martes, 27 de marzo de 2012

Federico de los Santos sobre la autoficción en el proyecto Stahl

"...Un paso más hacia el artificio está Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Todas sus narraciones se incluyen en un sistema que tiene por centro a su alter ego Federico Stahl. Sanchiz comparte varios rasgos con su personaje: la carrera en Humanidades, la labor de periodista cultural, las afinidades literarias y musicales y la escritura. Incluso un mecanismo metanarrativo sugiere que los cuentos (los de Algunos de los otros) que no están protagonizados por Stahl fueron escritos por él. Sanchiz organiza sus novelas en una complicada serie de líneas de tiempo paralelas; hay un esquema útil al final de La vista desde el puente.
La identificación entre Stahl y Sanchiz retoma un concepto que Borges encontró con inquietud y fascinación, en el Quijote y en Las mil y una noches: si un mundo de ficción incluye otros en su interior, nada asegura que nuestro mundo no sea una ficción destinada a lectores que están en un plano superior. En Perséfone, por ejemplo, se esboza el argumento de un cuento que aparece escrito en Algunos de los otros. Sanchiz dialoga con cierta cultura, cierta literatura y cierta historia: la mayoría de sus novelas presentan, en diveros grados de figura/fodo, versiones paralelas, ucrónicas de Uruguay"

Tomado de: Federico de los Santos, "Escribir sobre el espejo", en El boulevard, marzo 2012.
El artículo completo, aquí.

martes, 20 de marzo de 2012

Pink Floyd: un viaje personal (segunda parte)

Entre las múltiples críticas y reflexiones que ha generado el show de Roger Waters con The Wall (en Argentina, al menos), las de Fabián Casas en Rolling Stone me resultan especialmente interesantes como punto de partida para esta segunda parte de mi viaje personal con Pink Floyd. Voy a comenzar, entonces, con el último párrafo de su artículo:
¿Alguien probó escuchar The Wall entero en su casa? Yo lo hice. De todo el disco, lo único que sobrevive, que tiene la intensidad del riesgo, la sensación de que "lo están tocando mañana" es "Confortably Numb".
No voy a discutirle a Casas sus apreciaciones sobre Pink Floyd en general y The Wall en particular, porque obviamente él dice lo que siente o lo que ha sentido o lo que sintió, y en tanto expresión de sus vivencias no hay discusión posible. Me interesa, sin embargo, la pregunta inicial. Es posible leer allí la idea de que, de hecho, nadie escucha The Wall entero (en realidad nos sentimos tentados a leer que ni Casas ni sus amigotes lo hacen, y que quizá eso lleva al escritor a concluir que nadie lo hace, nadie cool al menos); del mismo modo, la apelación a señalar qué es lo que sobrevive del disco también señala que la obra está en su sobrevida. Si hay que proponerse escuchar The Wall ("yo lo hice", escribe Casas, como si fuera algo singular) es posible que, de hecho, el album ya haya dado de sí todo lo que tenía para dar. En esta línea, entonces, se puede leer la conculsión del artículo de Casas:

De todos modos, el interés que identificó Steven Spielberg por observar a los grandes dinosaurios es una verdadera atracción: Madonna, Bono, Waters, autoparodias de la industria con un público cautivo asegurado, como el papa.
Obviamente la comparación con el papa funciona como boutade o provocación, de modo que voy a quedarme con lo que está a la izquierda de los dos puntos, esencialmente la metáfora de los dinosaurios: seres fuera de su tiempo, seres muertos en el pasado remoto y traídos al presente para generar un espectáculo cuyo significado difiere esencialmente del concebible en la época a la que pertenecen. La idea de que Waters (y The Wall por extensión) es un dinosaurio es la que parece colaborar a la noción de que nadie escucha The Wall porque el momento de The Wall ya pasó. Lo habrán escuchado "entero" en 1979, en 1980, pero eventualmente las cosas cambiaron y la obra dejó de ser escuchable o pasó a significar otras cosas esencialmente contrarias a aquellas que significó en "su momento". Perdió "vigencia", en otras palabras.
Me interesa ahora, en el contexto de este "viaje personal", presentar esa idea como un asunto ante todo generacional. Creo que mi generación (los nacidos entre 1975 y 1985, digamos), al menos en Montevideo, tuvimos una relación particular con el pasado histórico del rock. Una relación de reverencia, en cierto punto. Se nos presentaban ciertas figuras icónicas como integrantes de un canon del buen gusto, una serie de obras y artistas vinculadas a las nociones de profundidad, buen-hacer y relevancia, capaces de aglutinarnos en tanto minoría colocada del lado correcto de las cosas; obviamente todo el mundo ha buscado alinearse en la que considera la minoría correcta (o la mayoría): lo que quiero señalar aquí es que mi generación inmediata (podemos pensarla también como los hijos de esa clase media montevideana que engendró durante la dictadura) codificó su elitismo en base al canon básico del rock anglosajón: Beatles, Stones, Hendrix, Doors, Zeppelin, Floyd, Sabbath, bandas que produjeron sus grandes obras entre 1965-66 (Rubber soul, Aftermath) y 1979 (The wall); evidentemente, a partir de ese sustrato cada uno de nosotros avanzaba en alguna dirección específica: el conocimiento extensivo del hard rock, del metal y sus variantes, del blues, del rock progresivo o sinfónico, del punk, etc. En mi caso (influido obviamente por rasgos de mi personalidad de entonces y de ahora), el sustrato básico derivó en cierta "especialización" en Doors, Guns'n'Roses, Nirvana, Pearl Jam, Smashing Pumkpins, Zeppelin, Beatles, David Bowie, Jethro Tull y Bob Dylan, más o menos en ese orden, con las idas y venidas en torno a Pink Floyd que comenté en la primera parte de este "viaje". Escuchábamos en CD, en cassette, algunos (los que se asomaron primero al canon, de la mano de hermanos mayores o de los padres) en vinilo; considerábamos que la unidad básica de la música era el album, y menospreciábamos al tipo de fan que escucha canciones separadas y compra recopilaciones. Entendíamos que los "álbumes conceptuales" eran el cenit del rock, en tanto obras completas, de partes vinculadas necesariamente y constructoras de un sentido más denso que los LPs comunes y corrientes. Creíamos que el canon implicaba una concepción viconiana de la historia, que había una "edad de oro" pasada y una larga deriva de resemantización y decadencia; asumíamos que para entender a Nirvana había que haber pasado por Beatles, Sabbath y el Punk; creíamos que nadie podía comprender (y generar un discurso válido) sobre el presente del rock sin haber dado previa cuenta de su conocimiento del canon. Esta actitud -conservadora, si se quiere- nos hizo mantener un eje en la banda sonora de nuestras vidas: nunca dejamos de escuchar al canon, con mayor o menor asiduidad, y podíamos entender que la música de 2005 iba por una dirección y que Zeppelin, por ejemplo, le representaba un lugar ajeno, quizá perimido (aunque nosotros no lo sintiéramos así, más bien lo contrario), pero ante todo "mejor", el lugar del origen (o de una indagación arqueológica del origen, como en el caso de Zeppelin, cuya producción -al menos parte de ella- puede entenderse como una narrativa de la búsqueda del origen), la posibilidad de una filología. Tenemos 30y pico y seguimos escuchando Electric ladyland, aunque también hayamos pasado por, digamos, Fleet Foxes o Muse (no es el ejemplo más neutro, lo sé).
Una generación inmediatamente anterior (la de Fabián Casas, de hecho), sintió, en mi opinión, la necesidad de adecuarse a los cambios, de abandonar los viejos cánones y dar por ilegibles las producciones tan leídas años atrás. The Wall ya no se escucha, razonaron, y otras bandas de la época no pasan de curiosidades de museo. Ya nadie escucha un disco entero, asi que ellos pasaron a no hacerlo. Tanto "ellos" como "nosotros" tuvimos que enfrentar el hecho deslumbrante de la disponibilidad total (o casi total) de la música; la accesibilidad de todo, el hecho de que ya no sólo el canon sino la guía telefónica entera estuviese flotando ante nosotros en un universo virtual al que un acceso de una hora o menos nos permite descargar un álbum completo y, con un poco más de paciencia, la discografía de ese artista. Y para resolver ese cambio apelamos a estrategias diferentes; algunos buscaron completitud y privilegiaron la calidad de sonido como sistema de afinamiento de la búsqueda; otros procedieron a descargar completa la guía telefónica y a escucharla ordenadamente, sin tiempo para revisitar (porque siempre había algo nuevo que requería atención); algunos asumieron la disponibilidad como manera de estar al día en todo, otros para profundizar en sus bandas favoritas y acceder a bootlegs, videos, versiones en vivo, etc. Algunos reforzaron su creencia en la historia del rock en tanto progreso, la sucesión de pasajes a la ilegibilidad o la invisibilidad, la actitud de que sólo lo "nuevo" en arte es trascendente, la crítica a la actitud que rescata "dinosaurios".
Pink Floyd, desde cierta perspectiva histórica, es una banda que terminó siendo arrasada por el Punk, el huracán por excelencia de la historia "oficial" del rock (es decir, el capitulo más tormentoso de esa ficción); quienes vivieron esa tormenta (la generación de Casas, por ejemplo) en carne propia, me parece (quienes creyeron en esa tormenta poco después del momento en que operó) resultaron más proclives a creer en la ficción del progreso y la noción de lo nuevo como lo único (o lo más) relevante. O al menos esa es la ficción con la que juego a explicarme el asunto.
Para mí y para otros de mi generación, Floyd fue y es uno de los núcleos de ese canon en que creímos y creemos. La atención que le prestamos, motivados por su aura para nosotros innegable, nos hizo desmenuzarlo con pasión, como si se tratara de algo esencial para nuestras vidas.
Supongo que por ahí hay un comienzo de explicación para el célebre "record" de Waters en Argentina. Cientos de miles de personas (de al menos tres generaciones) llenaron nueve veces el estadio de River para presenciar el concierto; yo llegué a Buenos Aires el jueves, me encontré con Juan Manuel Candal para vagar por las librerías de Corrientes, fui hasta Caballito para pasar la noche en la casa de Juan Terranova, me reuní  al día siguiente con Felipe Herrero para discutir algunos asuntos de una novela que voy a publicar en su editorial y, a eso de las 14 horas, me encontré con mi amigo Jorge Merlino. No mucho después estábamos en la fila; entramos al estadio a las 18:30, más o menos, y esperamos hasta las 21 y pico, cuando una voz peninsular nos dio la bienvenida a The Wall...
Ante todo, hay que partir de la base de que The Wall no es un concierto de rock. En un concierto de rock la banda interpreta canciones tomadas de su repertorio sin necesariamente presentarlas dentro de los límites de sus álbumes o en el orden en que fueron compuestas; en un concierto de rock el cantante, generalmente, arenga a la multitud y la seduce, muchas veces mediante frases que resaltan lo gran público que son, lo hermosa que es su ciudad y lo bien que están haciendo sentir a la banda. En un concierto de rock el final es arbitrario, y da paso a la sorpresa de los encores, generalmente canciones elegidas por su relevancia dentro de la discografía o su éxito entre los fans. Un concierto de rock presenta elementos decorativos: luces, fuegos artificiales. En un concierto de rock suele haber una pantalla que ofrece a todo el estadio la visión que la distancia a veces vuelve dificil o imposible.
The Wall no es nada de eso. Sus límites son estrictos: los de la obra en tanto álbum conceptual y narrativo; sus canciones son las del álbum y ninguna más (en este caso se agrega una coda a "Another brick in the wall 2" y la canción "What shall we do now", que no integró el LP o el CD pero sí la representación en vivo de 1980), todas hilvanadas por un relato o una coordinación de escenas que sirven a un propósito conceptual; por tanto, el final del espectáculo The Wall no es arbitrario: son las canciones que deben ser y ni una más. En River, el viernes 9, por un momento desee que caídos los ladrillos Waters saliera con una guitarra y cantara "Pigs in the wing" o "Us and them", pero, por supuesto, eso no iba a pasar, ni debía pasar.
Otras diferencias entre The Wall y un concierto de rock pasan por el lado de los elementos que llamé "decorativos": en el caso del show de Waters nada puede calificarse realmente como decorativo o accesorio, en tanto todo integra el aparato conceptual de The Wall, sea el avión que se estrella al principio, los ladrillos que caen al final, los ladrillos que van siendo colocados, las proyecciones o el hecho de que el cantente que toma el lugar de David Gilmour cante el estribillo de "Confortably Numb" (dicen que en los 9 shows esta canción fue dedicada a Fabián Casas) en lo más alto del muro. La pantalla gigante (ententida aquí como el muro sobre el que se proyecta, que genera un espacio escénico extensísimo), de hecho, cumple con un rol también diferente, en tanto no está allí para que veamos a los músicos en planos cercanos (no para ver qué caras ponen o con qué gestualidad corporal tocan sus instrumentos) sino para aportar a la narrativa y al concepto con imágenes. El caso más claro es "The trial", donde son proyectadas las animaciones de Gerald Scarfe, pero en todos los segmentos (no sé hasta que punto es válido el término "canciones") la visión de la pantalla es ineludible. De hecho, mirar a los músicos nos distraería, y, en ese sentido, opera una clara inversión con respecto a lo que suele ser un concierto de rock.
Sería un error, en mi opinión, juzgar al show de The Wall en tanto concierto de rock. Es fácil imaginar fans desilusionados que se quejaron de no poder poguear o incluso de que se aburrieron y "no entendieron nada"; Raúl Silveira, un amigo que asistió a una de las últimas fechas, me comentaba, precisamente, que un grupito de chicos se quejaba de eso a la salida del concierto, y en mi caso recuerdo haber escuchado a un hombre a mis espaldas diciendo por celular a un amigo que si no había visto la película no iba a disfrutar para nada.
Otra de las críticas más extendidas parte de un malentendido similar, y es la que señala que Waters "hace playback" o que lo que vemos de su performance en las pantallas está "grabado". Esas objeciones serían válidas para un concierto de rock, espectáculo al que asistimos para ver a nuestros músicos favoritos interpretar sus canciones más exitosas o relevantes: aquí todo lo que vemos u oímos, en cambio, está dominado por un propósito vinculado al sentido que se construye por su relación con el álbum en su totalidad y que apuntala el concepto y la narrativa; claro que hay pistas grabadas (las había en 1980 también), claro que no siempre se ve a Waters "en vivo" proyectado en el muro... ¿pero en qué sentido eso atenta contra la ejecución de The Wall? ¿Contra la narrativa, contra el concepto? ¿Sentimos menos el drama de Pink en "Mother" porque Waters esté haciendo un dúo consigo mismo?
En conclusión: la experiencia de ver y oir The Wall en vivo fue única. Pronto cuento con asistir al concierto de rock que dará Paul McCartney (figura acaso más relevante que Waters, para muchos) en el Estadio Centenario; me esforzaré por no comprar la emoción y la experiencia que me generó The Wall, porque, entiendo, son espectáculos muy diferentes. Pero, más allá de estas ideas, sé que será dificil. La casi perfección del show ofrecido por Waters lo convierte en uno de los espectáculos (aquí sin distinguir entre operas-rock o lo que sea que es The Wall y "meros" conciertos de rock) más fascinantes y emocionantes al que he asistido en mi vida. Sé que influye el hecho de que Pink Floyd y ese disco en particular representaron mucho para mí en diversos momentos de mi vida (este presente es uno de ellos), pero es difícil no ceder a la tentación de asumir que "algo" en The Wall genera esas respuestas, sean escuchando el CD o en el estadio de River con otras 40.000 personas, con otras 150.000... entonces ¿hablar de vigencia? ¿De dinosaurios? Sí, quizá valga la pena en tanto reflexión, ¿por qué no?, pero por favor pensemos bien antes de hacerlo. Tengamos más cosas en cuenta, como mínimo.

viernes, 16 de marzo de 2012

notas sobre la saga Alien

Estoy tomando notas para un ensayo sobre la saga Alien, por ahora reducida a sus expresiones cinematográficas: Alien (Ridley Scott, 1979), Aliens (James Cameron, 1986), Alien 3 (David Fincher, 1992), Alien: Resurrection (Jean-Pierre Jeunet, 1997) y los crossovers Alien vs. Predator (Paul W. B. Anderson, 2004) y Aliens vs. Predator: Requiem (Colin y Greg Strause, 2007). Esto quiere decir que estoy dejando para más adelante la lectura de la gran variedad de comics, muchos de ellos también crossovers. Por ahora, las notas sobre la saga han sido publicadas en mi blog de microcrítica y microreseñas partículas rasantes, y son las siguientes:
Sobre Alien
Sobre Aliens
Sobre Alien 3
Sobre Alien: Resurrection
Sobre Alien vs. Predator
Sobre Aliens vs. Predator: Requiem

lunes, 12 de marzo de 2012

Pink Floyd: un viaje personal (primera parte)

Allá por 1994 un entonces-amigo me dijo muy serio que el final de The Wall (Alan Parker, 1982), con sus niños recolectando objetos entre lo que parecen ruinas, no era otra cosa que una imagen del futuro postapocalíptico que seguiría a la Tercera Guerra Mundial, iniciada por Pink, el protagonista de la película, para apoderarse del planeta. Todo esto sucedió uno o dos días después de la primera vez que vi The Wall, o la primera vez que la vi con atención, en realidad; a mi amigo le contesté que se estaba tomando la ficción demasiado literalmente, pero no me hizo caso: para él, hablar de "metáforas" era una traición al verdadero espíritu del arte. De todas formas, ahora no importa qué pensaba esta persona ni por qué, ni tampoco qué hacía con esas ideas: el punto aquí es que en cierto modo ese día fue inaugurado mi viaje personal con Pink Floyd. Viaje, historia que, por lo tanto, comenzó con The Wall. Después de ver la película escuché el disco, que me prestó la hermana de un amigo; recuerdo que me pareció infinitamente superior la "actuación" de Waters que la de Geldof y recuerdo que saqué en la guitarra el comienzo de "Goodbye blue sky", pero no podría evocar mucho más ("Another brick in the wall" ya la conocía, por supuesto: incluso tengo la imagen muy clara de estar viéndola en la TV con mi padre, allá por 1987 o 1988, en uno de esos especiales de Fin de Año que tengo entendido todavía siguen siendo emitidos por los canales abiertos); tampoco recuerdo que me fascinara especialmente Pink Floyd en tanto banda, más allá de The Wall, al menos no lo suficiente como para convencerme de salir a comprar CDs; un amigo del liceo me prestó P.U.L.S.E., pero no me impresionó demasiado (este amigo sostenía que este álbum doble era el "disco en vivo que suena mejor", cosa que ahora me parece absolutamente falsa), y creo que llegué a apreciar algun tema de The Division Bell, pero nada más. Era mi época Doors, mi epoca Smashing Pumpkins, mi época grunge, así que hubo que esperar hasta fines de 1997 para que, ya en facultad de Humanidades, dos amistades recién adquiridas me hicieran entrar de verdad al universo Pink Floyd. Y ahí aparece uno de mis recuerdos más densos en relación a la banda: es una noche de enero de 1998 y estoy con Hernán, un gran amigo de esas épocas, en ese momento poeta y primer lector de mi abortada e ilegible novela Dulcinea desencantada, que llegó a las 900 páginas (ahora sólo sobreviven las ciento y pico de una de sus secciones), fan de Black Sabbath, Foyd y Zeppelin, luego convertido en militante del folklore, el canto popular y la intersección de estos géneros con la política universitaria, ágrafo hasta dónde sé. Deben ser las diez de la noche, más o menos, y estamos fumando un porro y escuchando música, Physical Graffiti; entonces mi amigo se levanta y dice que está cansado de los aullidos del "rubio Plant"; ¿qué querés escuchar?, le pregunto, de mala gana. Floyd, sentencia, y toma su CD de Wish you were here. Piensa un segundo antes de dar play a "Shine on you crazy diamond" y sonríe con malicia. Esto te va a matar, me dice, porque sabe que no conozco bien ese álbum, y adelanta al track 2.
Toda narración de una vida es una ficción; en el sentido más inmediato, una biografía o autobiografía es una simplificación de hechos, una estilización, una acumulación de sentido en ciertos puntos que se vuelven nodos o núcleos, los momentos "en los que todo cambió", los puntos de inflexión de ucronías posibles; ahora, para esta historia, yo voy a decir que esa noche con "Welcome to the machine" modificó el curso de mi vida; antes lo había hecho la lectura de Ubik, de Ficciones, incluso de Rayuela; luego lo harían Lanark, La novela luminosa, El arcoiris de gravedad, El buda de los suburbios, pero quizá a otra escala, en la medida en que el paso del tiempo nos vuelve un poco más inertes a estos grandes cambios. A mis diecinueve años, la misteriosa canción de Pink Floyd significó estar recibiendo una transmisión de otro universo: una ucronía de la historia de la música, en la que existía un lugar, un lugar físico, que era la encarnación "real" del desolado paisaje sonoro que subyace a "Welcome to the machine". Tuve que pedirle a mi amigo que pausara el equipo de audio: aquello era mucho más de lo que podía digerir en ese momento; es más: tuvimos que salir y tomar un ómnibus hacia la rambla para que yo -movido por una sensación de saturación, de encandilamiento que pocas veces he vuelto a experimentar- pudiera disipar la tensión producida por aquellos sonidos. Y recuerdo que ya en la rambla de pocitos, con un tetrabrik del tinto espantoso que solíamos tomar entonces, me quedé deslumbrado ante una luna llena que iluminaba las capas sucesivas de nubes delgadas, como una especie de encaje o mortaja plateada contra el cielo color petróleo y los edificios, y le dije a Hernán que "eso" (la conjunción de esa luna, del mar y los edificios) era lo que quería escribir en mi novela. Han pasado catorce años, esa novela ya no existe (salvo como vestigio en mis proyectos actuales) y ya no recuerdo qué diablos quise decir con aquello de que "eso" era lo que debía escribir; "Welcome to the machine", sin embargo, sigue estremeciéndome. Quizá no tanto como esa primera vez; quizá no siempre (es uno de mis discos favoritos, lo que quiere decir que lo escucho muchas veces a la semana, quizá demasiadas), pero de vez en cuando el universo se cierra a mi alrededor y allí adelante está sonando "Welcome", como un artefacto extraterrestre encontrado en una playa de Canelones o, mejor, como un objeto extraño y medio oculto en una fotografía de la infancia.
Esa noche volví a mi casa con Wish you were here y The dark side of the moon. Pocos días después me compraba ambos CDs en versiones que todavía conservo; al mes, más o menos, escuché Animals y repasé The Wall. Mi primera etapa floydiana, que no logró comprender The final cut ni abrirse camino por la etapa pre-Meddle (álbum al que entonces valoré únicamente por "One of this days" y la majestuosa "Echoes") o interesarse por el ochenterísimo A momentary lapse of reason. Una etapa dominada por mi indecisión entre Animals o Wish you were here como álbumes favoritos de Floyd (indecisión que todavía dura: a veces digo que Wish... es en mi opinión el "mejor" álbum de PF, mientras que Animals es "el que me gusta más"), una etapa que tuvo otro momento estelar: ahora somos tres, Hernán, Eduardo (otro amigo conocido en 1997 en Humanidades, beatle-fan acérrimo, baterista de mi primera banda, gran lector de Cortázar y productor y director de una película stop-motion sobre la Tragedia de los Andes, un work in progress para el que él también aporta la banda sonora) y yo, en el cuarto de Eduardo mirando The Wall. Supongo que ellos están cansados de que interrumpa la película a cada rato para explicarles mi teoría (no se quejan, sin embargo, eramos tres postadolescentes, eramos tres aspirantes a poetas: todos teníamos teorías a patadas): The Wall representa una serie de etapas o arquetipos en la vida de una persona; cuando llegamos a "Another brick on the wall part III" vuelvo a pausear y les digo que allí hay una evidencia a favor de mi hipótesis: Pink ha alcanzado un grado elevado de lucidez y está ante el máximo de su energía combativa: "no necesito drogas para calmarme, no necesito brazos que me abracen"; todo lo contrario al clima de "Hey you" o "Confortably numb", que, propongo, debe verse como el punto de inflexión del álbum, a partir del cual todo es alucinación -y no me doy cuenta en ese momento, pero con esa hipótesis le estoy respondiendo a mi ex-amigo con su teoría de la guerra mundial iniciada por Pink. Alguien, no recuerdo si Hernán o Eduardo, señala que mi hipótesis es signo evidente del estado depresivo por el que (según él) estoy pasando en ese momento. Me apuro a negarlo: se trata de algo universal, digo: The Wall nos confronta con lo peor de la vida, con el Sistema -usaba demasiado ese término entonces- haciendo añicos a una persona; y eso nos sucederá a todos, añado. Me miran con cara de preocupación. Sí, insisten, estás deprimido. Yo no hago caso y sigo hablando; me doy cuenta de que por ahí hay una avenida hacia lo que sentí con "Welcome to the machine"; lo relaciono también con Animals, les propongo que toda la discografía de PF puede entenderse desde esa línea. Y de nuevo pongo play. El resto de la película se sucede sin interrupciones; cuando termina -con el niño desarmando el cóctel molotov- salgo de la habitación y me siento en la terracita, para mirar una de las partes más feas de Montevideo (Aguada, el Palacio Legislativo, la Refinería de Ancap, el puerto) desde el piso nueve. Pero en la habitación, si miran hacia afuera, no me ven. Se preguntan dónde estoy, qué hice. Me volví invisible para su mirada, así que salen a buscarme, proliferando en ficciones. Estoy acá, les digo. ¡Pensamos que te habías tirado!, responden a coro, y surge de inmediato, como antídoto a ese estado "contrario a la vida" (para parafrasear a Houellebecq y su gran ensayo sobre Lovecraft) la idea de no volver a ver The wall. Los tres estamos de acuerdo, pero ninguno cumplirá su palabra.
De esa etapa floydiana sobrevive otra imagen: estoy escuchando las últimas partes de "Shine on you crazy diamond" y empiezo a representarme una playa de otro mundo, como la de Contact (Robert Zemeckis, 1997), como la que imaginé al leer The Songs of Distant Earth (Arthur Clarke, 1986), pero pronto es una playa de concreto, como la de El lugar (Mario Levrero, 1986); pronto es el límite contra el mar de una ciudad desolada, perdida en la bruma del amanecer. Porque es el nacimiento del día, pero nada está por comenzar: ya no habrá nada nuevo sobre la tierra. Es una muerte, siento con las notas de la famosa marcha fúnebre final de la canción, es el pináculo y muerte de una historia posible, una historia abortada; la frase "la muerte de los setenta" aparece en mi mente, y desde entonces no puedo dejar de escuchar esa sección de "Shine on you crazy diamond" sin pensarla.
1999, 2000 y 2001, Adore y Machina, me hacen regresar a Smashing Pumpkins; Mechanical animals me lleva a revalorar a Marilyn Manson; en 2001 veo Velvet Goldmine y me pongo a investigar la discografía de David Bowie, primero comprándome dos compilados (en ese momento, haciendo gala de una enorme miopía, se me ocurrió que no me interesaría nunca comprar sus álbumes -once años después tengo 84 CDs del Duque Blanco, contando incluso catorce compilados y álbumes que compré en 4 o 5 versiones diferentes, con bonus-tracks, remasters, etc) y luego bajando (por Napster, qué tiempos aquellos) The rise and fall y Hunkydory, que me fascina desde el sumamente esotérico (estos son mis días de fascinación con la Qabbalah, el Tarot, la alquimia, el hermetismo) tema "Quicksand", donde se escucha "don't believe in yourself, don't deceive with belief", y quizá encuentro en Bowie al alienígena perfecto para habitar los paisajes que mi mente proyectaba en (desde) Wish you were here; quizá aquí está la superación del paisaje desolado de Animals y The Wall. Aquí, en cuatro acordes, acústica de doce cuerdas y los solos dementes de Mick Ronson. Tomo mi guitarra. Siento que eso yo también puedo hacerlo.
El resto es empezar a pintarme las uñas de negro -a veces de violeta- y, con el tiempo, formar una banda glam. Al mismo tiempo, Floyd retrocede. Eclipse de banda all the way.
Y así como mi cenit floydiano tuvo sus momentos estelares, también los tuvo este nadir glam que estaba viviendo. Una imagen ha sobrevivido a estos años. Es 2004; estoy con el bajista de mi banda de entonces y otros amigos en el apartamento de uno de ellos. El dueño de casa es fan del rock progresivo y adora Pink Floyd; nos sentamos todos en el piso a escuchar "Shine on you crazy diamond" como previa a una salida. Me recuesto contra la pared y dejo que la música fluya hacia mí o desde mí: esto está muerto, digo de repente, como una de aquellas hipótesis sobre The Wall. Esta música está muerta, insisto; está fosilizada, es ceniza, está momificada. Nada de vida, repito. El dueño de casa empieza a discutirme; Floyd es la banda más grande de todos los tiempos, dice; no te discuto eso, le respondo, pero esta música está muerta o es música para muertos, o yo estoy muerto porque esto me mata. Entiendo que estoy sintiéndome totalmente alejado de la canción, expulsado del universo sonoro de Floyd, como si hubiese tenido que emprender la retirada desde la visión de 1998, como si algo en mí hubiese necesitado buscar otros territorios. No nos ponemos de acuerdo; intento argumentar, pero claramente no es una operación racional la que me ha alejado de Pink Floyd. La noche prosigue según los planes, pero en los días siguientes descubro que el bajista de mi banda ha sido inoculado: empezamos a hablar de componer una canción como "Shine on...", empezamos a articular a Floyd en la maquinaria del Bowie más oscuro, el de Diamond Dogs, y también del más progresivo, el de Station to Station (mi disco favorito de entonces -ahora prefiero la trilogía de Berlin, con Brian Eno); pronto estoy evocando una vez más "la muerte de los setenta", y entiendo que mi adorado Bowie también fue parte de eso. Una ficción va creciendo, que de inmediato uso en lo que estoy escribiendo en ese momento: algo sucedió entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta, algo que ahuyentó a todos aquellos exploradores (casi siempre inconscientes) del abismo. El Sistema, una vez más, sólo que ahora, hacia la cima de mi etapa esotérica, tiene otrs nombres, entre ellos el nombre de la deidad gnóstica Yaldaboath. Y también está The Matrix (Andy y Larry Wachowski, 1999) -especialmente a través de un juego de Arcanos Mayores del Tarot, inspirado en la película, que estoy diseñando (y que también se perdió); también es la época de un set de artículos muy alucinatorios que escribí para los primeros dos números de la revista Días Extraños, editada por Víctor Raggio y Roberto Bayeto: la nueva amalgama Bowie/Floyd/Esoterismo está dando frutos, aunque, por otro lado, empiezo a sentir que no podré seguir mucho más allá... y entonces sucede algo. Falla mi computadora y la llevo a arreglar al cyber que frecuento. Resulta ser la motherboard, que se ha quemado. En el proceso de realizar el diagnóstico, extrañamente, la información de mi disco duro se pierde por completo, y allí desaparecen todos mis cuentos escritos hasta la fecha; y la novela de 900 páginas, y el ensayo sobre el Tarot Matrix, y un diario llevado desde 2002. Extrañamente lo que siento no es sólo ira (al principio, en todo caso, sí): es más bien un alivio. Entendí que mi literatura no iba a ninguna parte y que, a la vez, cargaba en mi espalda una suerte de feto abortado pesadísimo. Debo empezar de nuevo: sólo han sobrevivido los textos publicados o los que había impreso recientemente: casi nada. Poco después, en noviembre de 2004, se me ocurre (esperando en Plaza Independencia) la idea que será la semilla para el proyecto Stahl.
¿Y Pink Floyd? No regresa. Pasan los años y no revisito los pocos discos que me quedan; vendo o regalo Animals, mantengo a Dark side of the moon y a Wish you were here alejados de mi equipo...
Hay que esperar hasta 2010, cuando conocí a Juan Manuel Candal a través de un llamado que llega a mi correo para participar en una revista online, Otro Cielo, a la que envío mi cuento "Patricio". El texto es aceptado rápidamente y comienzo a intercambiar mails con Candal; pronto nos hacemos amigos y, a fines de ese año, viajo a Buenos Aires y de paso a La Plata, donde nos conocemos. En una de tantas charlas interminables hablamos de Pink Floyd. Él es uno de los mayores floydianos que conozco, y argumenta que Floyd es inmensamente superior a todas o casi todas las bandas existentes. Le esbozo esta historia y le confieso que tuve mis épocas de floydiano, pero que han pasado hace tiempo. The final cut nunca me gustó, le digo, y siempre pensé que Syd Barret era un tipo sobrevalorado. Coincido en que Wish... y Animals son excelentes, pero la pasión por esos álbumes todavía no se reenciende... Los escucho de nuevo, claro, más de una vez, y siento que estoy aproximándome de nuevo... pero sin explosiones, sin supernovas. Estoy explorando a Jethro Tull, banda para con la que había tenido mi punto de acercamiento máximo también en 1998, estoy explorando a Bob Dylan y a Miles Davis... pero la inquietud por PF amenaza con regresar.
Y en 2011 es lanzada la discografía entera remasterizada. Dado que los remasters de Station to station (2010), de la discografía de Hendrix y, especialmente, de los Beatles (2009) me habían hecho redescubrir (a través de su calidad de sonido tan mejorada) aquella música queridísima, me propongo comprar dos o tres de mis discos favoritos de Floyd. Comienzo por Animals y Meddle, y el excelente sonido me convence de adquirirlos todos. Sigue The dark side of the moon, luego The final cut (que me maravilla tanto que no logro entender por qué no me había gustado en 1998: no estaba preparado, supongo), luego los primeros trabajos con Barret y las bandas sonoras de películas, luego Atom heart mother y, hacia fin de año, Wish you were here y los últmos discos. Conclusión: me encuentro una vez más de regreso en el universo Floydiano, en el sonido Floyd, como una suerte de hijo pródigo. La fascinación de mis diecinueve años ha mutado, se ha trasladado a otros lugares, a otras ideas, pero está allí. Sigue allí. Quizá no me mueva a silenciar la música y a huir hacia la rambla, pero si leo algunas cosas escritas recientemente a la luz de "la muerte de los setenta" entiendo que mi sensibilidad (y por extensión mi escritura y mi pasión por la música y la literatura) fue formateada aquellos días de 1998 y que en cierto modo todavía estoy allí, como si nunca hubiese dejado de construir sobre el mismo terreno. Puedo estar más abajo en los cimientos o más arriba en alguna de las torres, o quizá aún en planta baja, redecorando indefinidamente, pero sigo allí. Pese a todas las idas y venidas (en contraste a Los Beatles, por ejemplo, que jamás dejé de adorar), Floyd ha moldeado -he llegado a entender gracias a la vuelta a su discografía, y podrá decirse que se trata de una ficción autobiográfica, una estilización, una simplificación, pero es la ficción que sostengo y encarno en este momento-, mi manera de escribir y sentir. Es cierto que Borges, Dick, Ballard y otros han influido más específicamente en mi escritura en sí (o al menos me han introducido en un circuito agónico de influencias a la Harold Bloom), pero si pensamos que de alguna manera lo que hace a un escritor es una visión, un enfoque particular del universo o de alguna mínima porción del universo, una inspiración, una epifanía, en mi caso gran parte de "eso" es de herencia Floydiana.
Y esto nos lleva a The Wall en vivo, por Roger Waters, Buenos Aires, marzo 2012...
Pero habrá que esperar al siguiente post.

viernes, 2 de marzo de 2012

más sobre la crítica

Hace un tiempo intercambié opiniones con Pedro Peña y Alejandro Gortázar sobre la crítica literaria. La discusión con Pedro giró en torno a las dos maneras relativamente enfrentadas que tenemos de concebir qué es o debe ser una crítica: para Pedro la diferencia entre una crítica y una reseña está en la mayor densidad conceptual de la primera, en su aproximamiento más "científico" a la tarea de dar cuenta de una lectura (lo que se trasluce en la puesta en evidencia de un marco teórico, por ejemplo); para mí la diferencia pasa por la presencia o no de un modelo de lectura, de modo que la reseña se limita a dar cuenta de un argumento o de la emergencia del texto en el campo literario mientras que la crítica lo pone en relación a otros textos del autor, propone una manera de leerlo y, eventualmente, emite un juicio de valor: para hacerlo el crítico puede apelar a explicitar o no el marco teórico que maneja o haya manejado en este caso en particular, pero no existe lo que cabría llamar una obligación, en tanto si lo hace producirá el tipo de crítica a la que llamaría académica mientras que si no lo hace se trataría de, a falta de un término mejor, crítica salvaje (en tanto puede llevar implícita una postura de relacionamiento frente a determinadas instituciones). Tanto mi concepción como la de Pedro son criticables, y por supuesto -por mi parte, y estoy seguro de que también por la de Pedro Peña- se trata de una reflexión en proceso más que de una conclusión definitiva. La participación de Gortázar, por otra parte, enmarcó el problema desde otra perspectiva y cuestionó la apelación a la "academia" como entidad reconocible en tanto productora o encauzadora o formateadora de discursos.
Por supuesto que existen otras maneras de abordar el problema. Una opción muy sencilla y práctica es equiparar "crítica" al discurso sobre una obra que emite un juicio de valor y "reseña" a la mera exposición de las particularidades de la obra, sin formular valoraciones. También podemos concordar más con Peña y pensar que cuanto más densa y valiosa la crítica, más presente estarán las marcas de consciencia del crítico en tanto tributario de determinadas propuestas teóricas, o plantear, por otro lado, la crítica como una intervención en la obra "ajena" y entenderla como una ficción derivada de esta e integrada al proyecto personal del crítico en cuestión. Las opciones son numerosas y cada crítico, lector, escritor o teórico eligirá la que más le guste o le convenga.
Me interesa ahora señalar que hace unos días Claudia Amengual publicó en su columna de la revista Galería ciertos pensamientos sobre la crítica y los críticos. Su postura no pasa por un criterio de demarcación entre reseñas y críticas ni sobre la relación entre crítica y teoría literaria, sino que abordó el problema de la buena crítica y la mala crítica, al que considera indistinguible, parece, de preguntarse cómo distinguir entre buenos críticos y malos críticos. Es interesante notar el sesgo de corte ético: el mal crítico es una mala persona, propone Amengual, un "canalla"; de hecho, la conclusión de la nota es que no hay malos críticos, ya que "críticos" deben llamarse únicamente los "buenos críticos":

El otro, el que escribe para lucirse, para mostrar ante sus pares cuán rudo puede ser, para vengarse o hacer daño, y desde la absoluta impunidad reducir a cenizas una obra sin preguntarse cuánto lastima, si acaba con una carrera o incluso con una vida, ese no merece llamarse crítico, sino canalla. Carente de talento creador, condenado a recibir solo migajas de consideración, clama reconocimiento de la peor manera, es decir, destruyendo.
Quiero señalar algunos puntos que me resultan interesantes.
1) Al incorporar la dimensión intencional (escribir críticas "despiadadas" para lucirse, para mostrar rudeza, para vengarse, etc) Amengual cancela la reflexión: Deja de presentar su postura como argumentable. ¿Cómo saber para qué escribió alguien, poeta, narrador o crítico? Incluso la declaración firmada por el creador no garantiza absolutamente nada en términos de certezas; en teoría literaria, de hecho, se habla de falacia intencional, a partir de Monroe Beardsley y W.K.Wimsatt, para señalar lo improcedente de incorporar la "intención" del autor (de ficción, de crítica, de lo que sea) a la lectura de su obra. ¿Cómo, entonces, rechazar lo dicho (en tanto "mala crítica" o en tanto signo de una "mala persona") por la intención que creemos adivinarle? Además, ¿podemos estar seguros a priori de que la presunta "intención" cancela el significado, que lo vuelve improcedente, diga lo que diga? O, en otras palabras, que fulanito quiera lucirse y parecer un rudo pistolero del oeste, ¿invalida lo que dice? ¿No será mejor leer qué dice y cuestionarlo y argumentar en su contra si nos parece equivocado?
2) No estoy seguro de qué quiere decir "absoluta impunidad". Se me ocurre, de todas formas -dicho de otra manera: quiero pensarlo así- que Amengual no está apelando a que deberían arbitrarse este tipo de cosas: además, está claro que un editor puede aceptar o no aceptar el texto de un crítico por un buen abanico de razones, de acuerdo esencialmente a su perfil o al perfil que intenta darle a su publicación; la variedad de perfiles y actitudes no puede sino enriquecer el campo, y cada lector sabrá cuál prefiere leer y cuál no.
3) Me resulta curioso lo de "acabar con una carrera". Entiendo el caso posible de que un escritor se sienta tan injuriado por una crítica que opte por dejar de escribir (me parece un idiota -independientemente de esa idiotez ese artista tan sensible quizá haya producido obras que me parezcan excelentes- el que proceda de esa manera, aclaro, pero no niego que pueda darse el caso); la pregunta es si un crítico debe preguntarse a sí mismo si lo que ha escrito genera ese riesgo. Digamos que lo hace. Si considera que la presencia de fulanito en la escena literaria es valiosa, y que si publica su crítica fulanito no escribirá más, quizá termine encontrando una razón para cambiar su discurso; pero si no lo hace (si entiende que fulanito es un mal escritor, por ejemplo, y que publicando sus libros sólo termina agrediendo a un buen número de árboles más necesarios que él a su entender; si asume que su crítica no tiene por qué acabar con una carrera), ¿por qué silenciar el impulso de decir que determinada obra, a su entender y de acuerdo a su perspectiva individual de la literatura (todo lo que debe darse por asumido en una crítica firmada), es mala? En cualquier caso, esta reflexión en sí misma me parece estúpida: Las instituciones han cambiado; el significado de publicar ha sido desplazado desde el advenimiento de los blogs y los e-books; todo esto ha incidido en un reformateo del campo literario, todavía operando en el presente. Por eso, pretender que una crítica cancele una carrera es, me parece, asumir para el crítico un poder que nadie tiene (excepto el escritor: si quiere guardar silencio y dedicarse a vender algodón de azúcar, siempre puede hacerlo). Y en cuanto al "incluso con una vida"... bueno, eso implicaría -suponiendo que Amengual habla de un posible escritor que se suicida después de leer una mala crítica; está el caso, dicen, del gran John Keneddy Toole, que se vio especialmente afectado por los rechazos editoriales a su obra- que podemos estar seguros de por qué (de todas las causas, quiero decir) alguien tomó esa decisión; También me parece un poco pretencioso, salvo, quizá, en un mundo novelístico, simplificado, que es, me parece, el mundo desde el que Amengual hace sus reflexiones sobre la crítica.
4) El crítico malo, además, según la autora de Falsas ventanas, es ante todo incapaz de crear ("carente de talento creador", leemos). Decir esto asume no sólo uno de los clichés más extendidos en cuanto a la crítica literaria sino, también, que la crítica es una obra de segunda clase, que ni siquiera puede ser considerada "creación". Y añade que semejante personaje, pobrecillo, está "condenado a recibir solo migajas de consideración", porque, claro está, la verdadera atención del público va para las grandes obras literarias, no las críticas que las abordan: la crítica es olvidable y, además, no la lee nadie, parece decir. Entiendo que esta idea no es de Claudia Amengual, en tanto lugar común, cliché sumamente difundido. Pero cualquier reflexión que se precie de un mínimo de actitud crítica debe al menos considerar la posibilidad de que esas ideas tan difundidas puedan verse desde otra perspectiva; Amengual, parecería, no lo hace.
Lo cierto es que el prejuicio contra la crítica (el que no crea critica, ese tipo de cosas) está tan difundido que grandes creadores han incurrido en ejercerlo en alguna de sus variantes. Mario Levrero, por ejemplo, dice:

La crítica es una actividad innecesaria, improductiva, muchas veces destructiva. A veces es útil en libros antiguos, porque puede ayudar al lector a ubicarse en un contexto que le es completamente ajeno (...). Una crítica bibliográfica debería informar escuetamente que salió tal libro, que tiene tantas páginas, que cuesta tanto y, en todo caso, que el autor escribió además tal cosa y tal otra (...) Es un error polemizar con los "críticos". Esos tipos calientan a cualquiera. (En Conversaciones con Mario Levrero, Pablo Silva Olazábal comp., pp.60-61.)
Es esencialmente el mismo prejuicio, un prejuicio ilustre. Por otro lado, Levrero, cuya inteligencia no se discute aquí (ni tampoco su talento como creador de ficciones), no se percata de que cuando dice que la crítica es "innecesaria" sólo está diciendo que él no la necesita, además de imponerle un régimen de función y utilidad, como pidiéndole que se justifique a sí misma en tanto discurso a través de una utilidad que pueda reportar a alguien o al medio en general; no sólo es posible responder que la crítica tiene una utilidad que supera la necesidad que tengan los lectores individuales de ella (en el sentido de que es saludable para el medio cultural que se proponga -no estoy diciendo que se dicte: apenas que se proponga en tanto discusión posible- un criterio de selección de obras que para determinados puntos de vista o instituciones o teorías o ideologías valen la pena o cumplen determinados requisitos de un arte, requisitos relativos a quién los enumera y desde dónde, por supuesto, pero no por ello silenciables o inútiles) sino que, en último caso, se puede también decir que a nadie se le ocurre preguntar a los poetas por la utilidad de sus poemas, o a los cuentistas por la utilidad de sus cuentos. Pensar que a los críticos sí les compete responder a esa pregunta es asumir que producen otro tipo de discurso, que necesita justificarse, que debe de alguna manera pagar su derecho a existir.
En cuanto a "improductiva" caben las objeciones anterior, y sobre "destructiva" me interesa señalar que nadie puede destruir una obra; la presunta destrucción alcanzada no puede ser más que otra obra de ficción. El mismo Levrero, me parece, estaría más que dispuesto a aceptar que un escritor está ante todo llamado a escribir, sin preocuparse por publicar o por recibir buenas críticas o reseñas.
Después, la idea levreriana sobre qué debe hacer una crítica (él dice "crítica", pero yo ahí entiendo "reseña", y supongo que Pedro Peña también) es reducirla a un propósito informativo; Levrero no considera la posibilidad de escribir sobre la escritura, o sobre una escritura en particular; curiosamente, no es difícil pensar que toda la literatura es, de alguna manera, una escritura sobre otras escrituras: sobre la lectura de A del texto de B. La ciudad es también una manera de leer a Kafka explicitada con anécdotas.

Digamos que habla de la sensibilidad particular de Claudia Amengual su llamado a que los críticos sean buenos y piensen en las suceptibilidades que podrán herir, que refrenen su pluma teniendo en cuenta que podrán producir una lagrimita aquí y una lagrimita allá; la de Amengual es una variante de la actitud de ¿por qué no podemos ser todos amigos? y, como tal, confunde el dirigirse a una obra con el dirigirse a una persona. Pero a la vez entiendo que en tanto lo que le interesa a Claudia Amengual es hacer mediar la dimensión "respeto", la dimensión "objetividad", la dimensión "humildad" (dice Amengual que los buenos críticos nunca olvidan que la crítica está "al servicio de la literatura"), hasta el punto de quien se salga de ese contorno que ella, prestigiosa escritora, cede a los críticos para que jueguen con respeto y reciban de vez en cuando una palmada en la espalda de parte de sus mayores los Escritores -con E mayúscula, claro-, no merece sino el calificativo de "canalla", toda esta invectiva contra la mala crítica no hace sino enmascarar una posición autoritaria y censuradora que llama a no pensar, a aceptar, que llama a poner reparos al sencillo acto de emitir un juicio, que llama a volverse un poco más acrítico. Quizá me equivoque, y Claudia Amengual (que no creo que lea este blog o que esté al tanto de que escribo reseñas o críticas además de novelas y cuentos) podrá corregirme, pero en mi opinión, reitero, canalla no es quien escribe una critica especialmente negativa (con "saña", término que asume que quien lo emplea conoce las circunstancias en que la crítica fue concebida) sino quien propone como "buena" una actitud esencialmente totalitaria y servil.

jueves, 1 de marzo de 2012

Gabriel Peveroni reseña "La vista desde el puente"


































Publicada originalmente en Caras y caretas, febrero de 2012