sensación de escuchar la hermosa, hermosísima voz de Paul (si vuelvo al concepto de esa "porción" de los Beatles que siendo más interior no puedo evitar pensar que esa cercanía tiene mucho que ver con la voz de Paul McCartney) cantando "A day in the life"... y me detengo aquí. También los momentos de unión con la gente que tenía cerca; especialmente los momentos de especial cercanía con Fiorella, a través de apretarnos las manos o de abrazarnos de alegría y saltar en las partes más movidas.
En otras palabras: hacía tiempo que no sentía esa explosión de felicidad en la música; es cierto que es difícil entrar a un estado mental en que verdaderamente se entienda que esas canciones que se escucharon toda la vida ahora están sonando en vivo y desde precisamente uno de los Beatles. Vimos a Paul McCartney. Lo escuchamos tocar bajo, guitarra, mandolina, ukulele y piano. Lo escuchamos cantar "Let it be", "Yesterday", "Blackbird", "The end" (y qué maravilla detenerse a considerar que el último disco de los Beatles cierre con ese tema)... como comentaba ayer con Pablo Dobrinin: es demasiado grande para asimilarlo rápido. El tiempo nos acercará a una mejor expresión de lo que vivimos, supongo; y, a la vez, nos alejará de esta luz en los nervios.
Metáforas de hiperfan, claro, pero para mí de eso se trató, de eso se trata. Los que lo vivimos el domingo sabemos que llevaremos el recuerdo de este concierto como una forma de felicidad que jamás nos abandonará. Y además haberlo compartido, haberlo vivido -así fuese a través de los comentarios en estos días, a través de un encuentro rápido en la cola o en el estadio- con la gente que queremos y apreciamos, en mi caso Fiorella, mis padres (a la distancia, pero también allí), Denisse, Eva, Sandra, Horacio, Jorge, Carolina, Matías, Mariana, Pablo, Eduardo, Damián, Luis (y perdón si ahora olvido a alguien).
Ahora sí me pregunto, ¿qué concierto me quedará por ver? Se me ocurren muchos que quiero ver, por supuesto, pero a este nivel... no lo sé. Resucitar a Cobain y a John Bonham, reunir a los Smashing Pumpkins, viajar en el tiempo... no hay muchas más opciones. Dylan, probablemente, pero mi fascinación por su obra es mucho más intelectual... Page y Plant, sin duda. Bowie, por supuesto; Bowie ante todo, Bowie, el único que podría colocar entre Waters y McCartney. O los Stones de nuevo. Pearl Jam. Tool. Incluso Muse, que escucho hace relativamente poco tiempo... Pero, salvo por Bowie (cosa que, lamentablemente, no creo que suceda, además), no será lo mismo. Para nada. Lamentablemente (y a la vez por suerte: me gusta que haya cosas verdaderamente únicas en la vida) no será lo mismo.




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