Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 18 de junio de 2013

Proust y el tiempo

Breve relato de una experiencia fugaz: hoy al mediodía, al salir de mi casa, sentí que la luz del sol en un día bastante nublado incidía sobre el suelo de hormigón de una manera que me recordó un momento de mi infancia. De inmediato pensé en Proust: era uno de esos eventos de memoria involuntaria que tanto dieron que escribir en (y sobre) En busca del tiempo perdido. Seguramente esa modulación de la luz solar (en última instancia el episodio de recordar mis ocho o nueve años no surgió de otra cosa), cabría explicar de un modo digamos conservador, no era muy diferente a la que se generaba en el fondo de la casa en que viví entre 1987 y 2002. La memoria, por supuesto, obró -como es común en estas experiencias prousteanas- a modo de bola de nieve, y pronto estaba recordando los Thundercats y otras fascinaciones de esa etapa de mi infancia. Se me ocurrió, entonces, la posibilidad de armar un mapa de nuestras vidas que atienda a los recuerdos más frecuentes en determinados momentos o etapas; quizá ahora, a mis casi 35 años, tiendo a evocar esas vivencias de la segunda mitad de la década de 1980 con más frecuencia que, digamos, mi etapa de guitarrista en bandas de rock gótico y metal alternativo. Tambíen está clara, por otro lado, la posibilidad de una explicación emocional (la memoria, claramente, funciona estrictamente en relación a las emociones: recordamos cosas que nos han marcado y olvidamos asuntos que se nos han aparecido como triviales, en un movimiento orgánico que seguramente genere situaciones diferentes a medida que envejecemos). Quizá, a la vez, esa frecuencia de la etapa recordada sea una ilusión, y el juego de la memoria involuntaria no sea vinculable a algo que podamos leer como una relación causa-efecto.
Pero una hipótesis más radical -y quizá más interesante- es que esos momentos que se sienten repetidos (invierno de 1988 e invierno de 2013, por seguir con el que originó estas líneas), como sugirió Borges en "Nueva refutación del tiempo", son exactamente el mismo momento, y que lo que cambia es exterior, es sustancia de variaciones, no sustancia de la esencia. Una hipótesis aún más radical es que vivimos en todos los tiempos de nuestra vida simultáneamente. Hace años, de hecho, constaté que me sucedía a veces ver en la calle a amigos y familiares envejecidos décadas o rejuvenecidos años: un amigo que parecía devuelto a su infancia caminaba a pocos metros de donde yo estaba parado, o una versión de la tercera edad de un antiguo compañero de liceo me miraba desde un ómnibus. El tiempo, pensaba entonces, o jugaba a pensar entonces, es un fenómeno esencialmente óptico. La luz de este mediodía, me parece, es una variante de ese sentimiento.

No hay comentarios: