Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 17 de julio de 2013

diarios montevideanos, 1

1.La idea, por supuesto, se la estoy robando a Juan Manuel Candal y sus diarios platenses, esa crónica personal y compendio de observaciones, indagaciones, perplejidades y comentarios. En cualquier caso, son cosa curiosa los diarios. Ciertas ocasiones de alto valor afectivo a nivel personal, para algunas personas, son o deberían ser refractarias a la literatura; a la vez, los enfermos de literatosis sabemos que todo puede ser leído como literatura, por lo que puede valer la pena dar un paso adelante y recordar aquellos diarios que se han convertido en la obra maestra de sus autores: el de Anais Nin, el de Salvador Dalí. Y dado que todo puede leerse como literatura y que toda literatura puede leerse como ficción, la idea del diario como verdad personal se vuelve tan confusa como el estatuto ficcional o testimonial de La novela luminosa. Ante semejante revoltijo, mejor copiarle la idea a Juan Manuel Candal, autor, por otro lado, de autoficciones tan fascinantes como Boutade y, a su manera, Mundo porno.

2.Ayer, 16 de julio de 2013, nació Amapola Sanchiz Bussi, mi primera hija. El embarazo fue interrumpido por cesárea al borde de la semana 38, por razones que no vienen al caso aquí. Voy a decir que soy un completo ignorante en lo referente al cuidado de los bebés; a la vez, la perspectiva de ir aprendiendo sobre la marcha, con todas las equivocaciones que semejante prospecto ya vislumbra, es tan aterradora como desafiante. Sé que Fio y yo vamos a enfrentar frustraciones de todo tipo, éxitos imprevistos, alegrías, miedo y ansiedad; de hecho, en la primera noche en este mundo de Poppy ya pasamos por todo eso que acabo de mencionar. Y por algo más. Estábamos intentando amamantar a Amapola, pero la pequeña parecía desinteresada. Horas atrás se había alimentado maravillosamente; incluso, mientras esperábamos que Fiorella se recuperara de la anestesia y fuera traida a la habitación, Poppy, hambrienta, chupaba con fuerza del dedo de sus abuelas Eva y Yuyo y del mío. Pero en la madrugada parecía somnolienta, sin fuerzas. No pude evitar sentir el miedo más elemental y a la vez más fuerte: que algo no estaba bien y que yo era completamente impotente al respecto, a la vez por no entender la situación y porque, quizá, la situación en efecto superaba nuestras posibilidades. Las enfermeras de turno no fueron de gran ayuda, quizá porque, con su experiencia, no veían en el asunto algo que ameritara preocuparse (justamente lo contrario a lo que nos pasaba a Fiorella y a mí, lo cual no aportaba un buen diálogo con estas señoras), y poco a poco no tuvimos más remedio que buscar la razón más elemental y tratar de convencernos de que nada estaba mal. En el peor momento (porque los argumentos no sirven de nada) tomé a Poppy en mis brazos y la acuné; la acerqué a Fio y, aunque sé que no es posible, o que si sucedió fue más probablemente un evento azaroso o una suerte de variante de la pareidolia, vi que mi hija de menos de 1 día de vida me sonrió. Y que en esa sonrisa me decía que era un tonto, que me estaba preocupando innecesariamente y que sólo debía confiar en ella, en todo lo que la hace vivir. La dejamos dormir un ratito más y, a eso de las tres y media, notamos que se chupaba el dedo y se mostraba inquieta. De inmediato la pusimos a mamar, y se alimentó por un larguísimo rato. Horas después Poppy tomaba teta alegremente, y también ya avanzada la mañana y, de hecho, ahora mismo. Como dicen en las películas de Disney, habíamos aprendido una lección.

3. Amamantar. Quizá todo puede leerse como literatura porque siempre vamos a necesitar salir de lo real; es posible, de hecho, que definamos o podamos sentir lo "real" como precisamente aquello de lo que queremos o querremos escapar. No importa si con el lenguaje, con la cultura, con la ciencia o con las artes: escapar de lo real es ineludible. A veces pensamos que lo "real" es lo "natural", y vemos en el acto de amamantar un símbolo del afecto maternofilial, de tantos valores occidentales, de confirmaciones de cosas que creemos o queremos creer; escapamos de lo real convirtiéndolo en símbolo, en valor, en cultura. Y a la vez amamantar nos hace entender que somos mamíferos, que somos animales. Los bebés nacen con el reflejo de mamar, de succionar. La evolución es un hecho comprobable; la teoría de Darwin, que intenta explicar cómo evolucionan los seres vivientes, es quizá un modelo más o menos inadecuado y, a la vez, intuitivamente eficiente; en cualquier caso, miles de años de evolución dieron a los bebés ese reflejo. Y todavía más: basta buscar en youtube cualquier animación que muestre los movimientos de un bebé en el trabajo de parto para asombrarse de la cadena de pruebas y errores que debió operar en miles, quizá en millones de años, para que los bebés humanos se comporten como se comportan. Esa explicación, por supuesto, nos hace entender que somos, una vez más, animales. Quizá la cultura sea el horror ante lo animal, pero lo cierto es que, en rigor, también es cultural el "retorno" a lo animal, como no es menos simbólico el "cuerpo" o "la naturaleza" o "la vida". Hemos caído en la trampa, pero, sea como sea, de lo que hablamos no es lo real.

4.Al mismo tiempo, la sonrisa de mi hija en la madrugada, imposible o wishful thinking o lo que fuese, fue real.

5.Y más sobre realidades, cultura y naturaleza. No se me ocurre una noción más "artificial" que la de lo eterno. El mundo real, llamémoslo la "naturaleza", nos enseña que las cosas decaen y que todo ha de morir, que hay sí procesos cíclicos (las estaciones, por ejemplo) pero que la vida humana eventualmente termina, que cambiamos, envejecemos y morimos. Después, irreversiblemente, nuestro cuerpo se descompone y alguién hablará de entropía. Por eso, pensar que existe la posibilidad de trascender el tiempo y percibirlo en el mismo instante (infinito) como pasado, presente y futuro, pensar, es decir, en la eternidad, es, quizá, la cosa más artificial imaginable. Hace unos cuantos meses, cuando Poppy apenas llevaba unas veinte semanas en el vientre de Fio, estaba parado ante una de las ventanas del apartamento en que vivíamos entonces; la vista desde allí es la del fondo de un edificio, con un par de árboles frondosos y oscuros y cierta sensación de jardín escondido. Ese lugar siempre me transmitió felicidad; de hecho, contemplarlo me hacía pensar en un difuso recuerdo de infancia, probablemente falso, que, a la vez, soy incapaz de precisar. Algo de eso pertenecía a mi pasado, sentía, pero no era capaz de fijar la fuente de esa sensación en mi cronología asumida y, en rigor, me resultaba más fácil pensar que no se trataba de esa imagen en particular sino de una conjunción de formas, colores y atributos de la luz solar. En la ocasión que estoy contando aquí a felicidad esencial a esa vista desembocó en la del embarazo de Fiorella, y, de repente, como en una de esas epifanías joyceanas (más literatosis), pensé que si era acaso real la eternidad, si es de hecho lo verdaderamente real (el tiempo es una dádiva de la eternidad, dijo Blake), entonces en alguna parte, simultaneamente al presente, está sucediendo mi pasado y está sucediendo mi futuro, la línea que conecta las variantes que seguí y excluye (al menos para este universo) las que evité. Si eso es verdad, entendí, entonces el amor futuro de mi hija por su madre y por mí ya existe. Y el nuestro por ella a lo largo de todos sus días. Si la eternidad existe, ese amor también: allí, en alguna parte, acercándose incesantemente hasta que nuestro tiempo termine.  Evidentemente todo esto es una elucubración simlpe heredera de viejas lecturas de Borges y de Jung y de Blake y de Huxley; evidentemente no tengo manera de saber si existe la eternidad (de la realidad del tiempo, como dijo Borges, da cuenta mi dolor), pero mientras duró ese momento, del mismo modo que mientras duró la "sonrisa", yo supe. Sin dudas. Sin razón. Y ese conocimiento era indistinguible de la felicidad.

No hay comentarios: