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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 14 de junio de 2013

La exégesis de Philip K. Dick

Esta semana recibí mi ejemplar de The Exégesis of Philip K Dick, el libro que propone una edición y selección de buena parte de las notas tomadas por el autor de Ubik en relación a su experiencia mística de febrero y marzo de 1974 (y, de paso, sobre toda su obra narrativa y su vida entera).

Los seguidores de Philip Dick seguramente saben de qué se trata, pero de todas formas aquí va un pequeño relato:  En febrero de 1974 a Dick le fue extraída una muela del juicio; la operación involucró el uso de pentotal sódico como anestésico y bajo los efectos de esta sustancia fue que el escritor regresó a su casa. El dolor empezó a intensificarse con el paso de las horas, y así Dick llamó a una farmacia cercana para pedir que le fueran enviados analgésicos. La encargada de llevarlos fue una muchacha que llevaba un colgante con forma de pez; Dick, asombrado, le preguntó de qué se trataba y la muchacha respondió que era un signo usado por los cristianos primitivos. Pero eso no fue todo: alrededor del colgante era visible un resplandor dorado especialmente intenso. En los días que siguieron la vida de Dick cambió para siempre: se sucedieron visiones (luces rosadas, imágenes multicolores que aparecían apenas cerraba los ojos), premoniciones y, ante todo, Dick empezó a escuchar en su mente una voz: la de una inteligencia artificial, fría e inhumana, que le transmitía conocimientos de todo tipo. Más adelante, incluso, Dick creyó reconocer el paisaje de la antigua Roma superpuesto al de su barrio y, además, a sentir que otra mente se abría camino en su interior, una nueva identidad, probablemente la de un cristiano del siglo primero después de Cristo -al que llamó Tomás. Es fácil desestimar estos eventos como síntomas de una grave enfermedad mental o, incluso, como consecuencias de una vida de adicción a las anfetaminas y otras sustancias, pero Dick tomó el camino más difícil: intentar entender. Claro que la locura podía ser una explicación, pero ¿qué tipo de locura? ¿y por qué? ¿y qué fue lo que la desencadenó? O, también, ¿y si no fuera realmente locura? ¿Podía haber algo real en todo aquello? Después de todo, la voz -cuenta Dick- le reveló que su hijo padecía una hernia antes que los médicos la diagnosticaran; después de todo, no era infrecuente que por las noches Dick se despertara muy confuso y hablando griego -lengua que, aparentemente, no conocía. ¿Qué había pasado, entonces? Lo único que atinó a hacer Philip Dick fue escribir. Y llenó páginas y páginas en las que intentó razonar su experiencia, explicarla, explicársela a sí mismo y, de paso... bueno, de paso entender el sentido del universo.

El resultado fue la Exégesis, un vastísimo manuscrito de más de 8000 páginas escrito entre 1974 y 1982. Hace unos años un equipo de investigadores se propuso leerlas todas y ofrecer una edición, una depuración de esa verborragia increíble. El resultado, editado por el escritor Jonathan Lethem, es el libro que tengo en mi biblioteca... entre la madera de la estantería y el tomo 1 de los Cuentos Completos.

En rigor no se trata del primer intento de ofrecer la Exégesis -así sea bajo la forma de una muestra, una colección de fragmentos- a los lectores. Y además está lo que podría llamar mi historia personal con este libro, que comenzó allá por 1996, cuando leí por primera vez VALIS (SIVAINVI en la traducción publicada por Ultramar), novela que incluye, bajo la forma de un apéndice, la "Cosmogonía de Doble Fuente", una de las anotaciones centrales del trabajo de Dick. Por esas fechas yo ya conocía la historia de las experiencias de 1974 gracias a Idios Kosmos, el excelente ensayo de Pablo Capanna editado en su momento por la revista Axxón, y empezaba a fascinarme con lo que tocó vivir a Philip Dick. La lectura del libro de Capanna y de VALIS, de hecho, me acercó a los gnósticos cristianos de los siglos I y II dC, fuente de inspiración para Dick, y estas lecturas influyeron en mi escritura para siempre -no porque tenga "fe" o "crea" en sus enseñanzas, en sus filosofías y sus creencias, cosa que no sucede, sino mediante un mecanismo más complicado que no entiendo del todo y que podría llevarme a -sí, adivinaron- escribir una mini exégesis. Por momentos, de hecho, llegué a sentir (o a creer que sentía) que esas bizarras cosmogonías de los gnósticos resonaban con algo que había en mi mente (otros dirían mi "alma" o mi "espíritu"), una intuición quizá, una suerte de espiritualidad. Dick había visto algo en los gnósticos, pensaba, algo que de alguna manera subyacía a todas esas especulaciones, creencias y relatos; algo arquetípico, decidí, algo que podía encontrarse en la sustancia misma de lo narrativo, de la literatura, del pensamiento. El mosaico, además, fue volviéndose más complejo: descubrí que Borges también hablaba de los gnósticos y los vinculaba a los cabalistas, descubrí que el neoplatonismo era de alguna manera el sustrato filosófico de todas estas especulaciones, supe de otros escritores y pensadores que se habían interesado en estos temas, entre ellos el Mario Levrero de La novela luminosa, que precisamente relata en las páginas del "diario de la beca" le lectura de VALIS y, en todo el libro, su manera de pararse ante la imposibilidad de narrar ciertas experiencias... espirituales, digamos. Experiencias, claro, como la de Dick en 1974.

Entonces, en 1997, casi al final de un viaje a España regalado por uno de mis tíos para mi cumpleaños número 18, tuve la oportunidad de pasar unos días en Barcelona. Uno de mis objetivos era visitar la librería Gigamesh, especializada en ciencia ficción, que yo conocía por revistas y fanzines españoles. Una vez allí me puse a conversar con el librero -probablemente fuera Alejo Cuervo, dueño de la librería-, a quien le comenté mi fascinación por la obra de Dick. Su respuesta fue llevarme a una de las secciones del establecimiento y presentarme a alguien que estaba allí, no recuerdo cómo ni por qué ni para qué (está claro que todo este relato debe diferir sustancialmente de lo que sucedió en realidad), y que era algo así como el fan número 1 de Philip K. Dick, experto en todos los asuntos dickianos imaginables. Charlamos un rato -yo no había leído más que seis o siete novelas, cosa que me avergonzó confesar ante una evidente autoridad en la materia- y le pedí que me recomendara un libro de Dick. No tenía mucho dinero, así que me alcanzaba para uno y sólo uno. Esta persona no lo dudó: se acercó a uno de los estantes y sacó In persuit of VALIS - selections from the Exegesis, una edición preliminar y muy incompleta de la obra dickiana (que fue, por mucho tiempo, la única manera de acercarse a las especulaciones del Dick tardío). Aquí está la verdad, dijo, o creo que dijo. Me gusta imaginar que levantó el libro con sus manos y lo sostuvo sobre su cabeza y sobre mi cabeza como si quisiera de alguna manera bautizarme en una religión dickiana.

Pero, extrañamente, no lo compré.

En mis recuerdos era un libro muy grande, 500 páginas o más, aunque ahora, mirando en internet, descubro que no pasa de las 278; mis conocimientos de inglés en ese momento, además, no eran muy buenos: apenas había leído algunos comics o artículos, nunca una novela completa o mucho menos un libro inclasificable. Quizá eso me hizo dudar, y finalmente elegí una colección de cuentos, el tomo 5 de los Cuentos completos, que entonces todavía no había sido traducido al español. Finalmente, el hombre que me había recomendado In persuit... me puteó y me trató de cobarde... ahora creo que con razón.

Ahora, después de 16 años, finalmente tengo en mis manos parte de la Exégesis. Una selección, de hecho, más amplia que la que casi compré en 1997.Todavía no me he atrevido a leer mucho. Como dice Jonathan Lethem, todas las respuestas pueden estar allí, entre teorías demenciales y especulación desenfrenada. Quizá empiece a leerla de a porciones manejables: leer un capítulo y escribir aquí en el blog al respecto. Es una buena opción, me parece.

¿Me impresionará tanto la lectura real del libro como la de segunda mano que he venido haciendo (desde ensayos sobre Dick, biografías, entrevistas, etc) en estas últimas casi dos décadas? Mis hipótesis son firmes: Dick hizo más que escribir literatura y más que escribir filosofía amateur o filosofía salvaje. Dick comprometió su vida en una búsqueda que quizá supo irresoluble, Dick se deshizo en palabras para entender qué le había sucedido, para inventar lo que le había pasado, para inventarse en base a un hecho que quizá, en rigor, nunca sucedió. No es, evidentemente, secreto alguno que admiro a Dick más que al 99% de los escritores que he leído y releído en toda mi vida; de alguna manera siento que la lectura de la Exégesis viene a culminar una etapa, un ciclo. Del mismo modo cabría preguntarse qué hubiese pasado si ese día de 1997 yo sí hubiese comprado In persuit of VALIS y no el tomo 5 de los cuentos completos (no es que me arrepiente... ese libro, después de todo, incluye "Faith of our fathers", quizá el mejor cuento de ciencia ficción de todos los tiempos)

Entonces... quizá mi vida cambie otra vez, precisamente en un año en el que los cambios de etapa no son precisamente pocos ni deleznables. Un año en el que muchas de mis prioridades cambiarán y de hecho ya están cambiando o, mejor, reformateándose, reacomodándose. Un año de esos que uno fácilmente eligiría para escribir ucronías.

O quizá estas cosas -Dick, los gnósticos, la escritura de lo que no se puede escribir- ya no me afecten tanto. Y eso, inevitablemente, sería sinónimo de una forma de muerte, una muerte espiritual, digamos. Levrero, seguramente, llegaría a esa conclusión. A la que yo, evidentemente, no quiero llegar (sí, soy un romántico).

No lo sé.

Sólo hay una manera de averiguarlo.

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